La rebelión de los colgados
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Extractos de la novela "La Rebelión de los Colgados"



Dudas, sugerencias, comentarios serán bienvenidos en este correo: jhbadbad@yahoo.com

Los siguientes fragmentos los seleccioné de la novela "La Rebelión de los colgados".
No tienen desperdicio.
Los indios no ignoraban que la vida en la finca les sería menos dura; pero preferían quedarse en su tierra árida, seca (...), y vivir su vida precaria, con la agonía constante de ver destruidas sus cosechas, a perder la libertad, aun cuando a cambio de su servidumbre se les hubiera ofrecido el Edén. Preferían morir de hambre libres, independientes, a engordar bajo las órdenes de un amo. Si se les hubiese preguntado el porqué de su elección, habrían contestado lo mismo que la vieja negra de Luisiana, esclava en su juventud, antes de la guerra de secesión. Entonces eran sus amos quienes debían de preocuparse por su existencia; ella comía tanto como quería. Ahora vivía en una choza miserable y lavaba la ropa de sus vecinos para poder vivir, sin saber jamás si podría comer al día siguiente, si se vería obligada a robar para vivir y si la meterían en la cárcel. Un día en que le preguntaron: "Pero vamos a ver, vieja, ¿es que no vivías mejor cuando eras esclava?", contestó: "Sí, antes vivía mejor; pero ahora soy feliz, porque no es el estómago lo único que hace feliz al hombre."



No debía culparse a los rebeldes por sus ideas de muerte y destrucción. Jamás se les había dado libertad de expresión y toda posibilidad de comunicación y de consulta les había sido negada. Nunca nadie se había aproximado a ellos para hablarles de economía o de política. No había periódico que se atreviera a criticar los actos del dictador, ni a los trabajadores llegaba nunca libro alguno que pudiera darles una idea de cómo mejorar su situación sin recurrir a la destrucción y a la matanza.

Los que no pertenecían al grupo del dictador debían escuchar y callar. Los obreros, los campesinos, las gentes humildes se hallaban privadas de todo derecho y tenían un solo deber: obedecer. La obediencia ciega les era inculcada a fuerza de fuetazos y llegaba a formárseles una segunda naturaleza. En dondequiera que los derechos se encuentren sólo en manos de unos cuantos y las obligaciones pesen sobre la masa a la que no le sea dado ni levantar la voz para criticar, acabará por reinar el caos inevitablemente. 

No era sólo el dictador el que decretaba. Los grandes industriales, los banqueros, los señores feudales, los terratenientes tenían determinados deberes para asegurar la dominación del dictador. Pero esos grandes personajes tenían algunas veces algo que decretar y no lo hacían por sí mismos, sino que obligaban al Caudillo, al dictador, a decretar lo que les venía en gana. De esa manera podían encadenar al pueblo apoyando sus actos en las leyes. De haber decidido por sí mismos, el pueblo se habría enterado de que la única función del Caudillo era llenar los bolsillos de los poderosos, en tanto que dictando al dictador lo que debía decretar, los derechos de éste se decían expedidos en interés del Estado, y era así como muchos patriotas cándidos y sinceros eran engañados.

Si los muchachos hubieran propuesto a los patronos discutir sus diferencias pacíficamente, éstos les habrían dado su respuesta envuelta en plomo, pues el solo hecho de que un asalariado propusiera el examen y la discusión de su situación era considerado ya como un crimen contra el Estado. Y un crimen también era el de permitir a los trabajadores hacer cualquier proposición. El único derecho de los trabajadores era el de trabajar duro y obedecer. Eso era todo. Lo demás era cosa del dictador y de su camarilla, a quienes pertenecía por entero el derecho a mandar y de criticar.

Así pues, no era salvajismo el que impulsaba a los indios al asesinato y al pillaje. Sus hechos no podían ser tomados como hechos de crueldad porque sus adversarios, sus opresores, eran cien veces más salvajes y más crueles cuando de salvaguardar sus intereses se trataba.
 



Los periódicos proclamaban que la viejo no lo tirarían tan fácilmente, pues millares de criaturas favorecidas por él y entusiastas lo impedirían. Esas entusiastas criaturas no defendían al Caudillo, sino a sus frijoles, y cuando de defender los frijoles se trata, el ardor es más grande que cuando se trata de defender a un dictador. Y cuando el dictador busca a sus amigos, encuentra vacíos los rincones que ocupaban sus cantores.

Después de leer los diarios, Martín Trinidad comentó:
- En el fondo, nada de esto nos interesa, nadie se ocupa de nosotros y no hay quien esté de nuestro lado para ayudarnos. Así, pues, para conquistar nuestra tierra y nuestra libertad es necesario que luchemos solos. Si en final de cuentas queda uno de nosotros y ése puede cultivar en paz su tierra, nuestra lucha no habrá sido inútil. Nosotros no hemos venido al mundo para obedecer, para ser sumisos y recibir malos tratos. No, muchachos, nosotros vivimos en la tierra para ser libres; pero si queremos ser libres debemos ganar nuestra libertad todos los días. El que se siente a descansar sobre su libertad de un momento, en menos de una semana se verá privado de ella. Yo sé lo que les digo, camaradas, la libertad puede perderse el mismo día que se celebre su conquista. No piensen que serán libres por el hecho de que su libertad se escriba en letras de molde y sea consagrada por la ley, por la Constitución o por lo que ustedes quieran. Nada se halla establecido eternamente sobre la tierra y solo puede contarse con aquello que se renueva y por lo que se lucha cada día. Nunca depositen su confianza en un jefe, quienquiera que sea, cualesquieran que sean sus promesas y cualquiera que sea el lugar de donde venga. Será libre aquel de ustedes que luche cada día por su libertad y no se la dé a guardar a nadie. Todos seremos libres si verdaderamente tenemos la voluntad de serlo y seremos siervos si permitimos que nos manden. No se preocupen de la libertad de su vecino, empiecen por ocuparse de la suya propia. Y si cada uno de nosotros es libre, entonces todos seremos libres y no habrá más finqueros, ni políticos, ni científicos capaces de enviarnos nuevamente a las monterías.




- ¿Qué hay? -preguntó el General-. ¿Ya se han decidido a venir con nosotros?
- No, camarada, ya no es necesario; ahora tenemos lo que queremos. Ahora tenemos tierra y libertad. El rancho es nuestro.
- ¿Se lo regaló el mayordomo?
- No..., bueno, es decir..., cuando le explicamos a Don Chucho que desde hacía muchos años nosotros cultivábamos el ranchito se puso furioso y comenzó a gritar que él sabía bien lo que ocurría, que los malditos piojosos 
de las monterías nos habían excitado, azuzado, mal aconsejado y que si no cerrábamos el hocico inmediatamente, ya se encargaría él de arreglarnos en cuanto los bandidos de las monterías levantaran el campo.
- Y ustedes, ¿qué contestaron?
- ¡Casi nada! Desde la víspera habíamos afilado los machetes. Cuando nos acercamos a don Chucho él sacó la pistola y disparó. Dejó tendido a Calixto y a Simón e hirió a tres más.
- ¿Entonces es por miedo por lo que han corrido hasta aquí?
- No, amigo. Pensamos bien lo que tú nos dijiste y a estas horas don Chucho, su mujer y sus chamacos son difuntos. Además, cogimos su pistola y su fusil porque pueden hacernos falta. En cuanto a su casa, no la queremos está llena de ratas. En estas condiciones camarada jefecito, te darás cuenta de que no tenemos necesidad de partir con ustedes, ya que lo que ahora tenemos es todo cuanto deseamos, nada más. Si se quieren quedar aquí en el rancho pueden hacerlo porque ya no hay ni capataces ni patronos. 
- No, amigos, gracias. Nosotros nos vamos y ustedes se quedarán para repartirse la tierra y trabajarla tranquilamente. Pero dígame: si los rurales llegaran ahora mismo y les preguntaran por el mayordomo, ¿qué responderían ustedes?
- Les diríamos que don Chucho y doña Amalia habían corrido asustados a refugiarse en la selva, y si nuestra afirmación no resultara de su gusto, volveríamos inmediatamente a afilar los machetes y podríamos hacer uso además de la pistola y el fusil que ahora tenemos; pero tú sabes, jefecito, que los rurales no llegarán hasta acá porque ustedes acabarán con ellos y con los federales en el camino. Ahora regresaremos, porque los muchachos han matado un cerdo muy grande que doña Amalia había engordado y a estas horas ya deben estar listos los chicharrones. Lástima que no podamos convidarlos, son ustedes tantos que no alcanzaría. Adiós, amigo capitán; adiós todos y muchas gracias. ¡Que la suerte los acompañe!

El Profesor llamó a Andrés y le dijo:
- ¿Te has dado cuenta, Andresillo? Es a esto a lo que llaman revolución práctica.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Pues, sencillamente, que el instinto de posesión, que la idea de propiedad, se hallan ahora más hondamente arraigados en estos ranchos que antes. Sólo el nombre del propietario ha cambiado, y te aseguro, hermano, que mañana o pasado mañana los nuevos dueños se darán de machetazos a causa de la propiedad y se matarán unos a otros hasta que sólo quede uno, si es que se puede, para gozar de la propiedad. El que quede será el que se haya hecho con la pistola. Ese será el nuevo dueño, y si alguno otro logra quedarse con la escopeta, ése será el mayordomo. En cuanto a los que por azar solo conserven la vida, serán los nuevos peones. 
- Entonces, ¿la revolución habrá sido inútil?
- Para estas gentes, sí. La cosa les ha sido muy fácil y la han logrado prontamente. Las facilidades y la rapidez no son buenas para los revolucionarios. Los campos y los cerdos habrán cambiado de manos, pero las ideas serán las mismas sobre las que se apoya todo el sistema, que desgraciadamente ha quedado intacto. Ayer el amo se llamaba don Chucho, mañana se llamará Florencio y después Eusebio o Fulano; pero los amos continuarán en sus puestos, porque aquí todo sigue igual. Ellos no tuvieron ni una sombra de reconocimiento para nosotros, que les dimos la idea. Ellos te dejarán reventar de hambre y a mí también, antes que dejarse privar de un pedazo de chicharrón.
Andrés intenta defender a los peones diciendo: 
- ¿Pero cómo querías que supieran lo que debían hacer si nadie se lo explicaba?
- Los revolucionarios que necesitan les expliquen los motivos por los que han de rebelarse son todo menos revolucionarios. La verdadera revolución, la que es capaz de cambiar los sistemas, se encuentra en el corazón de los verdaderos revolucionarios. El revolucionario sincero nunca piensa en el beneficio personal que la rebelión le reportará. Él sólo quiere derribar el sistema social bajo el que sufre y ve sufrir a los demás. Y por destruirlo y ver realizadas las ideas que considera justas se sacrifica y muere.




 
 
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