Hablando del amor confieso que he seguido siendo un adolescente a todo lo largo de mi vida. Para mí ha sido siempre el amor a las mujeres una limpia adoración, una clara llama levantada sobre el cenagal de mi ser o un gesto implorante elevado a la altura. Comenzando por mi madre y debido a ese confuso sentimiento latente en mi interior, he venerado a ese confuso sentimiento latente en mi interior, he venerado en la mujer como si fuera una raza extraña y bella que nos otorga el don de esa belleza a cambio de una muda contemplación, de una emoción elevada como la que nos produce la visión de las estrellas o de las cumbres, lejanas de nosotros pero mucho más cerca de Dios. La realidad de la vida pudo estorbar esa convicción y el amor proporcionarme más amarguras que satisfacciones, pero las mujeres siguieron inmutables en su alto pedestal. Claro está que para mí se cambiaron los papeles y de sacerdote implorante de un culto que yo mismo había establecido, pasé a ser una especie de tragicómico loco sacrificado en aras de su ideal.Encontraba a Rosi Girtanner casi cada día. Era una muchacha de diecisiete años, bien conformada y muy hermosa. De su rostro delgado y tostado se desprendía un hálito de belleza, semejante al que todavía poseía en ocasiones su madre y que había heredado de su abuela y su bisabuela. Aquella casa vieja y distinguida había tenido, de generación en generación, una larga serie de mujeres silenciosas y distinguidas, discretas y hermosas. Existe en la familia de los Fugger un retrato de muchacha pintado en el siglo XVI por un desconocido maestro y que es uno de los cuadros de más valor que han contemplado mis ojos. Muy parecidas eran las mujeres del apellido Girtanner y también Rosi.
Yo no sabía entonces todo esto y sólo me di cuenta de su silenciosa dignidad y sentí en mí todos los encantos de su ser. Por las noches me sentaba en la obscuridad y cerraba los ojos, tratando de recordar su imagen. Luego los abría bruscamente y así me era dado contemplarla en la obscuridad de la estancia con la imaginación y sentir un dulce estremecimiento en mi alma adolescente. Pero pronto ocurrió que la imagen no respondió fielmente a la evocación y aquellos instantes antes tan dulces se me hicieron dolorosos. Sentí súbitamente lo extraños que éramos el uno al otro. Ni ella me conocía, ni se preocuba de que yo existiera en el mundo. ¿No eran entonces semejantes a un robo espiritual de su ser aquellos bellos sueños que yo acostumbraba evocar en la obscuridad? Y apenas me torturaba con aquel pensamiento cuando ya volvía a aparecer su imagen ante mis ojos, tan animada y tan real, que una honda cálida anegaba mi corazón y el pulso se me alteraba hasta hacerme dolorosos sus latidos.
Durante el día me acometía aquella onda en medio de una clase o cuando estabamos en el patio enzarzados en una pelea entre compañeros. Entonces cerraba los ojos, dejaba caer los brazos a lo largo del cuerpo y me mecía en la dulce inquietud, hasta que un grito del maestro o el puñetazo de cualquier compañero me despertaban de mis ensueños. Pero no todo eran fantasías interiores. La ola de sentimentalismo alcanzó también a lo que me rodeaba. Súbitamente me di cuenta de lo hermoso y colorido que era todo, cómo la luz y el hálito transfiguraban las cosas, cómo era claro el río, rojos los tejados y azules las montañas lejanas. Aquella belleza no servía para distraerme de mis cuitas y yo la contemplaba silencioso y triste. Cuanto más bello era todo, más extraño me parecía, convencido como estaba, de que yo no tenía parte alguna en ello y que permanecía fuera de las satisfacciones del mundo. Y entonces volvían mis pensamientos a Rosi: si yo moría en aquel instante, ella ni siquiera se enteraría, ni siquiera preguntaría qué había sido de mí, ni tampoco estaría triste por mi desventurada suerte.
Pero a pesar de todo, no sentía deseos de que se apercibiera de mi presencia. De buena gana habría hecho algo por ella o le habría regalado cualquier cosa sin que supiera de dónde venía.
La verdad es que yo hize mucho por Rosi. Llegó un corto periodo de vacaciones y me fuí a casa. Allí dediqué todos mis esfuerzos a la intención de mi dama y así un día escalé un pico por la vertiente más abrupta y atravesé las aguas agitadas del lago un día de tempestad, embarcado en la frágil barca de mi padre, para regresar al embarcadero bien entrada la noche. Y otros permanecí sin probar comida o bebida hasta la cena, a pesar de la fatiga y el apetito que me producían aquellos continuos esfuerzos. Todo lo hacía por Rosi Girtanner. Su nombre y su gloria fueron llevados por mí hasta las más elevadas cumbres y las más angostas e inexploradas cañadas.
Pero al mismo tiempo fuí ganando en corpulencia y en fortaleza. Mis hombros se ensancharon, el rostro y los brazos adquirieron un hermoso color tostado y los músculos poderosos se hincharon al influjo del diario ejercicio.
El penúltimo día de las vacaciones quise ofrecer a mi amada el presenta de unas flores. Yo sabía que crecían algunas edelweiss en los ocultos repliegues de las montañas, pero aquellas flores sin aroma ni color me parecían vacías y sin alma. En cambio conocía el lugar exacto donde crecían un par de matas de rododendros que florecían tardíos. La empresa era difícil porque se trataba nada menos que de descender un barranco cortado casi a pico y volver a subir con las flores en la mano. Pero como la juventud y el amor no hay nada imposible, me lancé hacia la meta sin pararme en consideraciones. En mi difícil posición no pude lanzar un grito de júbilo, pero el corazón me latió aceleradamente de alegría cuando corté con toda clase de precauciones las ramas floridas y las contemplé unos instantes antes de emprender la ascensión. Ésta fue difícil y arriesgada. Con las flores en la boca fui trepando lentamente y sólo Dios sabe cómo pude alcanzar sano y salvo las firme altura. Los rododendros floridos habían desaparecido hacía largo tiempo en toda la montaña y las últimas flores del año estaban en mi mano, hermosas y aterciopeladas.
Al día siguiente hice todo el largo viaje con las flores en la mano. Al principio me sentí impaciente al saberme en camino hacía la ciudad donde vivía la bella Rosi. Cuanto más se alejaban las montañas nativas, más fuerte renacía el amor en mi corazón. ¡Me acordaba tan bien de mi primer viaje en ferrocarril! El Sennalstock se hizo invisible y luego desaparecieron también, una tras otra, sus estribaciones y con todas ellas se borraron asimismo de mi corazón las huellas y el recuerdo de la tierra natal. Por fin desaparecieron todos los montes y el tren se deslizó por paisaje llano y verde. Apenas había notado el cambio en mi primer viaje, pero aquella vez me acometió desasosiego, miedo y tristeza, como si me viera obligado a seguir viajando indefinidamente por la llanura después de haber perdido de vista para siempre a mis queridos montes. Pero al mismo tiempo se me apareció el bello y fino rostro de Rosi, tan fresco y tan encantador, que el dolor y la admiración mantuvieron suspenso mi aliento. Ante las ventanillas pasaban los pueblos, limpios y alegres, con sus torres esbeltas y sus blancas paredes. Los hombres y las mujeres subían y bajaban del tren en las estaciones, hablaban, se saludaban los unos a los otros, reían, fumaban y hacían chistes. Eran los gesticulantes y alegres habitantes de las tierras bajas; gentes cordiales y educadas que contrastaban conmigo, zagal de las montañas, que les contemplaba mucho y temeroso desde su asiento. Y entonces tuve la seguridad de que nunca sería nativo de ningún lado. Adiviné que estaba desarraigado de las montañas, pero que tampoco llegaría a ser nunca un habitante de las tierras bajas. Nunca sería tan alegre, tan cordial, ni estaría tan seguro de mí mismo. Aquellas gentes seguirían siendo extrañas para mí, y yo no pasaría de ser algo grotesco y risible para ellos. Con un hombre como aquéllos se casaría Rosi Girtanner un día y ellos serían siempre los que se cruzarían en mi camino o me llevarían siempre unos pasos de ventaja.
Con estos pensamientos llegué a la ciudad. Tras los saludos de rigor me subí al desván, abrí el cofre y saqué de él un pliego de papel. No era de los más finos, y cuando hube envuelto mis rododendros, después de atarlos con una cinta llevada expresamente de mi casa, comprobé que el paquete no tenía la menor apariencia de regalo amoroso. Lo cogí y con aire grave me dirigí a la calle donde vivía el abogado Girtanner. Tras unos instantes de vacilación, me adentré decidido en el obscuro portal de la casa y deposité el paquete en el primer escalón.
Nadie me vió y nunca supe si Rosi recibió mi regalo. Pero yo había descendido al fondo de un barranco con riesgo de mi vida para coger unas flores y colocarlas sigilosamente en el primer escalón de su casa y eso me bastaba. Había en la acción algo dulce, alegre y triste al mismo tiempo, que aun hoy me emociona. Y sólo en las horas desesperadas me río de mí mismo al recordarlo y me digo que aquella aventura de los rododendros no fue más que el mismo quijotismo de todas mis posteriores historias amorosas.
Aquel amor primero no tuvo nunca fin. Siguió alentando, aunque cada vez más débilmente, durante todos los años de mi juventud, con la dulce nostalgia de lo no logrado y mis siguientes amores lo tuvieron como un hermano mayor, más silencioso y experimentado que ellos. Aun ahora no puedo imaginar nada más noble, más puro y más hermoso que aquella joven y casta patricia que iluminó sin saberlo todos los más hermosos años de mi vida. Y cuando, tiempo después, me fue dado contemplar en un museo histórico de Munich aquel cuadro anónimo de la muchacha de los Fugger, me pareció tener ante mis ojos s toda mi melancólica juventud y lo miré tristemente, como se mira algo perdido para siempre.
Mientras ocurría todo esto en mi interior, mi exterior se iba formando poco a poco, traspasando los lindes de la adolescencia para entrar en los de la juventud. Mis fotografías de aquella época muestran un robusto zagal montañes vestido con un mal traje escolar, ojos abatidos y músculosos indecisos. Sólo la cabeza da la sensación de algo acabado y seguro. Con una sensación parecida a la sorpresa, vi terminarse mis años de adolescencia y aguardé con obscura alegría el advenimiento de la época estudiantil.
Necesitaba estudiar en Zurich y para el caso que obtuviera mención especial habían preparado mis bienhechores un viaje de estudios. Me imaginé todo aquello muy hermoso, como una imagen clásica; una acogedora enramada con los bustos de Homero y de Platón, yo sentado allí, inclinado sobre los voluminosos folios y por todos los lados el limpio panorama de la ciudad, el lago, las montañas y la bella lejanía. Mi alma se había vuelto sobria y al mismo tiempo llena de vibraciones y yo me regocijaba pensando en la futura dicha, con la segura confianza de hallar el camino trazado por mi destino.
En el último curso comencé los estudios de italiano y trabé los primeros conocimientos con los antiguos novelistas, cuyo estudio fue una de mis tareas preferidas en los semestres pasados en Zurich. Pero luego llegó el día de dar el adiós a mis maestros y a la casa donde había pasado aquella venturosa época, llenar el cofre con todas mis cosas y despedirme lleno de nostalgia de la ciudad y de todos sus encantos, entre los que se contaba la infructuosa ronda en torno a la casa de Rosi.
Las vacaciones que siguieron, aceleraron el ritmo de mi vida y rompieron las alas que mis ensueños habían forjado. En un principio hallé enferma a mi madre. Estaba metida en la cama, no hablaba casi nada y tampococ hizo ningún comentario sobre mi llegada. No me mostré quejoso, pero me dolió no hallar ningún eco para mi alegría y mi joven orgullo. Después me habló mi padre para decirme que nada tenía que oponer a mis deseos de estudiar, pero que no podía darme el dinero necesario para ello. Si la pequeña cantidad de la beca no me ayudaba, debía proporcionarme lo necesario para vivir, pues bastante tiempo había estado comiendo el pan paterno, etc., etc.
Tampoco tuve demasiadas distracciones aquellos días y apenas dediqué algunas horas a mis pasatiempos favoritos, como eran el caminar carretera adelante hasta el llegar a algún lugar de mi gusto, escalar las montañas tan conocidas y remar con la pequeña barca por las aguas del lago. Los tiempos habían cambiado y a las distracciones habían sucedido las obligaciones. Tenía que trabajar en la casa y los campos sin descanso durante toda la jornada, de modo que cuando llegaba la noche o la tarde que tenía libre, no encontraba ningún placer ni siquiera en la lectura. Me cansaba y me indignaba ver cómo la tarea cotidiana reclamaba su derecho y consumía toda la opulencia y la soberbia que yo había llevado conmigo. A pesar de que mi padre se mostraba conciso y seco conmigo, no parecía sentir ninguna enemistad ni recelo y en algunas ocasiones llegaba, contra su costumbre, hasta a ser amable. Pero yo no sentía por ello ninguna alegría y aun hoy me maravillo de la indiferencia con que acogía sus alusiones o sus medias sonrisas. También me dolía o me irritaba según las ocasiones, aquel inusitado y silencioso respeto con que acogía las muestras de mi instrucción o contemplaba mis libros. Pero los días fueron trasncurriendo y lo que al principio me sorprendiera, terminó por hacerse normal. Volvieron a torturarme los pensamientos sobre Rosi y también sentí de nuevo aquel enojoso sentimiento de mi inferioridad aldeana. La tortura llegó a tales extremos que durante días enteros me pregunté si no sería mucho mejor quedarme en la casa paterna y olvidar mi latín y mis ilusiones en la violencia de aquella existencia misera y monótona.
Iba atormentado y desazonado de un lado a otro sin saber qué hacer, sin hallar tampoco consuelo ni paz al lado del lecho de mi madre enferma. La imagen de aquella quieta enramada entrevista en sueños con sus bustos de Homero y de Platón, volvió a aparecer como una burla e ironía del destino. Pero yo descubrí la ilusión y al hacerlo vacié asimismo toda la furia y la ciega hostilidad de mi alma torturada. Las semanas fueron transcurriendo cada vez más lentas, como si aquella desesperanzada temporada de desazón y sufrimiento fuera a consumir toda mi juventud.
Si estuve sorprendido e indignado al ver que la vida había destruído tan rápidamente todos mis sueños, la sospresa aumentó al contemplar cómo el sufrimiento de aquellos días se hallaba pronto sobrepasado. La vida me había mostrado hasta entonces sólo el lado de su obra cotidiana, de todos los días, pero a partir de aquel instante puso ante mis asombrados ojos sus eternas profundidades y llenó mi juventud de una cruel y cruda experiencia.
En la madrugada de un cálido día de verano me levanté de la cama para ir a la cocina, donde acostumbraba hacer una tinta llena de agua fresca. Para ello tuve que atravesar el cuarto donde dormían mis padres y al hacerlo me sorprendieron los extraños gemidos de mi madre. Me acerqué al lecho y la llamé. Pero ella no me respondió, sino que siguió en sus gemidos, parpadeando vivamente y moviendo la cabeza angustiosamente. Aquello no me produjo una especial inquietud, a pesar de que sentí un ligero temor. Pero luego bajé la mirada y vi sus manos reposando en la sabana, quietas como dos durmientes. Y aquellas manos me dijeron que mi madre estaba a punto de morir. Estaban tan abatidas y tan inmóviles que era imposible que hubiera aún algo de vida en ellas. Olvidé mi sed, me arrodillé al lado de la moribunda, posé mi mano sobre su frente y busqué su mirada. Sus ojos brillaron húmedos, sin el reflejo de ningún sufrimiento, pero próximos a apagarse por completo. No se me ocurrió despertar a mi padre, que estaba durmiendo al lado, ya así permanecí arrodillado durante dos horas, viendo cómo la muerte hacía presa en mí madre. Ella la recibía gravemente y con valentía, como había sido su hábito en todas las cosas y su entereza fue un verdadero ejemplo para mí.
El cuarto estaba en completo silencio y a través de la estrecha ventana se filtraban las primeras luces de la aurora. La casa y el pueblo dormían aún y mis conturbados pensamientos abandonaron la cárcel de la mente para acompañar al alma de la moribunda sobre la casa y el pueblo, sobre el lago y las heladas cumbres hasta penetrar en la dulce libertad del cielo puro y matinal. Apenas sentí dolor, pues mi ánimo estaba lleno de asombro y mi ser entero asistía con el aliento suspenso a la solución del gran enigma de la vida, contemplando como se cerraba con leve temblor el anillo de un existencia. La valentía de la moribunda fue asimismo tan sublime que la gloria iluminó con rayo claro toda mi alma, disipando las tinieblas que la envolvían. Ni siquiera me dí cuenta de que mi padre seguía durmiendo al lado, de que faltaba un sacerdote y que ni sacramentos ni oraciones acompañaban el alma de mi madre en aquel tránsito supremo. Tan sólo percibí el hálito grave de la eternidad flotando por la obscura estancia y confundiéndose con mi alma.
En los últimos instantes cuando toda vida se había apagado en aquellos ojos que estaban ya vidriosos, me incliné sobre mi madre y besé sus labios exagues por primera vez. El leve contacto sirvió para acentuar el horror de aquella hora y me senté al borde de la cama sintiendo que las lágrimas resbalaban, una tras otra por mis mejillas y mi barbilla para caer ardientes sobre mis manos.
A los pocos instantes se despertó mi padre, me vió allí sentado y preguntó con voz soñolienta lo que ocurría. Quise responder, pero no pude articular palabra y salí del cuarto, entré como en sueños en el mío y me desvestí lentamente con movimientos de autómata. Al poco apareció el viejo delante de mí.
- Tu madre ha muerto -dijo.- ¿Lo sabías ya?
Asentí con un gesto.
- ¿Por qué me has dejado dormir? ¡Y ningún sacerdote la ha asistido! ¡Tendría que...! -Y diciendo estas palabras esbozó un gesto amenazador.Sentí un vivo dolor en la cabeza, como si una vena se me hubiera roto. Me acerqué a él y le cogí ambas manos con fuerza -era más débil que un niño al lado de mi corpulencia- y le miré fijamente a los ojos. No pude añadir nada, pero sin duda lo que vió en los míos bastó para calmarle, pues se quedó silencioso y afligido. Cuando volvimos a entrar los dos en el cuarto donde estaba mi madre, le turbó también la serena majestuosidad de la muerte y su rostro se contrajo vivamente. Luego se inclinó sobre la difunta y comenzó a lamentarse en voz baja, como un niño antes de romper en llanto. Salí de mi casa para comunicar la mala nueva a los vecinos . Me escucharon con cara de circunstancias y no hicieron ninguna pregunta, sino que me direron la mano y se ofrecieron para todo lo que fuera menester. Uno tomó el camino del convento para buscar un sacerdote y cuando regresé a casa hallé a la vecina que estaba ya en el establo cuidando de nuestra vaca.
Llegó el reverendo acompañado por casi todas las mujeres del lugar y a partir de aquel instante todo se fue desarrollando puntualmente, como si estuviera previsto de antemano. Hasta el propio ataúd, dispuesto sin dilación, sirvió para que me diera cuenta por vez primera de lo bueno que era estar en casa en los momentos difíciles y pertenecer a una pequeña y segura comunidad de vecinos que saben ayudarse los unos a los otros.
Una vez se hubo bendecido y enterrado el ataúd y el doliente cortejo de sombreros de copa hubo desaparecido, metido cada cual en su caja y su armario, mi padre abandonó toda entereza y se desplomó en un completo abatimiento. Comenzó a compadecerse de sí mismo y acompañando sus palabras de multitud de citas bíblicas, se lamentó de que una vez enterrada su mujer, tuviera que ver marchar también a su hijo y las quejas se prolonmgaron durante todo el día. Yo las escuché en silencio, aunque notando que las fuerzas me abandonaban y que me hallaba al borde de prometerle quedarme en la aldea.
Pero en el mismo instante en que iba a responderle, me sucedió algo muy curioso. En un solo segundo se me apareció todo aquello que desde pequeño había deseado y vi que aguardaban tareas grandes y hermosas. Vi libros escritos ante mis asombrosos ojos, escuché el silbido del viento del Sur y contemplé lagos lejanos, envueltos en el color y la alegría del Sur. Vi pasar ante mí hombres de rostros inteligentes y mujeres hermosas y finas, vi calles, carreteras y pasos sobre los Alpes, trenes lanzados a velocidad por desconocidos paisajes y pueblos extraños y remotos. Y tras todo aquello, la claridad meridiana de un claro horizonte, velada apenas por algunas nubecillas. Aprender, crear contemplar, viajar; todo el contenido de la vida brillante ante mis ojos. Y de nuevo como en los tiempos de mí adolescencia sentí dentro de mí el deseo de salir al mundo, de medir aquella anchura con mis propios pasos.
Callé y dejé que mi padre siguiera hablando. Sus quejas se acallaron al anochecer. Y entonces le hice patente mi propósito de seguir estudiando y buscar una tierra natal en el reino del espíritu, aunque sin exigir de él ningún apoyo. Ni siquiera respondió, pero durante unos instantes me miró fijamente con el dolor pintado en la mirada. Luego meneó la cabeza y se levantó de donde estaba sentado sin decir una sola palabra. Él también comprendía que yo había elegido ya mi propio destino y que nuestros caminos se alejaban conforme me iba adentrando en la vida. Cuando hoy recuerdo aquel día, me parece ver a mi padre aún en la pequeña silla junto a la ventana. Su cabeza severa de labrador se sostenía erguida e inmóvil sobre el cuello, el corto pelo comenzaba ya a agrisarse por las sienes y en las facciones duras era bien visible la lucha que sostenía su tenaz virilidad contra el dolor y la naciente vejez.
De él y del resto de mi permanencia bajo su techo, me queda aún que contar un pequeño y no fútil suceso. Corrían las postreras semanas antes de mi viaje cuando una noche se puso mi padre su vieja gorra y abrió la puerta sin decir palabra.
-¿Dónde vas? -le pregunté.
-¿Te importa mucho? -me respondió secamente.
-Podrías decírmelo si no se trata de algo inconveniente. -añadí en un tono de indiferencia.
Él se echó a reír y desde el umbral me gritó:
-Puedes acompañarme. Al fin y al cabo no eres ya tan pequeño.Y así fue como le acompañé a la taberna. Unos cuantos campesinos estaban sentados ante sus correspondientes jarros de vino tinto, dos guías forasteros bebían absenta y, en una mesa alejada, varios muchachos juganban al jass [juego de naipes en Suiza y Alemania] y gritaban increpándose los unos a los otros a cada jugada.
Yo estaba acostumbrado a beber a menudo un vaso de vino, pero era la primera vez que entraba sin necesidad en una taberna. Por haber escuchado las habladurías que se decían en la aldea, sabía que mi padre era buen bebedor, pero nunca, hasta entonces, había tenido ocasión de comprobarlo. Bebía mucho y bien. La fama estaba bien adquirida y me chocó la atención que su presencia pareció despertar en el tabernero y en el resto de la concurrencia. Pidió un litro de vino vaudés y en pocas palabras me instruyó del modo de beberlo. Había que escanciarlo bajando mucho la botella para luego alargar poco a poco el chorro e al final volver a bajarlo tanto como fuera posible. Y tras la explicación se puso a hablar de los diferentes vinos que conocía y las diversas oportunidades en que había tenido ocasión de beberlos. Aludió con grave atención al tinto de Valtelina, del que había que distinguir tres clases diferentes, y luego habló del vino vaudés, envasado en botellas oscuras y del que lo estaba en botellas claras. En voz baja, casi con el pueril sigilo de quien explica un cuento de hadas, me nombró por último el vino de Neuchâtel. De este había algunas cosechas cuya espuma formaba una estrella al escanciar el mosto en el vaso. Para subrayar sus palabras trazó con el dedo una estrella en la mesa y luego se abismó en profundas reflexiones sobre el sabor y los efectos del champaña, vino que nunca había bebido, pero del que tenía malas noticias, pues una sola botella era suficiente para emborrachar a dos hombres.
Calló para encender lentamente su pipa. Cuando lo hubo hecho se dió cuenta de que yo no tenía nada para fumar y me dió diez céntimos para cigarrillos. Y luego nos sentamos uno frente al otro, echándonos el humo a la cara y trago tras trago acabamos con el primer litro de vino vadués. El mosto dorado y picante tenía buen sabor y confieso que acabé con mi parte sin darme cuenta. Los campesinos de la mesa vecina trabaron conversación con mi padre y poco a poco se fueron sentando todos ellos en torno a la nuestra. No pasó mucho rato sin que se concentrara en mí la atención de los concurrentes y sus palabras me demostraron que no se había olvidado en la aldea mi fama como escalador. Fueron comentadas muchas ascenciones y también se habló de algunas que acabaron en desastre. Una especie de niebla mítica las envolvía a todas y no se podía saber nunca dónde acababa la verdad y comenzaba la leyenda. Entretanto habíamos dado fin al segundo litro y yo sentía la sangre agolparse en mis ojos. Contra mi costumbre y mi propio carácter, comencé a fanfarronear en alta voz y expliqué también mi descenso hasta el fondo de la cortadura del Sennalpstock para coger los últimos rododendros y regalárselos a Rosi Girtanner. Como no me creyeron, insistí y ellos se echaron a reír. Me enfurecí y desafié al que no me creyera a salir afuera a luchar, advirtiendo que me sentía capaz de enfrentarme a todos ellos a la vez si era necesario. Entonces intevino en la disputa un campesino viejo y magro, cogió un gran jarro de piedra y lo puso sobre la mesa.
-Si tan fuerte te crees -dijo sonriendo-, rompe el jarro con tus puños. Si lo haces te pagaremos todo el vino que cabe en él y si no puedes pagarás tú. ¿Conforme?Mi padre se apresuró a asentir en mi nombre. Asi es que me levanté, lié el pañuelo en torno al puño y pegué un puñetazo contra el jarro. Los dos primeros no tuvieron ningún efecto, pero al tercero se rompió el jarro en pedazos.
-¡A pagar! -gritó mi padre radiante.
El viejo volvió a sonreír con la misma mueca maliciosa de antes.
-Bien -dijo-, pagaré todo el vino que quepa en el jarro, pero creo que no será demasiado.Afortunadamente no añadió el viejo ni una palabra más y yo me quedé únicamente con el dolor del brazo y la mirada burlona de todos los contertulios.
También mi padre se rió de mí.
-Bueno, tú te lo has ganado -grité yo y llenando el vaso del viejo, lo cogí y se lo eché por la cabeza. De nuevo volvimos a ser los vencedores entre los aplausos de los demás concurrentes.Siguieron las bromas hasta una hora avanzada. Mi padre me arrastró luego a casa y ambos atravesamos tambalenates la estancia donde había estado el ataúd de mi madre no hacía ni tres semanas. Me tendí en la cama y quedé como muerto hasta la mañana siguiente, en que desperté molido y con mal gusto de boca. Mi padre no pudo contener sus burlas en cuanto me vió, pero yo juré silenciosamente no volver a abusar de la bebida y a partir de aquel instante aguardé con impaciencia el día de mi marcha.
Llegó aquel día, como llega, tarde o temprano, todo lo de este mundo, pero he de reconocer que no mantuve mi juramento. Desde aquella noche en que acompañé a mi padre a la taberna, me fueron conocidos el dorado vino de Vaud, el tinto de Valtelina, el de espuma estrellada de Neuchâtel. Y los años los fueron transformando en unos viejos y fieles amigos.