| El fabricante, el capitalista, el gran terrateniente, se oponen
por principio a la cultura del proletariado. Ellos sienten, con razón,
que un proletario culto constituye un peligro para su posición de
privilegiados. Pero la vida económica ha llegado a ser tan compleja,
que un fabricante cuyos trabajadores sean incultos no puede competir con
otro que cuente con gente inteligente y alerta. Un trabajador del acero
que no sabe qué transmisor usar para producir un filamento de diez
vueltas por centímetro, no puede ser útil para un fabricante
en la actualidad. Debido a la maquinaria que un artesano tiene que manejar
ahora, si no le es posible leer de un vistazo las indicaciones impresas
en todas las manijas, las ruedas, los rodillos, puede ocasionar al fabricante
una pérdida de diez mil dólares en dos segundos. Un trabajador
incapaz de leer un diagrama y de trabajar de acuerdo a él, resulta
inútil. En nuestros días, si un capitalista desea continuar
siéndolo, debe ayudar al gobierno y hasta facilitar el camino para
la educación de los niños que algún día necesitará
para el manejo de sus máquinas; debe ayudar a que esos niños
reciban una educación que hace cien años muy pocos de los
hijos de los fabricantes recibían. Esto va en contra de sus convicciones,
pero no le queda otro remedio. Es una verdad de ahora que tomará
mayores proporciones en el futuro. No es el país más culto
en su capa superior, sino el país cuya base es más culta,
el que ocupa el primer lugar y decide sobre el valor del dólar.
Los bueyes, veteranos del camino, lo conocían palmo a palmo, tan bien como los carreteros, cosa natural, ya que eternamente llevaban los ojos y la nariz pegados al suelo. Y los bueyes experimentados no son tan estúpidos como pudiera creerse por la forma despectiva en que la gente emplea el término "buey". Su paso es lento, pero es el mismo siempre, ya sea que la carreta arribe a su destino al día siguiente o una semana después de su partida. Hay tiempo suficiente, y ellos lo toman tanto para trabajar como para pastar. Tal vez saben que nunca pasarán de ser bueyes, obligados a tirar de una carreta en tanto puedan sostenerse sobre las patas. Aquéllos eran buenos filósofos y sabían que su destino sería el mismo afanándose o no. Aquellos bueyes no eran estúpidos. Conocían el camino
y no daban un paso más allá de lo que sus fuerzas les permitían.
Tampoco se dejaban ir ciegamente; inspeccionaban cada palmo del camino,
y hasta donde la carreta se lo permitía, evitaban todos los baches,
piedras y raíces salientes que podían. No hacían esto
por amor a sus conductores, sino por conveniencia propia. Así su
tarea era menos pesada y podían llegar con mayor rapidez al sitio
de descanso. En esto consistía todo el saber de los bueyes, y con
ello les bastaba, pues no había manera de persuadirlos de que si
trabajaban eficazmente obtendrían el bastón de mariscal y
se tornarían elegantes generales.
Por cuidadosos y ahorrativos que fueran, siempre estaban en deuda con el patrón, porque era el único hombre sobre la tierra que les abría crédito. Todos los artículos que necesitaban, tales como camisas, calzones y sarapes, tenían que comprárselos, porque ningún otro comerciante se los fiaría. Y el amo fijaba los precios a todas las mercancías que les vendía. Los anticipos a cuenta de salarios son deudas, y mientras un carretero está en deuda con su amo no podrá dejar el servicio; si lo intenta, la policía se encargará de aprehenderlo, y los gastos causados por la aprehensión serán cargados a su cuenta. El carretero no es ningún peón esclavizado en una hacienda; él es libre, solamente tiene obligación de pagar a su amo lo que le adeuda y podrá ir a donde le plazca. El mundo entero y cuanto produce es suyo. Nadie le obliga a adquirir deudas, ni la ley ni el Estado; es absolutamente libre para adquirirlas o no. Si él no cuida su libertad, ni su amo, ni el Estado, ni el gobierno serán responsables. Y si no amasa capital suficiente para convertirse en agente, propietario de fábrica o finquero, ello se deberá únicamente a que nunca adquirió el hábito del ahorro. Todos tienen el camino abierto para convertirse en banqueros. Si el proletario no llega a banquero, culpa es de su falta de economía. El sistema capitalista es un mito inventado por los agitadores y los anarquistas para encender la llama de una revolución mundial y poderse echar sobre los banqueros y las perfumadas hijas de los directores de Banco. Ahorra, proletario, y podrás adquirir el primer Banco que te encuentres a la vuelta de la esquina, sin causar trastornos con una revolución mundial.
Nunca cambiaría el estado de cosas a través de la acción ordenada y digna de admiración; el único camino a seguir es la agitación y el rompimiento de todo orden. En el último escalón de la iglesia estaba sentado Luis. También era carretero, pero trabajaba para otro patrón. Era indígena como Andrés, pero no procedía de una finca, sino del pueblo de Yalanchen, situado al oeste de Balún Canán. Luis saboreaba unas enchiladas que había comprado y que se encontraban calientes todavía. La grasa corría por sus dedos y de tiempo en tiempo cambiaba de mano la enchilada para poder chupárselos. Hacía mucho tiempo que Luis y Andrés se conocían. A menudo viajaban en la misma caravana. Entre los carreteros se habían establecido una especie de hermandad. Continuamente se encontraban camino de la estación o de regreso al pueblo. Cuando ninguno de sus amos se hallaba presente, se ayudaban entre sí a reparar las ruedas rotas, a desatascar las carretas del lodo y a remediar o evitar todo aquello que constituía una amenaza de retardo y la consiguiente pérdida de salario. - ¿Estuviste en la iglesia? -preguntó Luis con la boca
llena.
Nadie aventaja a la Iglesia cuando de anunciar se trata. Reproducidas en millares, pueden leerse en las alcancías de "los pobres" las siguientes frases: "Cada centavito que des, te será devuelto en oro en el cielo". Si un banquero pusiera semejante aviso en las ventanillas de su Banco sería consignado inmediatamente por estafa, y el juez le pediría pruebas positivas de que podía respaldar su dicho y que el cielo a que se refería existía. A la Iglesia no se le piden pruebas; todos sus dichos están
respaldados por la fe, y aquel que se atreva a rebatirlos será considerado
como blasfemo.
Pero la Iglesia roba y sigue robando, sin importarle que aquellos sobre quienes ejerce su rapiña, prometiéndoles en cambio un día de gloria, carezcan de lo indispensable para un día de gloria, carezcan de lo indispensable para un día de vida. A la Iglesia no le interesa que el número de miserables crezca gracias a sus enseñanzas y a sus promesas de eterno goce en el más allá y que la pobreza se extienda como la peste. Pues mientras más hambrientos haya en el mundo, mayores ganancias obtendrán aquellos que saben explotar la miseria y enriquecerse con el trabajo ajeno. La barriga vacía y la camisa desgarrada hacen al deseoso proletario que ni chille, ni clamoree, ni despierte, porque su estómago clama y su carne pide a gritos calor y abrigo. Pero la Iglesia prospera y con ella todos aquellos cuya regla es "velar por la religiosidad del pueblo, porque la religión es nuestro mejor guardián". El proletario que no cierre los ojos puede enterarse de lo que en el mundo ocurre; pero no ve, y como no puede saber lo que ocurre en el paraíso, puede muy bien ocurrir que cuando llegue a él se encuentre sentadas en los lugares de preferencia a las mismas gentes a quienes viera aprovecharse de lo mejor de la vida terrena, ya que estas no se dejan desplazar fácilmente, toman, lo mejor, ya sea del cielo o de la tierra, y nunca ocupan el segundo lugar. Y si el ojo de la aguja es demasiado estrecho para dar paso al camello, ellos lo ensanchan y asunto arreglado. Solo aquello que realmente posees, proletario, es tuyo: solo ello puede proporcionarte goce. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Si aprendes a aprovecharte en la tierra y a tomar lo que te corresponde, harás una buena práctica para obrar en igual forma en el más allá. Enciende velas en tu propia casa y goza de su luz, si te da la gana
de gastar tu dinero en velas. Cree en quienes con mayor experiencia que
tú digan: "Si tú rehúsas a la Iglesia tus cobres,
tu devoción y tu creencia en su autoridad, los humildes servidores
de Dios tendrán que bajar como tú a las minas de carbón,
y cuando se vean a tu lado compartiendo contigo los peligros de las galerías,
sabrán lo que valen despojados de sus vestiduras talares, de los
brocados recamados de oro y de joyas que cuelgan de sus hombros. Y cuando
los veas agacharse contigo sobre la tierra húmeda, con la cara cubierta
por una capa de sudor y polvo, raspando su bazofia de tu misma lata; cuando,
como tú, se vean asolados por la lluvia y las corrientes lacerantes
y amenazados por los aludes de rocas, entonces déjalos que te cuenten
historias del paraíso. Ya verás cómo te las relatan
en forma bien distinta y cómo repentinamente se convierten en revolucionarios,
con mayor rapidez y en mejor forma que lo que tú puedes lograr en
tanto esperes en los goces del paraíso, en vez de tomar aquí
y allá los bienes a que tu trabajo te da derecho".
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