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El grito de guerra de los hombres que se habían levantado en armas parecía claro e inequívoco cuando lo lanzaban a los cuatro vientos con la fuerza de su entusiasmo. Sin embargo, habrían enmudecido si alguien les hubiera preguntado qué cosa era esa tierra y esa libertad que se habían propuesto obtener. Cada uno llevaba dentro de sí su personal idea de lo que significaban los conceptos de tierra y libertad. Para cada cual, tierra y libertad expresaban algo distinto, de acuerdo con sus anhelos, preocupaciones, circunstancias y esperanzas. Muchos de ellos, vendidos a los poderosos terratenientes por deudas ya propias o de sus padres, o bien a causa de multas policíacas o judiciales, poseían en su pueblo un pedacito de tierra que amaban y que no habrían cambiado por ninguna otra que pudieran conquistar, aunque fuera mejor y más rica. Para esas gentes su grito de guerra carecía aparentemente de sentido, porque ya poseían tierra. Pero lo que les faltaba para cultivarla y para gozar en paz los frutos de su trabajo era la libertad. Y les faltaba libertad frente a miles de corrompidos empleados públicos -funcionarios y subalternos-, aleccionados por la dictadura para su conservación y protección y a quienes había que cebar para que no se convirtieran en peligro para el dictador. Ningún juez los condenaba. Cuando sus acciones llegaban al colmo de la injusticia, los disculpaban diciendo que habían obrado impulsados por un celo excesivo al servicio del bien público y por devoción al Viejo. Todos aquellos que lograran liberarse de esos parásitos podrían decir con razón que ya sabían lo que era la libertad. Para otros, "Tierra y Libertad" significaba la posibilidad de volver al lado de sus padres, sus mujeres, sus hijos, sus novias, sus amigos y parientes; o bien la oportunidad de volver a sus pueblos de origen. Y había quienes interpretaban las nociones de tierra y libertad como el simple deseo de poder trabajar donde les gustara, para un patrón que los tratara bien y por un salario que creyeran justo. Para la mayoría de esos trabajadores de las monterías de caoba, el concepto de libertad se condensaba en el deseo simple y llano de que los dejaran en paz, lejos de todo lo que se llamara gobierno, bienestar público, lealtad a sus gobernantes, aumento de la producción, expansión económica, conquista de los mercados, incorporación al conglomerado de la Nación y demás lemas insustanciales y absurdos que se cultivaban bajo la dictadura para ofuscar el cerebro de los gobernados e impedir que miraran hacia donde estaban las raíces de todos sus males. Al exigir a gritos la libertad, esperaban que, cuando la conquistaran, podrían vivir su vida a su propia manera, sin que les molestaran funcionarios de quienes no podían fiarse porque no comprendían ni trataban de comprender sus dificultades y preocupaciones; funcionarios que solo se presentaban una y otra vez con papeles que había que llenar y pagar. Querían, una vez liberados, disfrutar ellos solos de los productos de su duro trabajo, y no volver a permitir que cualquiera los despojase, total o parcialmente, con fines que para ellos carecían de sentido y de valor y que solo servían para proporcionar al dictador más recursos y oportunidades de ocultar la verdad de su gobierno, dando al mismo tiempo la apariencia de una Edad de Oro. Pero por poco claros que en los detalles fueran para los rebeldes
los conceptos de tierra y libertad, instintivamente sabían con toda
precisión lo que querían. Y lo que querían era que
ya no les oprimieran, que no les humillaran ni maltrataran más.
Estaban muy lejos de desear que los dejaran participar en los grandes bienes
culturales de la civilización moderna, tal como lo pide en sus programas
el proletariado industrial de los pueblos avanzados. Ni siquiera hubieran
entendido este deseo, aunque días y semanas se lo hubieran explicado.
No sabían nada de democracia, ni de socialismo u organización
sindical. Y si acaso alguien les hubiera dicho que pidieran una curul en
el parlamento de su estado o en el Congreso de la Nación, lo habrían
tomado por un embaucador interesado en confundirlos, y sin duda le habrían
contestado: "¿Qué parlamento ni qué Congreso? Que
nos dejen en paz, simplemente; esto es lo que queremos, y ustedes, estafadores
sinvergüenzas, lárguense."
El trato indigno, infame y cruel que esos rebeldes y todos los de su clase habían tenido que soportar en los largos años de la dictadura había cambiado totalmente su carácter. A hombres pacíficos -agricultores, taladores, carboneros, alfareros, curtidores, tejedores de sarapes, de sombreros, cestos y petates, cuyo único deseo era poder trabajar sin estorbos, cultivar su tierra, criar su ganado, llevar sus mercancías al mercado libremente, fundar una familia, tener hijos, celebrar de vez en cuando una fiesta y peregrinar una o dos veces al año a las grandes ferias de su estado, para morir algún día, ya viejo, en paz y rodeados de buenos amigos y vecinos- los había convertido la dictadura en hombres salvajes, vengativos, díscolos, eternamente desconfiados, rijosos, hipócritas y adictos al aguardiente. Por esto y solamente por esto aquellos salvajes, una vez iniciada la Revolución, no pensaban sino en destruir todo lo que encontraran a su paso y en matar a cuantos llevaran uniforme, aunque sólo fuera una gorra militar, y a todos aquellos que por su empleo o profesión consideraran sus verdugos y opresores. Los habían tratado como esclavos que solo tenían permiso de abrir la boca para responder a las preguntas que les hacían. Pues ahora se portaban como esclavos, esclavos que de pronto se ven libres de sus cadenas. Bestias con cara de hombres, les habían dado tormento, los habían azotado, humillado, les habían pegado en la cara como se pegan a las bestias en la jeta. Y como bestias se pusieron ahora a devastar el país y a matar a todo aquel que no fuera de su clase. Cuando algún día estuviera destruido y asolado todo lo que el Caudillo había erigido con el sudor del pueblo, con su penuria, su congoja, sus lágrimas -toda aquella Edad de Oro de la República-, entonces, ya satisfecha su venganza, volverían a su lugares nativos, a sus aldeas, rancherías y chozas, para llevar en adelante una vida como la deseaban. Era de prever igualmente que cuando todo hubiera pasado, los tiranos
destronados y sus admiradores, aquí y en cualquier parte de la tierra,
declararían que ya todos podían ver y comprender por qué
el dictador hacía bien en tratar a esos salvajes como los había
tratado, y por qué la dictadura, una dictadura férrea y despiadada,
era el único régimen con que, para su propio bien, se debía
gobernar a un pueblo compuesto de esclavos con mentalidad de esclavos.
¡Abajo la corrosiva democracia! ¡Arriba la dictadura, vital
y rejuvenecedora!
El Profesor dijo a los hombres que estaban parados alrededor
de los pequeños montículos de tierra, sobre los cuales se
habían colocado unas burdas cruces:
Cuando los muchachos habían gritado esta invocación
que el Profesor había pronunciado ante ellos, y guardado
unos segundos de silencio, el Profesor levantó su
mano y dijo, ahora con voz reposada:
Poder tener a su libre disposición gran número de prisioneros harapientos, intimidados y totalmente indefensos, hubiera regocijado el corazón de más de un corazón. Dictadores que solo se sienten seguros y contentos cuando están rodeados de peleles y esclavos. Su felicidad aumenta al contar con el apoyo y los vítores de aduladores serviles, secuaces y parásitos de cuartel, haces humanas que a falta de individualidad y de una chispa siquiera de personalidad, solo pueden sentirse vivos cuando se les permite portar una gorra de uniforme. Estas gorras militares transforman a un cero humano en un semiser, pero tan pronto como este semiser queda sin su gorra militar, se revela tal y como lo que es, un cero distorsionado, torcidamente concebido. Leyendo esta última cita, recuerdo una cita de Bakunin que decía: "Ejercer el poder corrompe, someterse al poder degrada". |