SECCIÓN 1 Título 1 Título 2 Título 3
algunos fragmentos de:                     La religión de los samurai

de KAITEN NUKARIYA

traducción de Núria Martí
(Paidós,2005)

 

En aquella época, la mayoría de los espadachines profesionales pertenecientes a la clase militar practicaban el zen. Munemori (Yagyu), por ejemplo, se hizo famoso al combinar el zen con el arte de la espada. La siguiente historia sobre Bokuden (Tsukahara), un gran espadachín, ilustra esta tendencia:
"En cierta ocasión Bokuden tomó una embarcación para cruzar el Yabase, en la provincia de Omi. Entre los pasajeros había un samurai, alto y robusto, al parecer un experimentado espadachín. Como se comportaba con rudeza con los pasajeros y no dejaba de jactarse de su destreza en el arte de la espada, Bokuden, irritado por su fanfarronería, no pudo contenerse y rompió el silencio diciendo: "Querido amigo, por lo visto tú practicas el arte de la espada para conquistar al enemigo, pero yo lo practico para no ser conquistado". El samurai, al ver que Bokuden vestía como un monje zen, le preguntó: "¡Oh, monje! ¿A qué escuela marcial perteneces?". A lo que él respondió: "A la escuela de conquistar al enemigo sin necesidad de pertenecer a ninguna escuela marcial". El samurai exclamó: "¡No digas patrañas, viejo monje! Si puedes vencer al enemigo sin luchar, ¿por qué llevas entonces una espada?". Bokuden le respondió con unas frases zen: "Mi espada no es para matar sino para salvar, mi arte se transmite de mente a mente". "Entonces ven monje --le desafió el samurai-- vamos a ver cuál de los dos gana." Bokuden aceptó el reto sin titubear, pero le dijo: "No debemos luchar en la embarcación porque algún pasajero podría resultar herido. Vayamos a esa pequeña isla que se ve a lo lejos. Cuando lleguemos a ella, podremos luchar". El samurai aceptó la propuesta y la barca se dirigió hacia la isla. En cuanto llegó a ella el samurai saltó a tierra y gritó: "¡Ven monje, apresúrate, apresúrate!". Sin embargo, Bokuden se levantó con una gran parsimonia y le dijo: "No tengas prisa por perder la cabeza. Una de las reglas de mi escuela es que has de prepararte lentamente para luchar y mantener el alma en el vientre". Entonces Bokuden le quitó rápidamente los remos al barquero y remando con una gran energía alejó la embarcación de la orilla dejando en tierra al samurai, que, al tiempo que daba patadas en el suelo, gritaba furioso: "¡Eh, tú, vuelve aquí, monje cobarde! ¡Viejo monje, vuelve aquí!". Bokuden le respondió: "Ahora escúchame, éste es el arte secreto de conquistar al enemigo sin pertenecer a ninguna escuela marcial. No lo olvides, ¡y no se lo cuentes a nadie!". Y de ese modo, librándose del fanfarrón, Bokuden y los pasajeros desembarcaron sanos y salvos en la otra orilla"

HISTORIA DEL ZEN EN JAPÓN, 12. El zen bajo el sogunado Tokugawa

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La transformación y el cambio son las características esenciales de la vida. La vida no es transformación, ni cambio en sí misma, como Bergson al parecer supone, sino algo que nosotros percibimos como transformación y cambio. Entre los budistas, y también entre los cristianos, no son pocas las personas que ansían que la vida sea constante y fija, cautivadas por unos nombres tan agradables como vida eterna, dicha duradera, paz permanente y otros parecidos. Han olvidado que sus almas nunca se sentirían satisfechas con tal monotonía. Si existiera una dicha duradera para sus almas, deberían presentársela a través de incesantes cambios. Y, del mismo modo, si existiera una vida eterna para sus almas, deberían ofrecérsela a través de incesantes modificaciones. ¿En qué se diferencia la vida eterna, fija y constante, de la muerte eterna? ¿En qué se diferencia un gozo eterno, inmutable y monótono, de un eterno sufrimiento? Si la vida estuviera gobernada por la constancia y no por el cambio, los deseos o los placeres no podrían existir. Pero, por suerte, la vida no es constante. Está cambiando y aconteciendo constantemente. El placer surge del mismo cambio. El mero hecho de cambiar de comida o ropa nos resulta agradable; en cambio, cuando disfrutamos de algo por segunda o tercera vez, por muy agradable que sea, ya no nos produce tanto placer. Y si nos lo estuvieran ofreciendo constantemente, acabaría fastidiándonos y cansándonos.
El cambio es un factor decisivo en el placer que nos producen las reuniones sociales, los viajes o las visitas a lugares interesantes. Incluso el placer intelectual se basa principalmente en el cambio. Una verdad abstracta sin vida e inmutable, como la de que 2 más 2 hacen 4, no despierta ningún interés; en cambio, una verdad concreta y cambiante, como la teoría darwiniana de la evolución, resulta muy interesante.

EL BUDA, EL ESPÍRITU UNIVERSAL, 9. La vida y el cambio

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Chuang-tsé (Soshi) la narra con un gran sentido del humor de la siguiente manera: "Los seguidores de Kih, el gran ladrón y asesino, le preguntaron: "¿Se guía el ladrón por algún principio al robar?". A lo que él contestó: "¿Hay alguna profesión que no tenga sus propios principios? El ladrón demuestra su sabiduría al llegar a la conclusión de que en la casa hay un valioso botín; su valor, al ser el primero en entrar en ella; su justicia, al repartir equitativamente el botín; su lealtad, al no traicionar nunca a sus compinches; y su bondad, al ser generoso con sus seguidores. Sin estas cinco cualidades, no habría nadie en el mundo que pudiera  llegar a ser un buen ladrón". La parábola nos muestra claramente que la naturaleza búdica del ladrón y del asesino se expresa como sabiduría, valor, justicia, fidelidad y bondad dentro del ámbito de su sociedad, y que si actuara de la misma forma fuera de ella, no sería un gran ladrón, sino un gran sabio.

LA NATURALEZA DEL SER HUMANO, 9.La parábola del ladrón Kih

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Esto no sólo ocurre con los ladrones o los asesinos, sino también con la gente común y corriente. Hay muchas personas que son honradas y buenas en sus casas, y viles y deshonestas fuera de ellas. Y también otras que sienten un apasionado amor por su región, y en cambio actúan ilícitamente contra los intereses de las otras. Dentro de los límites de su propia región, son personas rectas y honorables, pero fuera de ellos no son más que una pandilla de granujas. También hay quienes son como un George Washington y un Guillermo Tell en su propia tierra, pero unos piratas y caníbales en los demás países. Y no son pocas las personas que tienen prejuicios raciales y no permiten que los rayos de su naturaleza búdica penetren en una piel de color. Esta clase de personas civilizadas son lo suficientemente humanas como para amar y apreciar a cualquier persona como si de un hermano suyo se tratara, pero tan poco compasivas que piensan que las criaturas inferiores han sido creadas con el único fin de servirles de alimento. Una persona plenamente iluminada, en cambio, siente compasión tanto por los seres humanos como por las criaturas inferiores; así el Buda Sakiamuni, consideraba a todos los seres sensibles como hijos suyos.
Todas esas personas tienen la misma naturaleza búdica, pero la expresan en sus acciones de modos muy distintos. Si decimos que los ladrones y los asesinos son malos por naturaleza, en tal caso los reformadores y revolucionarios también los son. Y si decimos que el patriotismo y la lealtad son buenos, entonces la traición y la insurrección también deben serlo. Por tanto, es evidente que las llamadas buenas personas son las que actúan promoviendo unos intereses más amplios en la vida y que las llamadas malas personas son las que actúan persiguiendo unos intereses más limitados...

LA NATURALEZA DEL SER HUMANO, 11.Las personas malas son buenas en el cascarón

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