| Los indios no ignoraban que la vida en la finca les sería
menos dura; pero preferían quedarse en su tierra árida, seca
(...), y vivir su vida precaria, con la agonía constante de ver
destruidas sus cosechas, a perder la libertad, aun cuando a cambio de su
servidumbre se les hubiera ofrecido el Edén. Preferían morir
de hambre libres, independientes, a engordar bajo las órdenes de
un amo. Si se les hubiese preguntado el porqué de su elección,
habrían contestado lo mismo que la vieja negra de Luisiana, esclava
en su juventud, antes de la guerra de secesión. Entonces eran sus
amos quienes debían de preocuparse por su existencia; ella comía
tanto como quería. Ahora vivía en una choza miserable y lavaba
la ropa de sus vecinos para poder vivir, sin saber jamás si podría
comer al día siguiente, si se vería obligada a robar para
vivir y si la meterían en la cárcel. Un día en que
le preguntaron: "Pero vamos a ver, vieja, ¿es que no vivías
mejor cuando eras esclava?", contestó: "Sí, antes vivía
mejor; pero ahora soy feliz, porque no es el estómago lo único
que hace feliz al hombre."
No debía culparse a los rebeldes por sus ideas de muerte y destrucción. Jamás se les había dado libertad de expresión y toda posibilidad de comunicación y de consulta les había sido negada. Nunca nadie se había aproximado a ellos para hablarles de economía o de política. No había periódico que se atreviera a criticar los actos del dictador, ni a los trabajadores llegaba nunca libro alguno que pudiera darles una idea de cómo mejorar su situación sin recurrir a la destrucción y a la matanza. Los que no pertenecían al grupo del dictador debían escuchar y callar. Los obreros, los campesinos, las gentes humildes se hallaban privadas de todo derecho y tenían un solo deber: obedecer. La obediencia ciega les era inculcada a fuerza de fuetazos y llegaba a formárseles una segunda naturaleza. En dondequiera que los derechos se encuentren sólo en manos de unos cuantos y las obligaciones pesen sobre la masa a la que no le sea dado ni levantar la voz para criticar, acabará por reinar el caos inevitablemente. No era sólo el dictador el que decretaba. Los grandes industriales, los banqueros, los señores feudales, los terratenientes tenían determinados deberes para asegurar la dominación del dictador. Pero esos grandes personajes tenían algunas veces algo que decretar y no lo hacían por sí mismos, sino que obligaban al Caudillo, al dictador, a decretar lo que les venía en gana. De esa manera podían encadenar al pueblo apoyando sus actos en las leyes. De haber decidido por sí mismos, el pueblo se habría enterado de que la única función del Caudillo era llenar los bolsillos de los poderosos, en tanto que dictando al dictador lo que debía decretar, los derechos de éste se decían expedidos en interés del Estado, y era así como muchos patriotas cándidos y sinceros eran engañados. Si los muchachos hubieran propuesto a los patronos discutir sus diferencias pacíficamente, éstos les habrían dado su respuesta envuelta en plomo, pues el solo hecho de que un asalariado propusiera el examen y la discusión de su situación era considerado ya como un crimen contra el Estado. Y un crimen también era el de permitir a los trabajadores hacer cualquier proposición. El único derecho de los trabajadores era el de trabajar duro y obedecer. Eso era todo. Lo demás era cosa del dictador y de su camarilla, a quienes pertenecía por entero el derecho a mandar y de criticar. Así pues, no era salvajismo el que impulsaba a los indios
al asesinato y al pillaje. Sus hechos no podían ser tomados como
hechos de crueldad porque sus adversarios, sus opresores, eran cien veces
más salvajes y más crueles cuando de salvaguardar sus intereses
se trataba.
Los periódicos proclamaban que la viejo no lo tirarían tan fácilmente, pues millares de criaturas favorecidas por él y entusiastas lo impedirían. Esas entusiastas criaturas no defendían al Caudillo, sino a sus frijoles, y cuando de defender los frijoles se trata, el ardor es más grande que cuando se trata de defender a un dictador. Y cuando el dictador busca a sus amigos, encuentra vacíos los rincones que ocupaban sus cantores. Después de leer los diarios, Martín Trinidad comentó:
- ¿Qué hay? -preguntó el General-. ¿Ya se han decidido a venir con nosotros? - No, camarada, ya no es necesario; ahora tenemos lo que queremos. Ahora tenemos tierra y libertad. El rancho es nuestro. - ¿Se lo regaló el mayordomo? - No..., bueno, es decir..., cuando le explicamos a Don Chucho que desde hacía muchos años nosotros cultivábamos el ranchito se puso furioso y comenzó a gritar que él sabía bien lo que ocurría, que los malditos piojosos de las monterías nos habían excitado, azuzado, mal aconsejado y que si no cerrábamos el hocico inmediatamente, ya se encargaría él de arreglarnos en cuanto los bandidos de las monterías levantaran el campo. - Y ustedes, ¿qué contestaron? - ¡Casi nada! Desde la víspera habíamos afilado los machetes. Cuando nos acercamos a don Chucho él sacó la pistola y disparó. Dejó tendido a Calixto y a Simón e hirió a tres más. - ¿Entonces es por miedo por lo que han corrido hasta aquí? - No, amigo. Pensamos bien lo que tú nos dijiste y a estas horas don Chucho, su mujer y sus chamacos son difuntos. Además, cogimos su pistola y su fusil porque pueden hacernos falta. En cuanto a su casa, no la queremos está llena de ratas. En estas condiciones camarada jefecito, te darás cuenta de que no tenemos necesidad de partir con ustedes, ya que lo que ahora tenemos es todo cuanto deseamos, nada más. Si se quieren quedar aquí en el rancho pueden hacerlo porque ya no hay ni capataces ni patronos. - No, amigos, gracias. Nosotros nos vamos y ustedes se quedarán para repartirse la tierra y trabajarla tranquilamente. Pero dígame: si los rurales llegaran ahora mismo y les preguntaran por el mayordomo, ¿qué responderían ustedes? - Les diríamos que don Chucho y doña Amalia habían corrido asustados a refugiarse en la selva, y si nuestra afirmación no resultara de su gusto, volveríamos inmediatamente a afilar los machetes y podríamos hacer uso además de la pistola y el fusil que ahora tenemos; pero tú sabes, jefecito, que los rurales no llegarán hasta acá porque ustedes acabarán con ellos y con los federales en el camino. Ahora regresaremos, porque los muchachos han matado un cerdo muy grande que doña Amalia había engordado y a estas horas ya deben estar listos los chicharrones. Lástima que no podamos convidarlos, son ustedes tantos que no alcanzaría. Adiós, amigo capitán; adiós todos y muchas gracias. ¡Que la suerte los acompañe! El Profesor llamó a Andrés y le dijo:
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