El barco está aparejado
 

 

 

 

 

 

Un fragmento escogido de:

Autobiografía

G. K. Chesterton

 

 

 

II

EL HOMBRE DE LA LLAVE DORADA

 

Lo primero que recuerdo haber visto con mis ojos es un muchacho atravesando a pie un puente. Tenía un bigotito rizado y una actitud de confianza en sí mismo rayana en la jactancia. Llevaba en la mano una llave desmesurada de un metal amarillo reluciente y sobre la cabeza una gran corona de oro o dorada. El puente que atravesaba surgía en uno de sus extremos del borde de un peligroso precipicio montañoso, cuyos picos se elevaban fantásticamente a distancia; y, en el otro extremo, se juntaba con la parte alta de una torre de un castillo especialmente encastillado. En la torre del castillo se hallaba una joven asomada a una ventana. No recuerdo en absoluto cómo era; pero estoy dispuesto a luchar en singular combate con quien quiera que niegue su belleza superlativa.

Y si alguien objetase que escenas semejantes son poco frecuentes en la vida familiar de los Corredores de Fincas que vivían justo al norte de la calle principal de Kensington, hacia el año 70 del siglo pasado, me veré obligado a admitir, no ya que la escena es irreal, sino que la vi desde una ventana, más maravillosa que la ventana de la torre; siéndome intermediario el proscenio de un teatro de juguete construido por mi padre; y que (si realmente me atosigan con detalles tan nimios) el muchacho, con corona y todo, tendría unos seis centímetros de altura, y resultaba (después de un examen) que estaba hecho de cartón. Pero es rigurosamente cierto decir que lo ví antes que recuerde haber visto ninguna otra persona; y que respecto a mi memoria, ésta es la primera escena a la que se abrieron mis ojos por primera vez en este mundo. Y la escena tiene, para mí, cierta autenticidad primitiva imposible de describir; algo que está por detrás de mis pensamientos; como si estuviera entre los bastidores del teatro de las cosas.

No tengo la más remota idea de lo que estaba haciendo el muchacho sobre el puente o lo que se disponía a hacer con la llave; aunque un conocimiento posterior y más penoso de la literatura y de la leyenda me hace suponer que iba probablemente a salvar de su cautiverio a la dama. Un detalle de psicología sabroso es que, aun no recordando ningún otro personaje del cuento, sí recuerdo haber observado que el caballero coronado llevaba bigote sin barba, lo cual indica vagamente que existía otro caballero coronado que además llevaba barba. Podemos asegurar, sin miedo a equivocarnos, que el rey barbudo era un rey malo; y no necesitamos otro testimonio para inferir que había encerrado a la dama en la torre. Todo lo demás ha desaparecido: cuadro, tema, cuento, personajes; pero esa escena arde en mi memoria como una fugaz visión de un paraíso inverosímil; y probablemente seguiré recordándola cuando ya toda memoria haya abandonado mi mente.

Aparte del hecho de ser mi primer recuerdo, tengo varios motivos para ponerlo en primer término. Gracias a Dios, no soy psicólogo, pero si los psicólogos siguen diciendo lo mismo que las personas corrientes y cuerdas han dicho siempre, a saber: que las primeras impresiones cuentan mucho en la vida, reconozco aquí una especie de símbolo de todo lo que me gusta en la imagen y en las ideas. Durante toda mi vida me han maravillado los filos, y la línea de delimitación que reúne bruscamente una cosa junto a otra; toda mi vida me han encantado los marcos y los límites, y opino que el paisaje más grande y salvaje parece mayor contemplado desde una ventana. Pese al enojo de todos los graves críticos dramáticos, afirmo, además que el drama perfecto debe hacer un esfuerzo para elevarse al más alto éxtasis de una representación por el ojo de la cerradura. Poseo, también, una afición inveterada a los abismos y precipicios sin fondo y a cuanto subraya un matiz de distinción entre una cosa y otra; y el amor que siempre he tenido hacia los puentes está relacionado con el hecho de que el arco oscuro y ligero subraya el abismo más aún que el propio abismo. Ya no puedo contemplar la belleza de la princesa; pero puedo verla en el puente que cruzó el príncipe para reunirse con ella. Y creo que sintiendo estas cosas, desde el primer momento, sentía las sugestiones parciales de una filosofía que, de entonces acá, me encuentro con que es la verdadera. Acerca de este punto de la verdad, pudiera suceder que surgiese alguna disputa entre los psicólogos más materialistas y yo. Si un hombre cualquiera me dice que tan sólo encuentro placer en los misterios de la ventana y del puente, por la razón de que vi estos modelos siendo niño, me tomaré la libertad de contestarle que no ha pensado bien la cuestión. Para empezar, debí ver otras mil cosas, tanto antes como después; y habría seguramente un elemento de selección y algún motivo para la selección. Y lo que resulta todavía más evidente: fechar el acontecimiento no determina el hecho en sí. Si algún escrupuloso lector de librotes sobre psicología infantil exclama satisfecho y sagaz: “Sólo le gustan a usted las cosas románticas, como los teatros de juguete, porque su padre le enseñó un teatro de juguete siendo niño”, yo le contestaré con paciencia cristiana: “Sí, estúpido, sí. Indudablemente su explicación es, en ese sentido, la verdadera. Pero lo que usted está diciendo con tanta agudeza es sencillamente que asocio estas cosas con la felicidad, porque era muy feliz. Ni siquiera empezamos a considerar la cuestión de por qué era yo tan feliz. ¿Por qué el hecho de mirar por un agujero cuadrado de cartón amarillo puede transportar a alguien al séptimo cielo de la felicidad, en cualquier momento de la vida? ¿Por qué lo consigue en ese momento preciso de la vida? Ése es el hecho psicológico que tiene usted que explicar; yo no he tropezado nunca con ninguna explicación racional.

Pido perdón por este paréntesis; y también por citar la psicología infantil o cualquiera de esas otras cosa que puedan llenar de rubor. Pero es precisamente una cuestión a la que aportan los psicoanalistas una desvergüenza en la que falta todo rubor. No quisiera que se confundieran mis observaciones con esa horrible y degradante herejía de que nuestras mentes están tan sólo hechas por condiciones accidentales y que no tienen ninguna relación última con la verdad. Dando todo tipo de excusas a los librepensadores, recabo mi libertad de pensamiento. Y cualquiera que piense durante dos minutos, verá que su pensamiento es el final de todo pensar. Si todas nuestras conclusiones están deformadas por nuestras condiciones, es inútil discutir más: nadie puede corregir las inclinaciones de los otros si su mente está llena de inclinaciones.

El intermedio ya ha terminado (mil gracias) y voy a proceder a las relaciones de orden más práctico que existen entre mi memoria y mi historia. Habrá que empezar diciendo algo acerca de la memoria en sí y de la veracidad de esas historias. He empezado con este fragmento de un cuento de hadas en un teatro de juguete porque resume también claramente la influencia más poderosa sobre mi infancia. Ya dije que el teatro de juguete había sido hecho por mi padre; y cualquiera que intentara hacer un teatro semejante o montar una obra así, sabrá que demuestra una extraordinaria capacidad manual e intelectual. Prueba que fue, en muchos más sentidos que el corriente, carpintero, arquitecto, constructor, delineante, pintor de paisajes y, a la vez, el cuentista. Y, mirando hacia atrás, mi vida y el arte relativamente irreal e indirecto que he intentado poner en práctica, siento que he vivido, en verdad, una vida infinitamente más limitada que la de mi padre.

...

Su volubilidad como experimentador y hombre diestro en todas estas cuestiones era asombrosa. Su leonera o estudio, estaba cubierto de capas estratificadas de diez o doce creaciones recreativas: acuarelas y modelados, fotografías y vidrieras, obras cinceladas y linternas mágicas, iluminaciones medievales. He heredado (o espero haber imitado) su costumbre de dibujar; pero en todos los demás sentidos, soy un hombre esencialmente torpe. Se habló de que en su juventud estudiara arte profesionalmente; pero, sin duda, el negocio familiar era más seguro; y su vida siguió el sendero de una cierta prudencia, satisfecha y generosa, que le era extraordinariamente peculiar y llevaba en la sangre. No se le ocurrió nunca explotar de un modo mercenario estos talentos plásticos, o usarlos en otra forma que no fuera exclusivamente para su recreo personal o el nuestro. Para nosotros, era, en verdad, el Hombre con la Llave de Oro, un mago que abría las puertas de los castillos de los enanos, o los sepulcros de los héroes muertos, y no había incongruencia al llamar a su linterna una linterna mágica. Pero durante todo este tiempo, el mundo, e incluso los vecinos inmediatos, lo conocían como un hombre de negocios de mucha confianza y capacidad, si bien poco ambicioso. Era una excelente primera lección en aquello que es también la última lección de la vida; que en todo cuanto importa, el interior es mucho más grande que el exterior. En definitiva, me alegro de que no llegara nunca a ser un artista. Podría haberle impedido ser un aficionado; podría haber estropeado su carrera; su carrera privada. Y no hubiese podido nunca obtener un éxito vulgar en las mil cosas que con tanto éxito hacía.

...

Ingleses por tantos otros aspectos, los Chesterton eran, sobre todo ingleses en su inclinación natural a las manías y aficiones. Este elemento inherente al viejo hombre de negocios inglés es el que le separa más radicalmente del hombre de negocios americano y, hasta cierto punto también, del joven hombre de negocios inglés que está copiando al americano. Cuando el americano empieza a proclamar que “la forma de vender puede ser un arte” quiere decir que un artista debiera poner todo su arte en la forma de vender. El inglés anticuado, como mi padre, vendía casas para vivir, pero llenaba la suya con su vida.

Una afición no es un asueto. No es solamente un descanso momentáneo, necesario para reanudar el trabajo; y en este aspecto hay que distinguirlo de lo que se llama deporte. Un buen juego es una gran cosa, pero no es lo mismo que una afición; y muchos juegan al golf o van de caza, porque es una forma concentrada de recreo; del mismo modo, lo que nuestros contemporáneos encuentran en el whisky, es una forma concentrada de lo que nuestros padres encontraban esparcido en la cerveza. Si es necesario medio día para sacudir a un hombre o renovarlo, se hace mejor por medio de una excitación aguda y de competencia, como es el deporte. Pero una afición no es medio día, sino media vida. Sería cierto acusar al aficionado de vivir una doble vida. Y las aficiones, sobre todo las aficiones como el teatro de juguete, poseen un carácter que va paralelo con el esfuerzo práctico profesional, y no es meramente una reacción contra él. No se trata sólo de hacer ejercicio; se trata de trabajar. No se trata sólo de ejercitar el cuerpo en lugar de la mente, una cosa muy buena, pero reconocida ya por todos. Se trata de ejercitar el resto de la mente; una cosa harto abandonada en nuestros días. Cuando Browning, aquel victoriano típico, dice que le gusta enterarse de que un carnicero pinta y un panadero escribe poesía, no se quedaría satisfecho con el relato de que un carnicero juega al tenis o que un panadero juega al golf. Y mi padre y mis tíos, victorianos típicos también, y de los que seguían a Browning, estaban todos marcados, en grado diferente, por el gusto de tener sus propios gustos. Uno de ellos dedicaba todo su tiempo libre al jardín y  hay, en los registros de floricultura, un crisantemo que lleva su nombre, procedente de los primeros tiempos en que nos llegaban los crisantemos de las islas del sol naciente. Otro, que viajaba de modo usual por negocios, hizo una extraordinaria colección de todos los estrafalarios y embaucadores, (digna de figurar en memorias mejores que éstas) que conoció en sus viajes, y con los que había discutido, simpatizado y recitado trozos de Browning y George McDonald, y no sin hacerles algún bien, imagino, pues era un hombre sumamente interesante; interesante sobre todo porque se interesaba por los demás. Pero, en mi casa, no se trataba de una afición, sino de cientos de aficiones colocadas en pilas, una encima de otra; y es un accidente o quizás un gusto personal el que hace que la afición que ha perdurado en mi memoria, a través de la vida, sea la del teatro de juguete. En todo caso, el hecho de observar ese trabajo ha dado lugar a una diferencia en mi vida y en mis opiniones hasta el día de hoy.

...

El número 999 en el extenso catálogo de los libros que no he escrito (todos ellos mucho más brillantes y convincentes que los libros que he escrito) es la historia del hombre de negocios que parecía tener un misterio en su vida y que, al fin, fue descubierto fortuitamente por el detective, jugando todavía con muñecos o soldaditos de plomo, o algún otro juego infantil por el estilo. Puedo asegurar, con toda modestia, que yo soy aquel hombre en todo, excepto en su sólida reputación y carrera comercial brillante. Es quizá todavía más cierto, en ese sentido, de mi padre; pero yo, desde luego, no he dejado nunca de jugar, y lamento que no haya más tiempo para dedicarlo al juego. Siento que tengamos que malgastar en cosas frívolas, como son las conferencias y la literatura, el tiempo que hubiéramos podido dedicar a un trabajo serio, sólido y constructivo, como es el de recortar figuras de cartón y pegarles encima oropeles.

....

 

 

volver a página