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algunos fragmentos de:                     El mundo del príncipe resplandeciente

de IVAN MORRIS

traducción y prólogo de Jordi Fibla
(Atalanta, 2007)

 

II. EL MARCO
Sin embargo, la principal sensación que procuraba la arquitectura Heian era de comedimiento y tranquilidad. Un propósito de humildad y de rehuir la ostentación, que caracterizó el gusto japonés muchos siglos antes de la influencia del budismo Zen, disuadía del uso de los colores brillantes, la laca y los espléndidos diseños propios de la arquitectura china. Por las reconstrucciones de la residencia imperial, en la que se basaban las mansiones shinden, podemos juzgar que era uno de los lugares más austeros del mundo.
En la época Heian, lo mismo que hoy, el mobiliario de la casa típica japonesa no podía ser más escaso. El suelo de madera estaba desnudo, salvo por las esterillas individuales de paja y los cojines en los que se sentaban; la costumbre de cubrir todo el suelo con tatami (esteras de juncos) estaba todavía por llegar. Las sillas (goishi) habían sido copiadas de la corte china en un periodo anterior, pero nunca se generalizaron. En tiempos de Murasaki se empleaban sobre todo para ocasiones ceremoniales en templos budistas y en el palacio, donde estaban reservadas al emperador, los príncipes imperiales, el regente y el primer ministro. Por lo demás, la vida en el interior de la casa, tanto en la vigilia como durante el sueño, se pasaba en el suelo.
Sólo aliviaba el vacío de la habitación algún mueble auxiliar, como una cómoda, un brasero, un biombo, una mesa para jugar al go u otro objeto movible. En el centro de los aposentos más amplios había una chôdai ("plataforma con cortinas"), que servía a modo de alcoba y al mismo tiempo como salita privada. La chôdai era una plataforma negra de unos sesenta centímetros de altura y tres metros cuadrados; estaba cubierta de esteras de paja y cojines y rodeada de cortinas. En un extremo de la plataforma se suspendían cuernos de rinocerone para prevenirse contra la enfermedad, y frente a ellos había un par de espejos para mantener a raya a los espíritus malignos. A pesar de estas precauciones, parece ser que la chôdai dejaba bastante que desear en cuanto a seguridad, y a menudo se colocaban unos soportes en el suelo para evitar que la plataforma resbalara, así como para decoración. Las imágenes de un león y un "perro coreano" (komainu) se consideraban el tipo más elegante de apoyo, tan elegante que, de hecho, en la época de Murasaki estaban reservados exclusivamente al emperador y la emperatriz.(1)
El lugar utilizado para dormir solía ser el centro de la chôdai, aunque cualquier parte de la habitación se podía dividir mediante biombos o cortinas con esa finalidad. La "cama" (yuka) carecía de las connotaciones de comodidad y protección que tiene para nosotros: el aristócrata Heian yacía totalmente vestido sobre una estera de paja, tapándose con un cubrecama de seda o algodón, o, cuando hacía frío, con alguna pesada prenda de vestir. Los rollos de Genji muestran al joven Kashiwagi en su lecho de muerte: todavía lleva el rígido tocado cortesano y, como es otoño, está cubierto con una gruesa vestimenta de seda; su rostro es blanco y descarnado, y la cabeza descansa sobre el duro bloque de madera que le sirve de almohada.
Un elemento del mobiliario que desempeña un importante papel en la literatura de la época era la kichô, un bastidor portátil de metro ochenta de altura del que pendían unas colgaduras opacas, que Waley traduce como "cortina ceremonial". Las colgaduras tenían una atractiva decoración, y tanto la tela como los dibujos cambiaban con las estaciones. La parte inferior se dejaba sin coser, de modo que pudieran introducirse objetos por la abertura. El principal objeto de la cortina ceremonial era proteger a las damas de la casa de las miradas indiscretas. Cuando una mujer recibía la visita de un caballero, normalmente se ocultaba detrás de esas cortinas, donde, en el mejor de los casos, sólo podía verse su vago contorno. Uno de los principales propósitos del galán de Heian era asomarse por detrás de la mampara ceremonial; una vez logrado este objetivo preliminar, lo demás solía seguir con una facilidad notable. No obstante, pese a su endeble construcción, la "cortina ceremonial" podía constituir una barrera formidable...
Un aspecto importante de la mansión shinden, así como de la arquitectura japonesa en general, es la manera en que el interior de la casa se fusionaba con el mundo exterior. Los aposentos estaban separados de las terrazas por una serie de postigos. Cuando el tiempo era caluroso, los postigos se quitaban y las persianas de bambú se enrollaban, de modo que la habitación casi se convertía en una parte del jardín. Nunca en Japón la separación entre "exterior" e "interior" ha sido tan marcada como en Occidente, y la influencia budista ayudó a combatir la idea de una morada compacta y permanente que pudiera proporcionar una barrera contra el mundo exterior de la naturaleza.
El carácter liviano, "meridional" de la arquitectura shinden se combinó con los extremos climáticos de Japón para hacer que los habitantes de Heian Kyô fueran más conscientes que nunca de la naturaleza y sus cambios...
La construcción abierta de la casa shinden y su íntima relación con el jardín eran características que le conferían un indudable atractivo. Sin embargo, por lo que a comodidad física se refiere, las viviendas Heian, incluso las de los aristócratas más ricos, difícilmente podrían haber sido menos sugerentes. En particular, estaban mal equipadas para hacer frente a los rigurosos inviernos de la ciudad. Los redondos braseros de madera, que constituían el principal medio de calefacción, tenían escaso efecto sobre la temperatura de las grandes salas abiertas y los largos corredores llenos de corrientes.(2) Esto repercutía directamente en las modas. Las mujeres debían protegerse con numerosas capas de ropa y, puesto que se trataba de una época de buen gusto, hacían de la necesidad virtud, y la sutil armonía de los colores de las diferentes capas constituía uno de los grandes artes de la vida cotidiana.
En los días cálidos y soleados, cuando se podían retirar los postigos y enrollar las persianas, la casa Heian era bastante luminosa, pero por regla general los aleros sobresalientes y la ausencia de ventanas mantenían las habitaciones en penumbra. Una vez que el sol se había puesto, débiles candiles y en ocasiones velas (la causa de muchos y desastrosos incendios) aportaban la única iluminación. Al leer La historia de Genji y otras obras de la época, debemos recordar hasta qué punto los aristócratas pasaban la vida en un estado de penumbra. Es muy posible que la tristeza que embarga a tantos de sus personajes esté relacionada con la oscuridad de sus casas. Las mujeres, en particular, vivían en un crepúsculo casi perpetuo. Como si las habitaciones no fuesen ya bastante oscuras, normalmente se ocultaban tras gruesas colgaduras de seda o biombos. Sin duda, todo esto aumentaba el aura de misterio y el carácter esquivo con que los miembros de su sexo siempre han tratado de intrigar al varón inquisitivo. También podemos imaginar la gran ayuda que debió de significar para aquellas damas que no estaban favorecidas por la juventud o la belleza...
La oscuridad de la casa Heian es el origen de muchas complicaciones. Las aventuras amorosas empiezan y terminan en penumbra, y en ocasiones los amantes ni siquiera están seguros de quién es su acompañante...
Cabría esperar que este estado de penumbra casi perpetua permitiera cierto grado de intimidad. En realidad, la casa shinden no sólo presentaba escasa defensa contra el mundo natural exterior, sino que también ofrecía muy poca protección en su interior. Ningún estilo arquitectónico podría haber sido más apropiado para quien gusta de escuchar las conversaciones ajenas o para el mirón. La palabra kaimamiru (literalmente, "atisbar a través del seto") se repite una y otra vez en la literatura de la época, y muchos de los argumentos giran en torno a conversaciones que alguien ha acertado a oír, o sobre jóvenes damas a las que algún emprendedor caballero espía a través de una celosía. ... Sin embargo, para la mayoría de los coetáneos de Murasaki, la intimidad habría sido un término carente de sentido.

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(1) Estos dos animales eran en realidad el mismo, sólo que el león era amarillo y tenía la boca abierta, mientras que el perro era blanco y tenía la boca cerrada; ambos habían sido importados originalmente de Corea

(2) En cuanto a la comodidad, la arquitectura japonesa no experimentó una mejora notable en los siglos posteriores. A comienzos del siglo XX, B.H. Chamberlain hizo los siguientes mordaces comentarios:
"Nada donde sentarse, nada más que un brasero con el que calentarse y, sin embargo, un considerable peligro de incendio, falta de solidez, falta de intimidad, dos veces al día el ruido ensordecedor de las puertas correderas exteriores al abrirse y cerrarse, las corrientes de aire penetrando insidiosamente a través de innumerables grietas y ranuras, la oscuridad cada vez que una lluvia intensa hace necesario cerrar uno o más lados de la casa (...) de éstas y otras diversas enormidades las casa japonesas deben considerarse culpables" Things Japanese, pp. 36-37
Por supuesto, nada es tan relativo como los criterios de comodidad. Muchos ciudadanos modernos rechazarían el humo, la oscuridad, las corrientes, los olores y el abarrotamiento de una casa en el Londres victoriano con casi tanta indignación como Chamberlain condena la arquitectura tradicional japonesa.

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