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El impresentable aspecto del coronel Crane |
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G. K. Chesterton, Cuentos del Arco Largo |
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Estos cuentos se refieren a ciertas hazañas consideradas imposibles de realizar, imposibles de creer, y, como el aburrido lector pronto podrá deducir, imposibles de leer. Si el narrador dijese solamente que habían ocurrido, sin mencionar de qué modo ocurrieron, podrían clasificarse con facilidad entre la vaca que saltó sobre la luna y aquel individuo, más introspectivo, que saltó sobre sí mismo. Es decir, todos ellos son cuentos exagerados, y aunque los cuentos exagerados pueden ser también historias de hechos efectivos, existe en la frase misma algo muy apropiado a tal revoltijo, pues es de presumir que el lógico clasificará un cuento exagerado entre un epigrama corpulento o un ensayo zancudo. Es muy natural que tales incidentes imposibles empiecen en el más ordenado y prosaico de los lugares, en la más ordenada y prosaica de las épocas y, aparentemente, con el más ordenado y prosaico de los seres humanos. El lugar era una recta calle suburbana de casas estrictamente suburbanas, en los suburbios de una población moderna. La hora, a eso de las once menos veinte minutos de la mañana de un domingo, hora en que una procesión de familias suburbanas, vestidas con sus ropas domingueras, desfilaban decorosamente calle arriba, hacia la iglesia. Y el hombre era un militar retirado, muy respetable, llamado coronel Crane, que también iba a la iglesia como venía haciendo cada domingo, a la misma hora, durante varios años. No había ninguna diferencia notable entre él y sus vecinos, excepto que él era un poco menos notable. Su casa se titulaba sencillamente «White Lodge», y por esta razón, para el paseante romántico, el nombre resultaba menos atractivo que «Rowanmere», a su derecha, o «Heatherbrae», a su izquierda. Presentábase el coronel para ir a la iglesia con tanta apostura como si se tratase de asistir a un desfile, pero se vestía demasiado bien para que lo señalasen como hombre bien vestido. A su modo seco y requemado por el sol, era bien parecido; su pelo teñido, rubio, resultaba de un tono incoloro que más parecía castaño claro o gris pálido, y aunque sus ojos, azules, eran claros, miraban debajo de los párpados medio cerrados. El coronel Crane era una especie de superviviente. No era realmente viejo; apenas de mediana edad, y sus últimas condecoraciones las había ganado en la Gran Guerra. Por varias razones había permanecido fiel al tipo tradicional del viejo soldado profesional, tal como existió antes de 1914, aquella época en que una parroquia tenía sólo un coronel, como sólo tenía un párroco. Sería muy injusto decir de él que era un resucitado; es más: sería más verdad decir que era un atrincherado. Pues había permanecido en las tradiciones con la misma firmeza y paciencia que había permanecido en las trincheras. Era, precisamente, un hombre que por casualidad no hallaba ninguna satisfacción en cambiar sus costumbres y que nunca se había preocupado de las conveniencias sociales para alterarlas. Una de sus excelentes costumbres era la de ir a la iglesia a las once de la mañana, y por eso iba, y no sabía que le acompañaba cierto aire de viejo mundo, un pasaje de la Historia de Inglaterra. Sin embargo, al salir de la puerta principal de su casa aquella mañana, retorcía entre sus dedos una tira de papel y fruncía el entrecejo con perplejidad inusitada. En vez de dirigirse directamente hacia la verja de su jardín, dio unos pasos por delante de la casa, remolineando su bastón negro. La nota habíale sido entregada durante el desayuno, y aparentemente encerraba algún problema práctico que exigía una solución inmediata. Estuvo unos minutos con los ojos clavados en una margarita que había en la esquina del parterre más próximo; luego empezó a vislumbrarse otra expresión en los músculos de su cara bronceada que le daba una sugestión, ligeramente irónica, de humor que sólo sus íntimos conocían. Doblando el papel y metiéndoselo en el bolsillo del chaleco, dio la vuelta a la casa, hacia el jardín posterior, tras del cual se encontraba el huerto, donde un viejo sirviente, una especie de factótum cuyo apellido era Archer1, estaba haciendo las veces de hortelano. Archer también era un superviviente. En efecto: los dos habían sobrevivido juntos; habían sobrevivido a ciertas cosas que habían matado a otras muchas personas. Pero aunque habían estado juntos durante la guerra, que era también una revolución, y aunque tuviesen confianza ciega el uno en el otro, el tal Archer no había podido desprenderse de sus opresivas maneras de criado. Llevaba a cabo los quehaceres de jardinero con aire de criado. Los hacía muy bien y le gustaban muchísimo; quizá le gustasen porque era un londinense inteligente, para quien las artes del campo representaban un pasatiempo nuevo. Pero no se sabe por qué, siempre que decía: «He sembrado las semillas, señor», sonaba como «He puesto el jerez en la mesa, señor», y no sabía decir «¿Quiere el señor que arranque las zanahorias?» sin que pareciese preguntar: «¿Necesitará usted el clarinete?». -Espero que no esté usted trabajando en domingo --dijo el coronel con una sonrisa mucho más agradable que la que dedicaba a la mayoría de las personas, aunque era siempre cortés con todos--. Se está usted aficionando demasiado a estas ocupaciones rurales. Se ha convertido usted en un campesino rústico. -Iba a atreverme a examinar las coles, señor --replicó el campesino rústico con penosa precisión de articulación--. Ayer tarde su condición no me parecía satisfactoria. -Me alegro de que no las velara --contestó el coronel-; pero es una suerte que se interese usted por las coles. Quiero hablarle de coles. -¿De coles, señor? -preguntó respetuosamente el otro. Pero no pareció seguir el tópico el coronel, sino que contemplaba distraídamente otro objeto en los bancales que tenía delante. El jardín del coronel, igual que la casa, el sombrero y su propio porte, estaba bien dispuesto, aunque de manera nada presuntuosa, y en la parte dedicada al cultivo de las flores residía algo indefinible que parecía más antiguo que los suburbios. Hasta los arbustos, aunque eran tan derechos como los de Surbiton, parecían estar tan maduros como los de Hampton Court, como si su misma artificiosidad perteneciese más bien a la época de la reina Ana que a la de la reina Victoria, y el estanque, con borde de piedra y un círculo de jacintos, parecía una fuente clásica y nada a un charco artificial. Sería ocioso analizar cómo el alma y el tipo social de un hombre se infiltran en lo que le rodea; de todas maneras, el alma del señor Archer se había infiltrado en el huerto hasta darle un fino matiz de diferencia. Al fin y al cabo, era un hombre práctico, y la práctica de su nueva profesión era, para él, un gusto mucho mayor de lo que sus palabras pudieran dar a entender. De ahí que el huerto no fuese artificial, sino autóctono; parecía, en verdad, un rincón de una granja de campo, y allí se encontraban chismes prácticos de todas clases. A las fresas las protegía de los pájaros mediante el empleo de redes; tenía extendidos cordeles, de los que pendían plumas de ave, y en medio del bancal principal había un viejo y auténtico espantapájaros. El único incongruente intruso capaz de disputarle al espantapájaros su reino rural, era, quizás, un ídolo deforme de los mares del Sur, puesto allí sin más razón que un guardabarros. Pero no habría sido el coronel Crane el tipo tan completo de militar retirado, de no haber escondido en algún lugar un pasatiempo relacionado con sus viajes. En una época anterior, su pasatiempo había sido el folklore de los salvajes, y aún conservaba una reliquia de él en el borde de su huerto. En aquel momento, sin embargo, no contemplaba al ídolo, sino al espantapájaros. -A propósito, Archer –dijo--, ¿no le parece que el espantapájaros necesita un sombrero nuevo...? -Apenas lo considero necesario, señor -- dijo gravemente el jardinero. -Pero, dígame --dijo el Coronel--, debe usted considerar la filosofía de los espantapájaros. En teoría, aquello tiene que recordarle a algún pájaro simple que estoy paseando en mi jardín. Aquel objeto del sombrero inmencionable soy yo. Algo raquítico, quizás. Una especie de retrato impresionista; pero apenas susceptible de impresionar. Un hombre con sombrero como aquél no podría ponerse realmente serio con un gorrión. Conflicto de voluntades y todo aquello de que ya hemos oído hablar, y apuesto a que el gorrión se saldría con la suya. A propósito: ¿qué hace aquel bastón atado al espantapájaros? -Creo --dijo Archer-- que representa un fusil. -Sostenido en un ángulo muy poco convincente --observó Crane--. Un hombre con un sombrero como aquél, nunca daría en el blanco. -¿Desea el señor que yo procure otro sombrero? --preguntó el paciente Archer. -No, no -replicóle su amo descuidadamente--. Ya que el pobre tiene un sombrero tan poco decente, le daré el mío. Como en el caso aquel de san Martín y el mendigo. -Darle el suyo --replicó Archer respetuosamente, aunque en voz baja. Quitóse el coronel su brillante sombrero de copa y lo colocó, muy serio, en la cabeza del ídolo de los mares del Sur que tenía delante. Producía el extraño efecto de animar la grotesca pieza de piedra, como si un silvano con chistera se riese del jardín. -¿Usted cree que el sombrero no debería ser del todo nuevo? --preguntó, casi preocupado--. Supongo que no es usual entre los sujetos espantapájaros. Bueno; a ver qué hacemos para suavizarlo un poco. Hizo girar el bastón por encima de la cabeza y asestó un golpe sonoro sobre el sedoso sombrero, aplastándolo sobre los ojos del ídolo. -Creo que ahora está suavizado por el toque del tiempo --observó, ofreciendo al jardinero los restos lustrosos--. Póngaselo al espantapájaros, amigo mío; yo no lo necesito. Usted es testigo de que no me sirve. Obedeció Archer como si fuera un autómata, un autómata de ojos muy redondos. -Tendremos que darnos prisa --dijo alegremente el coronel--; tenía tiempo para llegar puntual a la iglesia, pero temo que ahora llegaré un tanto retrasado. -¿Tenía usted intención de ir a la iglesia sin sombrero, señor? --inquirió el otro. -Claro que no. Sería muy poco respetuoso --dijo el coronel--. Nadie debe dejar de quitarse el sombrero al entrar en una iglesia. Pues, si yo no me pongo el sombrero, dejaré de quitármelo. ¿Dónde tiene usted esta mañana su sentido de razonar? No, no; déme una de sus coles. Una vez más repitió al bien amaestrado criado la palabra «coles» en su propio acento severo, pero en su pronunciación había un asomo de estrangulación. -Sí, váyase a arrancar una col, buen hombre --dijo el coronel--. Ya es hora de que me marche; creo que han dado ya las once. Alejóse pesadamente el señor Archer en dirección del bancal de las coles, que mostraba contornos monstruosos y muchos colores; objetos más dignos del ojo filosófico, quizá, de lo que la lengua frívola se da cuenta. Las legumbres son cosas de aspecto extraño y menos vulgares de lo que parecen ser por sus nombres. Si a una col la llamásemos un cactus, o algún otro nombre igualmente extraño, quizá la contemplaríamos como cosa igualmente extraña. Reveló el coronel estas verdades filosóficas anticipándose al vacilante Archer y arrancando una col grande y verde de larga raíz. Cogió luego un cuchillo de podar y quitó el largo rabo de la raíz; sacó luego las hojas interiores para así crear un hueco, e invirtiéndola ceremoniosamente, se la colocó en la cabeza. Napoleón, y otros príncipes de las armas, se han coronado a sí mismos, y él, como los césares, llevaba una corona que era, después de todo, de hojas verdes o vegetación. Sin duda, existen otras comparaciones que pueden ocurrírsele a cualquier historiador filosófico que lo mire en abstracto. Las personas que se dirigían a la iglesia, claro que la miraron, pero no la miraron en abstracto. Les parecía singularmente concreta, y en verdad, increíblemente sólida. Los habitantes de «Rowanmere» y «Heatherbrae» siguieron al coronel, que se dirigía con paso ligero, calle arriba, con sentimientos que en aquel momento ninguna filosofía podía explicar. Parecía que no había nada que decir; sólo que uno de los más respetuosos y respetados vecinos que aún podía llamarse discretamente un modelo de las buenas formas, cuando no un conductor de la moda, dirigíase solemnemente hacia la iglesia con una col colocada en la cabeza. No hubo, en efecto, ninguna acción de conjunto para hacer cara a la crisis. Su mundo no era uno en que podía reunirse un grupo para gritar, y aún menos para mofarse. De sus mesas no se recogía ningún huevo podrido, y no eran de aquellos que tirasen tronchos de col contra la col. Había quizás ese tanto de verdad en los nombres patéticamente pintorescos que aparecían pintados en las puertas de sus jardines, nombres sugestivos de montañas, y grandes lagos escondidos en alguna parte de sus fincas. Bien era verdad que tal casa era una ermita. Cada uno de estos señores vivía solo y no les era posible convertirse en horda. En algunas millas a la redonda no había ninguna casa pública, ni tampoco ninguna opinión pública. Al aproximarse el coronel al pórtico de la iglesia, y mientras se disponía piadosamente a quitarse el cubrecabezas vegetariano, fue saludado en tono algo más animoso de lo que acostumbraba la urbanidad humanitaria que constituía el débil lazo de aquella sociedad. Devolvió sin rubor el saludo y detúvose un momento al empezar a hablar el que le había dirigido la palabra. Se trataba de un joven médico cuyo nombre era Horacio Hunter, alto, bien vestido y confiado en su porte, y aunque sus facciones eran bastante vulgares y su pelo bastante rojo, se le consideraba poseedor de cierto atractivo. -Buenos días, coronel --dijo el médico en tono sonoro--. ¡Qué... espléndido día!, ¿eh? Cual cometas, desviáronse de sus cursos las estrellas, para así decirlo, y entró el mundo en posibilidades más fantásticas en el momento en que se corrigió el doctor Hunter al decir, en vez de «¡Qué extraño sombrero!, ¿eh?», aquella otra frase: «¡Qué espléndido día!, ¿eh?» En cuanto a las razones que pudiera haber tenido para corregirse, una imagen fiel de lo que pasó por su mente sonaría quizás algo fantásticamente. No sería nada explícito decir que lo hizo a causa de un coche largo, de color gris, que aguardaba delante de «White Lodge». Quizá no fuese una explicación completa decir que se debió a una dama que anduvo sobre zancos en una fiesta al aire libre, un garden-party. Podía quedar alguna duda si dijésemos que tenía algo que ver con una camisa de pechera sin almidonar y un apodo, y, no obstante, mezcláronse todas estas cosas en la mente del médico cuando tomó su apresurada decisión. Sobre todo, será o no será bastante decir que Horacio Hunter era un joven muy ambicioso, que el timbre de su voz y su resuelto porte eran resultado de una sencilla resolución de subir en el mundo, y que el mundo en cuestión era algo mundano. Le encantaba que le viesen hablando con toda confianza con el coronel Crane en aquel desfile dominguero. No era Crane rico, pero conocía a ciertas personas. Y las personas que conocían a ciertas Personas sabían lo que las ciertas Personas ahora hacían, mientras que las personas que no conocían a ciertas Personas sólo podían adivinar lo que las ciertas Personas harían más tarde. Una dama que había acompañado a la duquesa cuando inauguró el bazar, había saludado con la cabeza a Crane 2 y le había dicho: «¡Hola, Cigüeña!», y el médico había sacado la conclusión de que era una broma familiar y no una momentánea confusión ornitológica. Y era la duquesa quien había instituido las carreras sobre zancos, que los Vernon-Smith habían introducido en «Heatherbrae». Pero habría sido endemoniadamente difícil no haber sabido lo que quería expresar Mrs. Vernon- Smith cuando dijo: «Claro, zanco.» No se sabía nunca lo que harían luego. Se acordaba aún de cómo él mismo había pensado que el primero que llevara la camisa de pechera sin almidonar era un tipo excéntrico de no se sabe dónde, y luego había visto a otros, acá y acullá, y había sabido que no era un faux pas, sino una moda. Era extraño imaginarse que pronto se verían sombreros vegetarianos por acá y acullá, pero no se podía fiar uno, y no iba a cometer otra vez el mismo error. Su primer impulso médico habría sido recibir atavío carnavalesco del coronel sin molestarse en saludarle. Pero no parecía Crane un loco de remate, y de seguro no era hombre capaz de llevar a cabo una broma pesada. No tenía la solemnidad tiesa y consciente del bufón. Lo aceptaba bien naturalmente. Y una cosa era cierta: si, en efecto, era la última moda, el médico debía respetarla con la misma naturalidad que el coronel. Así que dijo que hacía buen día, y tuvo la satisfacción de saber que en ese detalle no había ningún desacuerdo. El dilema del médico, si nos es permitida la frase, había sido el dilema de todo el vecindario. La decisión del médico fue, también, la decisión de todo el vecindario. No era que la mayoría de las buenas personas del pueblo compartiesen las serias ambiciones sociales de Hunter, sino que, por naturaleza, se inclinaban hacia las decisiones negativas y cautelosas. Vivían en delicado temor de ser molestadas; y eran bastantes en número para aplicarse mutuamente el principio no molestándose. Tenían, también, un presentimiento subconsciente de que no seria fácil molestar al suave y respetable caballero militar. El resultado fue que el coronel llevó su monstruoso y verde cubrecabezas durante toda una semana sin que nadie se lo mencionara para nada. Fue al cabo de ese tiempo (mientras el médico había estado oteando el horizonte en busca de aristócratas coronados con coles y, no encontrándolos, iba a atreverse a hablar) cuando llegó la interrupción final, y, junto con la interrupción, vino la explicación. El coronel parecía haberse olvidado por completo de su sombrero; lo colgaba en la percha de su estrecho hall donde no había otra cosa que su espada, colgada de dos ganchos, y un mapa, viejo y marrón, del siglo XVII. Se lo entregaba a Archer cuando aquel carácter correcto parecía insistir en su derecho oficial a sostenerlo: no insistía en su derecho oficial de cepillarlo por temor a que se deshiciese en pedazos; pero, de vez en cuando, le daba una cuidadosa sacudida, acompañada de una mirada de disgusto dominado. Sólo que el coronel no tenía aspecto de que le gustase o disgustase. Aquella cosa inconvencional habíase convertido, ya, en una de sus conveniencias sociales --aquellas conveniencias que no violaba por no pensar bastante--. Es probable, por lo tanto, que lo que al fin ocurrió fuera sorpresa, tanto para él corno para los demás. Fuera como fuese, la explicación, o la explosión, vino de la siguiente manera. Mr. Vernon-Smith, el montañero cuyo pie estaba en su campo natal de «Heatherbrae», era un caballero pequeño y guapo de ancha nariz y negros bigotes, ojos oscuros que no tenían una expresión fija de preocuparse en su sólida existencia social. Era amigo del doctor Hunter; casi podría decirse un amigo humilde. Pues tenía el esnobismo negativo de que sólo sabía admirar el esnobismo progresivo y positivo de aquella figura social y pujante. A un caballero como el doctor Hunter, le gustaba tener un amigo como Mr. Smith, ante el que poder posar como perfecto conocedor del mundo. Lo que parecía más extraordinario es que a un caballero cual Mr. Smith le gustase tener un amigo cual el doctor Hunter, para que posase para él, presumiese delante de él y le hiciese víctima de su esnobismo. De todos modos, Vernon- Smith se había atrevido a sugerir que el sombrero de su vecino Crane no era de ninguno de los modelos que se veían en las revistas de moda. Y el doctor Hunter, que reventaba con el secreto de su propia diplomacia original, había cortado la sugestión con frases largas y alusivas, había dejado en la mente de su amigo la impresión de que todo el mundo social se derretiría si se dijese una sola palabra sobre tópico tan delicado. Formóse Mr. Vernon-Smith una idea general de que el coronel estallaría con gran estruendo al oír la más remota alusión a las legumbres o al oír la más vaga sombra verbal de un sombrero. Como suele ocurrir en tales casos, las palabras que se tenían prohibidas se repetían en su mente perpetuamente con la pasión rítmica del pulso. En aquellos momentos, su tentación era llamar sombreros a las casas y legumbres a sus visitas. Al salir Crane a la calle aquella mañana, se encontró con su vecino Vernon-Smith de pie entre los arbustos y el farol, hablando con una joven, una prima lejana de la familia. La muchacha estudiaba artes, ella solita; demasiado solita para las normas de «Heatherbrae», y por eso --alguno había insinuado-- aún más allá de las normas de «White Lodge». Llevaba el cabello castaño oscuro a la garçon, y al coronel no le gustaba el cabello a la garçon. Por otro lado, la cara era bastante atractiva, los ojos oscuros leales, quizá demasiado separados, que disminuían la impresión de belleza para aumentar la impresión de lealtad. Tenía también una voz fresca y sin afectaciones, y la había oído el coronel gritando el tanteo en los partidos de tenis que se jugaban al otro lado de su muro. Vagamente le hacía sentirse viejo, a lo menos él no estaba seguro de si le hacía sentirse más viejo de lo que era o más joven de lo que debía ser. Y fue ahora que coincidió con ella bajo el farol cuando supo que su nombre era Audrey y su apellido Smith; y dio gracias interiormente por el solitario monosílabo. La presentó Mr. Vernon-Smith, que estuvo a punto de decir: «Me permito presentarle mi col», en vez de «mi prima». El coronel, con aburrimiento no disimulado, dijo que hacía un buen día; y su vecino, rehaciéndose tras su fallada pifia, continuó animando la charla. Su manera, como cuando metía sus grandes narices en los comités y asambleas locales, era, a la vez, vacilante y enfática. -Esta joven va a dedicarse al arte –dijo--; pobre porvenir, ¿verdad? Supongo que la veremos dibujando en tiza sobre las aceras, esperando que pongamos un penique en la... en la bandeja o en otra cosa que tenga para tal fin --aquí esquivó otro peligro--. Pero ella, naturalmente, cree que llegará a formar en la «Real Academia». -No lo espero --dijo la joven acaloradamente--. Los artistas callejeros son mucho más honestos que la mayoría de los vetustos miembros que forman la «Real Academia». -Ojalá no te inculcasen ideas tan revolucionarias aquellos amigos tuyos --dijo Mr. Vernon-Smith--. Mi prima conoce a los peores granujas, vegetarianos y socialistas. --Lo probó, creyendo que los vegetarianos no eran lo mismo que los vegetales; y sentía la seguridad de que el coronel compartiría su horror a los socialistas--. Personas que quieren que seamos todos iguales y otras tonterías. Lo que yo digo es: no somos todos iguales y no lo seremos nunca. Como siempre le digo a Audrey: si se repartiesen los bienes del mundo irían a parar otra vez a manos de las mismas personas. Es una ley de la naturaleza y si alguien se cree que puede engañar a la ley de la naturaleza, pues está... quiero decir que está más loco que... Retrocediendo ante la imagen omnipresente, buscó en su imaginación una alternativa para una liebre en marzo[3]. Pero, antes de que la encontrara, interrumpióle la joven y completó su frase. Sonrió serenamente y dijo, en su voz clara y retumbante. -Está más loco que el sombrero del coronel Crane. No es injusticia hacia Mr. Vernon-Smith decir que huyó como de una explosión de dinamita. Sería igualmente injusto decir que abandonó a una dama en apuros, pues ella en nada se parecía a una dama apurada, y él sí que era un caballero muy apurado. Intentó hacerla entrar en la casa con algún pretexto fantástico, y, finalmente, desapareció con una excusa igualmente azarosa. Pero los otros dos ni se fijaron en él; seguían el uno frente al otro y los dos sonreían. –Creo que usted es el hombre más valiente de Inglaterra --dijo ella--. No me refiero a la guerra ni a su orden de Servicio Distinguido y lo demás; me refiero a esto. ¡Oh, sí, sé algo de usted, pero hay una cosa que ignoro!, ¿Por qué lo hace? -Yo creo que usted es la mujer más valiente de Inglaterra --contestó él--, o, a lo menos, la más valiente de esta comarca. Me he paseado por esta ciudad durante una semana, sintiéndome el idiota más grande de la creación, y esperando que alguien dijera algo. Y nadie ha dicho ni una palabra. Todos parecen tener miedo de equivocarse. -Yo les considero mortales --observó la señorita Smith--, y si no emplean coles por sombreros es sólo porque tienen nabos por cabezas. -No --dijo el coronel suavemente--; tengo aquí muchos vecinos amigos y generosos, incluso el primo de usted. Créame, existe un caso para las convenciones, y el mundo sabe más de lo que usted se cree. Es usted demasiado joven para no ser intolerante. Pero veo que le anima a usted el espíritu de la lucha; ésa es la mejor parte de la juventud y de la intolerancia. Cuando dijo usted ahora esas palabras, ¡por Júpiter, que se parecía usted a Britomart! -La sufragista militante de la obra Faerie Queene, ¿verdad? --preguntó la muchacha--. Temo no conocer la literatura inglesa tan bien como usted. Yo, como usted sabe, soy artista, es decir, quiero serlo; y algunas personas dicen que esto limita nuestra capacidad. No puedo menos de sentir rabia por toda la vulgaridad barnizada con que hablan de todo..., recuerde usted lo que dijo del socialismo. -Fue un poco superficial --dijo Crane, sonriendo. -Y por eso --concluyó ella-- admiro su sombrero, aun sin saber por qué lo lleva. Esta conversación trivial tuvo un efecto extraño sobre el coronel. Le acompañaba un sentimiento de calor y una proximidad de crisis que no había conocido desde la guerra. Formóse en su mente un propósito repentino, y habló como si cruzara una frontera. -Señorita Smith --dijo--, ¿seria demasiado pedirle otro favor? Sería poco convencional, pero creo que usted no hace gran caso de las conveniencias sociales. Dentro de poco me visitará un viejo amigo para liquidar el inusitado asunto o ceremonia de la que usted ha visto una parte. Si me hace usted el honor de almorzar conmigo mañana, a la una y media, le aguardará la verdadera historia de la col. Le prometo que oirá usted la razón. Aun me atrevo a decir que verá usted la razón. -Pues, claro que iré --dijo la inconvencional, con entusiasmo--. Le doy un millón de gracias. Interesóse el coronel intensamente en la preparación del almuerzo del día siguiente. Con sorpresa subconsciente se dio cuenta de que estaba, no sólo interesado, sino excitado también. Igual que muchos otros de su tipo, encontraba placer en hacer bien tales cosas y sabía mucho referente al vino y a la comida. Pero ésto solo no explicaría su placer. Pues sabía que las jóvenes generalmente entienden muy poco en cuestiones de vino, y las jóvenes emancipadas, quizá menos aún. Y aunque quería que el guiso fuera bueno, sabía que, en un detalle, parecería fantástico. Luego, él era un caballero bondadoso que siempre quería que la gente joven disfrutase de los almuerzos como había querido que un niño disfrutase del árbol de Navidad. Pero no parecía haber ninguna razón para que estuviese nervioso o expectante, como si él fuera el niño. No había ninguna razón de que él padeciese una especie de feliz insomnio como un niño en Nochebuena. No tenía, realmente, ninguna excusa para estarse paseando en el jardín, fumando un cigarro, hasta altas horas de la noche. Pero mientras contemplaba, a la pálida luz de la luna, los lirios morados y el estanque oscuro, algo en sus pensamientos cambió de un color a otro; experimentó una reacción nueva e inesperada. Por primera vez odiaba el carnaval que se había impuesto. Deseaba poder aplastar la col como habían aplastado la chistera. Tenía poco más de los cuarenta años, pero nunca se había dado cuenta de cuán seca y marchita era su frivolidad hasta que sintió, hinchándose en su interior, la vanidad monstruosa y solemne de un joven. Algunas veces alzaba la vista hacia el pintoresco, demasiado pintoresco, dibujo de la villa de al lado, que se veía negra a contraluz de la luna creciente, y creía oír, procedentes de ella, voces tenues y algo que parecía una risa. El visitante que llamó a la puerta de coronel a la mañana siguiente, quizá fuera un amigo viejo, pero era, en verdad, un contraste extraño. Era un hombre muy distraído que llevaba un traje, bastante ajado, con pantalón de golf; la cabeza era larga y el pelo, ralo, era de aquel rojo oscuro que suele llamarse cobrizo, uno o dos de cuyos mechones se mantenían erizados a pesar de lo mucho que lo cepillaba, y la cara era también larga, afeitada y fuerte alrededor de las mandíbulas y la barbilla, que el dueño hundía bien en su plastrón. Su apellido era Hood y era, al parecer, abogado, aunque no había venido por razones legales. Sea como sea, cambió algunos saludos con Crane con cierta satisfacción, sonrió al viejo criado como si fuese una vieja broma, y dio señales de buen apetito para el almuerzo al que había sido invitado. El día señalado era extraordinariamente caluroso y claro y en el jardín todo parecía resplandecer; el silvano de los mares del Sur parecía reír de verdad. Movíanse en la brisa los jacintos del estanque y el coronel recordó que los llamaban flags4 y pensó en los estandartes morados al entrar en la batalla. Ella había aparecido, repentinamente, por una esquina de la casa. Llevaba un vestido de color azul oscuro, pero vivo, de dibujo sencillo y angular, pero no desastrosamente artístico; y en la claridad de la mañana no parecía tanto una colegiala y sí una mujer de veinticinco o treinta años; algo mayor y mucho más interesante. Y había algo en esta seriedad matutina que aumentaba la reacción de la noche anterior. Daba gracias Crane de que su grotesco sombrero verde había desaparecido para siempre jamás. Lo habría llevado durante una semana sin importarle nadie un pito; pero durante aquellos diez minutos de charla sin importancia debajo del farol, tuvo la impresión de que le habían crecido orejas de asno. Inducido por el buen tiempo, había mandado poner una mesa para tres en la terraza que daba sobre el jardín. Cuando ya se habían sentado los tres, miró él a la dama y dijo: -Temo que tendré que exhibirme como un maniático; como uno de aquellos maniáticos que su primo desaprueba, Miss Smith. Espero no estropear este pequeño almuerzo para los demás. Pero yo pienso tomar una comida vegeteriana. -¿De veras? --dijo ella--. Nunca habría creído que fuese usted vegetariano. -Ùltimamente he parecido un tonto --dijo el coronel despiadadamente--, pero creo que es preferible parecer tonto que vegetariano en el sentido estricto de la palabra. Es ésta una ocasión bastante especial. Quizá será mejor que empiece mi amigo Hood; el cuento es, realmente, más suyo que mío. -Me llamo Robert Owen Hood --dijo irónicamente aquel caballero--. A menudo eso da lugar a reminiscencias improbables; pero lo único que interesa ahora es que mi viejo amigo, aquí presente, me insultó llamándome Robin Hood -Yo lo habría considerado un cumplido --contestó Audrey Smith--. Pero ¿por qué le llamó Robin Hood? -Porque tiré con el arco[5] --dijo el abogado. -Pero, en justicia --dijo el coronel--, parece usted haber dado en el blanco. Mientras hablaban, entró Archer, que llevaba en las manos una fuente que colocó delante de su señor. Ya había servido los primeros platos a los otros dos, pero esta fuente la llevaba con la pompa del que entra con la cabeza de jabalí el día de Navidad. La fuente contenía una col vulgar, cocida. -Me desafiaron a hacer una cosa –prosiguió Hood--, que mi amigo dijo sería imposible. Pero, a pesar de eso, lo hice. Sólo que mi amigo, en el calor de razonar y ridiculizar la idea, empleó una expresión impremeditada. Casi me atrevo a decir que hizo un juramento en vano. -Mis palabras exactas fueron --dijo el coronel Crane--: Si usted consigue hacer eso, yo me comeré el sombrero. Se acercó pensativamente a la mesa y empezó a comérselo. Después de una pausa continuó del mismo modo reflexivo: -Ve usted, los juramentos en vano son palabras o nada. Podría haber un debate sobre la manera lógica y literal en que mi amigo Hood cumplió su juramento. Pero yo lo consideré de la misma manera pedante. No sería posible comer ninguno de los sombreros que yo uso. Pero quizá fuera posible usar un sombrero que se pudiera comer. Los artículos de vestir difícilmente pueden usarse en la dieta; pero los artículos de la dieta bien podrían usarse para vestir. Me parecía que, en justicia, se podría considerar como mi sombrero aquello que llevara sistemáticamente como sombrero, a pesar de todas sus desventajas. El convertirme en loco rematado era justo precio a pagar por mi juramento o apuesta; pues siempre hay algo que perder en una apuesta. Y, con un gesto de disculpa, se levantó de la mesa. Púsose en pie la muchacha. -Lo considero perfectamente espléndido –dijo--. Es tan fantástico como uno de aquellos cuentos de la búsqueda del santo Grial. Se había levantado también el abogado, algo bruscamente, y se encontraba en pie acariciando la larga barbilla con el pulgar y mirando a su viejo amigo bajo unas cejas arqueadas de manera reflexiva. -Bueno, me ha requerido usted bien como testigo –dijo--; y ahora, con el permiso del jurado, abandonaré el banquillo. Temo que tenga que marcharme ya. Tengo en casa un asunto importante. Adiós, señorita Smith. Correspondió la muchacha mecánicamente al saludo; y Crane pareció recobrarse de repente de un trance, similar al encaminarse en pos de la figura de su amigo. -Oiga, Owen --dijo apresuradamente--, siento que tenga que marcharse tan temprano. ¿De verdad se tiene que ir? -Sí --respondió Owen Hood gravemente. Mis asuntos privados son bien prácticos y reales, se lo aseguro --su boca seria dio muestras de humorismo y añadió--: No creo haberlo dicho antes, pero la verdad es que pienso casarme. -¡Casarse! --repitió el coronel, como si le hubiese alcanzado un rayo. -Gracias por su felicitación y enhorabuena, querido --dijo el señor Hood, satírico--. Sí, ya he pensado en todo. Hasta he decidido con quién me casaré. Ella ya se lo figura. Ha sido avisada. -De verdad que le pido perdón --dijo el coronel en gran apuro--; claro que le felicito de todo corazón. Claro que me alegro de saberlo. La verdad es que me ha cogido de sorpresa... no tanto en el sentido... -¿No tanto en qué sentido? --preguntó Mr. Hood--. Supongo que quiere usted decir que algunos me consideran destinado a solterón. Pero me he enterado de que no es asunto de años tanto como de costumbre. Los hombres como yo se envejecen pronto más bien por gusto que por casualidad; y en la vida hay mucho más gusto que casualidad de lo que creen esos fatalistas modernos. Para tales personas, el fatalismo falsifica aún a la cronología. No es que no se hayan casado porque son viejos. Son viejos porque no se han casado. -Pues se equivoca usted --dijo Crane, seriamente--. Me ha sorprendido, como ya le he dicho, pero mi sorpresa no ha sido una vulgaridad como usted cree. No es que creyera que había nada impropio... sino, al contrario.... que las cosas se arreglan más bien de lo que uno cree.. . como si.... pero de todas maneras, aunque sepa poco del asunto, le felicito muy de veras. -Se lo contaré todo muy pronto --replicóle su amigo--. Ahora baste decir que todo es parte de mi éxito en hacer... lo que hice. Fue ella la inspiración, sabe. He hecho lo que suele llamarse un imposible; pero créame, ella es la parte realmente imposible. -Pues no debo sustraerle a tan imposible compromiso ---dijo Crane, sonriendo--. Realmente, me alegro muchísimo de saberlo. De momento, pues, adiós. En tal estado de ánimo casi indescriptible, contempló el coronel Crane cómo desaparecían, calle abajo, los hombros cuadrados y la roja crin de su viejo amigo. Al volverse apresuradamente hacia su jardín, se dio cuenta de un cambio: las cosas, de modo frívolo e ilógico, parecían diferentes. Él mismo no sabía encontrar la conexión. No era nada tonto; pero su cerebro era de aquella clase que se dirige hacia las cosas exteriores: el cerebro del soldado y de sabio; y no tenía ninguna práctica en analizar su propia mente. No comprendía bien por qué razón aquellas noticias de Owen Hood le habían dado aquella sensación adormecida de una diferencia de las cosas en general. Indudablemente apreciaba mucho a Owen Hood; pero había apreciado a otras personas que luego se habían casado sin estorbar la atmósfera de su propio jardín. Aun llegó a pensar que una afección sencilla podría tener efectos contrarios; que le hubiera hecho preocuparse por Hood, y considerar si Hood se prestaba al ridículo, o aun tener celos y sospechas de Mrs. Hood, de no haber existido algo más que le hacía sentir bien al revés. No lo llegaba a comprender bien. Este mundo --en el que él mismo llevaba ramos de verde col y en el que su viejo amigo el abogado se casaba repentinamente, como uno que se vuelve loco-- éste era un mundo nuevo, a la vez lenitivo y alarmante, en que apenas comprendía a las figuras que se movían a su alrededor, ni aun la suya propia. Las flores en los tiestos ofrecían otro aspecto, a la vez brillante e imposible de denominar; y ni siquiera lograba desanimarle la fila de legumbres más allá, con sus recuerdos de reciente levedad. De haber sido realmente un profeta, o un adivino que viera el porvenir, podría haber visto aquella verde fila de coles extenderse infinitamente, cual verde mar, hasta el horizonte. Pues se encontraba al principia de una historia que no había de terminarse hasta que su incongruente col llegase a significar algo que él nunca había soñado. Aquel bancal verde había de extenderse como una gran conflagración verde hasta los confines de la tierra. Pero era una persona práctica, el revés de un profeta; y como otras muchas personas prácticas, a menudo hacía cosas sin darse cuenta de lo que hacía. Poseía la inocencia de algún patriarca o héroe primitivo de la mañana del mundo, fundando con su leyenda y creencia más de lo que él mismo sabía. Efectivamente, se sentía como al principio del mundo; pero no podía entender bien más que eso. Encontrábase Audrey Smith a pocos metros de él; pues había seguido al otro invitado sólo unos pasos hacia la puerta. Pero, no obstante, la figura de ella se había retraído bastante del primer término para confundirse en el aspecto del jardín: de modo que su vestido podría parecer deber su colorido azul a la diferencia causada por la distancia. Y cuando ella le habló, aun desde unos metros, su voz asumió, inevitablemente, una nueva sugestión, como de uno que llama familiarmente y desde lejos, como se llama a un viejo amigo. Lo conmovió grandemente, aunque lo único que había dicho ella era: -¿Qué fue de su sombrero viejo? – -Lo perdí --respondió seriamente--; es evidente que tenía que perderlo. Creo que lo encontró el espantapájaros. -¡Ah!, pues... ¿y si fuéramos a ver a ese espantapájaros? Sin pronunciar palabra la condujo al huerto y le explicó, gravemente, cada uno de sus destacados detalles; desde el taciturno señor Archer, apoyado sobre su azada, hasta el dios grotesco de las islas de los mares del Sur que se reía en un rincón del parterre. Habló con solemnidad y verbosidad crecientes y, mientras lo hacía, sabía muy poco de lo que iba diciendo. Por fin cortó ella, casi con brusquedad, el monólogo; y, sin embargo, sus oscuros ojos brillaban y su simpatía no era fingida. -No hable de ello --exclamó con entusiasmo poco lógico--. Parece como si estuviésemos realmente en medio del campo. Es original como el jardín del Edén. Fue en este momento cuando, por alguna razón inexplicable, el coronel, que había perdido el sombrero, procedió a perder la cabeza. En pie, en medio de aquel grotesco escenario vegetal, una figura tiesa y casi majestuosa, ofreció a la dama, del modo más tradicional, todo lo que poseía, sin olvidarse del espantapájaros ni de las coles; de los cuales aún tenía un recuerdo semihumorístico. -Cuando me pongo a considerar los obstáculos de la finca... --concluyó tristemente--. Bueno, ahí están; un espantapájaros y un fetiche caníbal, y un hombre estúpido que se ha enganchado en el surco de la respetabilidad y de las cosas convencionales. -Muy convencional --dijo ella--, especialmente su gusto en elegir sombreros. -Temo que eso fue la excepción --dijo él seriamente--. Estas cosas las encontraría usted muy extrañas y la mayoría muy absurdas. No puedo remediar el haberme enamorado de usted; pero a pesar de ello vivimos en mundos distintos; pertenece usted a un mundo más joven, que dice lo que piensa, y que no comprende lo que querían decir nuestros mutismos y nuestros escrúpulos. -Supongo que somos muy mal educados --dijo ella, pensativa-- y debe usted dispensarme si yo digo lo que pienso. -No merezco otra cosa --respondió él lúgubremente. -Pues, creo que yo también debo de estar enamorada de usted --dijo ella, tranquila-No sé qué tiene que ver el tiempo en eso de quererse la gente. Es usted la persona más original que en la vida he conocido. -Querida mía, amada mía --protestó, casi llorando, el coronel--. Temo que se equivoca usted. A pesar de lo que puedo ser, nunca he tenido la pretensión de ser original. -Tiene usted que tener en cuenta que yo he conocido a muchas personas que sí tenían la pretensión de ser originales. Las escuelas de arte están infestadas de ellas; y hay un gran número entre aquellos socialistas y vegetarianos, amigos míos, de quienes usted hablaba. No encontrarían extraño, claro, el llevar coles en la cabeza. Cualquiera de ellos se metería dentro de una calabaza si le fuera posible. Cualquiera de ellos sería capaz de presentarse en público vestido enteramente de berros. Pero, ahí está. Bien pueden llevar berros, pues son seres del agua; siguen la corriente. Hacen tal cosa porque tal cosa se hace, porque se hace en su propio círculo bohemio. Lo inconvencional es su convencionalismo. A mí no me importa; lo encuentro divertidísimo; pero eso no quiere decir que no conozca la verdadera fuerza o independencia cuando la veo. Aquello es líquido y sin forma; pero el hombre realmente fuerte es aquel que sabe hacer el molde y luego romperlo. Cuando un hombre como usted puede, de repente, hacer una cosa semejante a eso, después de veinte años de costumbre, sólo por cumplir la palabra dada, entonces siente uno realmente que el hombre es hombre y dueño de su destino. -Dudo que sea yo dueño de mi destino --contestó Crane--, y no sé si dejé de serlo ayer o hace veinte minutos. Permaneció allí unos momentos, cual caballero armado. La imagen anticuada sólo es inapropiada en un sentido. El mundo nuevo que existía en su interior era tan ajeno a la antigua costumbre en que había vivido, a los mismos andares y gestos de su vida cotidiana, llevada a través de días incontables, que el espíritu se había esforzado antes de romper la cáscara. Pero también es verdad que, aunque pudiera haber hecho lo que todo hombre desea hacer en tal momento, algo supremo y satisfactorio, habría sido algo formal, si no no le habría satisfecho. Era de aquellos que, por naturaleza, son ceremoniosos. Hasta la música que tenía en la mente, demasiado profunda y lejana para captarla o reflejarla él, era la música de antiguas danzas de ritual, no de orgía; y no era por nada por lo que había construido, gradualmente, a su alrededor, aquel jardín de la fuente de piedra gris y la gran fila de arbustos. Inclinóse de repente y besó la mano de ella. -Eso sí que me gusta --dijo ella--. Tendría usted que llevar el pelo empolvado y una espada. -Le pido perdón --dijo gravemente el coronel--. Ningún hombre moderno es digno de usted. Pero temo que en ningún sentido sea yo un hombre moderno. -No debe usted nunca volver a llevar aquel sombrero --dijo ella, indicando la abatida chistera original. -La verdad es que no tenía ninguna intención de volver a ponérmelo. -Tonto --dijo ella brevemente--, no quiero decir aquel mismo sombrero. Quiero decir aquella clase de sombrero. Al fin y al cabo, no puede haber mejor sombrero que la col. -¡Amada mía ... ¡ --protestó él; pero ella le miraba seriamente. -Ya le he dicho que soy artista y que no conozco bien la literatura --dijo--. Bueno, pues, eso crea mucha diferencia. Las personas literarias permiten que se interpongan las palabras entre ellas y las cosas. Nosotros, a lo menos, miramos las cosas y no sus nombres. Usted cree que una col es cómica porque el nombre suena cómico, aun vulgar. Pero una col no es, realmente, ni cómica ni vulgar. Usted no lo creería si sólo tuviese que pintarla. ¿No ha visto usted los cuadros holandeses y flamencos, y no sabe usted que grandes hombres pintaban coles? Lo que ellos veían era ciertas líneas y colores; líneas y colores maravillosos. -Eso estará muy bien en un cuadro --empezó él, dudoso. -¡Idiota! --exclamó ella--; ¿no sabe que estaba usted espléndido? Las curvas se parecían a un gran turbante de hojas y la raíz se elevaba como el pico de un casco, se parecía bastante a los cascos de turbante de algunas de las figuras de Rembrandt, con la cara de bronce bajo las sombras de verde y púrpura. ¡Eso es la que ven los artistas que mantienen sus ojos y cabezas libres de palabrería! Y usted quiere dispensarse por no llevar aquella chimenea de estufa cubierta de betún, cuando lo que llevaba era una corona de color, como un rey. Y estaba usted como un rey en esta comarca; todos le tenían miedo. Al querer exteriorizar él una pequeña protesta, la risa de ella se hizo más pícara. -Si lo hubiera usted hecho durante algún tiempo más, apuesto a que todos habrían llegado a llevar legumbres por sombreros. Le juro que el otro día vi a mi primo, azada en mano, contemplando, irresoluto, una col. Y luego, tras una pausa, dijo con bella impertinencia: -¿Qué era lo que hizo el señor Hood que usted dijo que no podría hacer? Pero éstos son cuentos de revoltijo, aun en el sentido de que ha de contarse el fin primero. Y el que quisiera la respuesta a esta última pregunta debe entregarse al tedio intolerable de leer la historia de El éxito improbable de Mr. Owen Hood, y deberá descansar algo antes de renovar tales tormentas.
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1 Archer significa arquero, pero también cuentista, bromista. De ahí también la alusión al "Arco Largo" en el título: puede traducirse este término como "gran bola" o "gran fanfarronada" 2 Crane significa grulla [3] En inglés, se dice que en marzo las liebres están locas [4] Banderas, en inglés. [5] Tirar con arco: contar una mentira, exagerar. De ahí, también, el título de Cuentos del Arco Largo.
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