El barco está aparejado
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El País, 2001

Nadamos en la ambulancia

Manuel Rivas

 

 

 

NADAMOS EN LA AMBULANCIA

Manuel Rivas

 

 

Eduardo Arroyo lo pintaría de gris, muy gris. El Gobierno. La Situación. No es que el mundo vaya mal, es que va gris. Un gris de vaca sagrada incinerada, un gris de uranio empobrecido, un gris de Tireless varado, un gris turbio envuelve Palestina, un gris de Arca de No Es. El poso gris de un pucherazo electoral en la mayor potencia del planeta. Un gris Bush, que pronto nos hará añorar a Clinton como a un Kennedy colesterínico.

Si cada época tiene su color, también se define por una manera de hablar, por una retórica dominante. Del goloso pico de oro de Bill Clinton (o González) pasamos a la prosodia farruca de George W. Bush, anticipada ya por nuestro morrocotudo José María Aznar. El color es el gris. El discurso es el lapsus. No se trata sólo de que florezcan los deslices. El discurso en sí es un coherente desliz. Cuando Bush prometió “centrarse”, como antes lo hizo nuestro héroe, ¿dónde creen que estaba pensando dar?

Hay tiempos en que domina la épica, como los del primer Napoleón que admiró Beethoven, hasta que al corso le dio la vena hortera y se calzó una corona de emperador. Los hay buenos para la lírica, de amor, excitación y optimismo, como los de los Beatles. E incluso puede darse raramente una conjunción de ambos, como aquel 1848 que llevó por Europa comuna y romanticismo. Hay años en la Historia que son de apariencia tranquila, provincianos, en que se cultiva mucho el humor cínico, el erotismo y la gastronomía. Hay años, en fin, que son una cabronada: tiempo de silencio. Lo que tenemos ahora es un lapsus del calendario. Es una época chistosa, es decir, mediocre. Las frases ingeniosas han saltado de los graffiti a las vallas publicitarias. En las Cortes monárquicas, el conde de Romanones le dijo, adormilado, a un orador pelmazo: “Avísenos usted cuando llegue al Cuaternario”. Bueno, pues todavía no hemos llegado al Cuaternario y la gente, claro, procura entretenerse jugando a cambiar el sentido a las palabras.

Este años 2001 no es vanguardista ni retro. Es lapsusiano. En las salas de cine, los momentos más celebrados por los espectadores de Granujas de medio pelo, la última de Woody Allen, son los de los lapsus linguae. Es una magnífica fábula contemporánea sobre el mundo de las apariencias y el fraude de la cultura como barniz decorativo. Tracey Ullman está genial en su papel de nueva rica, invitando a “canapiés” y presumiendo de una alfombra luminosa “hecha con fiebre óptica”. A propósito de cultura, recordé gracias a la película a un ex concejal de la cosa que reprochó a un grupo de teatro su pretensión de representar “¡Una obra titulada La Hostiada!” (por La Orestiada). Y de aquel insigne catedrático que advirtió a sus alumnos díscolos: “Les va a salir a ustedes el tiro por la horma del zapato”.

Las horas escolares que este Gobierno tan humanista ha rebanado a la música y el dibujo deberían, al menos, y para compensar, dedicarse al estudio del lapsus linguae y del lapsus cálami. Un libro imprescindible para 2001 podría ser el monumental Verbalia: Juegos de palabras y esfuerzos del ingenio literario, de Màrius Serra (editorial Península). Al hablar de los lapsus linguae hilarantes, cita dos epónimos que designan dos grandes tradiciones lapsusianas: el “spoonerism” inglés y la “piquiponada” catalana. En los dos casos tienen su origen en personajes reales. El reverendo Spooner, profesor de Oxford, fue célebre por, entre otros lapsus, confundir “a half-formed wish” (un deseo creciente) con “a half-warmed fish” (un pescado a medio cocer) durante su discurso de apertura del año universitario. En cuanto a Joan Pich i Pon, que llegó a alcalde de Barcelona, Màrius Serra cuenta que era capaz de hablar de la batalla de “Waterpolo” (de lo que deducimos: “A todo Napoleón le llega su Waterpolo”) y referirse al conflicto “nipojaponés”. Aunque su hallazgo más sublime fue el de recomendar a la gente que se tomase las cosas “en pequeñas diócesis”.

A estos dos clásicos habría que incorporar, con todos los honores, al genial Caneda, presidente de la Sociedad Deportiva Compostela. Fue la primera persona que tuvo el coraje de hacer frente al “gilismo” rampante (de Gil y Gil) con su atinado: “¡Calamidá!”. Pero genial es su serie de brillantes lapsus referidos a sucesivos avatares del equipo compostelano. Así: “No pasa nada, esto es pataca minuta”. “Nos encontramos entre la espalda y la pared”. “Vamos de caspa caída”. Y al fin: “Ahora sí que empiezan las hostialidades”.

Aunque servidor, en el régimen lapsusiano vigente, se quedaría con esta perla: “Aquí nadamos en la ambulancia”.

 

 

EL País, 2001