LUIS CHAMIZO TRIGUERO
EL
MIAJÓN DE LOS CASTÜOS
(RAPSODIAS EXTREMEÑAS)
Mis Impresiones:
DEDICATORIA |
El miajón de los castüos
está compuesto por doce poemas épicos regionalistas y fué
publicado en el año 1.921 por el autor Luis Chamizo cuando este
contaba 27 años de edad.
Los
poemas contenidos en esta obra son:
![]()
![]()
|
No me jimples, no me
jimples mocosina; |
![]()
|
![]()
| Ven
p´acá hija mia que yo soy ya vieja y ya dí ese paso que tú das agora y viví esa vida que llamamos güena, y estrujé mis ojos pa secame el llanto, que a juerza de llanto m´entro la experencia. Mi Juan mesmamente paece un chiquillo, y tú eres mu nueva, y sus queréis mucho, y tenéis ajorros, y estáis mu solitos dambos en la tierra... ¡y este pícaro mundo es tan güeno con los que así empiezan...! Con cosinas durces sus va engatusando, sus tapia los ojos, sus jace promesas, y aluego se rie, dispués que sus ceba y sus eja solos erramando jielis por el sumiero de vuestra concencia. ¡Hia de mi arma, si paice mentira que ya estéis casaos dambos po la Iglesia; si a mí me paece que sois dos muñecos entavía, Teresa, pa dirse con tiento pa gastá los cuartos, p´atendé a los gorpes de las desigencias, pa jacé, jormales, el troncón robusto d´una nueva casta que dé castas nuevas; unos chirivines que páescan d´azogue, qu´estrujen, qu´arañen, que muerdan la teta, que lloren con genio, qu´estrocen, que chillen, que jagan pucheros al jacegle fiestas... ¡Míala cómo jimpla la recandongona cuando se le palra de cosinas tiernas! Ejate de mimos y delicaësas, ¡si ya estáis casaos dambos, po la Iglesia! Ascucha hija mía, y no t´encapriches con tu comenencia, que la vida es corta, mu corta y mu güena pa los que vivimos de nuestro trebajo y estamos contentos con nuestra pobreza. Hay que ver y cómo refalan los días, y pasan los años, y s´hace una vieja, rebuscando siempre lo desconocío, siempre suspirando por cosinas nuevas. Primero la noche d´estar dambos solos con nuestras querencias, y endispués los hijos, y endispués los nietos, y endispués el pago de nuestra concencia. Mi Juan es un santo; tié sus cosiquillas como tié cualquiera; pero le tiés ley y tiés mucha labia y sabrás llevagle por güena verea; porque miá tú, hija, aquí pa nusotras, toitos los hombres son como si jueran unos muñequinos d´esos bailarines qu´un jilillo jace danzar, en la feria; nusotras los vemos, mus encaprichamos y mercamos uno, a tontas y ciegas, sin que mus endilguen los revendeores de los chismecitos, qu´enganchan la cuerda. Y es claro, qu´aluego ¡que si quíes, morena! qu´icen que no bailan, que no se menean, que t´andas espacio pa dir a enterate, y que ya se jueron los tíos de la feria... y anda, ponte moños, ¡buscale el risorte de la bailaera! Tamién las mujeres semus como semus, mu dás a los lujos de las vestimentas, desajeraoras y amigas de chismes y de requilorios y de cuchufletas. Tú, hija mia, precura seguir las leciones que da ña experencia, que yo te iré iciendo lo qu´has de jacete pa que vos resulte la vida mu güena. Amos a ver, mía: esta mesma noche, asín qu´arrematen los mozos la fiesta, sus diréis pal cuarto, pus bien... ¡Ay qué contra, y qué mimosina t´has güerto, Teresa; ¡si ya estáis casaos dambos, po la Iglesia! |
![]()
![]()
| I Bruñó los recios nubarrones pardos la luz del sol que s´agachó en un cerro, y las artas cogollas de los árboles d´un coló de naranjas se tiñeron. A bocanás el aire nos traía los ruídos d´alla lejos y el toque d´oración de las campanas de l´iglesia del pueblo. Ibamos dambos juntos, en la burra, por el camino nuevo, mi mujé mu malita, suspirando y gimiendo. Bandás de gorriatos montesinos volaban, chirriando por el cielo, y volaban pál sol qu´en los canchales daba relumbres d´espejuelos. Los grillos y las ranas cantaban a lo lejos, y cantaban tamién los colorines sobre las jaras y los brezos, y roändo, roändo, de las sierras llegaba el dolondón de los cencerros. ¡Qué tarde más bonita! Qu´anochecer más güeno! ¡Qué tarde más alegre si juéramos contentos!... - No pué ser más- me ijo- vaite, vaite con la burra pal pueblo, y güervete de prisa con la agüela, la comadre o el méico... Y bajó de la burra poco a poco, s´arrellenó en el suelo, juntó las manos y miró p´arriba, pa los bruñios nubarrones recios. ¡Dirme, dejagla sola, dejagla yo a ella sola com´un perro, en metá de la jesa, una legua del pueblo... eso no! De la rama d´arriba d´un guapero, con sus ojos roendos nos miraba un mochuelo, un mochuelo con ojos vedriaos como los ojos de los muertos... ¡No tengo juerzas pa dejagla sola; pero yo de qué sirvo si me queo! La burra, que rroía los tomillos floridos del lindero carcaba las moscas con el rabo; y dejaba el careo, levantaba el jocico, me miraba y seguía royendo. ¡Qué pensará la burra si es que tienen las burras pensamientos! Me juí junt´a mi Juana, me jinqué de roillas en el suelo, jice por recordá las oraciones que m´enseñaron cuando nuevo. No tenía pacencia p´hacé memoria de los rezos... ¡Quién podrá socorrregla si me voy! ¡Quién va po la comadre si me queo! Aturdio del tó gorví los ojos pa los ojos reondos del mochuelo; y aquellos ojos verdes, tan grandes, tan abiertos, qu´otras veces a mí me dieron risa, hora me daban mieo. ¡Qué mirarán tan fijos los ojos del mochuelo! No cantaban las ranas, los grillos no cantaban a lo lejos, las bocanás del aire s´aplacaron, s´asomaron la luna y el lucero, no llegaba, roändo, de las sierras el dolondón de los cencerros... ¡Daba tanta quietú mucha congoja! ¡Daba yo no sé qué tanto silencio! M´arrimé más pa ella; l´abrasaba el aliento, le temblaban las manos, tiritaba su cuerpo... y a la lus de la luna eran sus ojos más grandes y más negros. Yo sentí que los míos chorreaban lagrimones de fuego. Uno cayó roändo, y, prendío d´un pelo, en metá de su frente se queó reluciendo. ¡Que bonita y que güena, quién pudiera sé méico! Señó, tú que lo sabes lo ucho que la quiero. Tú que sabes qu´estamos bien casaos, Señó, tú qu´eres güeno; tú que jaces que broten las simientes qu´echamos en el suelo; tú que jaces que granen las espigas, cuando llega su tiempo; tú que jaces que paran las ovejas, sin comadres, ni méicos... ¿por qué, Señó, se va morí mi Juana, con lo que yo la quiero, siendo yo tan honrao y siendo tú tan güeno?... ¡Ay! qué noche más larga de tanto sufrimiento; ¡qué cosas pasarían que decilas no pueo! Jizo Dios un milagro; ¡no podía por menos! II toito lleno de tierra le levanté del suelo, le miré mu despacio, mu despacio, con una miaja de respeto. Era un hijo, ¡mi hijo!, hijo dambos, hijo nuestro... Ella me le pedía con los brazos abiertos, ¡Qué bonita qu´estaba llorando y sonriyendo! Venía clareando; s´oían a lo lejos las risotás de los pastores y el dolondón de los cencerros. Besé a la madre y le quité mi hijo; salí con él corriendo, y en un regacho d´agua clara le lavé tó su cuerpo. Me sentí más honrao, más cristiano, más güeno, bautizando a mi hijo como el cura bautiza los muchachos en el pueblo. Tié que ser campusino, tié que ser de los nuestros, que por algo nació baj´una encina del camino nuevo. Icen que la nacencia es una cosa que miran los señores en el pueblo; pos pa mí que mi hijo la tié mejor que ellos, que Dios jizo en presona con mi Juana de comadre y de méico. Asina que nació besó la tierra, que, agraecía, se pegó a su cuerpo; y jue la mesma luna quien le pagó aquel beso... ¡Qué saben d´estas cosas los señores aquellos! Dos salimos del chozo, tres golvimos al pueblo. Jizo dios un milagro en el camino; ¡no podía por menos! |
![]()
![]()
![]()
![]()
![]()
![]()