LA ALBUERA

LA ALBUERA

 

 

MEMORIAL DE LA BATALLA

 

            El día 16 de mayo de 1811 se trabó en torno al pueblecito de La Albuera una de las más reñidas batallas a campo abierto de la guerra de la Independencia española, mantenida contra la invasión de los ejércitos napoleónicos. En la referida batalla, considerada por los tratadistas militares como la más sangrienta de aquella contienda, intervinieron contra los franceses de aquella contienda, intervinieron contra los franceses las tropas del ejército aliado, constituido por efectivos españoles, ingleses y portugueses, más una brigada alemana, en tanto que, formando parte del ejército expedicionario francés, combatieron los jinetes de la caballería polaca. Esta concentración de fuerzas de tan diversas procedencias da idea de la extensión del conflicto que ensangrentaba el tablero europeo, desarrollado en los más alejados escenarios de su geografía.

 

 

CUADRO HISTÓRICO

 

No es necesario hacer un análisis de la situa­ción histórica que atravesaba Europa, la cual tiene su origen en el estallido de la Revolución francesa, cuyos principios van a vertebrar al nuevo orden político en que se basa la modernidad, ni tampoco es preciso aludir al desvío de sus postulados liberado-res, los cuales fueron sacrificados a la ambición personal de Napoleón Bonaparte que instaura en beneficio propio el Imperio, con el intento de perpe­tuar en él y en su descendencia el poder político so­bre Francia y asegurar el predominio hegemónico de su país en el continente, mediante la creación de monarquías satélites confiadas a sus familiares y allegados, a costa de las viejas casas reinantes y sin consideración a los pueblos sojuzgados por su aventura bélica. Pero sí interesa resaltar que la expansión de los ideales revolucionarios había logrado adeptos en toda Europa y con particular fuerza en España, donde la nueva corriente libertadora e igualitaria, frente al absolutismo de los reyes y los esquemas feudales de la nobleza privilegiada, había prendido en las clases más ilustradas de la burguesía y la intelectualidad que constituían el progresismo de la época, con clara simpatía hacia las doctrinas filosó­ficas y políticas que procedían de la Francia revolu­cionaria. Ello produce una singular dicotomía en la sociedad española, la cual está obligada a combatir la invasión violenta de la Patria por tropas extranje­ras, pero al mismo tiempo se ve inmersa en otra controversia política interna entre los partidarios del viejo régimen absolutista y los representantes de la modernidad que apetecían el cambio de las estruc­turas políticas y sociales propugnado por la Revolu­ción francesa Estos últimos, los españoles consi­derados  afrancesados,  sufrieron  una  terrible decepción, viendo que los principios revolucionarios por los que se sentían atraídos, eran traicionados por los sucesores de aquel hecho histórico que alentaban, bajo las banderas napoleónicas, una nueva tiranía, esclavizadora de pueblos, con la que se trataba de imponer sobre Europa el poder del Emperador y en España una monarquía bonapartis­ta.

 

Por ello, con la guerra de la Independencia se inicia también una contienda civil entre españoles, pues se confunde el odio al invasor con el recelo hacia los que habían mostrado afinidad política con las ideas revolucionarias. La mayor parte de los afrancesados abrazaron la causa patriótica, decep­cionados por el comportamiento de sus antiguos inspiradores, pero nunca dejaron de ser sospecho­sos ante la conciencia popular, de escasa cultura y alucinada por la figura ambigua del rey Fernando, prisionero de Napoleón, al que se identificaba con la causa de la independencia patria. Pocos españoles se avinieron a colaborar con los franceses en el gobierno intruso y en los munici­pios y los más lo hicieron a regañadientes, lo que no fue óbice para que a veces fueran victimas de los desastres de la guerra a los que aludió Goya en su pintura negra. A las represalias de los franceses contra quienes resistían o contra los familiares de los guerrilleros, se unían las de éstos contra los es­pañoles a los que creían adeptos a José Bonaparte o que ostentaban antecedentes liberales que les hacían sospechosos de simpatizar con el enemigo. De esa manera, en los vaivenes de las ocupacio­nes alternativas por unos y por otros, los pueblos sufrían las consecuencias del paso por ellos de uni­dades militares o de partidas que atropellaban vi­das y haciendas o imponían requisas de subsistencias y acopios para vivir sobre el país.

 

 

EL DOMINIO DEL TERRITORIO

 

El confusionismo reinante radicaba en la coexis­tencia sobre el territorio nacional de dos gobiernos paralelos el de la monarquía bonapartista, impues­ta en Madrid por el Emperador en la persona de su hermano José, con los recursos del poder central, y el constituido primero por la Junta Central y luego por el Consejo de Regencia de los patriotas, alza­dos contra los invasores y que primero se asentó en Sevilla y, más tarde, hubo de refugiarse en Cá­diz. El gobierno del rey intruso, apoyado por las fuerzas francesas de ocupación, no logró el asenso del pueblo español y sólo en mínima parte obtuvo la colaboración de ministros y funcionarios, obligados por los invasores, y, como quiera que éstos no consiguieran ocupar la totalidad del territorio, am­bos gobiernos se disputaban alternativamente el dominio de las diversas regiones.

 

Esta situación impone una dinámica, caracterís­tica de la guerra en el escenario español, de ocupa­ción discontinua y gaseosa, sin un definido dominio territorial, exceptuados los focos de concentración de fuerzas o de resistencia a ultranza, que motiva, de una parte, las correrías de partidas aisladas de castigo y, de otra, la lucha de guerrillas, típica de la resistencia española. Así los ejércitos franceses con frecuencia ven dificultadas sus líneas de enlace y, recíprocamente, el Consejo de Regencia no logra el control de las regiones que resisten, las cuales se ven obligadas a formar Juntas de Guerra que operan con sus propios medios y con carácter auto­nómico en las regiones respectivas, situación que se reproduce en las unidades del antiguo ejército na­cional, reorganizadas sobre la marcha en las distin­tas capitanías y teniendo que recurrir para levas y suministros a los apoyos de las Juntas de Guerra de las regiones en que operan. Como la agresión francesa no se limita al territo­rio español, sino que invade también el territorio portugués, la situación en este último país es simi­lar, carente de su gobierno central, que emigra al Brasil, pero apoyado sólidamente por su tradicional aliada, la Gran Bretaña, que abre en Portugal un segundo frente a Napoleón, iniciando desde el cam­po atrincherado de Lisboa, como cabeza de puente para su despliegue, la reconquista peninsular. De ahí la enorme importancia que adquiere la región extremeña en la estrategia de los ejércitos aliados, español, portugués y británico, por constituir la charnela entre Cádiz, sede de la Junta Suprema, y Lisboa, base de operaciones de los aliados. La capitanía general de Extremadura estuvo ocupada, hasta su muerte, por el general marqués de ¡a Romana, quien también era presidente de la Junta de Guerra con sede en Badajoz, como cabe­cera de la capitanía. Este general mandaba al prin­cipio de las hostilidades una división expedicionaria que se encontraba en Dinamarca a las órdenes de Napoleón, como consecuencia de la alianza que venían manteniendo los respectivos gobiernos fren­te a Inglaterra. Cuando tuvo noticias de la invasión de su Patria por el Emperador, logró agrupar a sus tropas, a pesar de encontrarse rodeado por el ejér­cito Francés, y embarcarías en navíos ingleses con los que se puso de acuerdo, recuperando para Es­paña a estos efectivos. Por sus relaciones con In­glaterra y su enlace con Wellington, cuyo hermano era embajador británico cerca de la Regencia de Cádiz, La Romana concertó un acuerdo entre la Junta extremeña y el gobierno británico, a fin de re­forzar la caballería del ejército a su mando, ya que el área de la cría caballar había quedado en Anda­lucía, careciéndose en Extremadura de caballos su­ficientes. Según este acuerdo, Gran Bretaña se comprometía a facilitar 1.500 caballos de su Real caballería, con sus monturas y atalajes, y los unifor­mes de los jinetes, con equipo y armamento com­pletos, mediante lo cual se formarían dos regimien­tos de aquella arma. Como para su pago no pudo contarse con el aval de la Junta Suprema, que re­quería Inglaterra, hubo que enviarles 70.000 cabe­zas de ganado merino de nuestra cabaña lanar, muy apetecidas por todas las naciones con indus­tria lanera. Así nuestros productos refrendaron el único acuerdo de carácter internacional que ha sido signado en nombre de Extremadura, en uso de una soberanía derivada de las excepcionales circuns­tancias bélicas que concurrían.

 

 

MOVIMIENTOS

DE LAS TROPAS FRANCESAS

 

Desde Madrid, el gobierno intruso había lanzado contra el ejército anglo portugués mandado por Wellington y con base en Lisboa, al mariscal Massena, príncipe de Essling, que intentaba, a partir de Salamanca y siguiendo la línea de Fuentes de Oñoro, penetrar en el centro de Portugal. Hacia el sur marchó el ejército de Mediodía, mandado por el mariscal Soult, duque de la Dalmacia, quien ocu­pó Sevilla, obligando a la Junta Central a refugiarse en Cádiz, sobre cuya ciudad presiona con su primer cuerpo de ejército al mando del mariscal Víctor, desplegando a sus restantes cuerpos por toda Andalucía. Entre los brazos de esta tenaza de ejércitos franceses quedaba Extremadura que, desde mayo de 1808 hasta principios de 1811, ha­bía logrado eludir una efectiva obediencia al go­bierno intruso de Madrid.

 

El mariscal Massena fue batido en Torres Ve­dras por Wellington, que logró rechazarlo y empu­jarlo hacia la frontera hispano portuguesa. Podía, por tanto, Wellington moverse con libertad por el territorio portugués, contando con la plaza fuerte de Badajoz y el ejército de Extremadura para pro­teger el Alemtejo. Este ejército tenía destacado al general español Ballesteros hacia el sur de la provincia de Badajoz y norte de Huelva, con el propó­sito de establecer contacto terrestre con Cádiz, ya que éste se mantenía solamente por vía marítima, y sus movimientos eran vigilados, desde el conda­do de Niebla, por una columna móvil de ejército de Mediodía francés, al mando del general Remond. Todas estas circunstancias que implicaban el posi­ble socorro a Cádiz y el fortalecimiento de la base de Wellington en Portugal, unido al fracaso de Massena, determinaron que el mariscal Soult pro­curara romper el dispositivo aliado, conquistando la plaza de Badajoz que era el punto clave de la re­sistencia. A tal fin, el Duque de Dalmacia salió de Sevilla hacia Extremadura el día 2 de enero de 1811, al frente de poderosos efectivos. Dejaba en la capital bética al general barón de Darrieu; frente a Cádiz al primer cuerpo de ejército de Víctor; En el reino de Granada al general conde de Sebastianí, con el cuarto cuerpo, para prevenir las posibles reaccio­nes desde Gibraltar y Cartagena; en Córdoba la di-visión de reserva de infantería de Desolle y al gene­ral Remond en el condado de Niebla. Su columna estaba formada por el quinto cuerpo de ejército, al mando del mariscal Mortier, duque de Trevise; la formidable  división  de  caballería  de  Latour­Maubourg; la artillería del barón de Léry y los inge­nieros del general Bourgeat. En total, 23 batallones de infantería, 20 escuadrones de montados, 54 bo­cas de fuego, seis compañías de artillería, dos de ellas a caballo; una de pontoneros; una de minado­res; cinco de zapadores y una de obreros de la ma­rina con material. Hay que tener en cuenta que mi­nadores, zapadores y obreros eran imprescindibles para las operaciones de sitio de una plaza fuerte que se juzgaba de ardua conquista, toda vez que, para rendirla, había que cavar trincheras paralelas a los muros con sus traviesas de aproche perpendi­cular; Colocación de minas; construcción de bate­rías de sitio; establecimiento de puentes y otras obras de aproximación.

 

La impresionante columna subía por tres rutas: la de la izquierda por Aracena, destacando hacía su flanco a la división de Gazán, protegiéndose de Ba­llesteros; la de la derecha por Cazalla y Guadalca­nal, a Llerena, y, entre ambas, por Monesterio, los pesados trenes de transporte de la artillería e inge­nieros, bien flanqueados por las laterales. Poco hostigado por la caballería española, que mandaba el francés realista conde de Penne-Villemur, y por las partidas guerrilleras, que operaban por las zo­nas oriental y central de la actual provincia de Ba­dajoz, llegó el ejército del mariscal Soult frente a Olívenza el día 11 de enero, con el fin de rendir esta plaza fuerte que protegía por el sur a Badajoz. El día 22 de enero se rinde Olívenza y el 26 Soult da vista a Badajoz, iniciando el asedio.

 

No es ocasión de referirse a este sitio de la capi­tal de Extremadura por los franceses. A la sazón ha­bía fallecido en Portugal, de regreso de una visita a Wellington, el capitán general y presidente de la Junta de Guerra, Marqués de la Romana, haciéndo­se cargo del mando militar el general Mendizábal. Como era habitual al ser amenazada de sitio una plaza fuerte, Mendizábal, con el grueso de las fuer­zas más operativas, salió de la plaza situándose en las inmediaciones del fuerte de San Cristóbal, a fin de auxiliar desde fuera a la guarnición que queda­ba resistiendo en Badajoz, a cargo del general don Rafael Menacho, asegurando además el enlace con el auxilio que pudiera proceder de Portugal, Al propio tiempo, salía de la capital la Junta de Guerra para establecerse en Valencia de Alcántara, fuera del alcance del enemigo. El asedio se prolongó hasta el día 10 de marzo en que se rindió la plaza. Entretanto las fuerzas de apoyo de Mendizábal se habían visto obligadas a abandonar sus posiciones y alejarse, a consecuencia de la acción de Gévora. Pudo haberse prolongado la resistencia más tiem­po, pues se contaba con medios suficientes y la moral de la guarnición y de la población civil era elevada, pero la desgraciada muerte del general Menacho, producida siete días antes de la rendi­ción, dejó la defensa en manos del brigadier Imaz que, creyéndose desamparado y a pesar del dicta­men contrario de sus consejeros, decidió capitular. Pocas fechas más, hubieran permitido el auxilio de la plaza por parte de Wellington que, por entonces, después de batir a Massena, tenía sitiada la fortale­za de Almeida, cerca de la frontera salmantina con Portugal, en poder de los franceses. A causa de los celos rivales que mantenían en­tre silos mariscales napoleónicos, agudizados en el caso de Massena a quien distinguía el Empera­dor, Soult, una vez rendidas las plazas de Badajoz, Elvas y Campomaíor, no se preocupó de progresar en su avance y auxiliar a su colega, que se encontraba comprometido en la lucha con el ejército de Wellington, sino que se retiró de Badajoz dos días después de la toma, volviéndose a Sevilla con 9.000 hombres, a fin de reforzar con ellos a las tro­pas del duque de Bellune, Víctor, que, desde Chi­clana, atacaba Cádiz. Quedaba en Extremadura el mariscal Mortíer, duque de Trevise, con otros 9.000 infantes y la caballería de Latour-Maubourg: 10.000 jinetes diseminados para proteger los enla­ces con Andalucía. Wellington, por su parte, se dispuso a recon­quistar la plaza de Badajoz, imprescindible para sus planes, estableciendo pronto el dispositivo, que quedó encomendado al general vizconde de Beres­ford, al frente de las tropas aijadas reunidas, quien el día 25 de marzo batió a los dragones de Latour­Maubourg en Elvas y Campomaior, consiguiendo dominar la margen derecha del Guadiana. Para pa­sar a la margen izquierda el día 3 de abril Beres­ford tendió sobre el río un puente de caballetes de­lante de la aldea de Juromenha, frente a Olivenza, pero, por la noche, una avenida del río los arrastró, por lo que tuvo necesidad de pasar a sus tropas en lanchas y balsas, con la natural penosidad, que vino a agravarse el día 6 en que sufrió un golpe de mano de los franceses, los cuáles le aprisionaron un escuadrón y estuvieron a punto de capturarlo, ya que asaltaron su alojamiento y lograron llevarse los caballos de su Estado Mayor. Sin embargo, el 9 de abril Beresford campaba entre Olivenza y Badajoz y conseguía que Latour-Maubourg se alejara con su caballería, batido por la española de Penne­Villemur, que con 600 caballos bajó desde Víllafran­ca a Usagre, y por la inglesa que tomó en Zafra el día 16 a 159 prisioneros. Por otra parte, el día 18 de abril desembarcó en Ayamonte nuestro general Blake con dos divisiones de infantería y una de arti­llería, juntándose con las tropas de Ballesteros y si­tuándose el primero en Monesterio y el segundo en Santa Olalla. Beresford, reforzado desde Lisboa con 8.000 hombres y desde Elvas con piezas de artillería de sitio, se situó en Talavera, enlazando con el general Morillo, que vigilaba los pasos del Tajo para impedir que, desde la meseta, pudieran socorrer a la guar­nición francesa de Badajoz. Entretanto, las fuerzas anglo portuguesas que habían ocupado la margen izquierda del río desde Portugal, pusieron sitio a Olivenza, cuyos escasos defensores, pues no eran más que 380, ondearon bandera blanca el 14 de abril, a los tres días del asedio impuesto por el ge­neral inglés Cole, al frente de una brigada portugue­sa. Por cierto que los mandos de esta brigada pro­testaron de que el inglés izara en la plaza la bandera española y no la suya, al recuperar aquella plaza que ya era española desde el tratado de Ma­drid de 1801. En Olivenza se capturaron 17 piezas de artillería, doce de hierro colado y cinco de cam­paña. Todas estas acciones, encaminadas a la reconquista de Badajoz, estaban coordinadas entre We­llington y el general Castaños, nombrado por el Consejo de Regencia nuevo jefe del quinto ejército nacional, que era el de Extremadura. Sucintamente, el plan de operaciones acordado por los dos caudillos constaba de los siguientes puntos:

 

1.      El general Blake subiría desde la provincia de Huelva hacia Jerez de los Caballeros.

2.      El general Ballesteros se situaría en Burgui­llos.

3.      La caballería del quinto ejército español de Castaños se situaría en Llerena, observando el ca­mino de Guadalcanal, hacia donde se había empu­jado a Latour, debiendo enlazar en Zafra con Ba­llesteros, que vigilaba los pasos occidentales de Sierra Morena.

4.      Castaños proporcionaría tres batallones para el Sitio de Badajoz, acantonando el resto de sus fuerzas en Mérida, con el fin de apoyar a su caba­llería, adelantada hacia el sur.

5.      El ejército británico se mantendría en segun­da línea de reserva, por si Soult intentaba, como era previsible, subir desde Sevilla para levantar el cerco de Badajoz, señalando como lugar para batir­lo en campo abierto a La Albuera, en donde debe­rían concentrarse todos, llegada la ocasión, por considerarlo punto estratégico adecuado, ya que en el pueblo coincidían los caminos que, desde el sur, se dirigían a Badajoz, y había de seguir Soult si pretendía auxiliar a la guarnición de la plaza asedia­da.

 

Wellington, después de vadear el Guadiana con refuerzos, más abajo de la desembocadura de Caya, regresó hacia el norte, para oponerse a Mas­sena en Almeida, Fuentes de Oñoro y Ciudad Ro­drigo, confiando el mando de las fuerzas sitiadoras de Badajoz a Beresford, quien, contrariado por las constantes avenidas del río, que en todo el invierno fueron muy numerosas, logró al fin el día 3 de mayo iniciar sus ataques contra la plaza que ambicionaba tomar. Ese día embistió el general Steward con tres brigadas de infantería, una de artillería de seis pie­zas y dos escuadrones, encomendando la dirección de las obras del sitio al teniente coronel Fletcher, el más ilustre de los ingenieros ingleses. Por su parte, Soult había nombrado gobernador militar de Bada­joz al general Phílíppon, especialista en la defensa de plazas, uno de cuyos ingenieros, el entonces co­mandante Lamare, nos ha dejado una magnífica re­lación de los sitios de Badajoz en aquella guerra. Desde La Albuera y Talavera llegaron al sitio las divisiones de infantería aliadas, además de los 2.000 hombres enviados por Castaños desde Méri­da para estrechar el cerco, a las órdenes del gene­ral España, un francés que, quizá por el apellido de sus ancestros, se había nacionalizado español.

 

 

PRÓLOGO DE LA BATALLA

 

            En la noche del 12 mayo de 1811 llegaron al campo aliado que sitiaba Badajoz, noticias de que el mariscal Soult, al frente de un potente ejército, venía desde Sevilla para socorrer a la guarnición francesa sitiada, así como que se encontraba ya en Llerena, subiendo por el camino de Guadalcanal. Parte de su cuarto cuerpo, procedente de Córdoba y al mando el general Godinet, se le había unido en Constantina y ese mismo día 12 enlazó con la caballería de Latour-Maubourg en Fuente de Cantos, recogiendo también las fuerzas del general Maranzon, que vigilaba por su izquierda los movimientos de Ballesteros.

 

                Con este ejército, en lugar de venir directamente hacia Badajoz, se desvío persiguiendo a la caballería de Penne-Villemur, hacía la derecha, y el día 14 de mayo ocupó Villafranca y Almendralejo, marchando el día 15 por Villalba a Santa Marta. Este retraso permitió la reunión de los ejércitos aliados en La Albuera, ya que hasta la noche del 15 no llegaron las tropas de Blake y Ballesteros, que habían venido escaramuceando con el enemigo por Barca­rrota. Beresford levantó el Sitio de Badajoz en la tar­de del día 14 para salir al encuentro de Soult y bajó a La Albuera el día 15, dejando muy pocos efecti­vos frente a la plaza. Los Franceses sitiados, ante el silencio de las baterías aliadas, hicieron una salida de la plaza, encontrando sólo a unos 1.200 hom­bres, según ellos, en los que hicieron prisioneros a dos oficiales y siete soldados, hiriendo con los sa­bles de su caballería a unos cincuenta. Por el cami­no de Talavera bajaron a La Albuera los tres bata­llones de Castaños. Todavía al día siguiente de la batalla, llegaron con retraso 1.700 anglo lusos que ya no pudieron actuar. Ante la inminencia de la batalla, el día 13 de mayo, se habían reunido en Valverde de Leganés Castaños y sus generales con Beresford y los su­yos para trazar el plan de operaciones. Aunque se había acordado con Wellington que el mando supremo de la batalla lo ostentara el general de más graduación y mayor antigüedad, rango que corres­pondía a Castaños, éste renunció al honor del man­do en jefe en favor de quien aportara mayor contin­gente de tropas, que era Beresford, por lo que fue el general inglés quien tuvo a sus órdenes a los dis­tintos ejércitos aliados. Estos estaban constituidos por 30.000 infantes, de los cuales 14.630 eran es­pañoles; 3.500 caballos, si bien sólo intervinieron 1.800, pues 1.700 anglo lusos no llegaron al campo hasta el día siguiente. La artillería estaba compues­ta por 32 piezas. Las tropas de Soult estaban for­madas por 20.000 infantes, 3.200 caballos y 40 bo­cas de fuego. Los aliados aventajaban al francés en infantería y éste los superaba en jinetes y piezas ar­tilleras. Tales fuerzas se enfrentaron el día 16 de mayo de 1811 en el escenario de los campos de La Albuera, trabando cruenta batalla.

 

 

LA BATALLA: 16 DE MAYO DE 1811

EL DESPLIEGUE

 

Antes de describir las vicisitudes del encuentro que tuvo lugar en los campos de La Albuera, convendrá dar una ligera idea de la táctica utilizada en la época por los ejércitos en liza y del uso de los medios de ataque y defensa de que disponían las distintas armas.

 

En campo abierto, los batallones de infantería formaban en filas o en cuadros compactos. Quie­nes atacaban iban precedidos de una fila de tambo-res que marcaban el ritmo fijado para el ataque, en cuyo movimiento acelerado eran maestros los ejér­citos napoleónicos. Quienes se defendían formaban también cuadros compactos. La fusilería disparaba por filas, rodilla en tierra, asegurando una cadencia de fuego continuo. La artillería disparaba por eleva­ción balas que causaban temor en los contrarios, pues podían derribar a toda una hilera, o a cero, con granadas que se componían introduciendo me­tralla en una red, la cual se rompía a ser disparada, expandiendo su carga, usándose con el mismo efecto también cartuchos metálicos. Naturalmente las primeras filas, atacantes o atacadas, caían ante el fuego enemigo. La caballería amparaba a los in­fantes y. lateralmente, iniciaba las cargas cayendo sobre los cuadros contrarios con lanzas o con sa­bles. La virtud del cuadro era que podía cambiar de posición girando, para defenderse del ataque fron­tal o de los laterales, por donde pugnaba por rebasarlo la caballera enemiga en sus movimientos envolventes.

 

Previamente, el ejército que primero llegaba al campo de batalla había elegido el terreno. ocupan-do las alturas para dominar el teatro de lucha y des plegando sus líneas en la forma más adecuada para no dejarse envolver. Si tenía tiempo, practica­ba pequeños trabajos de defensa, con apertura de trincheras y pozos y estableciendo sus baterías.

 

En el caso concreto de La Albuera, Soult inten­taba estorbar la reunión del ejército aliado y trata­ba de llegar a tiempo para evitar que el ejército de Blake, que venía del sur, paralelo al eje de su mar­cha, pudiera incorporarse al resto de los aliados, para lo cual quería interceptarlo entre Almendral y La Albuera con un movimiento lateral. Por su par­te, el campo de batalla había sido elegido por Wellington, de acuerdo con Castaños, y Beresford si­guió las directrices trazadas, aunque con ciertas vacilaciones y demoras en el curso de los aconte­cimientos. Como la reunión de los aliados no se efectuó hasta la noche del día 15, no dio tiempo a practicar obras de trincheras ni a preparar el cam­po de batalla, toda vez que los soldados venían rendidos por largas marchas. De madrugada desplegó Beresford a sus tropas, ocupando las alturas que se desarrollan desde La Albuera hacia el sur, teniendo detrás la ribera de Valdesevilla y delante la de Chicapíerna, dando frente al camino de Sevi­lla, dominado desde su posición, y situando el ala izquierda y el centro detrás del pueblo, siguiendo un arco que partía de la ribera de La Albuera, por las Viñas y la Somada y extendiendo el ala derecha por las alturas de las casillas de Gragera y la tierra que, desde entonces, se conoce con el nom­bre de las Baterías, por las que allí se situaron, en dirección a Capela.

 

La intención de Beresford era caer sobre las avanzadas francesas que quisieran apoderarse de los dos puentes: El situado junto al pueblo, inmedia­to a la desembocadura del Chicapierna en el Noga­les, y otro entonces existente aguas abajo. Debía, para impedirlo, lanzar a la carga su caballería des­de las lomas y batir el grueso del ejército enemigo en los llanos del Prado y la Dehesa que habían de cruzar para llegar al pueblo, teniendo asegurada una posible retirada, por Valverde de Leganés, ha­cia Portugal.

 

Sin embargo, Soult, que era un magnifico tácti­co, hizo variar ese dispositivo. Según se descubre leyendo el parte que remitió desde Solana el día 21 al mayor general, príncipe de Neuchatel, Soult de­bía creer que Blake no había llegado aún al campo de batalla y se dispuso a cortarle el paso, colocán­dose en su ruta de concentración entre Almendral y La Albuera, y a ese fin ordenó al general Godinot que con su brigada y cinco escuadrones de caballería, al mando del general Briche, fingiera un ataque contra el pueblo siguiendo el sentido de la actual carretera de Sevilla, mientras él, con la mayor parte de su ejército, atacaba por el sur, trabando una ba­talla en orden oblicuo que sorprendiera al dispositi­vo aliado, al propio tiempo que, con su caballería, envolvía por la espalda al enemigo, cortándole la retirada hacia Portugal por Valverde o empujándolo hacia Badajoz. Su sorpresa fue encontrar más ene­migos de los que creía hallar y que un prisionero le informara que Blake había llegado horas antes al campo de batalla, adelantándose a su previsión de cortarle el camino. Las lomas ocupadas por el ejército aliado, de escasa altitud sobre la llanura, son de suave pen­diente y los cursos fluviales no ofrecían obstáculo para infantes ni jinetes, ni siquiera para la artillería, y en el campo las unidades aliadas se colocaron si­guiendo sensiblemente el sentido de los caminos por los que accedieron a él, o las posiciones en que vivaquearon durante la noche precedente, sin cru­zarse unas con otras. Así el cuerpo expedicionario, mandado por el general del cuanto ejército español Blake, se situó al sur del pueblo, ya que venía por el camino de Almendral, constituyendo el ala dere­cha del dispositivo, dando frente al camino real de Sevilla y desplegando en la primera línea a la divi­sión de Ballesteros y a continuación la vanguardia de Lardizábal. Doscientos pasos detrás se situaron la segunda línea, regida por Zayas. A este ejército de Blake se unieron los infantes del de Castaños, mandados por el general España, que se situaron a sus flancos. A su extrema derecha se colocó la caballe­ría española, también en dos lineas: la primera la de Castaños, regida por Penne-Villemur, y la se­gunda de Blake, a las órdenes del brigadier Loi y el coronel Manon. A la izquierda de esta ala, formada por tropas españolas, se desplegó el centro de la línea gene­ral de la batalla que estaba formado por la división inglesa del general Steward, en la que combatían también tropas portuguesas del teniente general A. Luiz Fonseca, y, seguidamente, en la misma direc­ción, se situaba el ala izquierda, constituida asimis­mo por portugueses al mando del general inglés Hamilton, de las cuales se desgajó una brigada para formar la reserva del dispositivo, junto con la división del general inglés Cole, cuando este llegara al campo de batalla, procedente del de Sitio de Ba­dajoz. El pueblo de La Albuera quedó ocupado por la brigada ligera de Alen, perteneciente a la Legión Real alemana, encargada de mantener la defensa de los puentes, misión a la que había de apoyar la caballería portuguesa, dirigida por el inglés Olway, que formó a retaguardia, así como unas piezas artilleras, emplazadas detrás de la iglesia. Por último, la caballería británica, mandada por el general Willían Lumley, flanqueaba el extremo del ala izquier­da, si bien las vicisitudes de la lucha la llevaron a maniobrar y entrar en combate en el ala derecha de la formación, reforzando a la caballería española.

 

 

DESARROLLO DE LA BATALLA

 

La mañana del 16 se presentó nebulosa, ame­nazando lluvia. Las avanzadas de caballería que se adelantaron para reconocer la disposición y tuerzas enemigas, aparecieron al despuntar el día escara­muceando en la derecha del Nogales, empujadas las nuestras por los dragones franceses del general Briche, que precedía el avance francés, apoyado por la infantería del general Godinot. Serían las ocho de la mañana cuando tenían lugar estas ac­ciones casi enfrente del pueblo, a cuyos puentes creían nuestros generales, reunidos cerca de él, que habían de dirigirse los franceses, ya que espe­raban un ataque frontal o sobre la izquierda de su línea, calculando que Soult pretendía abrirse paso hacia Badajoz directamente, siguiendo el eje del ca­mino que venía de Sevilla, lo que parecía confirmar tanto la maniobra de distracción iniciada por el ejér­cito francés como el fuego de una batería de grue­so calibre que empezó a cañonear al pueblo.

 

Sin embargo, un oficial, Schépeler, que estaba desayunando junto a su general Zayas, cuando to­dos oteaban el camino de Sevilla y el llano por donde avanzaban los franceses, recelando de las intenciones de Soult, ya que había combatido con él en 1799 en Suiza y conocía la osadía de sus maniobras, dirigió su anteojo hacia el sur y exploró el monte cubierto de la dehesa de la Torre y las Nateras, percibiendo entre el carrascal y pese a la visibilidad escasa, el brillo de las bayonetas france­sas. De allí es de donde vienen: por allí atacan exclamó, haciendo volver a todos la cabeza en la dirección por él señalada. Blake le ordenó que galopara hacia la última colina de la loma y, desde allí, vio la cabeza de las columnas que descendían por el otro lado del Nogales. Volvió a galope e hizo señales a Zayas, que ya había puesto en movimiento a su división para cambiar de frente hacia el sur. Los generales aliados todavía dudaban y vaciló Beresford, pues le parecía muy temerario que Soult se arriesgara a perder el dominio del ca­mino de Sevilla y se expusiera a verse estrechado en la angostura de los Riscos, si le empujaban los aliados, pero él mismo, cabalgando con Schépeler hacía la colina, pudo comprobar la veracidad del informe.

 

Todo el ala derecha, constituida por españoles, tuvo que girar adoptando un dispositivo de martillo para hacer frente a las divisiones de Girard y de Gazan que avanzaban, apoyando la carga de la ca­ballería de Latour-Maubourg, sobre la extrema de­recha del ejército aliado. Detrás de las divisiones francesas, se movía la reserva de infantería del ge­neral Werlé.

 

La batalla, por tanto, se iba a desarrollar en or­den oblicuo, muy osado para los atacantes, de no ser dirigida, como en este caso, por un táctico emi­nente, y muy peligrosa para los atacados, que se veían obligados a descomponer su formación y cambiar de frente, con el peligro de ser envueltos y cortado el camino de retirada.

 

La caballería francesa, a medida que progresa­ba su infantería, atravesando primero el Nogales y luego el Chicapierna, se iba abriendo a su izquierda para abarcar todo el campo español y dominar la vaguada del Valdesevilla, con la vista puesta en el camino de Valverde. Entretanto, proseguía la inicial maniobra de distracción de Bríche y Godínot, pre­sionando sobre los puentes y cañoneando incesan­temente al pueblo. Ello había obligado a adelantar a nuestra artillería y desplazar a dos batallones de Lardízábal hasta la margen misma del río, que más tarde hubieron de reincorporarse a su división, ya que la batalla se formalizó en las lomas, por el Colmenar de Carmona, las Ventanas y Capela.

 

Cinco horas duró la batalla propiamente dicha, desde las nueve hasta las dos de la tarde. Los pri­meros aguaceros acabaron en trombas de agua que, por el aire frío reinante, se convirtieron en gra­nizos, dificultando, junto al humo de la pólvora, la visibilidad, hasta no poder distinguir en ocasiones contra quien se disparaba y produciéndose bajas propias, sobre todo en los momentos en que había que practicar el paso de línea, operación indispen­sable para recargar las armas y siempre difícil de ejecutar, pues los relevados tenían que retirarse en­tre la línea que venía a sustituirlos, no siendo infre­cuente encontrarse entre dos fuegos. El agua mojó mucha pólvora, inutilizando los cartuchos de los fu­sileros y los hombres de Zayas, privados de muni­ción, tuvieron que registrar las cartucheras de los muertos.

 

También los franceses quedaron sorprendidos cuando advirtieron que los españoles le oponían una línea frontal, por la rápida maniobra de martillo ejecutada por Zayas, con la cual no contaban. Por otra parte, Soult se había confiado y dejó avanzar sólo a Gírard con las dos divisiones, reteniendo jun­to a sí a Gazán, que, a la vez, era su jefe de Estado Mayor. Girard detuvo sus columnas para cambiar su formación, paralización que dejó sin apoyo a su caballería, permitiendo que a la española, muy infe­rior en número, la reforzara la angloportuguesa, de Lumley, que tomó el mando de toda el arma. Tam­poco supo Girard desplegar a las dos divisiones, constreñidas por la estrechez del campo en que se movía, teniendo que acudir personalmente Soult y Gazan. Sin embargo, su ataque fue violentísimo, secundado por una gran masa de artillería, que se había emplazado en las alturas que dividen la hor­quilla del Nogales y el Chicapierna. El resultado de este primer asalto, en el que los hombres de Zayas y Ballesteros resistieron bravamente la acometida, se saldó con gran número de balas por ambas par­tes y, batida la vanguardia, que no logró imponer su masa rítmica, en la que siempre confiaban los im­periales, el paso de línea se efectuó con cierto des­orden, pereciendo el general francés Pepín y que­dando fuera de combate los generales Maranzon y Brayer. Después también había de caer herido el propio Gazan.

 

La línea española se vio muy comprometida y, al avanzar la brigada del general España, para cambiar de frente, azotada por el fuego de la gran batería francesa, hubo de ceder terreno, que Zayas se apresuró a ocupar con el regimiento de Irlanda. Fue entonces cuando se produjo la más adversa y costosa acción para los aliados, pues llegó a la lí­nea la primera brigada de la división inglesa de Ste­ward, al mando del coronel Colborne, compuesta por los regimientos 7,57 y 29, que venían en colum­nas de compañía de a tres, con el propósito de ata­car la batería que tantos estragos estaba causando. Había querido el coronel cambiar su formación a or­den de batalla, pero la impaciencia imprudente de su general no se lo permitió y quedo expuesto a la carga de los dragones y lanceros polacos de La­tour-Maubourg que protegían la artillería y que se lanzaron sobre ellos, destrozándolos, cayendo en poder del enemigo el propio Colborne con 600 u 800 de sus hombres, de los que muchos pudieron reincorporarse cuando se retiraron los franceses, así como tres banderas y las seis piezas de artille­ría que llevaban. De los batallones ingleses, sólo se salvó el 31, que se acorrió al amparo de los espa­ñoles. El coronel que mandaba el 57 regimiento bri­tánico, Inglís, fue herido de gravedad, y, mientras lo retiraban del campo, pronunciaba una frase pareci­da a la que empleó el rey de Portugal don Sebas­tián para animar a sus caballeros, cuando fue de­rrotado y muerto en Alcazarquivir: «Fidalgos, fidalgos, hay que morir, pero morir despacio». -El coronel Inglís repetía: -«Morid duramente»: «¡Die hard!, ¡Die hard!» -Desde aquel día, los hombres de ese regimiento, que actualmente se llama Middlexed, son conocidos como los «diehard», «morir duro», en recuerdo de la más sangrienta de las batallas que ha librado.


 

Había estallado el temporal y la niebla, el humo y el aguacero confundieron a los ingleses que creyeron que la caballería que se les vino en­cima era la española. La enérgica carga francesa que los desbarató se introdujo entre las líneas es­pañolas, sufriendo el bote de sus lanzas el general España, el oficial Schépeler, que tantas noticias dio de la batalla, e incluso algunos grupos de jine­tes imperiales lograron llegar hasta el puesto de mando del general en jefe. Beresford estuvo a punto de ser derribado por la lanza de un polaco, al que mató un granadero de la escolta que salvó la vida e su general.


 

Envalentonado por la dura acción de su caballe­ría contra los ingleses, Gazan se abrió paso con su división, acometiendo, siempre en columna y ba­tiendo tambores, la línea española. En unos minu­tos habían perecido 1.200 aliados en la acción de la brigada Colborne que, al defenderse de la caballe­ría francesa, había causado bajas también en nues­tras filas. El general Beresford pensó un momento en abandonar la loma y Zayas recibió la orden de replegarse a través de la división Steward, pero el coronel Harding rogó a su superior, el jefe de la re­serva general Cole, que se emplease en la batalla, con los naturales riesgos que ello suponía para una eventual retirada. Así se hizo y su entrada en línea, avanzando desde el puesto de reserva hacía la ex­trema derecha para impedir que la caballería enemiga rompiera la línea aliada, supuso un refuerzo decisivo que presentó un frente compacto contra los intentos franceses, convirtiendo definitivamente el ataque de flanco planteado por Soult, en una ba­talla en línea, en la cual la resistencia aliada superó al ataque francés. Reforzó también Soult su ataque con la propia reserva, mandada por el general Wer­lé, y destacó hacia su izquierda a dos batallones para oponerse a la división anglo portuguesa de Cole que se extendía por aquel flanco, pero como los españoles de Blake se habían mantenido fir­mes, los 4.000 hombres de refresco de Cole pudie­ron imponer la iniciativa. Los franceses persistieron en sus ataques en masa, de gran efecto moral y arrollador, pero de escasa potencia de fuego, sólo vomitado por la cabeza de columna, sufriendo en cambio el de los aliados, desplegados en orden abierto, que graneaban a los atacantes. El general portugués Sousa Sequeira, que asistió a la batalla siendo alférez, comentó, en la relación que de ella hizo, que los muertos franceses yacían tendidos en tierra, continuando la formación que mantuvieron en vida.

 

Avanzó de nuevo lo que quedaba de la división de Steward, mientras la reserva de Cole marchaba resueltamente sobre la izquierda enemiga. Su bri­gada portuguesa, al mando del general inglés Har­vey, se batió con dureza al lado de la de Reales Fu­sileros británicos del Mayor Hougthon, quien murió junto a muchos de sus oficiales, miembros de aque­lla unidad aristocrática, similar a la antigua guardia walona del rey de España. Ambas brigadas resistie­ron el empuje de la caballería polaca, a cuyos es­cuadrones lograron diezmar. Desde aquel momento, las columnas francesas empezaron a perder terreno, retrocediendo al abri­go de su reserva y de la gran batería artillera, dirigi­da con enorme eficacia por el general Ruty. Mas cuando, en su intento de reacción, cayó muerto el jefe de la reserva francesa, general Werlé, se inició una disciplinada retirada, que no se desmoralizó gracias a la experiencia y acierto de Latour­Maubourg, que seguía imponiendo respeto a los aliados con sus jinetes, y a la sangre fría de Ruty, que repasó ordenadamente con sus piezas el curso del río Nogales.

 

 

RESULTADO DE LA LUCHA

 

No supo, o no pudo, Beresford aprovechar la retirada francesa ni explotar el éxito. De la reserva lanzada por Cole no quedaban más que 1.800 hombres ilesos. Sobre las dos de la tarde, los Franceses se habían retirado a sus posiciones de partida en el camino de Sevilla, con su artillería y la mayor parte de los heridos, aunque dejaron en el campo de batalla a los doscientos más graves. Con ellos quedaba una siniestra e inmensa parva de muertos de todas las nacionalidades que inter­vinieron en la lucha, sobre quienes batía el agua que bajaba turbulenta por los regachos, enrojeci­dos por la sangre.

 

Todavía se mantuvo Soult en sus posiciones al día siguiente en que inició la evacuación del mate­rial y de los heridos, transportados por prisioneros ingleses, sin que ninguno de los ejércitos que se observaban, se atreviera a reanudar la lucha, quizá por el mutuo quebranto sufrido. El día 18 de mayo, el mariscal francés iniciaba su parsimoniosa vuelta hacia sus bases, sin ser estorbado, bajo la protec­ción de su numerosa y operante caballería, contra la que poco podía hacer la más reducida española de Penne-Villemur, encargada de su persecución, o las guerrillas que hostigaron su retaguardia, aparte de capturar a algunos rezagados. El mariscal se quedó en Llerena; Godinot en Villagarcia y Latour­Maubourg en Usagre.

 

Si Soult no logró socorrer a la guarnición france­sa de Badajoz, que era su objetivo, tampoco Beres­ford pugnó por reanudar el sitio, después de haber­lo levantado para acudir a presentar batalla en La Albuera, limitándose en lo sucesivo a mantener a distancia el bloqueo de la ciudad, hasta que diez meses justos después de la batalla, el 16 de marzo de 1812, se presentó ante las puertas de Badajoz Wellington, que logró tomarlo al asalto en la noche del 6 al 7 de abril siguiente.

 

Las pérdidas en la más cruenta de las batallas de aquella guerra fueron considerables. De los es­pañoles murieron nueve oficiales y 249 soldados, resultando heridos 111 oficiales y 1.007 soldados. De los portugueses murieron un oficial y 101 soldados, con 15 oficiales y 246 soldados heridos. Los ingleses fueron los más castigados, pues perdieron la vida 32 oficiales y 850 soldados, resultando heri­dos 159 oficiales y 3.414 soldados, aparte de 14 ofi­ciales y 550 soldados prisioneros. En total las tro­pas  aliadas perdieron 4.547 hombres y  115 caballos. Parece que el ejército francés sufrió la pérdida de dos generales muertos y tres heridos y unas 6.500 bajas de oficiales y soldados, entre muertos y heridos.


 

 

LA ALBUERA

 

                La fama de este nombre, al que aludía en su ba­lada el poeta romántico, ha convocado en verdad extensas y admiradas muchedumbres, como lugar en el que un día aciago cruzaron sus armas los sol­dados españoles, portugueses, británicos y alema­nes, con las tropas francesas y polacas de Napo­león. En España y Portugal, en Francia y en el Reino Unido, La Albuera ha pasado a las historias militares respectivas y, atribuyéndose la victoria, Francia tiene grabado el nombre en el arco que rememora los triunfos napoleónicos. Pero es segura­mente en el Reino Unido donde la batalla de La Al­buera ha tenido un más largo eco, a lo que ha contribuido la referencia literaria de Lord Byron, la dirección de la batalla por un general inglés, en la órbita de su gran caudillo Wellington, y el enorme número de víctimas británicas con el que se saldó la batalla. El último comentario publicado referente a este hecho bélico ha sido incluido en su obra sobre los Sitios de Badajoz por mi amigo el ingeniero inglés T. Gerald Robinson, recogiendo las fuentes británi­cas más usuales. Un pequeño pueblo, que entonces no contaba arriba de cincuenta vecinos, es decir alrededor de 240 habitantes, fue el escenario de esta acción his­tórica. Graves fueron las consecuencias para La Al­buera, pues sólo quedó intacta una casa, debido al fuerte cañoneo francés a que estuvo sometido el pueblo durante cinco horas. El gobierno eximió de tributos y quintas durante diez años a sus habitan­tes y se acordó la erección de un monumento que recordara el histórico acontecimiento.


El memorial actual no es sino un homenaje a la convivencia pacífica entre los pueblos y la expre­sión del deseo de que nunca vuelvan a producirse enfrentamientos como los que tuvieron por escena­rio a La Albuera en una guerra que asoló a Europa. Lo es también de recuerdo a los soldados de todas las procedencias que cayeron en la batalla de La Albuera y al espíritu de concordia que inspiró la alianza de España, Portugal y el Reino Uñido de la Gran Bretaña en aquella guerra, así como de amis­tad hacia el pueblo francés que, asimismo, sufrió en su carne la aventura bélica de Napoleón Bonaparte.

 

Para que en el eco dolorido de la balada de Lord Byron resuene también un cántico de esperan­za al evocar el nombre de este lugar, elpueblo de La Albuera tiende la mano amistosa a cuantos pe­regrinos crucen por la tierra extremeña, que quiere hacer votos por la concordia y la fraternidad de to­dos los hombres desde estos campos donde un día tronó el cañón y brotó un manantío de sangre en estériles confrontaciones.