Querido Miguelón: A lo que tu llamas illo tempore, para mi es ayer por la tarde. La historia de mi abuelo es del 1910, la tuya de 1970, pero mola a tope. La siguiente es de 1946, el lugar es un pueblo a tres kilómetros del tuyo y que se llama Villahizán de Treviño. Como el tuyo, está a orillas del río Odra:
Ese año de 1946 tenía yo 8 años, y mis padres me mandaron a pasar la mitad del verano en Boada, una aldea cercana, que por aquel entonces contaba con siete cabezas de familia, sin luz eléctrica y con un manantial en la plaza de donde se tomaba el agua. Pero no es de Boada [de dulcísimo recuerdo en mi memoria], sino de Villahizán de donde voy a relatar.
Cuando llegué ese año, ya no era nuevo, pues había estado un mes el verano del año anterior: Quiero decir que, cuando correteaba por el pueblo con mis primos, ya no salían las vecinas preguntando: "¿Ese quién es?". A lo que mis primos siempre respondían: "Es el hijo de mi tío Dario".
Un día, en una de esas correrías, a lo que se ve, un pollo tomatero parece ser que provocó en mí el deseo de demostrar a mis primos mis habilidades con mi inseparable tirador (tirachinas, tiragomas,etc.). "Pensat i fet", como dicen en mi querida Valencia, es decir, pensado y hecho. Puse una piedra en el cuero, tensé las gomas, apunté a la cabeza del pollo... y ¡zas!. La piedra partió rauda y acertó a dar en el blanco. Por más que metimos al pollo las patas en agua para evitar que muriese... no sirvió de nada.
Desde aquel aciago día, en Villahizán dejé de ser "El hijo de mi tío Dario" para alcanzar personalidad propia y pasar a ser "El Matapollos". (Dario).
En mi más tierna infancia aún viví, probablemente, el momento cumbre en la vida de estos pueblos: Una población joven y viva. La mejor prueba de esta fuerza eran los dos maestros existentes y los 70 niños chillones en edad escolar. Sinceramente, no era precisamente la riqueza, sino la pobreza, lo que aquí abundaba. El terreno era pobre, y había demasiadas bocas para alimentar. Por ello, la demanda en la ciudad de mano de obra tuvo un impacto tan fuerte. Numerosas familias consideraron la emigración a la urbe como su tabla de salvación. Y evidentemente lo fue. Lo funesto del caso, es que desde aquel entonces ha continuado la sangría migratoria y la juventud ha seguido buscando horizontes mejores de cuantos a la agricultura le ha ofrecido una sociedad ingrata. Cuando el país ha tenido hambre ha monopolizado, incluso requisado, nuestro trigo... pero han olvidado completamente a la persona productora cuando han dejado de tenerla o cuando era más fácil importar.
Sea como fuere, en mi más tierna infancia en el pueblo había una mayoría de familias que vivían de la agricultura y unas 6 u 8 familias asalariadas. Los salarios eran de miseria y las más de las veces consistían en una cantidad de fanegas de trigo. Sin embargo, antes de que se irriten los sindicalistas, aclararé que no había gran diferencia de clases. Podría decirse que ni siquiera existía el patrono como tal, pues para "ajustar" [acordar un trabajo y un salario] un pastor, a veces se reunían 4 o 5 vecinos. Era cierto que el asalariado y su familia malvivían, pero no era menos cierto que el negocio era ruinoso. La prueba es que cuando los pastores se fueron en busca de trabajo a las ciudades, casi desaparecieron las ovejas. Y nunca existió una relación conflictiva entre ambas clases, sino una convivencia de compartir.
No era precisamente a los pastores a quienes iba a referirme en este texto, sino a otros dos asalariados a nivel municipal: el guarín [encargado de llevar a pastar mulas, yeguas y burras], y el vaquero [ganado vacuno]. Ambos eran contratados por el Ayuntamiento, y cada vecino había de abonar en trigo la cuota correspondiente según el número de cabezas que aportase a la manada. La demanda de mano de obra en las grandes ciudades dio al traste con estos proyectos, y pasamos a ser los chavales los encargados de llevar a pastar a los animales, cada uno los de su familia. La operación comenzaba en San Isidro con el levantamiento de la prohibición de pasto de las eras, y terminaba a la llegada del otoño tras algunas semanas de apertura del pasto de las praderas.
El horario era fácilísimo de saber. A las 12,30 tocaba el campanero el toque de "mediodía" y era hora de regresar a comer, y cuando el sol se ocultaba tras el horizonte, había que regresar otra vez. La labor de "soltar las vacas" [llevarlas a pastar] era tediosa cuando había muchos frutos que guardar, y todo una gozada cuando toda la recolección ya estaba en las eras: entonces todo era un constante juego, y a veces era hora de regresar a casa, y nadie sabía dónde "demonios" estaban las vacas.
Existía un guarda por convenio con los arrendatarios del coto de caza. Pero no era ni la sombra del guarda de las míticas historias narradas por los mayores, porque en realidad quien le pagaba eran los de la caza y el campo le importaba un rábano. Y los mayores contaban historias del guarda contratado por el Ayuntamiento que se pasaba las horas vigilando con los prismáticos para pillar a los chavales robando peras o uvas y poner a los infractores el culo rojo como un tomate. Este guarda de mi historia, cuando éramos negligentes y nuestras vacas se metían en algún sembrado, se limitaba a sacar el talonario e imponernos una multa de dos a cinco duros. Hoy puede parecer irrisorio... pero... ¡como explicárselo a nuestro padre cuando el alguacil pasaba a cobrar a domicilio!. Hubiera sido inútil cualquier intento de explicación: en aquellos tiempos la palabra de un niño no tenía ningún valor contra la de una persona mayor. Y si el guarda había puesto una multa, para nuestros padres, tenía razón... y punto.
Esta historia de mi relato sucedió hacia mis 11 años y en los primeros días del mes de julio. Yo tenía un reloj y mis compañeros me preguntaban frecuentemente la hora, porque en aquella época del año casi todos los frutos estaban en campo y teníamos que estar muy atentos con lo cual el tiempo se nos hacía largo. Cuando aquel día mis compañeros me preguntaron la hora, hube de decirles que me había dejado el reloj en casa. Se ofrecieron a cuidarme las vacas para que fuese a casa a buscarlo. Y, unas veces corriendo y otras andando, allá me fui.
A llegar a casa sudoroso, la puerta estaba abierta, como casi siempre, y me dispuse a entrar a la misma velocidad que había venido del campo. Sorprendido, un pollo, poco más grande que una paloma, que se había metido en el portal en busca de algún grano de trigo, salió gritando y revoloteando a escasos centímetros de mi cara. Me dejó más pálido que los vampiros de Trasilvania. Miméticamente, me agaché al suelo [entonces la calle no estaba asfaltada] tomé una piedrecita y, junto con un taco, se la lancé al pollo sin más intención que mi rabia por el susto. Dio en el blanco. El pollo se balanceó y estiró la pata.
¡Ni adrede!. Era el colmo de la mala suerte. Yo siempre hice honor a la ataxia llevada en mis genes y era malísimo en los juegos de puntería, como la tuta, o la chana. Cuando, por casualidad daba en el blanco, mis amigos me felicitaban como si hubiese sucedido algo extraordinario :-). En cuestión de segundos pasaron por mi cabeza toda una serie de secuencias. ¿Qué hacer con el pollo?. ¿Con qué cara podía decirle a mi octogenaria vecina, cuyos pollos eran su único tesoro, que yo había matado aquella pequeña promesa de guisado?. ¿Cómo iba a dárselo a mi madre si nos había repetido cien mil veces a los hijos que las cosas se piden, pero nunca se roban?. ¿Cómo iba a proponer a mis amigos merendarlo si en los pequeños pueblos todas las cosas acaban sabiéndose?.
Miré a un lado y a otro de la calle para percatarme de que nadie había contemplado la escena. Escondí el pollo debajo de mi camisa, tomé el reloj y regresé al campo. A la salida del pueblo existía una bodega hundida cuyo hundimiento había provocado un pequeño cráter que se usaba como basurero para arrojar latas y botellas. Allí arrojé el pollo y volví con mi secreto a la normalidad.
Dícese en la novela Rusa "Crimen y castigo" que siempre se vuelve al lugar del crimen. Eso me pasó a mí. Al regresar con las vacas, desvié unos metros mi trayectoria y me acerqué a ver el cadáver. ¡Cielos, no estaba!. Otra vez volvieron a cruzar mi cabeza las secuencias a una velocidad impresionante. ¡Bah, algún perro hambriento se lo habrá comido!. ¿Pero sin dejar ni siquiera rastro de plumas?. ¿Habrá visto alguien mis maniobras y, pensando que esto es un desperdicio, habrá cogido el pollo para añadirlo a su guisado?. ¿Será todo esto un sueño mío?. Pero, hete aquí que el pollo estaba vivo unos metros más adelante. Sin duda, yo había confundido un desvanecimiento con su muerte. El animal parecía completamente despistado, como si no supiera volver a casa. Movía la cabeza constantemente, y yo lo juzgaba como un síntoma de su despiste. Aunque, en realidad, hoy creo saber cuál era la auténtica causa: mi pedrada le había dejado tuerto y tenía que girar toda la cabeza para mirar alternativamente hacia un lado y hacia otro. Me dio pena y decidí ir a por él cuando cerrase las vacas y soltarlo cerca de su casa para que volviese con sus hermanos de pollada.
Así lo hice: cuando até las vacas regresé a recoger al pollo. ¡Mierda!. Capturar en campo abierto a un pollo desconfiado por haber recibido una pedrada, es tarea imposible. Nunca conseguí acercarme a él menos de cinco metros. No me quedó más remedio que hacerle un corte de mangas y decirle: "Ahí te quedas".
Jamás supe si aquel pollo acertó, o no, a regresar a su casa. Nunca fui capaz de distinguir un pollo blanco de otro pollo blanco, y mi vecina tenía varios pollos blancos pululando por mi calle y otras calles aledañas.
"Tristeza de amor:
un juego cruel.
Jugando a ganar...
has vuelto a perder...".
Ya veo a María Belando tarareando :-). Esta letrilla, de música pegadiza, era el principio y el final de un programa televisivo en el cual Alfredo Landa protagonizaba a un cicuentón enamorado de una compañera de trabajo. La Señora de sus amores, también madura como él, Concha Cuetos, era estupenda como amiga, pero no quería saber nada de amor.
Bien, si cambiásemos la palabra "amor" por "ataxia", tendríamos el fiel retrato de un atáxico con la heredodegeneración avanzada. No, no me condenéis a la hoguera por esa forma de expresarme: no hablo de esa tristeza que cursa con una dosis de mala leche, ni tampoco de esa tristeza de las caras largas, ni siquiera de tristezas permanentes. Hablo de esa tristeza (vacío) que nos persigue y, con independencia de cuanto hagamos, acaba alcanzándonos una o varias veces al día. Es la tristeza de saber que pase lo que pase, siempre se camina hacia el abismo. Y a pesar de la superactividad que busquemos... y de las numerosas bromas gastadas... y las innumerables sonrisas internetianas [:-)] puestas en nuestros mensajes... siempre nos pilla un momento de vacío.
En realidad, todas las acciones antes aludidas son una pura pamema sin más sentido que no quedarnos en vacío para continuar
huyendo de nuestra propia realidad. A pesar de esas actitudes de defensa, son inevitables varios momentos críticos a lo largo del día
para ponemos melancólicos y con los ojos perdidos como si quisiéramos destruir el factor tiempo. ¡Matar el tiempo!. ¡Hay que matar
el tiempo!. ¿Pero acaso matar el tiempo puede ser una meta?. Tal vez estemos así con los ojos perdidos intentando retener una
lágrima. Recordando sin querer recordar, porque recordar nos entristece al surgir comparaciones sobre nuestro estado físico en los
diferentes tiempos. ¿Pero cómo no mirar hacia el pasado cuando el futuro es de color negro por ponerle algún color?.
En muchas ocasiones a lo largo del día, mediante distintas actividades a veces destinadas a rellenar nuestro tiempo por miedo al vacío, conseguimos burlar a nuestros propios fantasmas. Pero, por ejemplo, ¿cómo se puede seguir huyendo cuando, con un cuerpo inmóvil y un cerebro funcionando a demasiadas revoluciones, sin nadie a quien palpar ni "malditas" ganas de dormir, te meten en la cama y apagan la luz?.
Sí, una heredodegeneración es un juego cruel. Cada día jugamos a ganar, porque esa es la obligación de todo ser humano. Sin embargo, también cada día volvemos a perder, porque no hay mayor perdida que saberse predestinado a perdedor. Éste es un mundo donde cualquier tiempo pasado fue mejor. No, no se trata de magnificar el pasado ni de que el hoy sea malo, sino de que el mañana, con todas las cartas en su mano, será peor. Eso es una enfermedad progresiva de los tintes de una ataxia hereditaria.
Aún nos queda la pequeña libertad de escoger nuestra propia actitud ante los acontecimientos. ¡Pero es tan pequeña y tan difusa!. A veces ni siquiera hay elección. En ocasiones, es como si nuestra voluntad fuese un títere en manos de un destino que condiciona nuestra actitud. Es muy fácil perder el dominio psicológico cuando el físico ya no se controla. Cuando esto sucede, ni siquiera se es dueño de las propias reacciones.
Bien, ya he jugado suficiente con emociones y sentimientos para llegar a la pequeña libertad de escoger nuestra propia actitud ante los acontecimientos. Ahora contaré la historia sucedida cuando había salido a dar una vuelta con mi silla de motor de baterías:
Mi cuñado había dejado su automóvil en medio de la calle, a la puerta de su casa. Esto no tiene nada de extraño: es un pueblo y una calle muy secundaria por donde casi nunca pasa nadie. Además, él estaba en casa y lo hubiese quitado si cualquiera se lo hubiera pedido. La calle mide unos cinco metros de anchura. Mi sobrino de cinco años estaba jugando en el interior del vehículo con la puerta derecha abierta. Yo iba a pasar por aquella calle de forma frontal al coche. Como por el lado de la puerta cerrada tenía metro y medio, sin acera, para pasar ni siquiera reduje la velocidad de mi silla.
Pero hete aquí que justo en el momento en que yo estaba traspasando el automóvil, mi sobrino abrió precipitadamente la puerta a la vez que gritaba:
- ¡Tú por aquí no pasas!.
Algún ángel de la guarda aceleró mis lentos reflejos de atáxico para detener el control de avance del motor de la silla, y el golpe no llego a ser letal. Por lo menos, no dejó contusiones en mis rodillas ni abolladuras en las chapas de la puerta.
Ante ese suceso pueden suceder dos cosas: La primera es sentir el
nerviosismo y perder el control de la situación. En ese caso no habría nada
para objetar, pues no existe libertad de elección de actitud. La segunda, es
dominar nuestra voluntad, y entonces sí hay posibilidad de elegir la propia
actitud ante los acontecimientos.
Tras el susto inicial, dominé mi voluntad y pude elegir. La elección consistía en escoger entre gritarle a mi sobrino que era de la piel de Satanás y no era hijo de su madre... o sentirme orgulloso de que mi sobrino quisiera jugar conmigo de esa forma tan inocente que no era capaz de preveer cuanto podía ocurrir aunque hubiera estado supercantado para cualquier adulto. Gritarle, con pleno dominio de mí mismo, sólo habría supuesto culparle de las desgracias de mi vida sin que el desplace de carga, agobiadora para él, hubiera sido un alivio para mí.
Todo terminó en risas. Pero, ¿qué pasará a la noche cuando, con un cuerpo inmóvil y un cerebro funcionando a demasiadas revoluciones, sin nadie a quien palpar ni "malditas" ganas de dormir, me metan en la cama y apaguen la luz?. Me temo que tendré que reparar en que, por mi estado físico, conducía una silla de baterías, y este suceso va a desencadenar toda una serie de desventuras. Puede resultar inevitable dormirse con una lágrima a punto de salirse del ojo.
Esta historia a relatar ocurrió a mis 23 años aproximadamente. Ésta era mi etapa en la cual para los ajenos a esta enfermedad fue más fácil confundir los síntomas de mi ataxia con los de la embriaguez. No se trataba de tener una sintomatología más fuerte, sino que aún podía ir a todas partes sin acompañante casi como si fuese una persona totalmente normal. Me refiero a no necesitar ayuda, porque cualquier buen observador podía percatarse de mi inestabilidad caminando. No sucede, pues, que los síntomas decrezcan, al contrario, la ataxia es una enfermedad progresiva. Se trata de un cambio de circunstancias. Sin duda, la compañía de otra persona, en apariencia serena, o la utilización de una silla de ruedas, restan enteros a una posible confusión.
A final de una consulta médica en Madrid había regresado en tren a Burgos a las doce de la mañana. Como no tenía nada que hacer en la ciudad y la estación de ferrocarril está muy cerca de la carretera de Valladolid, por donde se inicia la salida de la ciudad hacia mi pueblo, decidí hacer autoestop para llegar a casa y descansar del viaje. Me coloqué al lado de un semáforo desde donde hice señas a los automovilistas. Fue media hora perdida, porque, aunque varios automovilistas se detuvieron a un metro de mí y pudieron haberme consultado por la ventanilla, ni uno solo se interesó por preguntarme el lugar adonde quería ir.
Al otro lado de la carretera había un paseo con frondosos árboles y la temperatura invitaba a pasear. Vi allí a uno de mis antiguos profesores. Durante cinco años fue mi profesor preferido, y yo para él uno de sus alumnos predilectos. Paseaba treinta metros hacia un lado y treinta metros hacia otro, mientras leía un libro. En realidad, no perdía detalle de cuanto sucedía a su alrededor. Como consultaba el reloj a menudo, sospecho que estaba esperando a alguna cita. Él me había mirado fijamente por tres veces como diciéndose: "A este tipo le conozco yo, y no sé de qué".
Cuando el semáforo se puso en verde, decidí cruzar la carretera para ir a saludarlo. Como no me quitaba ojo, pudo contemplar perfectamente mi inestabilidad caminando. Cuando llegué junto a él, le ofrecí mi mano y le dije:
- ¡Hola!. Yo he sido alumno suyo durante cinco años.
- Perdona. No te recuerdo -contestó.
Yo le expliqué el tiempo, el colegio, y le di mi nombre y apellidos.
- Pues no, no te recuerdo -mintió.
Y digo mintió, porque mi apellido es poco corriente, y es seguro que él nunca tuvo entre sus alumnos un "Cibrián" ni antes de mí ni después de mí. Era inútil seguir conversando. Yo ya había leído en su pensamiento: "Este borracho seguro que acaba pidiéndome dinero para sus vicios" y "¡pobre chaval, con lo buen estudiante que era, lo bajo que ha caído!". Quise quitar fuerza a estos hipotéticos pensamientos y, con voz quebrada, casi aguantando las lágrimas, añadí:
- Estoy enfermo...y no he podido seguir estudiando...
Me miró otra vez de arriba abajo y no quiso decir nada o no supo qué decir. Por ello, no esperé más, dije "adiós" y me fui de allí decepcionado.
Ya no regresé otra vez a hacer autoestop. Era inútil. Si alguien con quien había convivido cinco años se negaba a conocerme, ningún desconocido me subiría en su automóvil. Incluso, algún automovilista podría darme una respuesta positiva... pero, luego, al ver mis movimientos, cambiar de opinión. Bajé al centro de la ciudad a comer en un restaurante y a esperar pacientemente toda la tarde hasta la salida del autobús que pasa por mi pueblo.
Poco a poco perdí todas las amistades. Una veces sí hubo claros desprecios. En otras, mi susceptibilidad actúo para ver desprecios donde no existieron. Sin embargo, la mayoría de las veces, fui yo mi mismo quien se marginó bajo el pretexto de evitar situaciones embarazosas molestas para ambas partes. En realidad, mi autoestima estaba poniéndose a cero... o más que bajo cero...
Como ex-agricultor, sé bastante de trabajar con arados. Independientemente de la marca, y ya fuesen
fijos o reversibles, con el único cambio del hierro por la madera, todos se basaban en el principio del
arado romano, de punta endurecida al fuego, de hace más de 2.000 años: punta, reja, y vertedera. La
punta, con la misma finalidad de abrir la tierra y preservar a la reja de una erosión prematura, en la
actualidad era substituida por el sistema de formón . El formón consistía en una barra gruesa de
hierro de unos 70 centímetros de larga introducida por un ajustado orificio del arado y sujeta don dos
grandes tornos. Al ser su función preservar de desgaste a la reja, siempre debía de sobresalir varios
centímetros más que ella. Por lo cual, era necesario correr los formones hacia adelante cada vez que
había cierto desgaste: en épocas en las cuales la tierra estaba muy dura, una vez al día.
Correr los formones hacia adelante no era difícil. Yo lo hice muchas veces. Sin embargo, los síntomas de la ataxia convierten la tarea en una gran dificultad. En los últimos años trabajando, casi nunca lo hice. Siempre tenía a mi padre o a mi tío para pedirles que me sacasen los formones o me pusiesen nuevos si alguno de los viejos estaba totalmente desgastado y ya no era posible correrlo hacia adelante. No obstante, los formones no preservaban totalmente a las otras piezas, y a veces, era necesario acudir una herrería para que hiciesen una reposición total de los elementos del arado.
El herrero de taller donde íbamos nosotros tenía siempre muchos clientes, y, para abreviar el trabajo, cada cual desmontaba sus propios arados antes de que le tocase el turno. En cierta ocasión coincidí con un Señor, de una población cercana, de casi 60 años, con gran fama de bebedor de los que se pasaba a menudo. Nos conocíamos únicamente de vista. En aquellos momentos ya no bebía, pero le había quedado como secuela una gran perlesía. Yo le había visto de reojo cómo, con gran frustración, intentaba sacar un formón totalmente desgastado. Y he dicho "visto de reojo", porque sé por experiencia de atáxico la incomodidad que supone que te miren fijamente cuando algo marcha mal. Aquel formón había que sacarle por el principio de que un clavo saca a otro clavo: esto es, introducir otro formón para luego sacar ambos, uno por delante y el otro por detrás. Aquí estaba el problema: aquella persona sujetaba el segundo formón, pero, por miedo a que debido a su perlesía se golpease en la mano, los golpes de un martillo de cabeza de tres kilos, en vez de golpear, acariciaban.
Desde la visión de mi reojo en el trabajo en mi arado a tres metros de distancia me daba pena. Nada podía hacer por él. Si hubiese podido, se lo hubiese hecho voluntariamente. Pero él por su perlesía y yo por mi ataxia... estábamos iguales. Por fin, se dio por vencido en su infructuosa pelea y me pidió ayuda:
- Oye, ayúdame. Yo sujeto el formón y tu golpeas -me dijo mientras ponía en mis manos aquel gran martillo.
En toda mi vida he encontrado una explicación más difícil de dar. Tuve que decirle que tenía una enfermedad llamada ataxia y no podía golpear porque acabaría golpeándole en las manos, y tampoco iba a arriesgarme a sujetar el formón mientras él golpeaba.
Por la cara que puso, creo que no entendió nada y me tomó por alguien que se había negado a ayudarle. ¿Pero qué podía hacer?.
Menos mal que vino el herrero en mi ayuda y, "meándose de risas" por el hecho de haberme pedido ayuda para tal cosa precisamente a mí, le dijo que ni él ni yo podíamos realizar aquello.