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Del Libro
Tercero, capítulo XI "Un debate de médicos"
...No pasó mucho tiempo desde su regreso de Kumano, cuando el ministro
prudente cayó enfermo. No puso empeño en curarse ni en rezar. ¡Oh, qué
bien que la divinidad de Kumano había aceptado su plegaria!
Por entonces, un famoso médico de la corte
de los Sung, de China, estaba de visita en Japón. El primer ministro, que
esos días estaba en su residencia de Fukuhara, llamó a Moritoshi,
gobernador de Etchû, y le mandó con este mensaje para su hijo Shigemori.
"Me han informado que tu mal empeora. De la
tierra de los Sung ha llegado un médico de renombre. Es una buena
oportunidad para que le mandes llamar y te examine"
El Prudente, postrado en su lecho de
enfermo, fue ayudado a levantarse. Y dijo al mensajero estas palabras:
-Primero, di a mi padre que he recibido su
mensaje sobre el médico. Y ahora escucha tú bien lo que voy a decirte. Era
el emperador Daigo un sabio soberano cuya única tacha fue haber permitido
la entrada en la capital a un adivino extranjero. Al lado de eso, que fue
considerado un error imperial y un oprobio para el pueblo, el que un
simple súbdito como yo reciba a un médico extranjero, ¿acaso no sería
considerado una deshonra para el Imperio?
Kao Tsu, de la dinastía Han, dominó toda
China con la fuerza de su espada de tres pies de largo. Cuando atacó a
Ching Pu, de Huai Nan, fue alcanzado por una flecha perdida y quedó
herido. Su esposa, la emperatriz Lu Tai Hu, llamó a un famoso médico para
que lo curara. El médico dijo:
-La herida tiene cura, pero para curarla se me
deben pagar cincuenta kon de oro.
El emperador Kao Tsu dijo:
-Con la protección del cielo he tomado parte en
un sinfín de batallas y, aunque me han herido en ellas, jamás he sentido
dolor. Pero ahora el cielo ha decicido que ha llegado mi hora. Ni siquiera
el legendario Pien Chue podría sanarme ya. Pero si rechazo la petición del
médico, la gente podría pensar que lo hago por escatimar dinero.
Entonces Kao Tsu envió los cincuenta kon de oro a
ese médico, pero se negó a verlo y a recibir tratamiento.
Esta antigua historia sigue viva en mis oídos y
me sigue conmoviendo profundamente.
Y el Prudente siguió diciendo:
-Yo, Shigemori, a pesar de no merecerlo, formo
parte de la alta nobleza y he alcanzado el puesto de ministro del Centro.
Pero cuando me paro a pensar en el futuro, sé que todo depende del cielo.
¿Cómo voy a ser tan necio de ignorar la voluntad del cielo y desear
ciegamente ser curado? Si este mal mío es la retribución por una
existencia anterior, cualquier tratamiento médico será inútil. Y si no lo
es, será curado sin necesidad de tratamientos. A pesar de las artes
médicas del famoso Giba, el mismo Buda Sakyamuni expiró a orillas del río
Battai. Lo hizo para enseñarnos que una enfermedad decretada por el karma
no puede ser curada. Si no, ¿por qué iba a morir Buda?. El paciente era el
mismo Buda y el médico era el famoso Giba. ¿No es ésa una prueba
suficiente?
Ni el cuerpo de Shigemori es el de Buda Sakyamuni,
ni este médico posee la ciencia de aquel ilustre Giba. Aunque domine los
Cuatro Tratados Médicos y sepa el remedio a cien males, ¿cómo va a poder
sanar un cuerpo corrupto que vive en un mundo de iniquidad e impermanencia?
Aunque haya estudiado los Cinco Discursos Médicos y sepa curar todo género
de males, ¿cómo va a poder sanar el mal del karma de la vida anterior?
Además, si la medicina de la China de los Sung salvara mi vida, eso
pondría en evidencia la falta de saber médico de nuestro país. Y si esa
medicina extranjera no tuviera efecto, entonces ¿para qué recibir a ese
médico? Además, si yo, que soy ministro de este país, recibo a un médico
extranjero, supondría una afrenta para el Imperio y significaría el
debilitamiento de nuestro gobierno. Aún a riesgo de perder la vida, ¿iba a
tener yo valor para ocasionar la deshonra del país?
Dile a mi padre cuanto te he dicho.
Moritoshi regresó con el mensaje a Fukuhara y con
lágrimas en los ojos le contó todo al primer ministro.
Kiyomori entonces habló así:
-Jamás había sabido de un ministro tan preocupado
por la honra del Imperio. No esperaba que se diera un hombre así en una
época de degeneración como ésta. En Japón no hay un ministro como él.
Estoy seguro ahora de que su destino es morir.
Al decir estas palabras, las lágrimas le
afloraron a los ojos. Después, apresuradamente, se dirigió a la capital.
El día veintiocho del séptimo mes, Shigemori el
Prudente tomó las órdenes sabradas y el nombre budista de Jôren ("loto
inmaculado"). Aceptó con serenidad los últimos días de su vida, y falleció
el día uno del octavo mes. Tenía cuarenta y tres años y estaba todavía en
lo mejor de la vida. ¡Qué aciaga fue su suerte!
En la capital todo el mundo, ya fuera el pueblo
llano o la nobleza, se lamentaba y decía:
-Bajo la tiranía de Kiyomori, el Imperio se ha
mantenido en paz gracias a los consejos de Shigemori. Pero ahora ¿qué va a
pasar?
En cambio los criados y familiares de Munemori,
capitán general de la Derecha, se alegraban y decían:
-Pronto las riendas del poder del clan estarán en
las manos de nuestro señor.
El corazón de los padres está conformado de
tal naturaleza que se abate incluso cuando quien les precede en la muerte
es un hijo necio. ¿Qué decir entonces cuando quien muere es un dechado de
prudencia y sabiduría? La pérdida para sus padres y el debilitamiento para
los de su clan se expresaban en un profundo abatimiento. Todo el pueblo
lloraba la pérdida de un ministro tan virtuoso y los Heike lamentaban la
pérdida de un guerrero tan valiente. Un espíritu recto, un corazón
sincero, una elocuencia pulida, una moral intachable, una elegante
destreza en las artes. Todo eso poseía Shigemori, el Prudente.
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Libro séptimo, capítulo XV "Palacios en ruinas"
Algunos de los palacios incendiados, ahora en
ruinas, fueron en otro tiempo lugares de augustas visitas del Emperador.
De la espléndida puerta del Ave Fénix no quedaban sino los pedestales, y
se podía ver el lugar donde colocaban el palanquín imperial. En los
jardines donde la Emperatriz había presidido banquetes, ahora soplaba un
viento lúgubre, y las gotas del rocío, como lágrimas de duelo, descendían
sobre los restos calcinados. Todas aquellas obras, labradas larga y
pacientemente, en un instante se habían convertido en cenizas: aquelas
lujosas alcobas que exhalaban tan exquisitos perfumes, aquellas cortinas
bordadas de delicadas sedas, aquellos pabellones de caza rodeados de
verdes arboledas, aquellos estanques donde se pescaba, aquellas
residencias de la media y alta nobleza ornadas de plantaciones de
agavanzos y acacias. ¿Y qué decir de las casas humildes...
¿Quién podría haber imaginado que todos ellos
iban a ser expulsados del centro de la civilización y obligados a vagar
con lágrimas en los ojos por los confines más ásperos e incultos?
Hasta ayer mismo los Heike eran dragones
poderosos, capaces de remontar por encima de las nubes y de dispensar la
lluvia. Hoy no son más que pescados desecados expuestos a la venta en
cualquier puesto de pescado. En verdad que la calamidad y la fortuna están
en el mismo camino, y la bonanza y la ruina son la palma y el dorso de la
misma mano. ¿Quién podrá no lamentar estos sucesos? ¡Esos hombres, que en
la era de Hôgen se alzaban como flores de primavera, ahora, en los días de
la era de Juei, caían como las hojas del otoño!
Desde el séptimo mes del cuarto año de la era de
Jishô (1180), tres samuráis como Shigeyoshi, Arishige y Tomotsuna habían
venido de las provincias para reforzar la guardia del Palacio Imperial, y
continuaron su servicio hasta la era de Juei. Cuando los Heike decidieron
abandonar la capital, se pensó en condenarlos a muerte. Pero Tomomori,
consejero medio, se opuso diciendo:
-No vamos a enderezar el curso de nuestro destino
aunque ejecutemos a cien o a mil hombres. Pensemos en el sufrimiento que
causaríamos a las esposas, hijos y sirvientes de estos hombres. Si nuestro
destino volviera a mejorar, seguro que esos hombres volverían a la capital
para servirnos. Sería un acto de generosidad liberarlos. ¡Hagámoslo así y
devolvámoslos a sus tierras!
-Tienes toda la razón -dijo el ministro
Munemori.
Los tres samuráis, al saber que no los iban
a ejecutar, se postraron al suelo hasta tocarlo con sus frentes y,
llorando de gratitud, repetían con insistencia:
-Deseamos acompañara a sus señorías allá dondequiera que
vayan. Y también permanecer para siempre al lado de Su Majestad, cuya
benevolencia nos ha permitido continuar con vida desde la era de Jishô.
Pero Munemori contestó:
-Vuestros corazones están en las provincias del este
con vuestras familias. No tendría sentido, por lo tanto, que cuerpos sin
corazones se vinieran con nosotros a las regiones del oeste. Volved cuanto
antes a vuestras tierras.
Resignados a obedecer, partieron, y a duras
penas contenían las lágrimas. Después de haber servido a los mismos
señores más de veinte años, estos tres hombres sentían lo difícil que era
separarse de ellos sin derramar lágrimas.
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Libro noveno, Capítulo XI "El doble asalto"
Mientras tanto, había llegado también Narita al
campo de batalla de Ichi-no-tani. Y después llegó Sanehira al frente de
sus siete mil jinetes con todo tipo de banderas izadas y atacando en
tropel mientras lanzaban gritos de batalla.
En el ejército de cincuenta mil hombres al mando
de Noriyori que los Genji habían estacionado en los bosques de Ikuta se
encontraban dos hermanos, Takanao y Morinao, de la familia Kawara. Takanao
llamó a su hermano menor Morinao y le habló de este modo:
-Un señor principal de la guerra acrecienta
provecho y honra a través de las hazañas que realizan por él sus hombres.
Pero nosotros, que no somos principales, debemos ganarnos el provecho y la
honra a través del riesgo de nuestras propias vidas. Estoy perdiendo la
paciencia de tanto esperar aquí teniendo al enemigo tan cerca. Había
pensado en escaparme y entrar en la fortaleza enemiga para dispararles
desde dentro. La probabilidad de regresar vivo es de una entre mil. Pero
tú quédate aquí, para que seas testigo ante nuestra familia de lo que voy
a hacer.
Su hermano, con lágrimas en los ojos, le dijo:
-¡Cómo me duele que hables de ese modo! ¿Qué
honra puede ganar el hermano menor si su hermano mayor corre a la muerte
antes que él? ¡Déjame morir contigo! ¡Sí, morir contigo y en el mismo
lugar!
Takanao accedió al ruego de su hermano. Los dos
mandaron llamar a sus criados. Les ordenaron que enviaran un mensaje a sus
familias que describiera a sus esposas e hijos sus últimos momentos. Luego
se pusieron en camino hacia el campamento enemigo. Dejaron los caballos,
se calzaron unas sandalias de paja y se sirvieron de sus arcos como
bastones. Treparon por las estacas de la empalizada del campamento de
Ikuta y, de un salto, se vieron dentro del fuerte enemigo. Bajo la luz de
las estrellas no se distinguía el color de sus armaduras. Entonces,
Takanao, con voz atronadora, gritó:
-¡Aquí estan Takanao y Morinao de los Kawara, e
la provincia de Mushashi! ¡De todo el ejército de vanguardia de los Genji
que está en los bosques de Ikuta, nosotros dos hemos sido los primeros en
asaltar el campamento enemigo!
Pero nadie les respondía. Los Heike decían
entre ellos:
-¡Ah, estos guerreros del este! No los hay más
temibles. Pero sólo son dos. ¿Qué van a poder hacer en medio de nuestro
inmenso ejército? ¡Dejémosles que se entretengan un rato!
Pero los dos hermanos Karawa, excelentes
arqueros, se pusieron a dispara una flecha tras otra contra el enemigo.
-¡Malditos canallas! ¡Nos están disparando!
¡Matadlos! -gritaron los Heike.
Entre los Heike había también dos hermanos, Gorô
y Shirô, de la familia Manabe, de la provincia de Bitchû, ambos con fama
de grandes arqueros. El segundo de ellos se hallaba en ese momento en el
fuerte de Ichi-no-tami, pero Gorô estaba aquí. Fue éste quien disparó una
flecha con tal potencia que atravesó el peto de la armadura de Takanao
desde el tronco hasta la espalda. Takanao se dobló por el impacto y tuvo
que apoyarse en su arco para no caer. Su hermano menor acudió enseguida en
su ayuda, lo cargó a hombros e intentó trepar por las estacas para sacarle
de allí. Pero en este instante, Gorô disparó una segunda flecha que se
clavó en la abertura de la faldilla de su armadura. Los dos hermanos
cayeron al suelo. Los hombres de Gorô corrieron hacia ellos y rápidamente
les cortaron las cabezas. Cuando se las mostraron a Tomomori, el general
de los Heike, exclamó:
-¡Qué hombres tan valientes! Cada uno de ellos
valía por mil. ¡Ojalá hubiera podido salvarles la vida!
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