Extractos de novelas de B Traven
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Extractos de la novela "Gobierno"



Dudas, sugerencias, comentarios serán bienvenidos en este correo: jhbadbad@yahoo.com

Los siguientes fragmentos los selleccioné de la novela "Gobierno". No tienen desperdicio.
Principio de la novela "Gobierno"

El gobierno del distrito oriental estaba representado por don Casimiro Azcona. Don Casimiro, como todo jefe político, pensaba antes que nada en su proyecto personal. Servía al Estado no por el bien del mismo, sino por las ventajas que con ello obtenía. En aquella forma podía trabajar mejor y sobre todo vivir mejor. Cuando un servidor del Estado gana menos que el director de un prostíbulo, no hay razón para que dedique todas sus energías a aquél.

Después de pensar bien en sí mismo, pasó a pensar en su familia y a considerar a sus amigos íntimos. Sus amigos le habían ayudado a obtener el puesto y él necesitaba mantenerlos gratos para que lo dejaran gozar de él, por lo menos hasta que alguno de ellos llegado el momento de asegurarlo para sí.

Todos los miembros de su familia, alcanzando hasta las ramas más remotas -sobrinos, primos, cuñados, tíos, hijos de sus cuñados, yernos de sus sobrinos y entenados de los suegros de sus hermanos-, eran tomados en debida cuenta para ocupar las plazas de recaudadores de contribuciones, administradores de correos, jueces de paz y otras más existentes o creadas especialmente para ellos, y gracias a las cuales se mantenían firmes a sus lado. Cualquier cosa que él hiciera estaba bien y ellos la apoyaban con entusiasmo. Podía robar hasta satisfacer su corazón siempre que, cuando a ellos se les presentara la oportunidad de hacerlo, él no interviniera en forma alguna. Cualquier cosa que ellos hicieran, legal o ilegal, debía ser aprobada por él.

Esta forma de conducir los asuntos del Estado, tenía su origen en el primer mandatario, cuyo ejemplo era seguido con disciplina inigualable por sus ministros y generales, por los gobernadores de los estados, por los presidentes municipales, jefes políticos, alcaldes y jefes de hasta las más pequeñas dependencias administrativas.

Eso era llamado en los periódicos y libros escolares, la sabia organización a través de la cual se guiaban, dentro de la mayor honestidad y orden irreprochable, los destinos de la República.

Si la capacidad en los ocupantes de los puestos elevados era escasa, la de los de abajo no existía, de tal manera que el pueblo podía sentirse agradecido de que se le permitiera vivir. Si algún hombre era inesperadamente asesinado por haberse atrevido a mostrar su indignación ante algún acto descarado de corrupción, sus vecinos y amigos daban las gracias de haber escapado. A la víctima se la enterraba y se la olvidaba, y el único epitafio que se sugería para su tumba, y eso en voz muy baja, era: "¿Quién te mandó soltar la lengua?"
 

Con el mismo ritmo ocurren levantamientos militares y asesinatos de presidentes y de ministros, o envío de éstos a Europa, a fin de que allá cuiden su salud.
Estos hechos van y vienen, no porque existan pueblos de indios independientes, salvajes, asesinos, a quienes les es imposible adaptarse a las leyes de un estado justamente conducido. No, ello ocurre porque los gobernantes de cualquier categoría se encuentran en perpetua necesidad de dinero para complacer a las prostitutas que los complacen, y para otras distracciones semejantes. Y porque, además, siempre llevan su carro cargado de parásitos, bien parientes o bien amigos, que a su vez tienen más de las mujeres a las que les es posible llenar la barriga y cubrir de trapos y pedrerías.
Los bachajontecas [pueblo indígena protagonista de la novela] tampoco habían descuidado a la Iglesia. La mantenían bien alejada y servían a los curas los mismos platos que a los delegados del gobierno.
En verdad, los indios no necesitan de buenos consejos. No quieren que la Biblia les penetre a golpes en la cabeza ni necesitan del programa de algún partido comunista o socialista.
Cada uno de ellos [los candidatos a ocupar el poder] aseguraba enfáticamente estar inspirado sólo por el más puro y desinteresado amor a su patria. 
Contiendas similares se desarrollaban también entre los jefes políticos.
Y era durante el tiempo que reinaban esas pugnas, cuando los indios de los pueblos independientes de las regiones más remotas podían vivir en paz. A los perros les ocurre lo mismo. Mientras la disputa es por el tocino cuando el tocino no basta ya a los contrincantes, los perros se ven privados de sus huesos.
Durante la dictadura, el jamón se hallaba sólo en manos del dictador y de los que le ayudaban a sostenerlo; amigos y parientes que le chupaban la sangre a todo placer.
Todos los que se encontraban bastante lejos para ser peligrosos o útiles, no podían cortar su tajada y tenían que conformarse con los huesos. En este vasto país [México], hay muchos huesos que levantar.
Cada hombre que trabaja, cada hombre que produce algo, es un hueso del que los hombres en el poder están obligados a sacar la médula. La impresión es siempre la misma, ya sea que se mire el asunto desde adentro o desde afuera: Un puesto oficial significa siempre la oportunidad de enriquecer al que lo ocupa. Además, no existe el peligro de ser echado al carro de la basura mientras el ocupante no se haga sospechoso de estar en desacuerdo con el dictador, o, peor aún, de tartamudear algunas cosas sobre la democracia, el sufragio universal y la ilegalidad de reelegir al presidente. Estos son los únicos crímenes de que puede acusarse a un funcionario público; por lo demás, puede corromper y cometer cuantas infamias le vengan en gana. Cuando al final de la escalera hay un dictador, en todos los escalones nos encontramos uno, con la sola diferencia de que unos están más altos que otros. En la escalerita podemos ver a los capitalistas, a los industriales, a los terratenientes, a los explotadores de minas, a los ganaderos y finqueros.
Las leyes están bien; pero es necesario que haya funcionarios que las hagan cumplir; y estos funcionarios con autoridad suficiente para hacer cumplir las leyes, son siempre suficientemente fuertes en su círculo no solo para hacerlas cumplir, sino para reformarlas, desvirtuarlas o no cumplirlas. De otra manera, las dictaduras carecerían de sentido y en su lugar tendríamos una democracia o una monarquía. Forzosamente tiene que haber alguna diferencia. Además, el dictador no podría sentarse tranquilamente en su silla si no tuviera buenos amigos, que a su vez ejercieran el poder libremente.
Las dictaduras y los regímenes militares no se ocupan de atender a los que se quejan, entre otras cosas porque nadie tiene derecho a quejarse, y aquellos que se atreven a hacerlo son muertos por faltas de respeto a la autoridad y por atentar contra la paz.
Los dictadores no ponen mucho empeño en la educación de los humildes, porque opinan que, en cuanto saben algo, empiezan a sentir descontento por la vida que llevan, que es la que Dios, con ayuda de la Iglesia y del Estado, les ha concedido y la que, siguiendo su deseo, deben aceptar.

Educar a los indios o a sus hijos, era considerado como un pecado en contra del Todopoderoso. Si Él hubiera deseado que todos los hombres escribieran y leyeran, les habría dado, desde el momento de su nacimiento, la habilidad necesaria para hacerlo. El deseo del Todopoderoso se hallaba representado en la tierra por la Iglesia, cuyos servidores, con la ayuda de luces sobrenaturales, sabían muy bien cuáles eran Sus deseos. Para eso estaban en íntima comunión con Él, para eso los había nombrado Sus representantes en la tierra, con poder suficiente para interpretarlo.

La dictadura podía mantener su poder, sólo compartiéndolo con la Iglesia y haciéndole todas las concesiones que pidiera. Una de sus peticiones consistía en que no se educara a los indios, para evitar que perdieran su fe infantil, cosa que debía conservarse como la más preciada joya del tesoro de la cristiandad. Pero al mismo tiempo ocurría algo curioso. Al país llegaban turistas y periodistas y gentes que querían invertir su dinero en un país en el que sabían que la competencia era nula y en el que podrían tener ganancias óptimas, y a causa de ellos al dictador le entraban deseos de que el país que gobernaba fuera considerado entre los altamente civilizados. El dictador de un país civilizado es visto por sus semejantes con mayor respeto que el gobierna sobre una horda de salvajes.

Los mexicanos, en concepto del dictador, no eran hombres de empresa; no sabían trabajar ni deseaban hacerlo. Por eso él se consideraba una excepción y favorecía a la nación permitiendo que le reeligieran período tras período aquellos a quienes concedía el privilegio de hacerlo, y a quienes, además, después de ello, recompensaba con puestos oficiales. La farsa de las elecciones se llevaba a cabo para demostrar a los países civilizados que la república era gobernada con la constitución en la mano y que el capital extranjero podía ser invertido con todas las seguridades y obtener amplias concesiones con la mayor facilidad. De ello eran testigos los bancos norteamericanos y las empresas mineras. 

El dictador se consideraba como el único mexicano de valer y como el único cuya vida tenía importancia. En realidad, para él habría sido mejor que todos los otros desaparecieran después de un diluvio.

Cuando el período de elecciones llegaba, él lanzaba a los vientos la noticia de que no aceptaría la reelección y dejaba que por algún tiempo le rogaran; pero lo hacía como el millonario que rehusa una tajada aparentando gran dignidad; pero palideciendo de temor y desfalleciendo si aquélla no cae en la palma de la mano que, bien abierta, mantiene a sus espaldas. Por fin, cuando ve caer a sus partidarios de rodillas, declara que no era su intención aceptar, que había jurado no permitir su reelección, pero "toda vez que ustedes insisten, caballeros, volveré a sacrificarme por el bien de México".

Esta actitud era registrada por todos los periódicos de América, y así el mundo se enteraba de que México no estaba gobernado por un déspota y de que era un país civilizado y beneficiado por una excelente constitución.

El dictador se sacrificó en esa forma durante ocho períodos consecutivos, hasta que una vil y sanguinaria revolución lo tiro de la silla. El ingrato pueblo mexicano permitió que su gran hombre de Estado muriera en el exilio, triste y amargado, y no solo permitió esto, sino que desde el fondo de su corazón maldijo las maquinaciones y los manejos sin escrúpulo del noble mártir.

Una de las tareas más importantes del dictador fue la de elaborar estadísticas para beneficio del mundo. Si hubiera descuidado este asunto, el mundo no se habría enterado del gran estadista que él era y de la deuda de gratitud que el pueblo mexicano tenía con él por haberse sacrificado una y otra vez, por haber cargado con el peso de la dictadura, y por haber llevado la corona de espinas de la presidencia, que le daba posibilidad de ejercer dominio sobre los siervos de su amada patria.

Incontables hordas de bandidos indios a quienes se había despojado de sus tierras para entregarlas a los grandes terratenientes, a las empresas norteamericanas y a los miembros de la aristocracia, recorrían el país, y a ellos se reunían los peones que habían huido de la tiranía de los latifundistas. Estas hordas eran aplastadas por la mano de hierro del dictador, que prohibía que cualquier periódico se refiriera a ellas, so pena de confiscación.

Pero el dictador no quería solamente mostrar la mano de hierro de gran estadista que guarda la paz y seguridad dentro de las fronteras de su país; quería que en el extranjero se enteraran de sus gloriosos hechos, que en los países civilizados supieran que era él el hombre que educaba al pueblo de México. Y para enterar al mundo de ello, se valía de las estadísticas, en las que mostraba la cantidad de escuelas abiertas en el país para instruir a los indios, a los peones, al proletariado en general.

Un país que tiene muchas escuelas puede contarse entre los altamente civilizados y puede, por lo tanto, atraer al capital extranjero. Las escuelas de las poblaciones de importancia, eran tan buenas como las mejores de los Estados Unidos. Tenían que serlo, ya que los turistas, banqueros y periodistas que llegaban a esas poblaciones, eran invitados a visitarlas. Pero esas gentes no llegaban a los remotos pueblos indígenas; se les daban estadísticas referentes a las escuelas establecidas en ellos, y con esto los visitantes quedaban satisfechos; además, se les hacía cuesta arriba realizar los largos viajes necesarios para visitar las escuelas de los pueblecitos y se concretaban a tomar nota de las bellas escuelas de las ciudades exhibidas por el ministerio de Educación.
 

Treinta años de la dictadura que constituyo la era de oro, fueron suficientes para subyugar al orgulloso pueblo, del que por lo menos un tres por ciento votaba en las elecciones, a las que se le llevaba a bayoneta calada, a fin de guardar la forma del civilizado y constitucional gobierno que lo regía. Ahora que, cuando se trataba de elegir al rey del carnaval, la cosa rea distinta, pues entonces votaba un veinte por ciento de la población.

Las estadísticas arrojaban una imponente población escolar, y así México marchaba a la vanguardia con los pueblos civilizados. En las escuelas no había bancos, ni pupitres, ni lápices, ni tinta, ni plumas, ni libros, ni papel; tampoco maestros titulados; pero esto no se mencionaba en las estadísticas y nadie exigía que se hiciera. Además, es así como marchaban los asuntos en las esferas de la actividad humana; es más fácil mentir y engañar con estadísticas que hacerlo sin ellas. La cuestión es bien fácil; basta omitir en las estadísticas todas aquellas cosas que pueden disminuir su efectividad.

Si con todas las escuelas consignadas en las estadísticas, a las que de acuerdo con éstas asistía esa gran cantidad de alumnos, y todo ellos a través de treinta años de dictadura, un ochenta por ciento de la población no sabía ni leer ni escribir, ello no era culpa del dictador. No es posible llenar las cabezas con un embudo; si los chicos nada aprendían, la culpa era de ellos, y esto solo ponía de manifiesto la necesidad de mantener la dictadura y el poder de la Iglesia, dada la incapacidad de los indios para aprender y para adquirir los conocimientos necesarios para gobernarse a sí mismos.
 

Un indio, de acuerdo con los puntos de vista de la dictadura, se distinguía de un animal solamente porque le era dado hablar. No tenía ni alma, ni derecho humano alguno. Sobre estas bases debe entenderse la forma en que un indio era juzgado por las autoridades. Por otro lado, no sería justo condenar a un mexicano, educado en el espíritu de la dictadura, por el trato dado a los indios. Entre los civilizados romanos, el hecho de echar a los esclavos y a los cristianos a las fauces de los leones en la arena no era solamente un acto moral y conveniente, sino un espectáculo divertido.

Ahora se considera igualmente moral y conveniente el hecho de que el Estado enrole en el ejército a los hombres, contra toda su voluntad; que los prive de su libertad y los lance a la arena de los conflictos armados de otros países, para asesinar y ser asesinados por causas que conciernen al hombre común tanto como el número de los asientos y el precio de las entradas interesados a los esclavos echados a la arena del circo romano. Su suerte era la misma del proletario, que en nuestros días pelea contra Francia o contra Inglaterra, por la suerte de los supervivientes que han apostado su dinero al resultado del conflicto.

La injusticia de la dictadura hacia el indio estaba, no en tratarlo como a un animal con facultad de hablar, sino en que nada hacía para elevar su condición, a fin de que los criollos lo consideraran, si no como a un hermano, por lo menos como a otro ser humano. Asimismo, los presidentes y los primeros ministros no cometen injusticias por el hecho de enviar a los hombres a pelear, contra su voluntad, como esclavos en la arena, sino por el hecho de no elevarlos de su condición de esclavos, a quienes puede lanzarse a la guerra sin la menor protesta. Ello significaría, desde luego, que el Estado se vería obligado a demostrar plenamente razones de índole tan grave, que justificaran una guerra a la que los ciudadanos fueran voluntariamente. Y mientras mayor fuera la voluntad mostrada, más justificada quedaría la necesidad expuesta por sus gobernantes de salir a la defensa de su civilización.
 

Los hombres suelen mostrarse muy indignados acerca de las murmuraciones, solo cuando quienes murmuran son las mujeres. Pero cuando los hombres se reúnen, suelen hacer observaciones suspicaces y graciosas y comunicárselas los unos a los otros, lo que, naturalmente, no se parece en nada al tonto chismorreo femenino, aunque con su natural observador y su comunicativa alegría los caballeros arranquen el cuerpo a su prójimo, desvistan a las mujeres y a las hijas de ese prójimo, y se coman a los hijos de todos sus prójimos.

Los hombres piensan siempre que sus sandeces constituyen inteligentes opiniones sobre política y economía, en tanto que la charla de las mujeres es una despreciable tontería. Pero escuchando imparcialmente las tonterías que los hombres dicen y las dichas por las mujeres, que en calidad y en cantidad son idénticas. Los tópicos difieren ligeramente; pero el propósito y el resultado son exactamente los mismos.
 

Durante dos años no hubo delegado en el pueblo. El techo del cabildo se vino abajo en parte, cayendo sobre la mesa de la oficina, en la que se hallaban aún el tintero, el portaplumas con su pluma oxidada y la pila de reglamentos relativos a la educación y al bienestar de los indios.

Como los indios no se ocuparon de reparar el techo, éste fue cayendo poco a poco. El aparatito del telégrafo se hallaba en buen estado hasta que el techo le cayó encima, porque no había allí nadie que tuviera interés en usarlo. No obstante, el sol seguía brillando en el cielo, el maíz crecía en los campos y las mujeres seguían obsequiando a sus hombres un niño cada año. Los hombres del pueblo vivían en paz y armonía. A ninguno de ellos se le ocurrió pensar que sus situación era desesperada por falta de delegado [del gobierno] en el lugar, y ninguno de ellos pensó, por un momento siquiera, que el mundo se acabaría y la raza humana perecería porque ellos no eran gobernados.

Ni los hombres, ni sus viejos consejeros, ni su llamado jefe pensaron en mandar a nadie a que recordara al jefe político o al gobernador que el pueblo estaba sin delegado y, en consecuencia, desligado del gobierno central.

Un día que los hombres se hallaban reunidos discutiendo sobre la repartición de la tierra entre las nuevas familias, Jerónimo, que era entonces el jefe, dijo: "¡Cómo me gustaría que el gobierno no volviera a acordarse de nosotros! Eso es lo único que yo tengo que decirles, hermanos y amigos."
 

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