| La sortija de oro que rodea el dedo de una elegante dama o la corona
colocada sobre la cabeza de algún rey, ha pasado muy a menudo por
las manos de criaturas que habrían hecho estremecer con su aspecto
a esas damas y esos reyes. No cabe duda de que la mayoría de las
veces el oro es lavado con sangre humana en lugar de jabón.
Un noble rey, deseoso de mostrar pensamientos elevados, debería permitir que su corona fuera de hierro. El oro corresponde a los ladrones y a los estafadores, razón por la cual son ellos quienes poseen la mayor parte. El resto es poseído por aquellos a quienes no importa su procedencia. |
| Esos hombres [los bandidos] saben bien cuándo y cómo
hay que actuar. Desde la niñez reciben un buen entrenamiento en
la iglesia. Sus iglesias están llenas de pinturas y esculturas que
representan todas las torturas que los hombres blancos, cristianos, inquisidores
y obispos pudieron discurrir.
Son los cuadros y esculturas apropiadas para las capillas de un país en el cual la Iglesia más poderosa de la tierra tuvo esclavizados a los hombres durante siglos, con el propósito de aumentar el esplendor y las riquezas de sus dirijentes. ¿Qué valor tiene el alma humana para esa importante rama de la gran Iglesia? Ningún fiel, en los países civilizados, se ha preocupado por determinar el origen de su grandeza o los miedos de que se ha valido para enriquecerse. Así, pues, no hay que culpar a los bandidos. Ellos pensaban y obraban de la forma en que les habían enseñado. En vez de enseñarles la belleza de la religión, sólo se han preocupado de mostrarles la parte más cruel, sanguinaria y repulsiva de ella. Estos horrendos aspectos eran presentados como lo más importante, para hacer que se la temiera y respetara no a través de la fe y del amor, sino a través del terror más profundo y de las más abominables supesticiones. |