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algunos fragmentos de:
La religión de los samurai de KAITEN NUKARIYA |
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traducción de Núria Martí (Paidós,2005) |
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En aquella época, la mayoría de los espadachines profesionales
pertenecientes a la clase militar practicaban el zen. Munemori (Yagyu),
por ejemplo, se hizo famoso al combinar el zen con el arte de la espada.
La siguiente historia sobre Bokuden (Tsukahara), un gran espadachín,
ilustra esta tendencia: -------------------------------------------
La transformación y el cambio son las características esenciales de la
vida. La vida no es transformación, ni cambio en sí misma, como Bergson al
parecer supone, sino algo que nosotros percibimos como transformación y
cambio. Entre los budistas, y también entre los cristianos, no son pocas
las personas que ansían que la vida sea constante y fija, cautivadas por
unos nombres tan agradables como vida eterna, dicha duradera, paz
permanente y otros parecidos. Han olvidado que sus almas nunca se
sentirían satisfechas con tal monotonía. Si existiera una dicha duradera
para sus almas, deberían presentársela a través de incesantes cambios. Y,
del mismo modo, si existiera una vida eterna para sus almas, deberían
ofrecérsela a través de incesantes modificaciones. ¿En qué se diferencia
la vida eterna, fija y constante, de la muerte eterna? ¿En qué se
diferencia un gozo eterno, inmutable y monótono, de un eterno sufrimiento?
Si la vida estuviera gobernada por la constancia y no por el cambio, los
deseos o los placeres no podrían existir. Pero, por suerte, la vida no es
constante. Está cambiando y aconteciendo constantemente. El placer surge
del mismo cambio. El mero hecho de cambiar de comida o ropa nos resulta
agradable; en cambio, cuando disfrutamos de algo por segunda o tercera
vez, por muy agradable que sea, ya no nos produce tanto placer. Y si nos
lo estuvieran ofreciendo constantemente, acabaría fastidiándonos y
cansándonos. -----------------------------------------
Chuang-tsé (Soshi) la narra con un gran sentido del humor de la siguiente
manera: "Los seguidores de Kih, el gran ladrón y asesino, le preguntaron:
"¿Se guía el ladrón por algún principio al robar?". A lo que él contestó:
"¿Hay alguna profesión que no tenga sus propios principios? El ladrón
demuestra su sabiduría al llegar a la conclusión de que en la casa hay un
valioso botín; su valor, al ser el primero en entrar en ella; su justicia,
al repartir equitativamente el botín; su lealtad, al no traicionar nunca a
sus compinches; y su bondad, al ser generoso con sus seguidores. Sin estas
cinco cualidades, no habría nadie en el mundo que pudiera llegar a
ser un buen ladrón". La parábola nos muestra claramente que la naturaleza
búdica del ladrón y del asesino se expresa como sabiduría, valor,
justicia, fidelidad y bondad dentro del ámbito de su sociedad, y que si
actuara de la misma forma fuera de ella, no sería un gran ladrón, sino un
gran sabio. -----------------------------------------
Esto no sólo ocurre con los ladrones o
los asesinos, sino también con la gente común y corriente. Hay muchas
personas que son honradas y buenas en sus casas, y viles y deshonestas
fuera de ellas. Y también otras que sienten un apasionado amor por su
región, y en cambio actúan ilícitamente contra los intereses de las otras.
Dentro de los límites de su propia región, son personas rectas y
honorables, pero fuera de ellos no son más que una pandilla de granujas.
También hay quienes son como un George Washington y un Guillermo Tell en
su propia tierra, pero unos piratas y caníbales en los demás países. Y no
son pocas las personas que tienen prejuicios raciales y no permiten que
los rayos de su naturaleza búdica penetren en una piel de color. Esta
clase de personas civilizadas son lo suficientemente humanas como para
amar y apreciar a cualquier persona como si de un hermano suyo se tratara,
pero tan poco compasivas que piensan que las criaturas inferiores han sido
creadas con el único fin de servirles de alimento. Una persona plenamente
iluminada, en cambio, siente compasión tanto por los seres humanos como
por las criaturas inferiores; así el Buda Sakiamuni, consideraba a todos
los seres sensibles como hijos suyos. ----------------------------------------- |
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