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La carretera nueva «de los pantanos» lleva
al viajero en muy poco tiempo hasta las Entrepeñas del Tajo, donde en 1955
se inauguró la presa de este nombre, que recoge las aguas del gran río hispano
formando un embalse de proporciones gigantescas. En la rivera de AUÑON
y junto al embalse de Buendía, que recoge las aguas del río Guadiela,
y cuya presa se encuentra en la provincia de Cuenca, forman el mayor conjunto
de recursos hidráulicos de España, aprovechados hoy especialmente como reservorios
de agua para el riego en provincias levantinas, Y también, cuando los años
son generosos en lluvias, como recurso turístico. Sacedón, junto al pantano,
es un lugar que, sin contar con especiales atractivos patrimoniales (una iglesia
parroquial de grandes dimensiones, y una ermita de la Santa Cara de Dios,
manierista) ofrece al visitante la animación propia de un puerto de mar, pues
la orilla del pantano, especialmente lo que se denomina el «paseo marítimo»,
está cuajado de lugares donde comer, descansar y entrar en conversación con
cuantos por allí pasean o andan en torno a las numerosas embarcaciones de
recreo. Viajar en barco por el pantano de Entrepeñas, en un día luminoso,
con las aguas inacabables de rabioso color azul, es un gozo que nadie debería
perderse. Las orillas son los mansos paisajes olivareros de la Alcarria más
pura.
Desde Sacedón pueden recorrerse las orillas del pantano y admirar sus antiguos
y bellos pueblos. Por la orilla derecha, debe admirarse Auñón, con un urbanismo
encantador, callejas empinadas y estrechas, y un templo renacentista junto
al caserón de los comendadores calatravos, más la capilla del obispo de Salona,
cuajada de escudos. En su término, y por caminos bien señalizados, se visita
la ermita de la Virgen del Madroñal, con altar barroco y hospedería aneja,
pero sobre todo con unas vistas idílicas sobre la superficie acuosa del pantano.
Aguas arriba está Alocén, que permite también hermosas perspectivas
del embalse, lo mismo que El Olivar, donde los últimos años se han
ido restaurando y acondicionando sus edificios, de tal modo que hoy constituye
un enclave de urbanismo limpio y atractivo, muy «alcarreño». Finalmente, en
esa orilla derecha se debe llegar hasta Budia, la villa de mayor riqueza
artística del contorno, y en ella pasear las calles para encontrar interesantes
edificios: en la plaza mayor pregona su antigüedad el edificio de Ayuntamiento,
con su cárcel aneja (en la que pasó una noche encerrado, según cuenta él mismo,
Camilo José Cela en su «Viaje a la Alcarria») y su gran fuente. Muy cerca
se alza el gran edificio de la iglesia parroquial, cuya portada es eminentemente
plateresca, de corte covarrubiesco, y en el interior deben admirarse los enterramientos
renacentistas, y sobre todo las tallas de Juan de Mena dedicadas a la Dolorosa
y al Ecce Homo, exquisitas tallas barrocas que merecen por sí solas el viaje.
Por las calles cuestudas de Budia se admirarán los viejos palacios blasonados,
y al final de la cuestuda calle mayor, donde también se encuentra la llamada
«Casa del Obispo», se llega a las ruinas del convento de frailes carmelitas,
abandonado pero ofreciendo aún la grandiosidad de su fachada típica de la
Orden. También en las afueras debemos admirar el gran rollo, símbolo de la
justicia propia y del título de villa. Bajando hacia el pantano, la siguiente
parada ha de ser en Durón, donde el aire de la Alcarria se adensa en
construcciones típicas, hermosos edificios como el de la vieja Carnicería,
la gran iglesia parroquial de manierista portada, la fuente barroca y el rollo
a la entrada, aunque todo en Durón es admirable y merece una visita reposada.
En la orilla izquierda del pantano, el viajero llegará, por cómodas carreteras,
a lugares como Chillarón del Rey, con una iglesia en la que se admira
su imprsionante retablo barroco; y a Pareja, lugar preferido que fue
de los obispos de Cuenca. En su plaza mayor quedan los enormes muros de su
palacio episcopal, junto al nuevo Ayuntamiento y la vieja olma que antaño
llegó a cubrir con sus ramas la plaza toda. En la iglesia parroquial se admira
especialmente la portada meridional, de gran efecto plateresco, y en su interior,
de amplitud sorprendente, el retablo y numerosos detalles que confirman haber
sido construida y adornada a lo largo de varios siglos.
Río Tajo arriba, debe visitarse Gualda, con su enorme iglesia barroca
y el palacio que llaman de Carlos III, una impresionante edificación civil
muy bien conservada. La ermita de la Inmaculada es también merecedora de una
visita, así como la recientemente excavada necrópolis visigoda, muy cerca
del caserío. Se sigue luego hasta Henche, con su templo románico, y
los Gárgoles, donde sorprende la gran cantidad de cuevas para hacer
vino que existen en los cerros junto a los pueblos, y finalmente se llega
a Cifuentes o Trillo, objeto de otra ruta.
Desde Sacedón hacia oriente, pasando del Tajo al Guadiela, de Entrepeñas a
Buendía, el viajero alcanzará primero la villa de Córcoles, en la que
además de su parroquia de estilo románico dedicará la mañana en visitar las
ruinas del monasterio cisterciense de Monsalud, el más espléndido edificio
de arquitectura monacal de la provincia. Es un conjunto que se encuentra ya
en avanzado estado de restauración, y en el que debe admirarse la iglesia,
de tres naves, con una cabecera espléndida de tres ábsides semicirculares;
el claustro, de tradición gótica, con bóvedas de crucería en tres de sus alas,
y la Sala Capitular, espacio que se muestra completo y original, con dos columnas
centrales rematadas en grandes capiteles de los que surgen las espectaculares
bóvedas de crucería que cubren la sala. Además se han recuperado las grandes
salas de dormitorio de los monjes, refectorio, hospedería, portería, y una
interesante bodega. Sin duda que este gran monasterio medieval, en el que
hace siglos bullía la vida y los peregrinos llegaban a millares para implorar
la salud a la Virgen a la que allí se veneraba, bien merece una detenida visita.
Poco más allá, en la orilla del Guadiela ahora remansado en pantano, está
Alcocer, villa histórica que ofrece al visitante la belleza arquitectónica
de su templo parroquial, una verdadera joya del románico-gótico. Su medieval
estampa es rota por la torre, de remate más moderno, pero en sus muros se
abren las portadas de estilo románico y gótico, con profusión de adornos,
y en el interior, de tres altas naves, las crucerías y los apuntados arcos,
todo ello recubierto de ornamentación de bien tallados elementos vegetales,
más la girola calada tras el altar mayor, confieren a este templo de Alcocer
la característica de una catedral en miniatura, sorprendente siempre. En el
pueblo se admiran algunos viejos palacios con escudos, el hospital medieval,
el convento de clarisas, todo ello ocupado por viviendas particulares. Y aún
restos de la muralla que tuvo, algunos torreones, y el recuerdo de haber sido
conquistada a los moros en el siglo XI por el capitán cidiano Alvarfáñez de
Minaya.
Poco más allá de Alcocer, el viajero prolongará su excursión por algunos de
los pueblos que forman, en el lado de Guadalajara, la histórica «Hoya del
Infantado», cuya capital es sin discusión la villa conquense de Valdeolivas.
Aquí admiraremos en Millana su templo de Santo Domingo, de grandes
dimensiones y perfecta arquitectura románica, con portada cuajada de decoración
de monstruos y figuras humanas; más el caserón de los Astudillo, con un enorme
escudo de armas. Salmerón aún, con su plaza porticada, netamente alcarreña,
y la iglesia parroquial de bellas portadas e interior armonioso, y finalmente
la llegada a Castilforte, en medio de un paisaje abrupto de olivares
y pinos.
Pagina del autor:
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