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El Autor y su Obra Descubriendo…
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Ciruela
Adriana Agrelo Marcelo pone sus manos sobre mi cabeza, desde el espejo miro esas manos blancas, sacerdotales. Mis trece años, mi primera comunión, la pequeña capilla de la escuela, lo que más me emocionó no fue disolver la hostia entre mi lengua y el paladar sino esas manos que me la ofrendaban, aisladas, separadas del cuerpo, revoloteando sobre mi cabeza como dos aves mansas. Ahora esa imagen volvía nítida, emergía del baúl de los recuerdos, oculto cofre de la memoria. Marcelo y sus dedos de pianista enredados en mi pelo. Me quedaría eternamente frente al espejo sintiendo estas manos que parecen bendecirme. Un tono ciruela y luego un poco de iluminación. Siento el sabor agrio de las ciruelas, sus reflejos bordó bajo el sol, mis rodillas abrazando el árbol, picoteándolas como pájaro, las más sabrosas, las más maduras, el primer mordisco con un sabor áspero, luego siento el dulzor. Es un color de moda, además hace juego con tu piel, con tus ojos, ¿qué te parece? Sí, lo pienso mientras espero. Un corte , dos tinturas, una permanente y ya estoy con vos. Me alcanza una túnica blanca, me la pongo, soy una niña obediente con su delantal y formo fila, entre la hilera de túnicas blancas sentadas contra la pared, frente a los espejos, duplicándonos. Comienzo a medir el tiempo de la espera, el primer corte, una cabeza joven, el pelo a la altura de los hombros, mechas color azul sobre pelo azabache, las manos forman rayas simétricas suspendidas por ganchos dentados color amarillo sobre la coronilla, las tijeras aletean sobre la nuca, dejan algunos hilos disparejos, sobre el óvalo de la cara el pelo desmechado, enmarcándolo, un montoncito azul y negro sobre el piso, un flequillo irregular sobre la frente. La muchacha se mira con curiosidad. Marcelo toma un espejo rectangular, lo coloca detrás y ella observa el efecto del corte, girando la cabeza a derecha y a izquierda. Se la ve complacida, paga y desliza unos billetes en el bolsillo de Marcelo, dos sonoros besos y bye-bye. Esta espera es la antesala de otra espera, la del encuentro con Gregorio. La llamó por teléfono después de veinte años, recuerda cuando se fue al extranjero, muchas cartas al principio, algunas llamadas telefónicas, promesas, él le mandaría el dinero para el pasaje, primero vivirían juntos allá, cuando él se estableciera, luego pasarían juntos las vacaciones, finalmente, él vendría para las fiestas de fin de año. Pero ninguno de los dos hizo el más leve movimiento, la vida los fue absorbiendo y ahora, la vuelta, y tengo tantas ganas de verte y por qué no nos encontramos en nuestro café, ¿te acordás? Y ella no pudo negarse a pesar del miedo, los años, algunos kilitos de más, las arrugas, el pelo canoso, todo lo que antes le parecía natural y ahora le pesaba, quería volver el tiempo atrás, verse joven y hermosa y por eso estaba aquí, con su túnica blanca, aguardando su turno. No dejaba de mirarse al espejo e imaginarse con su pelo color ciruela. ¿Y si se hiciera un corte como el de esa muchacha? Siente el olor penetrante del agua oxigenada, la tintura color miel, gelatinosa, esa pasta blanda levándose como una masa, burbujeando y oscureciéndose al contacto del aire, la ve desbordar y caer al suelo, arrastrarse lentamente, como ese líquido viscoso de las películas de terror que termina cubriendo y sofocando a sus víctimas para luego tragárselas y volver a encogerse recuperando su tamaño inicial. Ella sentada en el sillón giratorio y las manos de Marcelo no ya sacerdotales sino satánicas esparciendo esa gelatina sobre su cabeza. Primera tintura. Esta vez la cabeza no es tan joven, una mujer de mediana edad, pelos rubio desteñido, una cabeza de cuatro colores, desgastada. ¿Y si ella que hoy comenzaría a teñirse, a someter su pelo virgen a la corrosión de esos productos, quedara así, con cuatro tonalidades de ciruela, y al final un tinte rosado, artificial, como esas pelucas de carnaval de las casas de cotillón? Virgen, virginidad, perder la virginidad, todos los caminos de su pensamiento la llevan a Gregorio, con él fue su primera vez, ambos recorriendo el cuarto con curiosidad, las paredes cubiertas de pósters con poemas de Neruda, cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, ese fue un detalle romántico de Gregorio, elegir esa habitación, nada de imágenes chabacanas que hubieran afectado su sensibilidad, la cama con respaldo de caña, una ventanita que luego descubrió que era el servicio de bebidas y el amor, extraño al principio, poco placentero, pero con el tiempo fue descubriendo sus secretos, las zonas del placer. Y ahora, ¿cómo sería?, ella podría mostrarse como una mujer experimentada, si bien su cuerpo había perdido lozanía, era más hábil, más atrevida y él seguramente sentiría curiosidad, sería inevitable llegar a ese momento, natural, sus cuerpos se debían este encuentro, pero después de tanto tiempo la piel ya no se reconoce, esa corriente de energía se pierde. ¿Y si no se da? Por lo menos debe parecer digna, medianamente hermosa, con su pelo color ciruela. La mujer del rubio desteñido, la cabeza cubierta con una gorra de látex, una aguja de crochet se hunde sobre el látex haciendo un ruidito, pequeño latigazo, como el de esas gomitas con las que los chicos se improvisaban una gomera. Debería haber comprado profilácticos ¿y si él no trae? No puede interrumpir ese momento mágico con una salida apresurada al primer kiosco o farmacia, lo invitará a tomar un café a su departamento y cuando llegue el momento le preguntará si tiene, de lo contrario abrirá suavemente el cajón de su mesa de luz y le ofrecerá uno. Eso es. Nada traumatizante. Todavía le da cierta vergüenza comprarlos, generalmente los consigue en el supermercado, disimulados entre verduras, lácteos, cajas de hamburguesas light, sí, aprovechará mientras esta tarde hace las compras de la semana, además incluirá una botella de whisky, recuerda que a Gregorio le gustaba. Ahora la mujer de mediana edad luce unas mechas embadurnadas de una sustancia celeste que según Marcelo es el decolorante, luego le aplicará un rubio ceniza y quedará como nueva. Seguramente él la invitará a cenar luego del café y ella aún no sabe qué se pondrá, ¿qué tonos combinan con el ciruela?, ¿y si la tintura está vencida y el pelo le queda color negro azabache?, ¿y si Marcelo se descuida y excede el tiempo de exposición del producto y el pelo comienza a caerse? Se imagina comprando una peluca, se imagina enganchándose la peluca en la rama de un árbol, o en el perchero del restaurante, y quedando al descubierto, su cabeza desnuda ante Gregorio. No había pensado que volvería a desnudarse ante él, eso le da miedo, porque él vendrá cargado con la imagen de su cuerpo esbelto, sin estrías, ni rollitos molestos en las caderas, en los muslos, y ahora, los pechos algo caídos, aunque no mucho, podría disimular todo esto con ropa interior negra y una luz tenue, pero antes de desvestirse deberá vestirse, pensar en las tonalidades que hagan juego con su nuevo pelo. Revisa mentalmente su guardarropa. Segunda tintura. Se sienta
una mujer de unos setenta años, el pelo escaso, las raíces
canosas.
La mujer asiente. Se mira al espejo y le pide un tono más claro, casi plateado. Es que ya no puedo venir con tanta frecuencia, la vida está muy cara, con un plateado el crecimiento de las canas se disimulará, hasta podría ponerme un matizador gris ¿no? Es una buena idea pero tendré que hacerte una decoloración y tu pelo se verá más castigado. ¿Y si me lo cortás bien cortito? Un corte en lugar de una tintura, muy buena idea, es más rápido, pienso. Miro a Marcelo expectante, él observa a la mujer desde el espejo, duda, analiza seguramente como le quedará el corte en el conjunto de su cara, mide el óvalo y finalmente toma las tijeras. Corte y tintura, determina. La mujer seguramente estará contando sus monedas pero será la última vez, luego lucirá su pelo plateado ornamentado con el matizador gris, de uso casero. ¿Y si ella se dejara las canas? ¿Y nada de ciruelas y riesgos? No, sus amigas le habían insistido muchas veces, Gabriela, hacete un color, te dará más vida. Más vida. Piensa en Gregorio. Quizá ahora sea el momento, la promesa de un encuentro, la continuación de una historia. Que dios te bendiga, le dice Marcelo a la anciana. Siempre pronuncia esta frase como despedida. Que dios te bendiga. Que estés bien. Falta una permanente. La muchacha se sienta, su pelo lacio brillante, realmente es una pena que lo estropee con una permanente, ¿no? Recuerdo una palabra “croquiñol”, mi abuela la decía, para ella la permanente se llamaba “croquiñol”, ¿será una palabra de origen francés? Mi abuela con sus rulitos apretados sobre la cabeza como un cordero. No deberías hacerte una permanente muchacha, es tan hermoso tu pelo. La miro insistentemente queriendo trasmitirle mi pensamiento. Marcelo, prefiero unas mechas doradas y retocarme las puntas, darme un poco de forma alrededor, ¿no? Un pequeño corte y un par de mechas doradas, menos de media hora. Que dios te bendiga y que estés bien. Los besos acostumbrados, la propina en el bolsillo del delantal y un bye bye. Y por fin es mi turno. Avanzo por un haz de luz y siento un aletear, un roce, manos que se posan sacerdotales, me detengo a comulgar, Marcelo me aguarda, hace girar la silla como un carrousel, pero mi cuerpo se disuelve en las caricias de otras manos, cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, estoy casi a punto de llegar, sé que al final de este túnel, detrás de los espejos, volveré a encontrarme, madura y áspera como una ciruela, con cierto dulzor final. |

