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EL CINE
El cine no acaba de ser una salida. Apenas estamos con los demás. Lo que
importa es esa especie de flotamiento algodonoso que sentimos al entrar en
la sala. No ha empezado la película; una luz de acuario tamiza las
conversaciones a media voz. Caminando por la moqueta, nos dirigimos con
falso aplomo hacia una fila de butacas vacía. No puede decirse que nos
sentemos, ni siquiera que nos arrellanemos en el asiento. Es preciso
domesticar ese volumen abombado, entre compacto y mullido. Poco a poco nos
enroscamos imprimiendo a nuestro cuerpo pqueñas y deliciosas convulsiones.
Al propio tiempo, el paralelismo, la orientación hacia la pantalla
entreveran la adhesión colectiva con el placer egoísta.
Pero el intercambio se interrumpe ahí, o casi. ¿Qué nos llegará de ese
gigantón de aspecto desenfadado que sigue leyendo el periódico, tres filas
más adelante? Tal vez unas risas, cuando nosotros no nos riamos --o lo que
es peor: algunos silencios cuando sí se nos escape la risa. En el cine, no
nos damos a conocer. Salimos para escondernos, acurrucarnos, enterrarnos.
Estamos en el fondo de la piscina, y en ese profundo azul cualquier cosa
puede llegarnos de ese falso escenario sin profundidad, anulado por la
pantalla. Ni un olor, ni una corriente de aire en esa sala volcada en una
espera plana, abstracta, en ese volumen concebido para deificar una
superficie.
Sobreviene la oscuridad, el altar se ilumina. Vamos a flotar, peces del
aire, pájaros del agua. El cuerpo va a aletargarse, y nos tornamos campiña
inglesa, avenida de Nueva York o lluvia de Brest. Somos la vida, la
muerte, el amor, la guerra, sumergidos en el embudo de un haz de luz donde
revolotea el polvo. Cuando aparece la palabra fin, permanecemos postrados,
como con disnea. Luego se enciende la insoportable luz. Entonces hay que
desplegar el cuerpo entumecido, y sacudirse hacia la salida en plan
sonámbulo. Sobre todo no dejar caer de inmediato las palabras que
destrozarán, juzgarán, puntualizarán. En la vertiginosa moqueta, aguardar
pacientemente a que el gigantón del periódico pase delante. Cual patosos
cosmonautas, conservar durante unos segundos ese extraño sopor.
EL JERSEY DE OTOÑO
Siempre es más tarde de lo que uno
imaginaba. Ha pasado tan deprisa septiembre, con todos los agobios de la
vuelta al trabajo. Al ver caer las primeras lluvias, nos decíamos: "Ya
está aquí el otoño"; aceptábamos que todo no fuera ya más que un
paréntesis antes del invierno. Pero en nuestro fuero interno, sin acabar
de reconocerlo, nos esperábamos algo. Octubre. las auténticas noches de
helada, de día el cielo azul sobre las primeras hojas amarillas. Octubre,
ese vino tibio, esa suave molicie de la luz, cuando el sol sólo es
agradable a las cuatro; la tarde, en la que todo cobra la suavidad oblonga
de las peras que han caído de la espaldera.
Entonces hace falta un jersey nuevo. Vestir los colores de las castañas, los sotobosques, el rojo rosado
de las rúsulas. Reflejar la estación en la suavidad de la lana. Pero un
jersey nuevo: elegir el fuego nuevo que va a empezar a apagarse.
¿Con tonos verdes? Un verde de Irlanda, color guisante, brumoso, whisky rugoso, salvaje y solitario como
los campos de turba, la hierba rala. Pero ¿y rojizo? Hay tantos tonos
rojizos, cabelleras ofelianas, deseo de merendar como antaño, pan con
mantequilla-pan de especias, bosques sobre todo, rojo de la tierra, rojo
del cielo, inaprensibles olores de ferias y arboledas, de boletos y de
agua. ¿Y por qué no color seda cruda? Un jersey de trama gruesa, a rombos,
como si alguien tuviera aún tiempo de hacer punto para uno.
Un jersey muy grande: el cuerpo desaparecerá, seremos la estación. Un jersey holgado de hombros, de
momento... Incluso es bueno para uno mismo ese modo de representar el
final de las cosas con el tono de la estación. Elegir el sosiego de las
melancolías. Comprar el color de los días, un jersey nuevo de otoño.
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