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Ficha
médica
Héctor Chilibroste —¿Pedro? A través del teléfono reconoció de inmediato la voz de Margarita. Miró alrededor para asegurarse de que no había nadie más en la sala. Tranquilizado, y casi en un susurro, contestó: —¿Cómo andás,
negrita?
En un instante se imaginó lo que se le ofrecía. Toda la noche en la casa de Margarita, a solas con ella. La cama con sábanas limpias y un buen par de frazadas. En un segundo recordó los encuentros furtivos, el temor permanente, el frío y oyó otra vez la voz del Flaco, el entrenador: "Vos tenés condiciones, pibe, pero te falta garra para arriesgar un poco más." —Escuchame —pudo decir por
fin, la decisión ya tomada—. Vos dejá la puerta sin llave,
que yo en cuanto pueda voy, ¿tá?
Durante la cena se mantuvo en silencio y no comió casi nada. Temía que alguien notara cómo le temblaba el pulso cada vez que tomaba un trago de agua o se llevaba un cubierto a la boca. Cuando se estaban por levantar de la mesa mencionó como al pasar la ida al hospital al día siguiente y preguntó a su madre si se había acordado de lavarle algún frasquito. —Ya está en tu pieza, nene —le respondió doña Rosario. Con la excusa del madrugón se encerró en el dormitorio mientras el resto de la familia se acomodaba alrededor del televisor. No se había acordado de la tele. Seguro que la Vieja y la Gladys se iban a quedar hasta que terminara la transmisión, pasaban la vida de Marylin y ésa no se la iban a perder por nada del mundo. Estoy clavado hasta las doce y media por lo menos, pensó. Se sacó las zapatillas y se acostó vestido, preocupándose de destender la cama. Ni pensar en dormir con los nervios que tenía. Los minutos se le hacían eternos. Trató de leer, al rato tiró la revista, se levantó, se acostó de nuevo. Diez y media. Se sentó frente a la mesa que le servía de escritorio. El frasco vacío brillaba impecable bajo la luz de la lámpara. Es un fenómeno la vieja,si hasta se había ocupado depegale una cinta adhesiva con el nombre y de dejarle un pedazo de papel para envolverlo. Menos mal que la cosa es de madrugada. Siempre sentía un poco de vergüenza cuando tenía que andar por la calle con el frasco en la mano, derechito para que no se derramara y seguro de que todo el mundo sabía lo que contenía. Once y cuarto. Caminó un par de veces entre el escritorio y la puerta; temiendo que se sintiera el ruido volvió a meterse en la cama. Se despertó de golpe y se sentó para mirar el reloj. Una y diez. La pucha, me quedé dormido. Fue hasta la puerta y la abrió lo más despacio que pudo. Estuvo casi cinco minutos escuchando. El silencio era total. Volvió a cerrar, se puso el calzado y la campera, comprobó que tenía la cédula en el bolsillo de la camisa, envolvió con cuidado el frasco y juntando coraje salió a la oscuridad del resto de la casa. A tientas, pero sin hacer el más mínimo ruido, encontró el camino hasta la cancel. Cada dos o tres pasos se paraba a escuchar. El repiqueteo del corazón se le antojaba suficiente para despertar a todo el barrio. Cuando estuvo afuera se apoyó aliviado contra la pared. El frío le pegaba en la cara. El viento hacía bailar los focos de luz que colgaban en el centro de la calle. Menos mal, pensó, con esta noche no andan ni los perros. Recorrió casi corriendo las diez cuadras que había hasta la casa de Margarita. Estaba sofocado cuando llegó a la esquina y se detuvo un rato para recuperar el aliento y asegurarse de que no había nadie a la vista. Luego, casi doblado en dos, caminó los últimos metros, bien pegado a la pared. Al ir a abrir la puerta le asaltó un nuevo temor. ¿Y si está cerrada? ¿Y si los viejos no se fueron, o volvieron antes de tiempo? Con los ojos cerrados probó el picaporte y la puerta se abrió, obediente. En un segundo estaba adentro. Aquella noche fue para Pedro, durante muchos años, la mejor de su vida De madrugada se despertó sobresaltado y miró el reloj. Eran casi las cinco y media. El despertador no sonó, o yo no le di pelota. En un instante había salido del dormitorio y cruzado el pasillo hasta el baño. El agua fría en la cara terminó de despertarlo. Mientras acababa de vestirse observó a Margarita que, estirada en la cama, no lo había sentido y dormía con una sonrisa en los labios. Enternecido, la besó en la frente tratando de no despertarla. Al darse vuelta para salir vio un paquete que, solitario, resaltaba sobre la cómoda. Se había olvidado de usar el frasco. —¡Negra, Negra! —había
desesperación en la voz mientras sacudía a Margarita por
un hombro—. Me olvidé de mear en el frasco.
Pedro, con prudencia, se volvió hacia la pared. Llegó al hospital unos minutos pasadas las seis pero todavía no habían empezado a atender. En un gélido corredor, sentadas en bancos adosados a la pared, ocho o diez personas más estaban ya esperando. Se sentó junto a ellas sosteniendo el frasco con ambas manos y sintiendo a través del papel la tibieza del contenido. Cuando le tocó el turno contestó las preguntas de rutina: Pedro Walter Giménez Barrientos, 18 años, cédula 4132335-8, calle Artigas 560. Después lo midieron, lo pesaron, le tomaron la presión, lo auscultaron, lo pasaron por rayos, le sacaron sangre, le controlaron la dentadura y, por fin, le dijeron que volviera el lunes a retirar la ficha. Camino de vuelta, ya tranquilo, rememoró la noche anterior. Lástima que nunca les voy a poder contar a los muchachos nada de lo que pasó anoche. Mi Dios, qué noche. Cuando llegó por fin a la puerta de su casa, junto con los primeros rayos del sol naciente, su cara irradiaba felicidad —Vengo a buscar mi ficha
médica.
El hombre buscó un par de veces en un fichero que tenía junto a la ventanilla. Después se fue para el interior de la oficina y al rato volvió con una carpeta. —Esta ficha no sale - le
informó.
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