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El visitante nocturno. B. Traven. Fondo de
cultura económica.
Escritor de enigmática y azarosa vida, B. Traven es conocido
sobre todo por la adaptación que John Houston
hizo de su novela "El Tesoro de Sierra Madre". Olvidado durante
algunos años, el Fondo de Cultura Económica ha editado algunos
de sus textos, entre los cuales se encuentra este "Visitante Nocturno".
Este libro es producto de una larga convivencia con los indios de la Huasteca,
y bajo la forma de dos nouvelles revela extrañas
experiencias en donde el autor, usando recursos propios de la literatura
fantástica y del absurdo, y con una prosa minimalista, destila una
sabiduría especial, propia de hombres que han vivido toda una vida
en el límite. Este no es un libro de viajes de un gringo por una
república bananera. Es un fragmento de las experiencias de un hombre
que se las pasó huyendo toda su vida, nunca reveló su nombre
verdadero, y murió en un lugar desconocido, huyendo de la persecución
de los periodistas, en una actitud que recuerda mucho a la de un J. D.
Salinger, por ejemplo. "El Visitante Nocturno" es una estupenda introducción
a este escritor olvidado durante años, pero que al parecer ha regresado
para quedarse. (Carlos Torres).
Capítulo 2
No obstante todo esto, había días en que lo encontraba
vivaz, ágil y activo, hablando con gusto de las cosas comunes y
corrientes acaecidas en su rancho, tales como que uno de los hombres que
trabajaban para él, había golpeado brutalmente a su mujer.
En cierta ocasión en la que le encontré de buen humor
y con deseos de hablar, le pregunté:
-Dígame “doc”, ¿ha escrito usted alguna vez un libro?
-¿Yo?… ¿Un libro?… ¿Acerca de qué?
-Bien, pues un libro acerca de lo que usted ha visto, experimentado
y pensado aquí, sobre lo que la vasta selva le ha dicho y sobre
sus impresiones acerca de esta vida solitaria y recluida.
-Si, he escrito un libro. De hecho he escrito varios libros.
-¿Y publicado?
-No, jamás ofrecí alguno a los editores. ¿Por
qué habría de hacerlo? No me importa lo que digan o piensen
las gentes que se dicen bibliófilas ¿Por qué he de
poner mis libros en sus manos? Ellos tienen libros magníficos que
nunca han leído ¿para qué darles más?
- Usted podría hacer publicar sus libros simplemente para ganar
dinero.
- ¿Dinero? ¿Dinero por mis libros? ¡No! Además,
yo tengo suficiente dinero para vivir del modo como vivo. ¿para
qué he de querer más? ¡Para qué, dígame!
- Está bien. Comprendo que en su forma de vida, no necesite
dinero. Pero podría hacerse famoso.
-¿Famoso dijo usted? No sea ingenuo, Gales. ¿Fama? ¿Y
qué es la fama después de todo? ¡Una molestia! ¡Sí!
Del cielo al infierno. Como lo oye. Hoy soy famoso. Mi nombre aparece en
todos los periódicos del mundo, en primera plana. Mañana
quizá ni cincuenta personas sabrán escribir mi nombre correctamente.
Y pasado mañana, puedo morirme de hambre y a nadie le interesa.
Eso es lo que llaman fama. Usted no debería usar esa palabra, Gales.
¡Usted no! Claro, existe otra clase de fama –gloria- la que llega
después de muerto, ya cuando nadie sabe en dónde se están
blanqueando sus huesos. Y ésa ya ¿de qué le sirve?
No, Gales, fama es una palabra que a mi no me gusta. Es sinónimo
de basura.
-Perdón, doctor, olvidémoslo. De todos modos yo creo
que un buen libro –el tipo de libro que usted escribiría- es siempre
beneficioso para la clase de lectores que aprecian un buen libro.
-Siempre y cuando dicho libro llegara a manos y fuera leído
por los lectores para quienes fue dirigido. Pero eso sucede muy rara vez
por desgracia.
“Además, las gentes no comprenderían mis libros, pensarían
que mi deseo era hacerles simples relatos cuando en realidad les daría
ideas que obligarían a trabajar su perezoso cerebro. ¿Y por
qué he de molestar así a las gentes con mis pensamientos?
Cuando escribí mis libros fui feliz. No habría lector alguno
de mis libros que pudiera experimentar una dicha mayor que la mía
propia al escribirlos y leerlos como si se trataran de la obra de alguna
otra persona.
-Entonces, doctor, ¿usted tiene un alto concepto de los libros?
-Ah, desde luego. Los libros son los pilares del mundo. En mi opinión,
un libro es lo más grandioso que existe. Ningún dios, sólo
el hombre puede hacer un libro. Se nos ha enseñado que Dios hizo
el mundo y todo lo que está hecho dentro y fuera de él. Muy
bien. Pero si el hombre no hubiera inventado esta historia, contado, divulgado,
escrito y distribuido en millones de copias, nadie sabría nada de
esto. No sabríamos que existe un cielo con ángeles y un infierno
con diablos. No sabríamos nada de un árbol con manzanas y
de hojas de parra. No estaríamos enterados de que fuimos concebidos
en pecado y que nacimos en pecado; pero que el peor pecado es no creer
en Dios. Sin esta historia inventada por el hombre y dicha por el hombre
para asustar y dominar a otros hombres, no sabríamos que existe
un Dios creado por el hombre.
“Ciertamente, ningún otro libro ha sido causa de tantos sufrimientos,
de tantas crueldades y bestialidades como este libro escrito por el hombre,
ni ha hecho derramar tantos ríos de lágrimas humanas como
este libro lleno de contradicciones e ideas perversas.
-Bien, ahora empiezo a comprender por qué otro libro, El Capital,
ha tenido el poder de dividir a la humanidad en dos campos hostiles el
uno hacia otro, como es el agua hacia el fuego. Creo, doctor, que usted
podría escribir un libro que tuviera la misma influencia en el pensamiento
del hombre como han tenido la Biblia, El Corán y El Capital.
- Si yo pudiera escribir un libro que influenciara tan tremendamente
las mentes humanas, ni lo intentaría siquiera. No soy ningún
reformador, jamás he intentado serlo. Yo sólo aspiro a vivir
mi vida en paz, disfrutar de la vida mientras ésta me dure y escribir
libros para satisfacción propia.
- ¿Y qué ha hecho usted con los libros que ha escrito?
-Después de leerlos varias veces cada uno, de revisarlos y corregirlos
hasta comprobar su perfección, los he destruido.
-¿Qué? ¿Pero qué cosa ha hecho usted? ¿Ha
destruido obras que consideraba perfectas?
-Eso es exactamente lo que he hecho. Suponga usted que algún
día, después de mi muerte, alguien encontrara los manuscritos
y los publicara. Entonces yo regresaría a este mundo , pues estaría
viviendo en las palabras de mis obras. Pero el caso es que una vez que
haya partido de esta tierra no deseo regresar ni en otra envoltura humana
o animal, ni bajo la apariencia de un fantasma ni en ninguna otra forma.
-¡Qué lástima que usted haya destruido esos libros!
Si por lo menos a mí me hubiera sido dada la gran oportunidad
de leerlos antes de que usted los destruyera.
-Si los tuviera todavía , no dejaría que usted los leyera.
No me habría gustado. Mi querido Gales, usted no sabe la felicidad
que un hombre experimenta cuando destruye algo que considera perfecto.
La dicha de destruir mis libros sólo es comparable a la de escribirlos
y leerlos. Precisamente el mal de los humanos consiste en que no destruyen
lo bastante, dando con este acto cabida a cosas y sistemas absolutamente
nuevos y quizá infinitamente superiores a los destruidos. Al final
de cada guerra catastróficamente destructiva, surgen nuevos inventos
y nuevas ideas se ponen en práctica, cosas ambas que tal vez quedarían
ignoradas para la raza humana durante períodos larguísimos
, si la guerra destructora no abriera nuevos espacios para ellas. Sin las
últimas dos guerras no existiría la Rusia Soviética,
ni la radio, ni la televisión, ni las películas parlantes,
ni la perfección alcanzada por la aeronáutica, ni los grandes
adelantos en la conquista por el espacio, ni los grandes descubrimientos
que en los terrenos de la medicina, la cirugía y otras ciencias
se han logrado.
-Que gran verdad encierra todo eso que usted dice.
-¡Claro que sí! ¿Ha destruido usted alguna vez
algo que consideraba perfecto? ¿O algo que usted amaba intensamente
o admiraba?
-No, “doc”, no que yo sepa; por lo menos, voluntariamente no. –Sentí
que un frío intenso me recorría la espina.
-Si no lo ha hecho, pruébelo una y otra vez. Si es usted la
persona adecuada para hecho semejante, ya sabrá la inmensa satisfacción
que se experimenta y la felicidad que ello habrá de proporcionarle.
Cada vez que lo haga se sentirá renacer. Frecuentemente me doy a
pensar cuán diferentes serían nuestras artes, nuestras técnicas,
nuestros pensamientos, si todo lo hecho por el hombre , digamos hasta el
siglo XVII, hubiera sido destruido por una gran catástrofe; destruido
en forma tan absoluta que ningún humano pudiera recordar el aspecto
que tenía una rueda de una carreta o si la Venus de Milo, había
sido una pintura, un poema o la quilla de un barco, y si las democracias
o las monarquías habían sido nombres de comestibles o campanas
de algún templo. Si quiere saber mi opinión, le diré
que tengo el convencimiento de que el mundo sería un lugar cien
veces mejor si los hombres de vez en cuando, tuvieran oportunidad
de apartarse de la historia y de las tradiciones y perder la memoria de
cuanto se relacionara con el pasado.
El visitante nocturno
B. Traven
Cap. 2.
Pag.15 a 19.
Editorial Diana
1ª edición 1967.
México, D.F.
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