La palabra "evangelio" significó originalmente la recompensa dada a un mensajero que transmite una buena nueva y también la buena nueva en sí misma. El cristianismo, desde sus tiempos primitivos, empleó la palabra para designar la más importante y preciosa "buena nueva", la anunciada por Jesús al principio de su ministerio, cuando vino Jesús a Galilea anunciando la "buena nueva" de Dios y diciendo: "Se ha cumplido el tiempo y se ha aproximado el reino de Dios; arrepentíos y creed en la buena nueva" (Marcos 1, 14-15). De modo que la "buena nueva" anunciada en el principio por Jesús fué esencialmente ésta: Se ha aproximado el reino de Dios.
Pero a este primer anuncio siguió un desarrollo, que tradujo en acto el contenido de la "buena nueva", mediante las enseñanzas, la vida y la muerte redentora de Jesús. Así, al complejo de hechos que constituían la salvación ofrecida por Jesús al género humano le fué aplicada la designación de "buena nueva", en cuanto era anuncio de la salvación ya verificada y cumplida. En este sentido es como san Pablo se presenta cual ministro... de la buena nueva (Col 1, 23; etc.), en correspondencia con la expresión utilizada por su discípulo Lucas, que habla de servidores de la palabra (Lucas 1, 2). También en este sentido se escribió al principio de uno de los evangelios canónicos: Comienzo de la buena nueva de Jesucristo (Marcos, I, 1).
Este último ejemplo ya preludia la aplicación ulterior que recibió más tarde la palabra. Durante algunos años después de la muerte de Cristo, la difusión de la "buena nueva" se hizo de modo exclusivamente oral, método que también siguió Jesús, que sólo habló y no dejó escrito alguno, y que era igualmente ajustado al de los doctores judaicos contemporáneos, cuyas sentencias siguieron transmitiéndose, oralmente durante mucho tiempo, hasta que al fin fueron escritas en el Talmud. Este método era el llamado por los cristianos "catequesis" es decir "resonancia", porque consistía en hacer rtesonar (del griego katecheo) la voz en presencia de los discípulos. Así, el discípulo que había recibido la instrucción era el "resonado" o "catequizado" (Gal 6, 6; Luc 1, 4; Hech 18, 25).
Pero la rápida y vasta difusión de la "buena nueva" no permitía que ésta quedase restringida por largo tiempo sólo a la viva voz. El rebosar de la "buena nueva" desde la Palestina y el mundo judío; el penetrar en regiones donde se hablaban otras lenguas, como en Siría, en Asia Menor y hasta en Italia y en Roma; el irrumpir en las academias y demás cenáculos del mundo greco-romano,y, en fin, el realizarse este avance triunfal en el curso de pocos años, obligaron en breve a que la viva voz fuese corroborada por el escrito para alcanzar más fácil y eficazmente nuevas metas. sabemos, en efecto, que ya en el sexto decenio del siglo I circulaban escritos conteniendo la "buena nueva" y que tales escritos eran muchos (Lucas 1, 1-4), Este nuevo auxilio proporcionado a la difusión del mensaje cristiano fué como un segundo camino abierto paralelamente al primero, y desde entonces la "buena nueva" avanzó por dos caminos: la catequesis oral y la catequesis escrita.
Esto explica precisamente la ulterior aplicación que recibió la palabra. Desde entonces, la "buena nueva" fué, no sólo el anuncio de la salvación humana, sino también el escrito que contenía aquel anuncio. El continente quedó designado con el nombre del contenido y fué llamado "evangelio". de todos modos, si la "buena nueva" oral había perdido su sonoridad material al convertirse en evangelio escrito, una y otro persistían siendo en substancia una catequesis; de igual modo las orationes de Cicerón, esencialmente orales, siguieron siendo orationes cuando circularon por escrito.
Es, sin embargo, de suma importancia advertir que la "buena nueva" escrita no pretendió nunca suplantar ni substituir adecuadamente la "buena nueva" oral; y ello debido a que la "buena nueva" oral era mucho más rica y contenía más elementos que la fijada por escrito. Tenemos al respecto un precioso testimonio de Papías de Hierápolis, quien, escribiendo hacia el año 120, afirma haber buscado ansiosamente lo que habían enseñado de viva voz los Apóstoles y los demás discípulos inmediatos de Jesús, a los que nombra individualmente, aportando al fin estas razones: "Juzgaba que las cosas contenidas en los libros no me hubieran aprovechado tanto como las cosas (comunicadas) de una voz viva y permanente (Eusebio, Historia eccl., III, 39, 4). Al decir libros y viva voz alude indudablemente a las fuentes de la vida y doctrina de Jesús, porque poco después trata expresamente de los evangelios de Marcos y Mateo.
Entre los escritores cristianos del siglo II el uso del término "evangelio" es todavía confuso. A veces conserva su sentido más antiguo y designa la "buena nueva" en sí, o sea la salvación humana realizada por Jesús, como se encuentra en Ireneo (Adv. haer., IV, 37, 4); pero ya el mismo Ireneo (id., III, 11, 8; etc) y también Justino antes de él (Apol., I, 66) emplean el término para designar determinados escritos, esto es, nuestros evangelios. Incluso el herético Marción, hacia el 140, dió el título de "evangelio" a su escrito derivado del tercero de los evangelios canónicos y acomodado a sus doctrinas (Tertuliano, Adv. Marcion. IV, 2)
¿Cual era el principal argumento de la catequesis, ya oral o escrita? Sobre ello no puede caber duda. Si la fe cristiana tenía por fundamento la persona de Jesús, el primer paso en el conocimiento de esta fe debía necesariamente ser el conocimiento de los hechos de Jesús. Está explicitamente testimoniado que se comenzaba instruyéndose o instruyendo acerca de las cosas relativas a Jesús (Hech., 18, 25; cf. 28, 31). Ocasionalmente nos son mencionados breves bosquejos de catequesis que comprendían precisamente los hechos de Jesús (Hech., 1, 22; 2, 22 y sigs.; 10, 37 y sigs.). En realidad, un cristiano no lo sería si no supiese lo que había realizado el Cristo, es decir, Jesús, y que doctrinas había enseñado, que ritos estables había instituído, que pruebas habían demostrado la autoridad de su misión; en fin, si no poseía de la biografía de él una noticia al menos sumaria. Sin tal noticia, la "buena nueva" no podía difundirse, porque los hombres "¿cómo invocarían a aquél en quién no creyeran?" Y "¿cómo creerían en aquél a quién no oyeran?" Y "¿cómo oirían sin un predicador?" (Rom., 10, 14)
Ahora bien: entre los pregoneros orales de la "buena nueva" existió una clase especial, a la que parece que fué confiada de modo singular la misión de transmitir la narración y testimonio de los hechos de Jesús; y, como consecuencia, estos particulares pregoneros fueron designados con término espontáneo, como los "buenos-nuncios" o "evangelistas" (Efesios, 4, 11; II Timoteo, 4, 5; Hech., 21, 8). Sin duda la catequesis en general, que tendía a la formación y edificación espirituales de los creyentes, era favorecida indistintamente por todos aquellos carismas de que habla muchas veces S. Pablo exaltando su eficacia parenética (I Cor., 12, 8-10, 28-30; 14, 26; Rom., 12, 6-8; etc.); pero, sin embargo, el carisma del "evangelista" y del "apostol" iban a la vanguardia y abrían el camino a los otros carismas, precisamente porque lanzaban las primeras semillas de la fe en Jesús relatando su biografía.
He aquí como describe Eusebio la misión de los "evangelistas": Ocupaban el primer orden en la sucesión de los apóstoles. Siendo discípulos maravillosos de tales maestros, construían sobre los fundamentos de la Iglesia que habían sido colocados antes en todas partes por los apóstoles, dilatando más cada vez el mensaje y diseminando la saludable semilla del reino de los cielos sobre toda la tierra... saliendo de su patria, cumplían la obra de evangelistas ansiosos de pregonar el mensaje a aquellos que no habían oído nada de las palabras de la fe, y de transmitir la escritura de los divinos evangelios. Después de haber asentado sólo los fundamentos de la fe en algunos lugares extranjeros, establecían otros pastores a los que confiaban el cuidado de los recientemente introducidos, y de nuevo se trasladaban a otros países y naciones, con la gracia y ayuda de Dios (Hist. eccl., III, 37). Esta descripción es oportunamente provocada por la mención de Felipe, que es el solo "evangelista" nombrado en el Nuevo Testamento (Hech.,21, 8) y que, en efecto, había evangelizado Samaría (Hech., 8, 5 y sigs.) y otras regiones (Hech., 8, 40).
Con esto penetramos en la cantera de donde extrajeron sus materiales los muchos escritores que compusieron narraciones de los hechos de Jesús, ya en el sexto decenio del siglo I, y cuya obra fué, o contemporánea, o parcialmente anterior a la composición de los evangelios canÓnicos. aquella gran cantera común se llama "catequesis", y la catequesis era, sin duda, substancialmente única, aunque pudiese ser presentada bajo formas o tipos algo diferentes según los varios y más autorizados predicadores de la "buena nueva".
Por otra parte, la Iglesia primitiva no tuvo indistintamente en cuenta todos los muchos escritos aparecidos durante el siglo I, sino sólo cuatro entre éstos. De los otros se desinteresó, y por ello se perdieron, mientras que los cuatro escogidos se convirtieron en columnas básicas del edificio de la fe. Sólo a ellos atribuye la Iglesia un valor de historiografía oficial; en ellos reconoce la inspiración de Dios y por eso los incluye en la lista de escrituras sagradas llamado Canon; ellos son precisamente los cuatro evangelios canónicos, las cuatro "buenas nuevas" del Nuevo Testamento. Pero la Iglesia no perdió nunca de vista el origen unitario de los cuatro evangelios. Si los escritos eran cuatro, la fuente era una sola: la catequesis. Por ello, con perfecta justeza histórica, Ireneo, en el siglo II, habla de un solo evangelio cuadriforme (Adv. haer., III, 11, 8), así como en el siglo siguiente Orígenes afirma que el evangelio, aunque a través de cuatro, es sólo uno. Y a ellos, aun en el siglo IV, les hace eco San Agustín al hablar de los cuatro libros de un solo evangelio.
Del antiguo sentimiento de la Iglesia respecto a este común origen de los cuatro evangelios se tiene una prueba en el título bajo el cual han llegado hasta nosotros: según Mateo, según Marcos, etc. Estos títulos no provienen ciertamente de los respectivos autores, aunque designen a aquellos que según la tradición eran autores. En todo caso, en los antiguos códices el título de Evangelio se encontraba originariamente una sola vez sobre la colección de los cuatro reunidos, mientras sobre cada uno de ellos se encontraba el respectivo título de según Mateo, según Marcos, etc. Esta norma práctica fue dictada por la idea de que el Evangelio era en realidad uno solo, el extraído de la catequesis, aunque tal unidad apareciese bajo cuatro formas.
Estas advertencias son de la mayor importancia para comprender cuál era para los cristianos la verdadera base sobre la que se apoyaba la autoridad histórica de los evangelios. Aquella base era la autoridad de la Iglesia, de cuya catequesis era genuino y directo producto el único y cuadriforme evangelio. Los autores individuales de las cuatro formas del evangelio valían en razón de ser representantes de la Iglesia, a la sombra de cuya autoridad se desenvolvían. Y creyendo a los cuatro autores, el cristiano creía, en realidad, a la única Iglesia, mientras que, si a través de ellos el cristiano no hubiese podido llegar hasta la Iglesia, no hubiera creído en sus evangelios.
En conclusión, el proceso histórico del origen de los evangelios fué el siguiente: la "buena nueva" oral fué más antigua y más amplia que la "buena nueva " escrita, y una y otra fueron producto de la Iglesia y bajo la autoridad de esta se desenvolvieron. Lo cual equivale a decir que el evangelio escrito presupone la Iglesia y se basa en ella.
Esta conclusión está en absoluto contraste con el antiguo concepto que la reforma luterana formó de los evangelios canónicos. Alguien podría sospechar que nuestra conclusión está inspirada en miras polémicas más que fundada sobre pura documentación histórica.
Pero a idéntica conclusión han llegado eruditos que, no sólo no tienen procupación
alguna de apología católica, sino que son secuaces de los métodos más radicales y más demoledores respecto a la crítica de los evangelios. Baste citar el juicio de uno solo de ellos:
Después de la fijación del canon del Nuevo Testamento a fines del siglo II, se termina por olvidar que nuestros evangelios tienen una prehistoria importantísima y que es preciso colocarlos, no al principio, sino al fin de un largo proceso anterior. Por eso el catolicismo, en su noción de la tradición, se ha guardado siempre de una consideración exclusiva y exagerada de la letra escrita... Con la Reforma, nuestro concepto sobre los orígenes de los evangelios se falseó. La Reforma sacó las últimas consecuencias de la canonización del Nuevo Testamento, haciendo de la inspiración verbal su dogma esencial. Mientras el catolicismo no olvidó nunca completamente que la tradición precede a la Escritura, los teólogos de la Reforma no tuvieron en cuenta que, entre la épocaen que vivió Jesús y aquella en que fueron compuestos los evangelios, existe un período de lo menos treinta años durante los cuales aun no existe una "vida de Jesús" escrita. Es extraño constatar que incluso los teólogos más liberales de la segunda mitad del siglo XIX han sufrido
inconscientemente la influencia de la teoría de la inspiración verbal, no reparando más que en la letra escrita, sin preocuparse de la importante época en que el Evangelio no existía sino bajo forma de palabra viva (O. Cullmann: Les récentes études sur la formation de la tradition evangelique, en Revue d'histoire et de philosophie relig., 1925, pags. 459-460)
No podemos decir con seguridad qué amplitud y qué índole particular tendrían los escritos que se perdieron de los muchos que circulaban durante el sexto decenio del siglo I. Es muy verosímil que en su mayoría fueran de amplitud limitada, menor incluso que el evangelio de Marcos, que es el más breve de los actuales. En cuanto a su índole, debían ser de diversos tipos, y, aunque tratando todos de la vida de Jesús, quizás unos se ocuparan especialmente de los hechos, otros de la enseñanza y de las palabras.
Hallamos, pués, que estos elementos esparcidos se encuentran comprendidos en nuestros tres primeros evangelios, llamados Sinópticos, que muestran una trama genérica común, cuyas líneas constantes son: el ministerio de Juan el Bautista y el bautismo de Jesús; el ministerio de Jesús en Galilea; el ministerio en Judea; la pasión, muerte y resurrección. A estas líneas constantes puede ser antepuesta la narración, más o menos amplia, de los hechos de la infancia, como en Mateo y Lucas, pero tal narración sirve casi de preámbulo a la trama constante, mientras el verdadero cuerpo del relato comienza con el ministerio de Juan el Bautista.
Parece ser que el origen de esta trama común está en la catequesis de Pedro.
En cuanto a los autores de los evangelios canónicos y al tipo de catequesis de que cada uno de ellos procede, no queda más que buscar el testimonio de la tradición, pasando así del período de preparación al de composición de los cuatro evangelios.
El primer evangelio es atribuído al apóstol Mateo, llamado también Leví y antes publicano, según una constante tradición que se remonta a principios del siglo II. Papías de Hierápolis, que hacia el año 120 escribió cinco libros sobre Explicaciones de los dichos del Señor, afirmaba en ellos que: Mateo en dialecto hebraico coordinó los dichos y cada uno después los interpretó según su capacidad (Eusebio, Hist. eccl., III, 39, 16). Testimonios sucesivos, como los de Ireneo (Adv. haer. III, 1, 1), de Tertuliano (Adv. Marcion., IV, 2), de Clemente Alejandrino (Stromata, I, 21), etc., confirman, más o menos explicitamente, el informe de Papías. Es también notorio que toda la antigüedad cristiana, en gran cantidad de testimonios que sería inutil aducir, ha atribuído precisamente a Mateo el primero de nuestros evangelios canónicos y no otro escrito alguno.
¿Qué afirma exactamente Papías del escrito de Mateo? Dice que Mateo en él coordinó los dichos de Jesús, o sea que, no sólo los recopiló, sino que colocó según cierta ordenación los dichos en cuestió. Los antiguos se preocupaban mucho, en las obras literarias, de la ordenación, y, según sus normas, el escritor debía ante todo encontrar el sujeto y luego someter el sujeto a la ordenación, ordenación que no siempre era cronológica, sino que, incluso en los historiadores, era a menudo lógica, fundada, o sobre la analogía de los temas tratados, o sobre las relaciones de causa y efecto, o sobre la unidad de lugares y personas, u otras semejantes. que Papías se refería a esa ordenación literaria, resulta de cuanto dice inmediatamente antes acerca del evangelio de Marcos, ya que afirma que Marcos escribió exactamente, pero no con orden. En el escrito de Mateo, encuentra, con satisfacción, ese orden.
¿Cuáles son los dichos contenidos en el escrito de Mateo?. Etimologicamente, el término griego significa dichos (sentencias, oráculos), pero, especialmente entre los escritores judíos y cristianos, significaba también pasajes en general de la Sagrada Escritura que contuviesen, indistintamente, ya sentencias, ya hechos. El mismo Papías lo usa en otro lugar en este segundo sentido más amplio. En el pasaje ya señalado donde habla del evangelio de Marcos, dice que éste contiene las cosas, o pronunciadas u obradas por Jesús. Inmediatamente después, designa ese complejo narrativo como dichos de Jesús. Además, la misma obra de Papís, aunque se titulaba Explicaciones de los dichos del Señor, resulta, según las referencias y citas que tenemos de ella, que trataba, además de los dichos de Jesús, de sus hechos y de la edad apostólica. Por consecuencia, no sólo la antigüedad cristiana, sino todos los eruditos sin excepción, hasta muy adelantado el siglo XIX, entendían que los dichos atribuídos por Papís a Mateo designan el primero de los evangelios canónicos, tanto más cuanto que no existe testimonio ni huella alguna transmitida por la antigüedad de alguna obra atribuída a Mateo o a otros apóstoles que trate sólo de sentencias de Jesús.
Si pasamos a cotejar estos datos, estrictamente positivos, con el contenido de nuestro primer evangelio, encontramos una adecuada correspondencia entre las dos características señaladas por Papías: la del apelativo de dichos y la de la ordenación literaria.
En primer lugar, entre los evangelios sinópticos, Mateo es el que más ampliamente recoge las palabras de Jesús, que ocupan cerca de tres quintas partes del texto escrito. de aquí que con particular motivo podía ser designado como una compilación de dichos, si bien conservando a esta palabra el significado usual y menos riguroso, que incluía también la narración de los hechos.
Además, la recopilación de los discursos de Jesús aquí contenidos está dividida en cinco grupos, según la norma de ordenación literaria grata a Papías. El primer grupo encierra lo que se podría llamar el estatuto del reino fundado por Jesús, es decir, el sermón de la Montaña (Mateo, capítulos 5-7); el segundo contiene las instrucciones dadas a los apóstoles para difundir ese reino (cap. 10); el tercero, las parabolas del reino (cap. 13); el cuarto, los requisitos morales precisos para pertenecer al reino (cap. 18); el quinto, el perfeccionamiento del reino y su consumación (caps. 23-25). Es notable que cada uno de estos grupos vaya precedido de unas breves palabras de introducción y seguido de una conclusión, que las cinco veces es, con pequeñas variantes, esta: Y sucedió que, cuando Jesús hubo terminado o este discurso o esta parábola..., etc.
Notable es también que semejante ordenación en cinco grupos, ciertamente no fortuita, correspondía numericamente a los cinco libros en que Papías dividiera sus Explicaciones de los dichos del Señor, lo que puede hacer sospechar, aunque sin evidencia, que Papías siguió en su obra la ordenación que él señalaba en el texto de Mateo, si es que en ella se ocupaba sobre todo de los discursos de Jesús.
Cuando el antiguo publicano Mateo acometió su obra, era seguramente un hombre acostumbrado desde hacía mucho tiempo a escribir, porque sin hacerlo habitualmente no habría podido tener en buen orden en su mesa de alcabalero las notas de los pagos. Por el contrario, los demás apóstoles, aunque no fuesen absolutamente iletrados, debían en general estar más familiarizados con los remos y redes de los pescadores que con la pluma y pergamino de los escritores (salvo, quizá, los dos acomodados hijos del Zebedeo), sobre todo en la época inmediatamente posterior a la muerte de Jesús, cuando iniciaron, solos, su misión. Todos habían sido testigos oculares de los hechos de Jesús, pero la habilidad de Mateo en escribir representaba una ventaja técnica sobre los otros apóstoles y ello debió hacer que le fuese asignado con preferencia el encargo de trasladar por escrito la catequesis oral de los mismos apóstoles.
Cuando Mateo se puso a la obra, es posible, aunque no demostrado, que ya circulase algún escrito conteniendo dichos o hechos de Jesús; pero, aun si eso pudiese demostrarse, se trataría ciertamente de ensayos escasísimos en número y en contenido, compuestos por iniciativa privada y carentes de todo carácter oficial. Al contrario, el encargo dado a Mateo respondía a la conveniencia de que la catequesis oral de los apóstoles fuese amplia y oficialmente recogida en un documento escrito, proporcionando aquel auxilio práctico que exigía la creciente propagación de la buena nueva. El tipo de catequesis que había de llevarse al escrito no podía ser sino el ya aprobado por la práctica de la Iglesia y cuyas líneas principales habían sido trazadas por quien ostentaba la preeminencia entre los predicadores oficiales de la buena nueva. Así se adoptó el tipo de catequesis que procedía de Pedro, sin excluir la ayuda de otros elementos procedentes del colegio apostólico que no entraban ordinariamente en el cuadro de aquella catequesis predominante. En conclusión, el escrito resumió el pensamiento de todo el colegio apostólico, bien que ateniéndose a las líneas principales de la catequesis de Pedro.
Un documento como el de Mateo, compuesto por un testigo de los hechos, con la garantía y apoyo de los otros testigos, encuadrado en las líneas generales de una enseñanza oficial y escrito con una amplitud que en lo sucesivo nunca fué alcanzada por otros escritos del mismo género, estaba destinado necesariamente a alcanzar un valor singular. Encontramos, así, que el evangelio de Mateo, que nos es presentado unánimemente desde la antigüedad como el primero en el tiempo, es también el primero cuantitativamente por el uso hecho de él en las primeras épocas. Baste recordar que, del lado católico, Justino mártir, a mediados del siglo II, emplea nuestro Mateo no menos de ciento setenta veces, y que, antes de él, los antiquísimos herejes ebionitas empleaban únicamente el evangelio de Mateo, según afirma Ireneo (Adv. haer., III, II, 7), aunque probablemente alterado.
Sin embargo, al principio, al uso y difusión del texto de Mateo se oponía la grave dificultad del idioma en que estaba escrito. La noticia, ya dada por Papías, de que Mateo escribió en dialecto hebraíco, es en realidad confirmada por otros antiguos -como Ireneo, Orígenes, Eusebio, Jerónimo-, quienes hablan igualmente de lengua hebrea o paterna. Es casi seguro que el término hebreo designa en este caso el arameo, ya que en tiempos de Mateo en Palestina se hablaba el aramaico. De todos modos, fuese hebraico o aramaico, la primitiva lengua semítica era inaccesible a los cristianos de estirpe no judía y también a muchos otros procedentes del judaísmo de la Diáspora, que no conocían más que el griego.
Pero el obstáculo fué superado, bién o mal, del modo que señala el propio Papías. Los dichos, en su texto original semítico, fueron a manos de varios lectores y catequistas, cada uno de los cuales los interpretó según su capacidad, palabras que dejan entrever un amplio laborío surgido muy pronto alrededor de un texto tan conveniente y autorizado. Así, algunos catequistas traducirían, oralmente y de modo improvisado, aquellos fragmentos que de vez en cuando convenían a su ministerio; otros realizarían también traducciones escritas, ora parciales, ora, y más raramente, totales, sin que faltasen escritos que, como la explicación del mismo Papías, tenían más bién el caracter de exégesis ilustrativas que el de simples traducciones. Pero la observación de Papías de que cada uno interpretó según su capacidad, hace también comprender que en aquella tarea la buena voluntad no estaba a menudo acompañada de la adecuada pericia, en especial respecto al conocimiento de la lengua que se traducía y aun en la que se traducía.
Es muy posible también que los muchos que en el sexto decenio del siglo I habían escrito ya sobre los hechos de Jesús se aprovecharan ampliamente de la composición de Mateo, acaso uniéndola a otros elementos tomados de la tradición de testigos o de sus discípulos.