Publicado por Etcétera en noviembre de 1999:
Etcétera
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Bajo el reinado del dictador Porfirio Díaz no quedaban en Méjico ni bandidos ni rebeldes ni salteadores de trenes. Porfirio Díaz había limpiado el país de rebeldes de una manera muy sencilla y de una manera dictatorial: había prohibido a los periódicos que publicaran ni una sola palabra sobre asaltos a mano armada a no ser que se lo pidiera de manera expresa el gobierno. Podía suceder que en un momento dado, a Porfirio Díaz le interesara que se hablara de ataques a trenes y de bandolerismo. Para esto mandaba a un general con tropas al lugar para utilizarlo con el objeto político concreto de mantenerse en el poder. A él se debería el mérito de haber acabado con los bandidos. Lo que conllevaba para este general algunos flecos que podían cifrarse en decenas de miles de dólares. Una vez que el general había solucionado el problema -y embolsado el dinero que los comerciantes de la región debían pagar para financiar la guerra contra los malhechores según las cuentas que les presentaba el mismo general- todo el mundo se hacía eco de que el gran estadista Porfirio Díaz había, una vez más, limpiado con mano dura el país de malhechores y que los capitales extranjeros estaban tan seguros en Méjico como en los mismísimos cofres del Banco de Inglaterra. Algunas decenas de malhechores habían hallado la muerte, muchos de estos "malhechores" no eran otra cosa que simples trabajadores agrícolas que se habían manifestado contra la opresión de los latifundistas. Los periódicos publicaban una lista de unos cincuenta nombres de otros tantos malhechores pasados por las armas para ayudar al general a cobrar su parte. Estos nombres parecían reales. El único inconveniente era que se habían sacado de sepulturas antiguas o simplemente se habían inventado. En aquella época se desaparecía en Méjico de manera más fácil que hoy en día: financieros, directivos o ingenieros de grandes compañías norteamericanas eran secuestrados en las montañas bajo la amenaza de ser cortados a trocitos si no se pagaba en un plazo de seis días el dinero de su rescate. Porfirio Díaz pagaba siempre el rescate con la intención de que la prensa norteamericana no se enterara y para evitar que los capitales extranjeros se asustaran. Además se daba a la persona liberada una suma "arreglada" por el mal rato pasado y para comprar su silencio. Pero Porfirio Díaz no sacaba este dinero de su bolsillo ya que si hubiera actuado de esta manera no hubiera sido digno de la reputación que tenía de administrar el tesoro del Estado con un extraordinario sentido del ahorro. Para esto hacía pagar a las mismas compañías norteamericanas el desembolso que había hecho en provecho de las mismas -o mejor dicho, en beneficio de sus empleados liberados. Vendía a un precio alto, a estas compañías, concesiones particulares o tierras comunitarias que quitaba a los indios. De esta manera hacía dos nuevos amigos partidarios de su dictadura. Uno era esta compañía americana favorecida, otro, el gran terrateniente mejicano para el que la supresión de las tierras comunitarias se traducía en un nuevo contingente de hilotes obligados a trabajar por tres centavos "de sol a sol". Lo que no cuentan los periódicos, no existe. Y más en el extranjero. Esta es la razón por la que un país puede continuar gozando de buena reputación. Todos los dictadores utilizaron la misma receta. Hoy, como entonces, todos los periódicos de Méjico se hallan, sin ninguna excepción, en manos de los conservadores, en manos de los que pertenecen a esta clase que saluda la dictadura de Porfirio Díaz como "la edad de oro de Méjico". Como esta clase empieza ahora a tambalearse en Méjico a causa de los golpes recibidos por parte del proletariado indio o semi-indio, sus periódicos están llenos de historias de malhechores, de rebeldes y de ataques a los trenes; aplaude cualquier despreciable asesino o infame general con tal de que sea capaz de originar problemas al gobierno actual. En el Méjico de hoy, si hacemos caso a estos periódicos, diariamente se halla en peligro la gran libertad de prensa. Sin embargo, bajo la dictadura de Porfirio Díaz no se hablaba nunca de esta amenaza, aunque existiera, para no hablar de los malhechores. Ya que entonces existía la verdadera y justa libertad de prensa, la única que vale la pena, la que está al servicio de la clase capitalista y sólo se tolera si se halla a su servicio. Aunque Porfirio Díaz eliminó todos los malhechores con este método sencillo eficaz, sucedía que pasaban cosas desagradables que amenazaban con derrumbar su impresionante edificio -este edificio tan bonito y racional que ni un Potemkin hubiera sido capaz de construir. Se iba a firmar un nuevo tratado comercial entre Méjico y los Estados Unidos -a no ser que fuera una ampliación del anterior. Ante asuntos de tal envergadura, Porfirio Díaz se consideraba invariablemente como un gran hombre de Estado, persuadido de ser en todo momento el más astuto; pero al final, si se analizaba bien el tratado en cuestión y sus consecuencias, siempre era Méjico el que salía perjudicado. El gobierno de los Estados Unidos envió a uno de sus mejores diplomáticos en materia de comercio; ya que Méjico ha sido considerado por parte de los Americanos como uno de los países más importantes en lo que respecta a las relaciones comerciales con los Estados Unidos. Méjico será para la eternidad -incluso más en el futuro que en el pasado- el país más importante para los Estados Unidos. Más importante que la totalidad de Europa. Porfirio Díaz, con el propósito de dorarle la píldora que le iba a hacer tragar al diplomático del gobierno norteamericano y también para demostrarle el grado de opulencia de Méjico y de sus habitantes -de hecho la clase superior representa sólo un cero cinco por ciento de la población- ricos, cultivados y civilizados, organizó una recepción en honor de su invitado. Pocos hombres han sabido organizar fiestas como Porfirio Díaz. La fiesta que organizó en 1910 para celebrar el "Centenario" de la independencia mejicana se cuenta entre las fiestas públicas más fastuosas que jamás se hayan organizado en el continente americano, o incluso en el planeta. Todo brillaba con un oro destinado a deslumbrar a los visitantes de los países extranjeros. Nunca se ha calculado cuántos millones de dólares costó esta fiesta al pueblo mejicano. Los invitados no podían mirar otra cosa que no fuera esta fachada cubierta de oro. Se habían tomado todas las precauciones, con gran habilidad, para que ningún extranjero se diera cuenta de lo que había escondido detrás: el noventa y cinco por ciento del pueblo mejicano vestía harapos, el noventa y cinco por ciento de la población andaba sin botas ni zapatos, el noventa y cinco por ciento del pueblo sobrevivía a base de tortillas, frijoles, chile, pulca y té hecho con hojas de árboles, más del noventa y cinco por ciento de la gente no sabía leer y aún menos escribir su nombre. ¿En qué lugar semejante fiesta hubiera podido celebrarse en el conjunto del mundo civilizado? ¿En qué quedaban los faustos de un príncipe Potemkin comparados con los de Porfirio Díaz? Era como la música de un pobre músico de pueblo comparada con los cobres ensordecedores de una orquesta. Y el jefe de esta orquesta se hacía colgar de su pecho, para estas ocasiones, tal cantidad de condecoraciones y medallas que sesenta vagones de mercancías no hubieran sido suficientes para transportarlas. Esto sí que era una verdadera edad de oro. Hay que reconocer que Porfirio Díaz era un experto en fiestas: Y la que dio en aquella ocasión en honor de este diplomático norteamericano algunos años antes sólo fue como el aperitivo de la actual explosión ostentatoria. Se desarrolló en Méjico en el castillo de Chapultepec. Este castillo fue prácticamente abandonado después de la Revolución. Muy de vez en cuando se celebra alguna fiesta, ya que el pueblo mejicano tiene otras prioridades que ocuparse de festejos. De hecho, el castillo no es otra cosa que un museo para turistas extranjeros interesados en ver la cama de la emperatriz Carlota y de comprobar si no era demasiado dura para ella. Era también la residencia de verano del emperador de los Aztecas, de quien todavía puede verse el baño, debidamente restaurado. Aunque el castillo es la residencia oficial del presidente de la República mejicana, después de la Revolución raramente pernocta allí. El presidente Calles nunca lo ha utilizado, vive en las proximidades en una casa modesta. Pero durante la época de Porfirio Díaz se llevaba un gran tren de vida y mucho jolgorio en el castillo de Chapultepec. Quería mantener contenta a la aristocracia, poco numerosa pero cómodamente instalada, y darle satisfacciones para mantenerse en el poder, de la misma manera que otros dictadores se hacen apoyar por el Papa cuando los capitalistas comienzan a darse cuenta de que sus negocios peligran y que una dictadura tiene también ciertos inconvenientes. Sólo la crema de la alta sociedad de Méjico fue invitada a la fiesta dada en honor de este diplomático con el fin de reforzar la impresión de elegancia, de civilización, de cultura y de opulencia de los mejicanos. Por doquier resplandecían los uniformes de los generales. En el centro, Porfirio Díaz en persona, cubierto, recargado y lleno de galones y condecoraciones de oro, perecía un mono sabio interpretando el papel principal de una opereta burlesca en el fondo de cualquier fabuloso país de los Balcanes. Las mujeres iban sobrecargadas de joyas, como los expositores que hay en las vitrinas de los joyeros de una de las calles más elegantes de París entre las dos y las seis de la tarde. En resumen, era la sociedad más escogida de la que podía presumir Porfirio Díaz. No era la primera vez que este diplomático norteamericano debía negociar y ratificar un tratado comercial con un país extranjero. Algún tiempo antes había concluido de manera satisfactoria este mismo tipo de tratado entre Inglaterra y su país. Durante esta negociación, sin que ni él ni el gobierno norteamericano se dieran cuenta, Inglaterra se había llevado la mejor parte, como en todos estos negocios. Deseoso de distinguir y honrar a este diplomático norteamericano por el buen trabajo, deseoso de hipnotizarlo durante el tiempo de la firma del tratado y la ratificación por los parlamentos de ambos países, el rey de Inglaterra le recibió en audiencia privada; dado que no podía concederle ningún título nobiliario -no era la manera de seducir a un buen republicano norteamericano- le regaló un reloj de oro cubierto de diamantes, con una aduladora dedicatoria a su gloria y adornado con el monograma de Eduardo VII rey de Inglaterra y emperador de las Indias. El diplomático estaba muy orgulloso de este reloj, como cualquier norteamericano se sentiría orgulloso, como buen republicano, de que un rey le coloque cualquier condecoración en el ojal de su vestido, ya que esto se traduce en una gran noticia para todos los periódicos americanos. Durante la fiesta, el diplomático, de manera absolutamente natural, hizo admirar su reloj a don Porfirio. Este se sintió halagado por el hecho de que el gobierno americano enviara a Méjico un diplomático de tan alto rango, distinguido de tal manera por el rey de Inglaterra, para negociar un nuevo tratado comercial: era la demostración de que se le tenía por alguien muy importante, digno de ser tratado en pie de igualdad con un monarca. Era una manera de atraerse a Porfirio Díaz y hacerlo acomodaticio en todo, rasgo bien conocido por todos los gobiernos extranjeros y sus diplomáticos y del que se aprovechaban sin rubor, para desgracia del pueblo mejicano. Porfirio Díaz no era otra cosa que un advenedizo, como la mayoría de dictadores y un hombre a quien la aristocracia de su país no consideraba como alguien suyo, ya fuera por su origen, su familia, su educación, su fortuna o sus cualidades. La cualidad que tenía más desarrollada era la vanidad. Observando el reloj, pensaba en la manera cómo iba a superar el regalo del rey de Inglaterra, para que todo el mundo oyera hablar de él y llegara dicha noticia a todos lados. El reloj se convirtió, evidentemente, en el punto de mira de todos los generales presentes y objeto de unánime admiración. Una vez finalizada la ceremonia de los saludos y demás formalidades de presentación, se dirigieron hacia el banquete en el que se pronunciaron cuidados discursos relativos a las excelentes relaciones que Méjico mantenía con los Estados Unidos y con el resto de países del mundo y durante los cuales los diplomáticos presentes asintieron fervorosamente dado lo que valoraban esta Edad de Oro de Méjico, y aún más, a aquel que era para ellos su único responsable, o sea don Porfirio. Una vez finalizado el banquete, la atención se dirigió hacia el baile de gala, organizado como se hacía en las recepciones de los ministros plenipotenciarios en París. Don Porfirio despreciaba todo lo mejicano o indio y admiraba todo lo que olía a perfume francés o se parecía a la corte de Viena. Esta admiración, a veces daba como resultado una completa inactividad, véase como ejemplo la ópera de Méjico. Durante una pausa en el baile, el diplomático americano se dio cuenta, de repente, que su precioso reloj no se hallaba donde lo había dejado. Después de haber repasado cuidadosamente todos los bolsillos de su traje, no lo encontró. Un examen más preciso le hizo descubrir que habían cortado muy delicadamente la cadena de oro a la que está unido el reloj, y como descubrieron más tarde los detectives, con la ayuda de unas tijeras de uñas. El diplomático americano tenía suficiente tacto como para saber que no debe provocar ningún incidente por la desaparición de un reloj de oro ordinario durante una fiesta diplomática como aquella. Como mucho se avisa al maestro de ceremonias. Si se recupera el reloj muy bien, y si no, se pasan los gastos al ministerio de Asuntos Exteriores. Son cosas que suceden de manera más habitual de lo que puede imaginar cualquiera que no haya sido invitado nunca a una recepción diplomática; ya que los diplomáticos tienen también, más a menudo de lo que pudiera imaginarse, problemas de dinero que se ven obligados a resolver con métodos algo distintos a los que deberían regir en los bailes diplomáticos. Los diplomáticos son humanos. Y cuando el trabajo consiste en enredar hábilmente al prójimo -y a menudo a todo un pueblo- no es difícil para alguien que es intrigante mirar para sí. Durante las recepciones diplomáticas se pierden suficientes collares de perlas, brazaletes de diamantes y relojes de oro que justifican suficientemente la existencia de "cajas negras" en el ministerio de Asuntos Exteriores. Las mujeres de los diplomáticos no poseen todas el suficiente tacto, ni dinero, ni recursos como para resignarse a la pérdida. Poco les importa la carrera de su marido cuando el collar vale diez mil dólares y amenazan con organizar un escándalo y avisar a la prensa. ¿Qué le queda hacer al Ministerio?
No se le puede suponer a un diplomático americano el mismo tacto que a un diplomático francés, inglés o ruso. El francés vería en ello una ocasión para disertar sobre el arte y la manera de perder uno su reloj y saldría del apuro mediante una respuesta espiritual de una finura y elegancia tales que más bien le serviría en su carrera que lo contrario. Pero hallamos en un medio de principiantes y aprendices de donde proviene el alboroto que estamos narrando. Dicho de otra manera, este diplomático pretendía imponerse en sus círculos gracias al reloj. Sin el reloj no tenía nada que probara que había sido honrado con una audiencia privada por el rey de Inglaterra. Nadie se toma la molestia de guardar todos los periódicos con la finalidad de confirmar esta afirmación. En el club, nadie. Por otro lado es fácil hacerse escribir un artículo laudatorio por un aprendiz en un periódico por dos dólares. El diplomático norteamericano se dirigió directamente a don Porfirio con la arrogancia brutal que caracteriza a su pueblo, y le solicitó una entrevista mediante su secretario que hablaba español. "Disculpe, don Porfirio, le dijo, siento molestarle, pero acaban de robarme en este mismo lugar, en la sala de baile, el reloj que me regaló el rey de Inglaterra." Don Porfirio ni tan siquiera parpadeó, ni se puso a gritar: "¡Es imposible!" o "Usted debe estar equivocado", dado que conocía a sus parroquianos y sabía mejor que nadie que los bandidos, eliminados en los periódicos, no lo habían sido en otras partes. Si hubiera pretendido eliminarlos habría tenido que empezar fusilando a todos sus generales, gobernadores, alcaldes, procuradores y secretarios de Estado. Y si hubiera hecho fusilar a todos los malhechores que había en su reino, no hubiera quedado ni un solo mejicano para gobernar, ya que la clase dominante se veía empujada por su insaciable avaricia y la clase dominada por el hecho de su terrible miseria. Porfirio Díaz se apresuró a contestar: "No se preocupe, Excelencia, se trata evidentemente de sólo una broma. Le doy mi palabra de honor que su reloj estará otra vez entre sus manos en menos de cuarenta y ocho horas." Palabra de honor del presidente. Porfirio Díaz podía, con total tranquilidad dar su palabra de honor ya que, como maestro de todos los malhechores y espabilados , era mejor conocedor que cualquiera de todos sus golpes y trampas. Porfirio Díaz, él mismo genial estafador en todos los negocios que no fueran los del tirón, no tardaría mucho en encontrar el reloj. Acabó despidiéndose del diplomático con todo tipo de palabras corteses, sin citar para nada el incidente. Pero en cuanto no estuvo rodeado más que por sus familiares, don Porfirio se dejó llevar por la cólera negra, una de estas cóleras de las que sólo él era capaz, la cólera de un dictador cuya impostura está a punto de ser descubierta. "El viejo vuelve a tener su crisis" murmuraban los sirvientes asustados, temblando al pensar en lo que les esperaba en cuanto acabara el baile. Eran más temibles los excesos de cólera del dictador que los terremotos. Era más brutal que un viejo gato salvaje enfurecido. De una cosa estaba completamente convencido: de que el autor del robo era y no podía ser otra cosa que mejicano. Y él sabía cómo había que tratar a los mejicanos "espabilados". Si el autor había sido alguien del servicio, era ya demasiado tarde para pensar que la corte de detectives presente en el salón fuera capaz de impedir que saliera del castillo. Si el personal de servicio era el autor del robo, los detectives no servían para nada: el reloj ya habría salido del castillo durante este tiempo. También había podido ser un detective el autor del robo. No se podía estar seguro de que no se apropiaran de algo que se encontraran. Porfirio Díaz había incorporado entre los detectives un gran número de malhechores, autores de tirones, asaltantes de caminos con el convencimiento de que los propios malhechores son mejores perseguidores de ellos mismos que la gente honesta. Era poco probable que se hubieran arrancado los diamantes o que se hubiera sacado el marco para venderlo de manera más fácil, ya que esto le hacía perder gran parte de su valor. Había que prever que limarían la inscripción grabada antes de venderlo. Sin esta inscripción era evidente que perdía todo valor para el diplomático. Don Porfirio hubiera podido encontrar sin ninguna dificultad un reloj de oro con diamantes incrustados si esto hubiera podido convencer al diplomático, pero tal como estaban las cosas de lo que se trataba era de recuperar aquel reloj. La furia que invadió a Don Porfirio no tenía su origen en el temor a no poder solucionar este asunto. Desde su perspectiva esta tarea le era perfectamente asumible. No, lo que le sumergía en esta rabia era otra cosa. Con el robo del reloj era como si hubieran levantado el barniz de su resplandeciente fachada dejando a la vista la miseria cubierta de yeso que constituía la verdad. Por todo el mundo corría la voz de que el gran hombre de Estado Porfirio Díaz había limpiado de manera total y duradera el país de bandidos y malhechores y que, con mano firme, había hecho una limpieza incomparable y nunca vista en ninguna otra parte. Si se hubiera hecho caso a los reportajes de la época parecía como si se pudiera ir de un lado a otro de Méjico con dos sacos llenos de escudos de oro atados a los lados de la silla de montar y llegar al final del viaje con otro saco suplementario a cada lado. Esto era cierto de alguna manera. Un capitalista americano que entrara en Méjico por El Paso con cincuenta mil dólares en cheques podía salir del país seis semanas más tarde llevándose cien mil dólares; el excedente provendría del provecho conseguido durante este breve espacio de tiempo sobre las espaldas del pueblo mejicano con la ayuda de Porfirio Díaz. Pero, hablando claro, era mucho más peligroso viajar por el país en la época de Porfirio Díaz llevando algo de valor o dinero sin protección militar que hoy en día. Y esta misma protección militar se hacía la reflexión de que era más inteligente ponerse bajo la protección del dinero que debía ella misma proteger. De esta manera se enteraba uno rápidamente -cuando el asunto no podía solucionarlo el gobierno a gusto de todos mediante una transacción privada- que el convoy había desaparecido en un pantano o había sido víctima de un corrimiento de tierras. Pero si era posible robar un reloj de oro del bolsillo de un diplomático norteamericano tan importante durante el transcurso de una fiesta dada en su honor en el interior de una sala del castillo de Chapultepec, y si por consiguiente no se podía garantizar la propiedad de un dignatario diplomático durante una fiesta celebrada en su honor en Méjico, entonces se tambaleaba completamente todo el entramado de mentiras en el que se sustentaba la dictadura. Si los malhechores ocupaban puestos tan cercanos al trono del dictador, ¿qué debía ser el resto del país? Bastaba que este suceso apareciera en todas las gacetas americanas para que todo el mundo se diera cuenta de que la mano de acero del gran hombre de Estado llamado Porfirio Díaz no era otra cosa que un decorado de cartón y que los grandes capitalistas extranjeros harían bien en ser muy prudentes antes de invertir en Méjico. El diplomático tenía la palabra de honor del dictador de que no se trataba de otra cosa que de una broma. Por esto no soltó palabra del asunto ante los representantes de la prensa: sólo le quedaba esperar -estaba obligado a ello- a ver de qué manera Porfirio Díaz cumplía su palabra y cómo lo hacía. Este último estaba convencido de que, según las costumbres diplomáticas, el americano no divulgaría nada a la prensa de su país durante el tiempo en que el incidente estuviera bajo la palabra de honor del dictador.
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