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Un fragmento escogido de: |
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Las cosas más extrañas Andrés Trapiello |
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Hoy en la sección de necrológicas vienen cuatro pequeñas biografías de cuatro personas de cada una de las cuales podría hacerse una novela: una vieja multimillonaria socialista que muere a los 98 en Asturias, después de una vida dividida entre Cuba (antes de la guerra), la República y el exilio. Se llamaba Veneranda Manzano. Era maestra de escuela. Otra: la de un viejo. Se llamaba Joan Saña i Magriñá, cineasta de la CNT, que fue un impulsor del cine durante la guerra civil. Otra: la del más conocido guía del Naranjo de Bulnes, que escaló solo o guiando expediciones más de doscientas veces. Si éste hubiera llevado un diario habría tenido él también algunas historias que contar, porque los alpinistas están todos locos y suelen ser unos ilusos. Se llamaba Alfonso Martínez Pérez. Y la última, la de la duquesa Clara von Sachen-Meiningen, muerta a los 97 años, lo que quiere decir que su vida empezó en un imperio y terminó en casi nada. Era hija del conde Alfred von Knorff. Estas pequeñas necrológicas le dejan a uno con la miel en los labios, pues de la misma manera, se nos cierran, dejándonos intrigados de todo lo demás, de lo que fue su vida, excepcional en cierto modo, pues gracias a esa vida han podido estar en esa sección del periódico. También sería una novela bonita la que contara la vida del periodista encargado de la sección de necrológicas. Yo conocí a un periodista de El País, que acabó en esa sección. Era una persona encantadora. Había pasado por varias secciones, primero en cierre, luego lo destinaron a nacional, a internacional, a cultura medio año, y acabó en economía, materia que dominaba. Bebía de una manera casi natural, pero sin dejarlo de hacer un solo instante todo el tiempo que no estaba dormido. Por la mañana una clase de alcohol, al mediodía otra, por la tarde otra y por la noche otra, como el enfermo que precisa medicación específica a lo largo del día. La historia podía tomar a ese periodista real como punto de partida. El que yo conocí no se llamaba así, sino Julián Gutiérrez. En la novela podría llamarse Joaquín C. Bremond, que suena mejor. Bremond estaba separado, de hecho su mujer le había dejado después de tener el segundo hijo, porque no soportaba verlo llegar borracho cada dos por tres. Después de separarse se mudó a los apartamentos de la calle Villanueva, que están encima de un bingo. Era un apartamento pequeño que olía de una manera seca y picante seguramente porque jamás pasaba nadie la aspiradora por la moqueta. Yo estuve allí una vez. El trabajo en el periódico le gustaba, pero no quería ser un gran periodista ni escribir libros de economía ni hacer investigaciones ni firmar sus artículos. Desde que se separó de su mujer, sólo quería que le dejaran en paz, trabajar ocho horas, hablar con la gente y luego salir por ahí a beber copas, y seguir hablando con todo el mundo. Le gustaba hablar con la gente. Es lo que más le interesaba después de beber. Cuando ya estaba borracho la gente o no le hablaba o él ya no entendía lo que le decían, y se marchaba a su apartamento. Sin hacer ruido, con buenas palabras, sin perder la sonrisa. Jamás una discusión de borracho, ni una palabra dicha más alta que la otra. Ni siquiera se aflojaba el nudo de la corbata. Eso jamás. Lo mismo que quitarse la chaqueta y quedarse en mangas de camisa. Ya que se sabía un alcohólico, tenía la fantasía de considerarse al menos un gentleman. En eso se parecía muchísimo a V., que fue quien me lo presentó después de conocerle en uno de esos bares que había junto a su casa, pues V. vivía unos números más arriba en la misma calle Villanueva. Yo creo que fue entonces cuando me hice asiduo de la sección que él llevaba. El caso es que un día, no se sabe muy bien por qué razón, le llamó el subdirector. Le dijo, mira, Bremond, zutano, el que llevaba la sección necrológicas, se va a Barcelona, y eso se queda solo. Le habló de la importancia que una sección como ésa tenía en The Times por si había tenido la idea de considerar aquel nuevo destino una especie de vejación o degradación, como les había ocurrido a otros antes. Bremond no debió de decir nada, porque parecía un hombre bastante tranquilo, y seguramente lo aceptó con la misma impavidez que los otros destinos. Nos decía que era un trabajo cómodo. Sólo tenía que recoger las necrológicas que venían en los teletipos, si eran de afuera, o adaptar las que le pasaban de otras secciones, si eran de dentro, nacionales. Las de afuera las traducía y las demás las aliñaba como le parecía, porque nadie se metía en su trabajo. Cuando eran largas, las acortaba, y cuando eran cortas, las hinchaba. Comprendió que todas las vidas contadas en quince o veinte líneas eran magníficas, cada una en lo suyo, como ocurre en los relatos de Chejov. Yo no creo que Bremond, francamente, hubiese leído jamás a Chejov, pero tenía una idea aproximada de lo que podía ser, porque los periodistas tienen absolutamente de todas las cosas conocidas o desconocidas una idea aproximada, no siempre inexacta. Un día, tomando una cerveza en el Sportman, de Alcalá, nos contó que la necrológica que se publicaba ese día en el periódico se la había inventado porque tuvo que llenar la página, y que nadie había notado nada. La verdad es que se trataba de una vida disparatada de no me acuerdo quién, alguien de un sitio rarísimo, un bajá o uno de esos marajás arruinados, muerto en Londres. Le preguntamos si no tenía miedo de que le descubrieran, pero se encogió de hombros, como si le diera igual. Tampoco se entendía para qué lo había hecho, quizá porque quisiera que le considerásemos un escritor, más que un periodista, sobre todo que le considerase así V., porque desde fuera a veces lo que parecía es como si estuviera enamorado de él, aunque estuviese casado y todo lo demás. Yo se lo dije un día a V. y de entrada por poco me tira un cenicero a la cabeza, y luego me aseguró que jamás le había insinuado lo más mínimo. Bueno, me he desviado. Desde luego, Bremond tenía veleidades literarias, porque llegó incluso a ofrecernos para Trieste una biografía sobre Orson Welles, al que admiraba y al que decía que había conocido una vez en casa de Ordóñez, en Sevilla. Yo no vi muchas veces a Julián, pero uno o dos años V. le vio bastante, sobre todo bebiendo, por la noche, tenían su vida. V. llevaba como dos o tres vidas diferentes. La que mantenía con sus padres, la que mantenía conmigo, con M. y con dos o tres amigos de la literatura, y la que llevaba luego con sus compañeros de bebida, por las noches. Eran vidas separadas, sin ningún callejón que comunicase unas con otras. V. de vez en cuando me decía, mira hoy la necrológica del periódico. Es como un cuento. Se la ha inventado Julián. El mejor caso de todos, me acuerdo, fue una vez que salió por el teletipo que había muerto un tal Jaap Mertens o Mortensen o Martin, muy viejo, con cien años o por ahí, uno que había sido pianista y muy amigo de Furtwängler y que se había hecho famoso por sus versiones de Debussy, del que había sido incluso amigo. Según le había contado a V., él no sabía quién era ese Mertens o Martin ni Furtwängler, aunque podría decirse que tenía una idea aproximada de quiénes hubieran podido ser los dos. Julián tuvo que consultar en la enciclopedia la voz “Mertens” o la que fuera. Había dos o tres como él, pero ninguno había sido músico. Entonces miró Furtwängler. De éste venían algunas cosas más, pero muy pocas. Terminó hablando de Mertens como si fuera Furtwängler, sin ahorrarse incluso los episodios vergonzosos de su colaboración con los nazis y su posterior depuración en la comunidad democrática durante dos o tres años. Yo le advertí a V. que tarde o temprano alguien terminaría dándose cuenta de eso, pero V. me decía que Julián tenía la teoría de que de un muerto se puede decir casi todo, bueno y malo, según como se haga, y seguramente aunque el pianista no hubiese sido colaborador del tercer Reich tendría otras cosas de las que avergonzarse, porque todo el mundo tiene un pasado oscuro. Sus necrologías, las que él nos iba diciendo que se inventaba eran desde luego tan buenas como las verdaderas, nadie podría haberlas distinguido, puestas unas junto a otras, empresarios croatas enriquecidos en los Estados Unidos que donaban a su muerte toda su fortuna para socorro de los niños con espina dorsal bífida, partisanos yugoeslavos, sindicalistas noruegos, armadores turcos, espías rusos muertos en Suiza, poetas cubistas polacos... La fórmula siempre era la misma, verdad, mentira, verdad, mentira, bien trenzadas. Jamás había tenido un problema. Creo que alguna vez le habían llamado de otros periódicos locales para preguntar por quien se suponía que era un hijo de esa tierra, Pero Julián-Bremond era hábil y terminaba escabulléndose. Tampoco se vaya a pensar que estaba todo el día metiendo trolas. Podía hacer una de esas pifias cada dos o tres meses. Tampoco más, porque no era tonto. Un día publicó la necrológica de uno al que llamó Agustín Piñeiro, me parece, oriundo de Sada, en La Coruña, empresario que había hecho su fortuna en México con una red de panaderías, creo. Contaba algunas otras cosas increíbles de él, que eran como para dar la risa, como que poseía la primera colección del mundo de gaitas y una de las más importantes de orinales. La gente se ve que estas cosas se las tragaba con perfecta seriedad. A los nueve o diez meses de la necrológica de Piñeiro le llamó otra vez el subdirector a su despacho. Lo encontró Bremond con otras dos personas, bastante serios todos. Los desconocidos se presentaron como policías de Interpol. Venían a pedirle explicaciones, porque tres días después de que él recogiera la muerte de Agustín Piñeiro, Rubén Laxeiro, un rico empresario mexicano había aparecido muerto en su casa de Oaxaca de dos balazos. Bremond no tenía la menor idea de quién era aquel Laxeiro ni tampoco se habría acordado de quién era Piñeiro, si se lo hubieran preguntado. Naturalmente no todos los datos proporcionados por Bremond coincidían con el Piñeiro suyo. El nombre no coincidía, el verdadero se llamaba Rubén Laxeiro; no era gallego, pero sí hijo de gallegos; no tenía una red de panificadoras, sino de mataderos de pollos y zapaterías para niños. En resumidas cuentas, la policía creía que la nota de Bremond había sido un criptomensaje incluido en el periódico por las mafias mexicanas para dar luz verde a su asesinato; la clave era, al parecer, esta frase: “Sus colecciones pasarán a manos de sus herederos”. Por otra parte a los policías nadie les quitaba de la cabeza que aquel inexistente Agustín Piñeiro, había anunciado la muerte del verdadero Rubén Laxeiro tres días después. Me acuerdo que cuando pasó todo eso, V. me llamaba a casa dos o tres veces al día para radiármelo, como si fuese una novela por entregas. Bremond le iba manteniendo a V. al tanto de todo lo que pasaba y V. hacía lo mismo conmigo. Yo le dije a V. que aquello me empezaba a sonar a cuento chino. Como cuando aquel verano V. nos anunció muy serio que tenía algo muy importante que comunicarnos, y fue que durante el mes de agosto, una noche, había visto desde su apartamento seis ovnis sobre la Biblioteca Nacional, que salieron a continuación hacia María de Molina, muy lentamente, que estuvieron en el cielo diez minutos, y que después hicieron paf, y que el espacio exterior los succionó para siempre. El caso es que V. se molestó mucho conmigo porque ponía en duda la historia de Julián, y le pareció un golpe muy bajo que la comparara con la de los ovnis, que él, por cierto, siguió dándola por buena hasta que se murió. La policía, según V., investigó las cuentas de Bremond y cómo vivía, pero no sacaron nada en limpio, y terminaron por dejarle en paz. Los últimos meses de Bremond fueron muy tristes. Al final le contó a V. que había dejado el periódico, aunque jamás insinuó que fuera porque hubieran descubierto lo de la sección de necrológicas, sino porque se había muerto su madre y había heredado algo de dinero. Por último se murió también él, un verano, dos antes que el propio V. Hace un año o cosa así, un día, hablando con X, de El País, salió el nombre de Julián Gutiérrez, el que hacía las notas necrológicas, y la persona que trabajaba en El País me dijo que jamás había habido nadie en el periódico con ese nombre, y menos el redactor de necrológicas, porque era una sección que solían hacer entre varios. Yo le respondí que eso era imposible, y le hablé de él, le dije cómo era, cómo iba vestido, dónde vivía, todo, el aspecto. Pero él me desengañó diciendo que eso no podía ser. Le hablé entonces de las necrológicas, que yo las había visto y las había leído. Y entonces me dijo que las necrológicas serían de verdad, aunque no lo parecieran. Y lo de la policía. Me preguntó si yo había visto a la policía, y tuve que reconocer que no, pero que V. me tuvo durante un mes por lo menos como si fuese un serial de la radio. Y le conté que Julián conocía perfectamente a la gente del periódico porque a veces nos hablaba de ellos, de sus compañeros, de gentes que también conocía yo, y hablaba desde luego como una persona que las trataba, decía por ejemplo que ése era idiota, que aquel bebía, que el otro era una gran persona, bueno, esas cosas que se dicen de la gente, y que más de una vez le habíamos dado libros de Trieste para que los entregara a éste o al otro de la redacción del periódico. Al final me tuve que convencer de que tenía razón. Al volver a casa recuerdo que venía dándole vueltas a todo eso, sin terminar de creerme que aquel Julián nos hubiera estado tomando el pelo durante dos años. M. me dijo entonces que todo podía haber sido una pequeña patraña del propio V., que me había querido embromar con una historia gótica. Pero el caso es que yo conocí al tal Julián, y estuve con él y con V. al menos tres o cuatro veces, tomando copas. Y también las necrológicas. Desde luego yo las había leído. Y que V. no era capaz de inventarse y urdir una cosa como ésa. Lo único que se me ocurre pensar ahora es que todo fuera más o menos una fantasía del tal Julián, para hacerse el interesante con V. y conmigo, y que leyendo las necrológicas de El País le diera por decir que se las había inventado. Quizás quisiera seducir con esa clase de mentiras al propio V. Ahora no me quita nadie de la cabeza que debía tener hacia mi amigo esa clase de sentimientos oscuros. Aunque la verdad es que ahora también, a toro pasado, lo de la policía y todo lo demás, no me parece nada verosímil, pero por otro lado, ¿por qué no? ¿No ocurre que la mitad de las cosas que leemos en la sección de sucesos parece siempre el relato de un novelista mediocre? ¿Y por qué nos creeríamos V. y yo las bolas que nos contaba? No sé. La verdad es que es una de las cosas más raras que me ha pasado en la vida. Cuando me enteré de la verdad, V. ya había muerto, con lo cual no tengo a nadie con quien contrastar la historia, salvo con X, que sigue en El País, y que está convencido de que ésa es una historia que me he inventado yo para quedarme con él. En fin. Vamos a dejarlo en este punto...
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