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RELATOS I
III - Mi otoño (Publicado en el libro "Letras indiscretas") VIII Sintomatología de un raro (Publicado en la revista "Estadea")
Abdoulay tiene una familia, una mujer embarazada y un hijo de cuatro años; Abdulay y su familia viven en una habitación sin ventanas. Hace unos meses tiritando de frío y miedo cruzaron los tres el estrecho en una patera, cruzar esas diez millas les costó los ahorros de su vida; se jugaron la vida huyendo de una muerte segura. Abdoulay es negro porque así lo quiso Dios, o la Providencia, o el destino, o el azar, que le condenó a nacer en Sierra Leona; Abdoulay es musulmán, imagino que por la misma sinrazón que es negro y es pobre, y es, además, una buena persona. Abdoulay cada mañana va en busca de trabajo y los patrones dicen que no pueden dárselo porque no tiene papeles, y cuando va a pedir los papeles le dicen que no se los dan porque no tiene trabajo. Y como no tiene papeles y no tiene trabajo Abdoulay ha solicitado a los Servicios Sociales que les ayuden, pero como no está empadronado los funcionarios le contestan que no pueden hacer nada por amortiguar su desamparo. Y Abdoulay que mide casi dos metros, tiene complexión atlética y musculosa, que es un hombre como un castillo, ayer lloraba como un niño, me interrogaba qué debe hacer para que su mujer embarazada y su hijo de cuatro años no se mueran de hambre. Intenté ser sincero y con toda la empatía que pude me puse en su pellejo, él me inquiría una respuesta y mis labios guardaban silencio. Era tanta la angustia que supuraban aquellas pupilas que especulé sobre qué ocurriría si Abdoulay perdiera su cordura y decidiera que la mejor manera de conseguir una habitación con ventana, comida diaria, una cama con mantas, un lavabo, un retrete y hasta una sala donde entretenerse cada día y sobretodo, una puntual asistencia sanitaria sería robar, traficar con drogas, y si fuera preciso, matar. Sí, matar, imaginé que si matara a una niña, después de violarla, así la condena sería más larga, y después, que se entregara para que lo metiéramos en la cárcel. Allí gozaría de esas pequeñas cosas que hoy le negamos, además, conseguiría que esas personas autistas que al pasar a su lado hoy miran hacia el otro costado, le reconocerían y le señalarían con el dedo, ya no sería un anónimo sin papeles que a nadie preocupa si se muere de hambre o malvive en una habitación sin ventana, entonces sería noticia en los diarios, salmo en los púlpitos, discurso entre la verborrea demagógica de los políticos y el motivo de muchas conversaciones en bares y peluquerías. Miré sus ojos y me escandalicé de mis fantasías, él es una buena persona y sospecho que seguirá condenado a malvivir, hacinado en una habitación sin ventanas. Llegó puntual a la cita. Aprecié en él cierto nerviosismo, aun cuando su sonrisa y sus ojos saltones, querían mostrarme la alegría por la tranquilidad que le producía el verme allí, esperándolo. Tras recorrer las cuatro estaciones de su particular calvario, al fin le dieron la cartilla de la Seguridad Social. Al verse de nuevo en la calle con el papel en sus manos, el gesto de su rostro mudó, su sonrisa se tiñó de franqueza, cuando sus palabras repicaron con el tañido triste de su acento árabe, dándome las gracias. Por un momento la esperanza volvía a renacer entre sus pupilas, después de más de un año vagando errante entre trabajos precarios mal pagados, despojado de los más elementales derechos, hoy se le reconocía como un ser humano, por fin le entregaban un documento con su nombre escrito con caracteres latinos, que le otorgaba el derecho a disponer gratuitamente de los servicios médicos. Mohad ha perdido en este último año todo menos sus sueños, aún no le han hurtado a este joven la capacidad de fantasear, y sueña con volver algún día a su Tetuán añorada, a festejar el día del cordero con su familia. Cuando me confía entre murmullos sus evocaciones de aquella novia que extravió en su huida, sus retinas brillan con la fuerza de la luz del sur, de su África nativa. Su voz pausada, brota solemne entre sus labios carnosos, mecida con el gesto de su mirada traspapelada, se me clavan sus palabras como dagas afiladas, y me duele, me duele en el alma esta realidad lacerante, este destino cruel que lo mortifica a vivir como un delincuente, y me anima, me anima comprobar que tanta miseria no ha logrado contagiar de podredumbre su alma noble. Sólo tiene veintitrés años y muestra la madurez de un anciano, es educado y agradecido, pero no nos entiende, no alcanza a comprender que le quieran desplumar sus alas, si lo único que ha hecho, desde que aquella aciaga madrugada lluviosa desembarcara en la costa europea, ha sido trabajar ¿Por qué las inhumanas leyes lo condenan como si fuera un criminal? Hoy vive de un trabajo honesto, como ayudante de cocina, sus patronos lo valoran, están intentando conseguirle lo que él denomina, los papeles. Su meta. Un mísero papel que le dé derecho a ganarse la vida honestamente, un papel que reconozca que Mohad es un ser humano.
PRIMAVERA Corrieron los años de mi mocedad entre los soles cálidos de la primavera, luces teñidas de colores vivos, pequeñas locuras mecidas con los alegres cánticos de los locos pajarillos que anidaban en mi cabeza. Fue una juventud intensa, preñada de rebeldías y saltos entre los vacíos de un retoño sin metas. Como el gladiolo que florece con sus raíces clavadas en la tierra del estercolero, fui a nacer entre los residuos sociales de una comunidad que condenaba a la miseria a su progenie, hijo de la emigración, el destierro de los parias y la persecución ideológica, transité en la larga noche de silencios soñando con el titilar de las estrellas, danzando entre las sombras las noches de luna llena, alimenté esperanzas que anunciaran el ocaso de la dictadura y el advenimiento de un nuevo día que inundara de libertad mi existencia. Y antes de que llegara el verano fui a dar con mis huesos en la fría soledad de una celda. Quisieron amordazar mi lengua díscola, teñir de negro el azul de mi mirada y cortarme mis alas de gaviota. Vano intento el de querer enjaular las frescas brisas de una primavera que desde la mar océana llegaban puntuales cada alborada. Con el final de mi primavera murió la negra noche de tristezas, de las fuentes de las plazas manó fresca el agua, las locuras desbocadas inundaron de gritos las calles con el presagio de la fiesta, la exiliada libertad volvió envuelta en velos blancos de ilusiones, acompañada del canto borracho de las multitudes que despedían las pesadillas soñando con espejismos que nunca llegaron y les sorprendió desprevenidos el encuentro con el verano. VERANO La primavera se despidió con el solsticio, los fuegos fatuos de aquella noche, dieron entrada en mi existencia a un recio verano de soles angostos, se resecó el verdor alegre de los campos y surgieron los ocres adultos en los que recolectar el grano florido de mis espigas, nacieron mis vástagos, dos nuevos soles que alumbraron mis días, las brisas mudaron y el viento ardiente de estío humedeció de sudores mi cuerpo cansino. Maduraron mis frutos a través del trabajo, me asenté en los tórridos atardeceres en ese fresco que ofrece la comodidad de un hogar compartido con una familia bien avenida. Tardes de encuentros entre dos generaciones transmitiendo la heredad de un pasado rebelde, de unos ancestros que mamaron y murieron en ese mar conjurado de tormentas y misterios. La poesía tan ausente en mi infancia emergió como un fantasma, las lecturas del pensamiento fueron poblando mis muebles y de allí, goteando con la fuerza del arroyo que aun no se ha secado en el verano, iban regando mi mente, ornándola de un florido bagaje de pensamientos, luciérnagas relucientes que iluminaban en su volar tímido la noche cerrada, proyectando en mi mirada claroscuros de dudas, arrinconando aquellas verdades regaladas de mi primavera, aquellas por las que siempre luchaba, los dogmas aprendidos en los sótanos oscuros de la clandestinidad. Con el final del verano, en ese momento en que la luz y las tinieblas se aparean en el equinoccio, cayeron del árbol seco los frutos, me desgajé de las raíces del pasado y rodando por la tierra yerma del verano fui a dar con mis huesos a una realidad diferente, tan estraña, tan vacía de falsas verdades que la luz me cegaba. En cada guiño encontraba una pregunta sin respuesta, un interrogante que me empujaba a devorar otros libros. Absorto entre lectura me alcanzó el otoño. OTOÑO Entre poemas y ensayos se acortaron los días. Tras el equinoccio llegaron las lluvias del otoño, los cielos grises de la realidad obstinada, la hojas desprendiéndose del calendario, tapizando de ocres el sendero de la madurez, anunciando con sus vientos agresivos que la vida se desprendía de las entrañas, que mis hijos se habían trasmutado en hombres, que de mi fruto ya maduro germinarían en nuevas semillas, nuevos pensamientos, seres libres que ya no me necesitaban. Mis pasos me condujeron por sendas más serenas, largos llanos sin cuestas, largas tertulias analizando pensamientos, historias ajenas que me cultivaban, escepticismo vital como alimento y estreno de nuevas sonrisas, nuevos sueños brotando en los arroyos húmedos que encauzaban las impenitentes lluvias del otoño. Fui cada día puntualmente a beber del cuenco de la vieja sabiduría, allá donde los símbolos hablan sin palabras y me conjuré en la ley del silencio, junto a mil hermanos desconocidos. El otoño con sus grises dudas me mostraba mi ignorancia, el vacío de las grandes palabras, los títeres disfrazados de personas honestas, la vanidad disfrazada de entrega, el cacareo repetitivo de los aprovechados, los chistes de los payasos encorbatados actuando en circo de esta sociedad mentirosa y yo, con mi nueva mueca de estreno, esculpiendo en mi boca ironías de descreído. Las lluvias borraron las pisadas añejas de mi sendero, olvidé el camino desde donde procedía y fijé mi mirada en el futuro incierto, solo quedaron mis huellas en las piedras labradas del templo de mi intimidad. Dejé el trabajo y la ambición de riquezas, me hice dueño de mi tiempo, de ese tiempo que no se vende porque no tiene precio, pero tiene un valor inmenso, me hice amigo del viento y navegue por mares desconocidos buscando al hombre y sus respuestas. De lo poco que atesoré en estaciones añejas, en ese aprendizaje que cubre esta vida, que se nos va sin darnos cuenta, decidí compartirlo, encendí los candiles de mi rostro, miré al mundo con ojos de niño curioso y escuché atento el rumor de las olas al romper violentas contra la arena en las orillas de desconocidas playas desiertas, tracé nuevas rutas entre aromas silvestres a hierba húmeda, ornando sus veredas de flores con matices cambiantes, vagué errante como un solitario peregrino en busca de esa identidad que perdí en algún recodo del camino angosto de la existencia. Bebí agua en las montañas y en las tabernas vino, comí frutos en el campo y carne en las cocinas, me alojé en casas sin puertas, dormí al raso velando estrellas. Solo y perdido entre atajos desconocidos, me cubrió la escarcha de una mañana después de apagarse los fuegos fatuos del solsticio. Decían que había nacido el niño, cantaban como cantan los grillos, embrigándose bajo las luces de neon, jugando a ser felices por un instante, ajenos a los vecinos, aquellos seres humanos que no vemos y que la muerte arrebata en forma de hambruna cada día. Y llegó sin previo aviso el invierno. INVIERNO Noches eternas a las que siguen exiguos días sin un sol que caliente mi destino, los cielos se quiebran cayendo, hechos añicos, en pequeños copos de nieve que tiñen de blanco los amaneceres, el rocío empaña mis lentes y ya no veo aquellas lejanas esperanzas, aquellas que siempre se esperaban y de tanto esperar se diluyeron en el mar salobre de las incertidumbres. Ya no se oyen el lejano cantar juguetón de los niños en el parque, me alimento de esos ojos perdidas de los viejos sentados impasibles mirando al mar, a ese mar que un día fue suyo y hoy los ignora, son esas miradas de sabio las que me calan los huesos de húmedas premoniciones, esas que me indican que ya llegó puntual a su cita mi ocaso, que no volverán a florecer nuevas primaveras en mis entrañas, ni podré alimentarme con la carne recia de las fantasías de joviales soñados mañanas, sólo puedo ya probar los postres dulces de la añoranza, mecerme en mi noche con la evocación de los recuerdos y placido dormir un largo sueño. Este frió que atrofia mis huesos carcomidos por viejos, que me recorta la mirada y me adormece acunándome entre las desganas. Ya están los árboles pelados, sin hojas ni cantos de pájaros que los despierte en las alboradas, las noches son muy largas, tan largas que presiento que una de ellas se alargue eternamente con un sueño reparador del que ya no despierte.
Hoy es sábado. No es una sábado cualquiera, es un sábado cruel en que el otoño se hace patente con sus interminables lluvias, sus tristes grises, sus desolados momentos de encierro entre las paredes de mi habitación, aislado del mundo. embriagándome de mis negras evocaciones, lleno de la amarga sensación de una soledad anunciada, que hoy, por primera vez, percibo con nitidez. OTRO OTOÑO Esta mañana de otoño, fría y soleada, vagan mis recuerdos por los laberintos de la memoria, te evoco, constatando el vacío vital de mi existencia y sangran, sangran de nuevo las heridas de la torpeza, las llagas del alma moribunda que nunca cicatrizaron, el desamor que nunca se acomoda en mis entrañas y no puedo, y te juro que lo intento cada día, borrar en mis ojos tu mirada. EL VIEJO Y LA MUCHACHA Esta
antigua historia me la narraron hace ya muchos años. Es la historia de
un viejecito y una joven muchacha. De un viejo que vivía con la sola
compañía de sus soledades y la sólida certeza de que siempre se debe
aceptar la realidad, por muy ingrata que pueda llegar a ser. Había
transcurrido ya mucho tiempo desde aquella tarde gris de otoño en que
el viejo había sentido disiparse sus ilusiones. Sentado ante su
chimenea, mientras fijaba su mirada en las pequeñas llamas que
chisporroteaban en el hogar, dejó vagar en libertad su imaginación
hacia épocas remotas de su vida. Analizando con frialdad su pasado,
diose cuenta que había malgastado su vida esperando, llenando su mente
de ilusiones vanas, de esperanzas en una mañana de dicha y felicidad y
ya, a su edad, no le quedaba tiempo para alimentar más sueños. El
viejecito aquella tarde otoñal comprendió que ya no podía esperar más
y debía aceptar la realidad de su vida efímera. Desde
aquel día enmudeció y ya sólo hablaba cuando realmente tenía algo
interesante que decir. Dedicó sus horas de asueto a contemplar el mundo
y a las personas que le rodeaban. A interesarse por la gente sencilla y
real. A vivir en plenitud entregado a sí mismo y a los demás. Todas
las tardes paseaba por la orilla del mar. Allí, casi todas los días,
se cruzaba con una joven de semblante alegre y apariencia de vivir
feliz, pero él intuía a la muchacha profundamente embriagada de
tristeza. Era una joven bella como las sirenas de mar, de cabellos
dorados y largos, soñadora, orgullosa y muy ambiciosa. Una joven que le
trasladaba sus evocaciones a sus años mozos, aquellos años en que él
también soñaba y ambicionaba, aquellos años que desaprovechó
aguardando. Poco
a poco fue entablando una buena relación de amistad con la joven. El
viejecito cada día que se encontraba con ella, le narraba un breve capítulo
de la historia de un personaje ficticio que había desperdiciado su vida
hablando siempre de lo que iba a hacer, sin haber disfrutado de lo que
realmente ocurría en cada momento, sobreviviendo de esperanzas que
nunca se cumplían. Trataba
de despertar en la joven la valentía suficiente para derribar las
barreras que todos edificamos para protegernos para vencer el miedo a la
soledad y gozar del amor hacia la vida. El
viejo una y otra vez le comentaba a la joven la importancia de
escucharse a sí mismo y le confesó lo tarde que el personaje de su
historia se dio cuenta de que, durante la mayor parte de su vida no había
escuchado realmente a nadie ni a nada. El silbido del viento, el sonido
de la lluvia, la melodía del agua que corre por los arroyos y el rumor
de las olas al romper en la orilla habían estado siempre ahí, pero en
realidad él nunca los había oído. Le explicó que es el propio mundo
que nos rodea la fuente de todo conocimiento y que el silencio es un
tesoro codiciado para uno mismo. Y
le habló del amor, le dijo que siempre él había confundido la
necesidad de amor con el amor verdadero, que había necesitado del amor
de su esposa y del amor de sus hijos porque realmente, él no se amaba a
sí mismo. De hecho había necesitado el amor de todas las señoras con
las que había seducido y de toda la gente por la que había luchado y
ayudado a lo largo de su vida, porque no se amaba a sí mismo. El
viejo con lágrimas en los ojos evocó ante la muchacha aquel
desgraciado y tardío día, en que él se dio cuenta de que sino se
amaba a sí mismo, no podría amar realmente a otros. La necesidad de
otros se interponía en su propio amor. En
otra ocasión el viejo le comentó a la muchacha que ella era hermosa e
inocente, y sin embargo, intuía que ella se agazapaba tras un caparazón
invisible entre ella y sus verdaderos sentimientos. Que estaba dejando
escapar la vida intentando agradar a la gente que le rodeaba, para
demostrar que era buena y en realidad no tenía que demostrar nada,
porque realmente ella ya era hermosa y buena, inocente y generosa. La
joven muchacha aun cuando sentía un profundo cariño hacia el viejo,
aparentemente no le hacía mucho caso, dedicándole siempre una sencilla
sonrisa como muestra de gratitud y el silencio por todo comentario. Pero
él no cejaba ni se rendía y cada tarde, al verla, volvía a narrarle
nuevas historias. Le hablo también de su ambición, diciéndole que la
ambición que proviene de la mente puede colmarte de riquezas, sin
embargo, la ambición que proviene del corazón puede darte además, la
felicidad. La ambición del corazón – le repetía – es generosidad,
no compite con nadie ni hace daño a nadie, de hecho, le sirve a uno de
tal manera que sirve a otros al mismo tiempo. La
joven, poco a poco, mientras reflexionaba sobre los cuentos que el viejo
le narraba, iba cimentando un sentimiento de aprecio y cariño, sin
aceptar jamás, ante él, lo provechoso de sus enseñanzas. Una
tarde cansado ya el viejo de los silencios y las sonrisas gratuitas de
la joven, convencido de su falta de persuasión, decidió dar por
terminadas sus tertulias ilustrativas y decidió hablarle aquella tarde
por última vez. En
aquella postrera ocasión le habló del tiempo, y le explicó como el
tiempo transcurre con rapidez cuando uno se escucha a sí mismo y como
el tiempo se hace eterno mientras se espera que otras personas lo
llenen. Hoy, ha transcurrido ya mucho tiempo y el viejo no pasea por la orilla del mar. La joven, aquella joven bella como las sirenas, de cabellos dorados y largos, soñadora, orgullosa y ambiciosa, acude cada tarde al paseo de la orilla esperando encontrar algún día nuevamente al viejo, sin aceptar que el viejo hace tiempo que se fue y que ya no volverá nunca más.
La finitud marca de un modo consciente o inconsciente nuestra existencia en nuestras más íntimas entrañas y vivencias. Así, en el campo de la trascendencia o la inmanencia, la finitud se convierte en eje de todas las ideas, es el argumento que los ateos esgrimen para afirmar la no existencia de dioses: "si todo es finito, es imposible la existencia de un ser sin principio ni fin". Esa misma finitud ha servido a los creyentes para por medio de promesas o certezas de eternidades o reencarnaciones múltiples escapar de la angustia del punto y final de nuestra propia existencia. Y a los agnósticos les ha servido para afianzarse en su duda existencial, en su asunción de la ignorancia del hombre. Para el agnóstico no existe el misterio o el enigma, existe sólo la ignorancia humana y sólo en la medida en que el hombre es consciente de su propia ignorancia puede tratar de desvelar la verdad que se esconde tras esas dudas. El agnóstico conoce la finitud como algo constatable y no comprende la eternidad, por tanto se mantiene en la duda de sí es posible o no la existencia de un ser eterno y como sabe que él ignora, por ahora, esa posible eternidad, no se define en ningún tipo de dogma y se reafirma en su duda racional.
ANIVERSARIO
Soy un ferviente admirador de los psiquiatras, aún recuerdo mi primera visita cuando dudaba de su buen hacer. Él enfundado en una inmaculada baca blanca, agazapado tras unos lentes gruesos. Yo frente a él, impasible, mudo e interrogándome ¿Qué coño hago yo aquí? VOLVER A
Actualizado el 06.03.04 |