| Pérez, casi desesperado, sentía como si le hubieran
dado una patada sin tener oportunidad de devolverla. Trabajó duramente
para encontrar un nuevo y mejor argumento contra don Jacinto, quien carecía
totalmente de sentido financiero. Antes de que encontrara la idea necesaria
para infundir en aquel indio testarudo la misma admiración que él
rendía al dinero, don Jacinto había encontrado una respuesta
adecuada al ofrecimiento del licenciado de hallar trabajos bien remunerados
para todos los hombres que había en la hacienda ¡Y vaya que
fue efectiva y mucho mejor de lo que el señor Pérez habría
podido esperar de aquel hombre sencillo!
Don Jacinto dijo: - Sería muy bueno, magnífico, que todos nuestros hombres encontraran trabajo en los campos petroleros. Estoy seguro de que todos ellos pueden trabajar allí y ganar mucho dinero. Sólo hay un pequeño inconveniente en ello. Supongamos que se termina la perforación de todos los pozos, ¿qué ocurrirá entonces con el trabajo? Si el trabajo en los campos termina, ya no habrá salario para ellos, y entonces ¿qué pasará, señor Pérez? La respuesta de Pérez fue rápida y él la consideró excelente: - La compañía no perfora pozos aquí únicamente. Es propietaria de muchos terrenos en la República. Si el trabajo se termina aquí, los hombres serán enviados a los nuevos campos. Don Jacinto, percatándose de que al fin llegaba el punto importante,
dijo lentamente:
Todos los problemas se simplifican, cuando hay bastante tierra disponible
y hombres que sepan cultivar el suelo que aman, pero todos se complican
a la vez, en el momento en que los hombres son arrojados del suelo al que
pertenecen. Hasta el señor Pérez empezaba a comprender esto
al enfrentarse con el problema de los desocupados. El indio lo sacaba de
la aparentemente invulnerable posición que ocupaba en su propio
mundo. Lo sacaba aun de las fronteras de todo aquello que había
estudiado en la escuela y aprendido de la vida. Si se encontrara sentado
ante otra persona culta como él, un comerciante, un hombre de negocios,
un arquitecto o un banquero, en lugar de aquel indio, habría podido
resolver fácilmente el problema; en presencia de un hombre que como
él viviera en una gran ciudad, para una gran ciudad y de una gran
ciudad. Los problemas podrían ser discutidos y resueltos entre hombres
de la misma posición, hablando el mismo lenguaje entre sí,
con las mismas perspectivas e incontables oportunidades en la vida. Esos
caballeros habrían hablado respecto a la necesidad de hacer nuevas
leyes referentes a los desocupados. Habrían mencionado decisiones
del Congreso y decretos presidenciales, adiciones a la Constitución,
mejoras a los medios de transporte, elevación de tarifas, restricciones
a la inmigración, disminución de importación, inflación,
subsidios del gobierno a la gran producción de artículos
indispensables, ayuda a la agricultura, altas contribuciones de tránsito
de caminos; habrían hablado de la tolerancia con los mendigos jóvenes,
fuertes y saludables que prefieren pedir limosna antes que trabajar y,
sobre todo, considerar que el deseo de solucionar el problema de los desocupados
era tanto como querer que el Estado cuidara de todos aquellos lo bastante
indolentes o tontos para cuidar de sí mismos. Sin embargo, a pesar
de todo lo que se dijera, de cuantos remedios fueran propuestos, la única
cosa sin respuesta era: ¿dónde encontraremos tierras que
cultivar? Porque hasta el licenciado admitía la imposibilidad de
esperar que algún día se hiciera maíz con escorias
de carbón y frijoles con residuos de petróleo.
Allí, en aquella ocasión, como casi siempre y en todas partes, los trabajadores declararon la huelga en los momentos menos favorables para ellos, y cuando las condiciones eran extremadamente ventajosas para el capitalismo nacional e internacional. Los obreros no obran así por estupidez, como suelen creer y explicar los ignorantes, sino impelidos por las leyes de acero del sistema capitalista. Cuanto los trabajadores hagan y planeen dentro de este sistema social y económico al que pertenecen y del que forman parte, tendrá como único resultado un robustecimiento del capitalismo. Los sindicatos resultan de mayor valor para el capitalismo que para los trabajadores. Mientras el sistema perdure, el trabajo estará inevitablemente acoplado al capital, sin posibilidad de escape. Los trabajadores se hallan atados al monstruo del capitalismo, lo mismo si su final representa muerte y desastre que vida y culminación de nuestra cultura. Mientras rija este sistema, ningún trabajador podrá escapar de las encrucijadas de la guerra. Podrá escoger entre la prisión y la sentencia de muerte, pero no podrá escapar. Los activos producen, los inactivos sufren. Dentro de este sistema los capitalistas son los activos, los trabajadores son los inactivos porque tienen que recibir órdenes de los activos. El capitalista sabe lo que persigue. Dinero, y después del dinero, poder. Los trabajadores persiguen solamente su porción, y si ésta resulta suficiente para mantenerlos medianamente y permitirles ciertas comodidades, se sienten satisfechos y aprecian el actual sistema. Sin sindicatos altamente disciplinados con quienes tratar, el capitalismo pasaría grandes dificultades para mantener el trabajo en su lugar. Los trabajadores se afilian a los sindicatos con la única mira de sentirse respaldados en el momento de fijar el monto de la porción que les corresponde de la riqueza nacional, y para asegurar en lo posible cierta estabilidad en sus medios de subsistencia. El capitalismo puede lograr eso tan bien o mejor que los sindicatos. En cientos de casos las empresas capitalistas lo hacen tan bien, que sus trabajadores, sindicalizados o no, consideran al sindicato solo una reserva conveniente, para ser empleada como último recurso por los modernos y dóciles trabajadores. El trabajador, dentro del sistema actual, no tiene para sí mayor deseo que percibir una porción mayor que la alcanzada por sus compañeros proletarios, porque de corazón es tan capitalista como el propietario de un banco. De no ser por los sindicatos, la lucha entre el capital y el trabajo sería tan fiera que sacudiría al sistema desde sus cimientos y causaría su pronta caída. Los sindicatos son los reguladores de la porción que los trabajadores demandan del capital. Los intoxican con la esperanza de una mejoría para el año siguiente, arrancándoles así la valiosa esperanza de cambiar todo el sistema por otro en el que deje de existir la inseguridad para los humanos, a excepción de aquellas que representan las catástrofes de la naturaleza. Dentro del sistema capitalista no hay forma de escapar al círculo vicioso en el que el triunfo de una huelga de tahoneros ocasiona la elevación del precio del pan; y la de los zapateros, implica que estos obtengan para ellos y sus familias calzado más caro y de peor material cuando los patronos se han visto forzados a aumentar los salarios en un veinte por ciento. Y es por ésta y otras cien razones más por lo que cualquier
cosa que ocurra, se haga, o se luche por conseguir, dentro del actual sistema
económico, ayudará a robustecer al sistema económico,
ayudará a robustecer ese sistema, a hacerlo invulnerable e invencible
sin que los sindicatos puedan evitar su activa participación en
ello.
No debe hacerse uso del hombre cuando puede utilizarse su fe y su credo. El hombre puede titubear o flaquear, pero su fe no cambiará. De ahí que su fe constituya el sitio más apropiado para cimentar cualquier cosa que se desee, sea un palacio, un campo de batalla, un asta de bandera, una nueva constitución, el bolcheviquismo, fascismo, semitismo, antisemitismo o un país sobrepoblado con capital en el polo Sur.
Los periodistas sirven solo a la verdad, nada más que a la verdad. La verdad desnuda siempre hiere, si no a Mrs. Jones, a Mr. Brown y si no a Miss Gelderline. Para evitar herir a alguien no hay que mencionar nombres, y los periódicos se sienten inclinados a suavizar la despiadada verdad con el propósito de no perjudicar la siempre delicada digestión de sus lectores. Es por esta forma de dar noticias y explicar acontecimientos considerando al mismo tiempo compasivamente la digestión de los lectores, por lo que se acusa a los diarios de desvirtuar la verdad, diciéndola de manera que beneficie a aquellos altos personajes que compran páginas enteras. Nadie puede servir a dos amos, especialmente si éstos difieren tanto como la verdad y los negocios. Ambos jamás coinciden, ni siquiera en el paraíso de los trabajadores. La verdad y solo la verdad, aunque sea necesaria buscarla en los
albañales, en las sábanas de los nidos de amor o de los hogares
honestos, o en el olvidado pasado de una madre de hijos ya casados. Nada
importa, la verdad ante todo. Toda vez que la prensa de este país
[EEUU] se considera en parte un buen negocio y en parte el medio de que
se vale Dios en la tierra para acabar con todos los ciudadanos corrompidos,
con los malhechores, anarquistas, agitadores, judíos y otros, que
han llegado sólo para criticarnos y criticar nuestras sagradas instituciones,
y tomando en cuenta que esta prensa es absolutamente neutral, y publica
solamente aquellas noticias que deben publicarse, ...
En las reuniones [de los proletarios] se encontraban los eternos optimistas, los eternos pesimistas, los eternos camorristas, los que siempre gruñen, regañan, insultan. Pero siempre y en mayoría imponente estaban los fuertes, los hábiles, aquellos a quienes ni los palos, ni la cárcel, ni los sermones, ni los cohechos podían hacer perder la confianza en el gran futuro de los trabajadores como dirigentes de los destinos del mundo. Era entre esos hombres tranquilos que raramente hablaban, y cuando lo hacían era para decir unas cuantas palabras, entre los que se encontraban los tipos que se sentaban, y se ponían de pie con los puños cerrados y las quijadas apretadas como si fueran de acero, y quienes de vez en cuando decían al compañero más próximo a ellos: "Mire, amigo, ¡por el infierno y el demonio!, prefiero morir miserablemente, como perro sarnoso y que me tiren en un montón de inmundicia, antes de entregarme por un desgraciado centavo. Hay que dejarlos que se ahorquen o se ahoguen; nosotros los trabajadores seguiremos viviendo, y que el diablo se lleve al que opine lo contrario. ¡Arriba la solidaridad de los trabajadores, arriba el sindicato!" En esas reuniones se hallaban toda clase de tipos, como ocurre en
toda revolución o rebelión en cualquier punto de la tierra.
No importa cuál sea el propósito que peleando se persiga,
siempre habrá hombres con deseos de comer y carentes de alimentos;
la diferencia entre "el deseo de comer" y "la carencia de alimentos" motiva
la diferencia en el juicio de los hombres. Algunos hombres capaces de vender
su alma al diablo, al patrón o a la policía o al movimiento
o al sindicato, con el único objeto de asegurarse tres comidas diarias,
en tanto que otros prefieren morir de hambre antes que decir: "¡A
sus muy apreciables órdenes, amo y señor!" En los círculos,
tanto en los más elevados como en los más bajos fondos de
la sociedad, podrán encontrarse siempre tipos semejantes a los que
se hallan en las reuniones de los llamados proletarios. Así, pues,
la cuestión no sólo es ¿qué es cierto después
de todo? Debía ser también ¿qué se entiende
por clase? y ¿qué se entiende por una sociedad sin clases?...
Rosa Blanca estaba ahora mal oliente, sucia, grasienta y cubierta por espesas nubes de humo y vapores fétidos, que hacían a los humanos y a los animales experimentar dolores en los pulmones, semejantes a los que causarían millares de agujas al clavarse en ellos. Y una vez aparecidas nunca más desaparecerían aquellas nubes que caían sobre los campos como una amenaza del cielo. Igual de día que de noche, el mundo entero parecía aplastado por un ruido que despedazaba los nervios y en que se mezclaban chirridos, truenos, martillazos, choque de metales pesados, rugir de máquinas y roces de cables que se enredaban en tambores y carretes a espantosa velocidad; silbatos sirenas ruedas de tractores corriendo por caminos pedregosos; todo esto incesantemente. El cuerpo torturado de Rosa Blanca era perforado sin piedad, sin descanso. Allí la noche no existía. En cuanto el día se ocultaba en un breve crepúsculo, todo el campo era inundado por la luz de las lámparas, porque se trabajaba de día y de noche, sin exceptuar domingos y días festivos. Morían perforadores aplastados por tambores y carretes que caían sobre sus cabezas, porque la extracción se había precipitado sin que se hubiera dispuesto del tiempo suficiente para asegurar andamios y plataformas. Los operarios de equipo eran aplastados por martillos de vapor que caían inesperadamente de andamios descuidadamente fijados sobre soportes en los que no podían atornillarse convenientemente. Los peones sucumbían bajo el peso de montañas de tubos que se colocaban para tenerlos a mano rápidamente y que, al derrumbarse, alcanzaban a todos los que tenían el infortunio de encontrarse cerca, matándolos o invalidándolos para el resto de sus días. Aquellos que salían con vida, aunque inválidos o heridos, eran llevados rápidamente al hospital del poblado más cercano. La empresa pagaba por todos los accidentes ocurridos en el campo. Así, las viudas y los huérfanos recibían una mediana compensación por las pérdidas sufridas, prácticamente en todos los casos aquellos que cobraban la indemnización consideraban que ellas bien valían la pena y cesaban de llorar. Las viudas pronto conseguían otros hombres y olvidaban hasta el nombre del perdido. Cualquier hombre con un trabajo arriesgado constituía una mina para la mujer. Había cientos de hombres que esperaban formando línea su oportunidad de ser tragados por el monstruo humeante, hórrido y fétido. La perforadora bajaba y subía, bajaba y subía, bajaba y subía; tronaba y bombeaba, bajaba y subía, tronaba y bombeaba, chi-rrr-i-a-ba. Y ... ¡maldito cable, hijo de una... !, ¡otra vez se ha enredado y el diablo sabe cómo lo desenredaremos! Diez minutos más perdidos en enderezarlo. ¿Quién diablos volvió a dejar que se enredara? El constante perforar de la barrena era interrumpido solamente cuando se sacaba la tierra para dar lugar a perforaciones más profundas en el esqueleto de Rosa Blanca. Los compadres cargaban pesados tubos de acero sobre los hombros y
así marchaban en fila, como esclavos con cadenas alrededor del cuello,
arrastrados hacia el trabajo o hacia el mercado. En el cuadro no faltaban
ni los cuidadores, ni esos tipos bien llamados capataces. Allí iban
vigilando la larga línea de esclavos que transportaban los tubos
sobre sus hombros y a quienes gritaban para que se dieran prisa. Llevaban
pistolas y pequeños látigos en los cinturones. La circunstancia
que ponía de manifiesto que los hechos tenían lugar en la
primera mitad del siglo XX era que los capataces no hacían uso de
sus látigos, por lo menos en contra de los trabajadores que llevaban
tubos sobre los hombros. Sin embargo, el hecho de que se les permitiera
llevar pistolas cargadas y látigos, ponía de manifiesto la
condición social en que vivían los peones en la primera mitad
del siglo XX y después de que la República había sufrido
una revolución ganada bajo la divisa de: "¡Abajo los amos
y los capataces!"
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