| Hay casi tantos sistemas de gobierno entre los indios independientes,
como pueblos y lenguas. Algunos eligen a sus jefes o caciques para ocupar
el puesto durante toda su vida, con la salvedad de aquellos que se muestren
capaces durante su ejercicio. Hay caciques que no son elegidos, sino que
van ascendiendo lentamente hasta alcanzar el puesto. Existen regencias
encabezadas no por un solo hombre, sino por cuatro, investidos por los
mismo poderes y con las mismas obligaciones. Algunos caciques son elegidos
por cuatro años y otros que solo duran en funciones un año.
Hay pueblos en los que un hombre ha ocupado el puesto de jefe alguna vez,
no puede volver a ocuparlo en su vida por capaz que se haya mostrado; en
otros casos, el hombre puede ser reelegido después de que dos, tres
o más jefes han ocupado el puesto. En otros pueblos, el hombre cuyo
padre fue cacique no puede serlo nunca. Pero por variados que estos sistemas
sean, todos son de naturaleza democrática.
El sistema de gobierno de Pebvil, si las investigaciones tuvieran éxito, podría encontrarse que databa de la época en que las cuatro tribus emigraron a la región en busca de tierras fértiles. Por razones políticas y militares, las cuatro tribus formaron una federación que aseguraba la independencia de cada una. Para asegurar los derechos de cada tribu y la unidad de las cuatro, se decidió, en una reunión general, que el jefe del pueblo fuera elegido cada año, y que ningún hombre que hubiera ocupado con anterioridad el puesto pudiera ser designado nuevamente. La votación correspondía cada año a uno de los barrios y ningún miembro de los otros tres podía intervenir en ella. Durante el año de su gobierno, el cacique se instalaba en la capital del pueblo y construía su jacal en las buenas tierras que le eran asignadas a él y a su familia. Nada recibía en pago de sus funciones y era responsable ante los representantes de los cuatro barrios. La ceremonia que tenía lugar el día de la toma de posesión de un nuevo jefe, era notable; se realizaba el sexto día antes del día corto -de acuerdo con nuestro calendario, alrededor del 27 o 28 de diciembre-. Ahora la fecha de la ceremonia ha sido ajustada a nuestro calendario y tiene lugar el primero de enero de cada año. A las seis de la mañana, todos los habitantes del barrio al que por ese año correspondió la elección del cacique, emprenden la marcha hasta la plaza principal, siguiendo al elegido. Todos los miembros de los otros barrios se suman a la ceremonia. Algunos hombres trepan a las torres de las iglesias y hacen repicar las campanas. En la iglesia no hay cura. Sólo una vez al año hay uno que se aventura a hacer el pesado viaje a través de selvas y montañas, y llega a aquel sitio aislado para decir una misa a todo correr, bautizar a los niños, bendecir la unión de parejas que en ocasiones llevan hasta cincuenta años viviendo en gozoso pecado, rociar con agua bendita las tumbas ya difíciles de reconocer, llevar la bendición apostólica a todas las ovejas del rebaño humano y del rebaño animal, y embolsarse los centavos ganados en las misas, bautizos, casamientos, bendiciones, perdones e indulgencias. El señor curo no apareció aquel año durante la ceremonia de toma de posesión del cacique, porque siendo ésta el primer día del año, le tenía mucha más cuenta trabajar para la viña del Señor en algún pueblo de importancia. Se celebraba la toma de posesión del nuevo jefe, repicando la campana, quemando cohetes, danzando al son de chirimías, y metiendo ruido con risas y gritos regocijados. La parte seria de la ceremonia era la presentación del nuevo jefe al que dejaba el puesto, y esta ceremonia tenía lugar enfrente del cabildo y tomaban parte en ella los delegados de todas las tribus. El jefe saliente decía un discurso en su propia lengua y empleando poéticas metáforas, al parecer usadas desde muchos años atrás en esa ceremonia. El nuevo jefe contestaba con cortesía y modestia. También él hablaba en la lengua de la tribu y usaba las poéticas frases que correspondían a su papel en la ceremonia, tal vez desde hacía siglos. Después de los discursos, los delegados traían una pequeña silla de tule con un agujero grande en el asiento. El nuevo jefe se bajaba los calzones de manta y se sentaba en la silla, en medio de las bromas y cuchufletas de los que lo rodeaban. Después, se le entregaba un cetro de ébano, que él empuñaba solamente, volviéndose hacia los hombres que se hallaban frente a él. La risa y las bromas de la multitud cesaban por un momento, para mostrar a su nuevo jefe que esperaban atentos su primer sabio consejo. Pero en ese preciso instante, tres de los hombres del barrio al que correspondía la elección del año siguiente, se presentaban. Estos hombres traían un braserillo de barro en el que ardían vivamente algunos carbones. Uno de los hombres hacía, en verso, una breve explicación de lo que iban a hacer. Cuando terminaba de hablar, colocaba el braserillo con el carbón ardiendo bajo el asiento de la silla agujereada que ocupaba el nuevo jefe. El hombre había dicho, en su breve discurso, que el fuego era colocado bajo el asiento del jefe para recordarle que ocupaba aquel sitio no para descansar placenteramente, sino para trabajar por su pueblo. Además, no debía olvidar quién había puesto el fuego bajo su silla. Debía tener presente que había sido un miembro del barrio de donde surgiría el cacique que habría de gobernar durante el siguiente período. Con este hecho se le recordaba que no debía pretender ocupar aquel puesto por más tiempo que el que le correspondía y así se evitaría el riesgo de una larga dictadura que solo podría traer consigo graves perjuicios para su pueblo, y, para él, fuego suficientes para consumirlo a él y a la silla que ocupaba. Luego, una vez colocado el braserillo bajo la silla, eran recitadas algunas frases, primero por un hombre del barrio al que pertenecía el cacique saliente, después por uno del barrio que elegiría al próximo y, finalmente, por uno del barrio al que correspondía el electo. El nuevo jefe no podía dejar el asiento mientras los tres hombres no hubieran dejado de hablar. El tono lento y mesurado, o tan rápido como fuera posible sin estropear el rito, con que fueran recitadas las frases, dependía de la popularidad o impopularidad del nuevo jefe. Si el último hombre que debía recitar consideraba que los que lo habían precedido lo hicieran con demasiada rapidez, podía hablar tan lentamente como deseara para prolongar su discurso. Lo que el jefe sentado sobre el fuego sintiera, no podía expresarlo ni con el más leve movimiento de sus cejas. Además, una vez terminados los discursos, él no debía saltar de la silla para apartarse del fuego que lo quemaba; al contrario, debía permanecer todavía un rato conveniente para demostrar que no tenía intención alguna de los trabajos y penalidades que el puesto que ocupaba podía acarrearle. A menudo, hallaba ocasión de decir un buen chiste que aumentaba el buen humor de los que lo vigilaban, ansiosos de verlo hacer algún gesto de desagrado para reírse de él. Mientras más alegres fueran sus bromas y más largo el tiempo que permaneciera sentado sobre el fuego, mayor era la confianza y el respeto que ganaba de los hombres. Con sus bromas, hacía que la risa destinada a él se volviera contra algún otro hombre, diciendo por ejemplo: "No tienes pulmones, hermano; eres muy débil, tanto que no puedes soplar para avivar el fuego que está debajo de mí. ¿Qué dirá tu mujer de esto? Te aseguro que no sabes hacer fuego. Ven, tú, Eliseo, y rasca el hielo que me está colgando de las nalgas." Para entonces el fuego del braserillo agonizaba. El jefe se levantaba lentamente; pero el hielo de que hablaba no era tan inofensivo; en su piel se veían grandes ampollas, y en partes se hallaba tan quemada que el olor a chamusquina era percibido por todos los que rodeaban al jefe. Algún amigo se aproximaba a él, le untaba de aceite las llagas y se las cubría con un emplasto de hierbas machacadas, en tanto que el otro le ofrecía un buen vaso de aguardiente. El nuevo jefe no podía olvidar, durante largas semanas, lo que llevaba en el trasero. Este recuerdo lo ayudaba considerablemente, durante los primeros meses de su período, a cumplir con sus deberes de acuerdo con lo que su pueblo esperaba de él. En casi todos los casos, las partes expuestas al fuego quedaban marcadas por cicatrices, que probaban, mejor que cualquier documento lleno de sellos, el hecho de que su poseedor había tenido en una ocasión el gran honor de ser elegido jefe de su pueblo. Las cicatrices eran también una garantía de que él jamás pensaría en ser elegido por segunda vez, lo que sería negar la tradición y la costumbre de su pueblo. Los proletarios harían muy bien en seguir el sistema de elecciones y en establecer la ceremonia de la toma de posesión de acuerdo con esta excelente costumbre indígena, especialmente cuando se trata de los funcionarios sindicales. No solo en Rusia, donde es absolutamente necesario, sino en todos aquellos países en donde existe una clase obrera militante, los trabajadores debían, para lograr lo que se proponen, encender un buen fuego bajo el asiento de sus líderes. No hay líder que sea indispensable, y mientras más ardiente y frecuente fuera el fuego prendido bajo los asientos de los líderes, más vigoroso y amplio sería el movimiento político. El proletario no debe, por ningún concepto, ser sentimental. [...]
Don Porfirio se consideraba sí mismo el mejor, más
grande y más talentoso estadista de la tierra. Por ello pensaba
que era necesario ser elegido, reelegido y archireelegido, y todos los
que estaban bajo él seguían su ejemplo. Los ministros, gobernadores,
presidentes municipales y hasta los gendarmes, permanecían en sus
puestos hasta que la muerte aliviaba al pueblo de su presencia. Si caían
en la imbecilidad o en la chochera, ello no era razón suficiente
para retirarlos, pues en ese caso habrían demandado pensiones, y
era mejor para las finanzas del país dejarlos en sus puestos hasta
el día de su entierro, y no pagarles salarios que resultaban dobles,
ya que uno era para el pensionado y otro para el que desempeñaba
el puesto.
|