
Por: Lama Geshe Ngawang Sherap La naturaleza y el funcionamiento de la mente
en el logro de la felicidadEntender la naturaleza y el funcionamiento de la mente es de suprema importancia en nuestras vidas. La felicidad y el sufrimiento que experimentamos, incluso las experiencias externas con las que nos topamos en la vida es el reflejo de la mente misma. Por ello, entender la verdadera naturaleza y función de la mente es fundamental para nosotros
Tendemos a buscar la felicidad y las causas del sufrimiento en el mundo exterior o en otras personas y lo que necesitamos entender es que lo que llamamos felicidad o infelicidad no surge realmente de las cosas, personas, acontecimientos y fenómenos que confrontamos, sino de las interpretaciones y modificaciones que la mente hace de ellos.
A cada cosa a la que le damos un nombre, a todo lo que experimentamos, le adjudicamos un valor: bueno o malo. Y, si lo analizamos, nos daremos cuenta de que el mundo en sí no refleja realmente la cualidad de bueno o malo. Por ejemplo, usualmente disfrutamos de una comida deliciosa, pero si nos encontramos de mal humor o tristes, esa comida no nos va a parecer tan deliciosa. De igual manera, si estamos de muy buen humor o tenemos hambre, consideraremos deliciosas, incluso, comidas que jamás nos hubiesen gustado en otras circunstancias y que, por lo general, no nos gustan. Las cosas que nos parecen deliciosas o no, buenas o malas, no lo son en sí mismas, sino que nuestra apreciación dependerá de la manera con la cual nuestra mente las califica; es en nuestra mente donde lo consideramos bueno o malo.
Desde el comienzo mismo de nuestra vida hasta que dejamos esta existencia, nuestra poderosa mente ha estado trabajando tanto en lo negativo como en lo positivo. Mientras estamos bajo el poder positivo de la mente, más disfrutamos de la vida y somos felices. Si por el contrario, nos encontramos bajo la influencia del poder negativo de la mente, más estamos sufriendo. De allí la necesidad de comprender lo que ocurre en nuestra mente y observarla momento a momento.
Para ilustrar este punto, he aquí un ejemplo: Por lo general, muchas filosofías, incluyendo el Budismo, afirman que el universo en que vivimos es algo parecido a un sueño, que no existe ni como tal ni como lo percibimos. Sin embargo podríamos acotar que las montañas son muy concretas, pero aún así podría ser como en un sueño, que no es real, que no es verdadero. Examinemos el sueño en sí: Para el individuo que sueña -el soñador-, todo lo que ve o siente durante ese sueño forma parte de dicho sueño; en la habitación en donde está durmiendo y soñando entran océanos y montañas; la habitación en sí es demasiado pequeña para contenerlos, sin embargo allí están y así lo experimenta. Cuando despierta, lo que experimentó durante el sueño ya no se encuentra allí, con él. De igual manera, lo que experimenta ahora, en este preciso momento, a saber: la casa, la montaña, la calle, los automóviles... cuando duerme ya no existen. En el curso de toda nuestra vida oscilamos de la conciencia de vigilia a la del sueño (con o sin ensueño). Lo que experimentamos durante la vigilia no está cuando soñamos, y lo que soñamos no está cuando estamos despiertos.
Todos los fenómenos del universo que experimentamos son sencillamente apariencias para la mente. Por lo tanto, si todo es apariencia para la mente, hay que seleccionar sólo las apariencias buenas y correctas y no dejar que aflore lo impuro y negativo que va a producirnos sufrimiento. Para algunas personas esto puede ser difícil de entender, porque pareciera que no tenemos manera de elegir lo que aflora a nuestra mente. Sin embargo, si analizamos esta premisa a fondo veremos, una vez más, que no es cierta. Por eso, cuando decidimos pensar específicamente en un amigo o en un evento, esto llega a nuestra mente: podemos escoger.
Vamos a recurrir a otro ejemplo: Te encuentras en casa oyendo música o trabajando, y los niños están haciendo ruido. No quieres que los niños te fastidien pero ellos no lo entienden y comienzas a sentir desagrado por el ruido. Los niños siguen sin entender que el ruido te está molestando y tu desagrado va en aumento. Llega el momento en que esta molestia te va irritando más y más y, gradualmente, te enfadas. Al estar enfadado ya no lo estás con el ruido que están haciendo los niños, sino con los niños mismos. Hay muchos elementos entre los niños y tu persona, pero no entendiste el proceso y sólo tienes conciencia de los niños, de la rabia y de ti mismo. Si lograras observar el desarrollo del proceso, aunque es posible que no llegases a disfrutar del ruido, podrías llegar a ignorarlo y no enfadarte. En el momento en que te permites sentir desagrado por el ruido ya entraste en el proceso. En cambio, al observar todo, tienes libertad de elección y puedes decidir no molestarte por el ruido, mantenerte en paz con ese ruido y no enredarte en el proceso que te lleva al enfado.
Observemos, paso a paso, lo que ocurre antes de que nos enfademos. Al comienzo tenemos el ruido, observamos la molestia, vemos que no es gran cosa. Sin embargo el disgusto aumenta, nos ponemos incómodos, la incomodidad a su vez aumenta y, finalmente se vuelve insoportable. En ese momento el ruido se hace intolerable, como resultado de ello surge la rabia y comenzamos incluso a olvidar que amamos a esos niños. Es posible que cuando estamos de buen humor hasta disfrutemos el ruido que hacen y no nos guste que estén callados, quietos o demasiado silenciosos. Cuando estamos de mal humor, el ruido es el mismo que cuando estamos de buen humor. Cuando algo comienza a disgustarnos nos irrita, pero cuando nos gusta es agradable. Este tipo de análisis nos permite ver cómo alcanzamos ese momento en que nos enfadamos y cuáles son los pasos que nos llevan a sentir rabia. Cuando ya estamos rabiosos, es imposible darnos cuenta de cuáles fueron los pasos que nos llevaron a ello. Cuando estamos rabiosos, ni siquiera percibimos lo bellos que son los rostros de los niños e incluso olvidamos la relación que nos une a ellos. Así es cómo actuamos. Y lo que hicieron los niños fue hacer un poco de ruido, lo demás lo creamos nosotros. Por lo general, es así cómo vamos creando las condiciones en las que finalmente nos encontramos. Por lo tanto, si somos felices debemos comprender que fuimos nosotros mismos quienes creamos esas condiciones.
Si nos quedamos quietos y examinamos cómo funciona la mente, veremos que las condiciones de nuestra vida son creadas por ella. Cuando la mente está quieta y controlada, incluso, lo que por lo general no nos gusta, será minimizado y llegaremos al punto en que no nos va a importar.
Muchas de las tradiciones espirituales sostienen que conocer la mente es la clave para lograr cualquiera meta que nos hayamos propuesto. Conocer y entender tu mente no requiere sino de paciencia y de la disposición para observar cómo funciona.
Debemos intentar encontrar situaciones que nos permitan establecer una relación amistosa con nuestra mente y para ello es necesario entender cómo funciona, así estará dispuesta a hacer lo que le pidamos. Comprender su verdadera naturaleza y su funcionamiento en diferentes situaciones nos permite establecer un control. Y este control no implica obligarla a hacer algo, sólo lograr que entienda lo que debe hacer y cuán beneficioso es para nosotros. De igual manera, la llevamos a descartar lo que no nos va a dar un buen resultado.
Todo lo que conocemos, el universo, puede dividirse en seis categorías, cinco están conformadas por aquello que nos llega a través de los cinco sentidos y la sexta abarca todo lo que la mente puede imaginar.Conocemos los fenómenos a través de nuestras distintas fuentes de percepción, de cada uno de nuestros sentidos. Las categorías que surgen a partir de nuestras percepciones sensoriales, los cinco sentidos, las podemos someter a estudios científicos, por lo que todo lo que les concierne resulta fácil de distingir. De esos sentidos la vista es el que mayor influencia tiene sobre nuestras percepciones; su rol es tan preponderante en nuestras vidas que hasta afirmamos: "ver para creer". En mi opinión, cuando exigimos "ver", para obtener la prueba de la existencia de algo, nos equivocamos ya que no todo puede verse. Si nos hablaran del aroma de la rosa y, para comprobar su existencia, exigieramos verlo resultaría imposible la comprobación de la existencia del aroma ya que el sentido del olfato sería el pertinente.
La idea de un sexto sentido mental posiblemente resulte extraña para la cultura occidental y sin embargo es importante comprenderlo. Los cinco sentidos funcionan dentro de las limitaciones del tiempo y del espacio, en tanto que el sexto sentido mental las trasciende. Para entender las categorías de la mente es necesario tener en cuenta la importancia de ese sentido en nuestras vidas. No olvidemos que la felicidad y el sufrimiento surgen, principalmente, a partir de las percepciones de el sexto sentido mental.
Las percepciones de los otros cinco sentidos se viven en el momento presente; y, aún si se repiten, esa repetición se da en otro momento. Lo que experimentamos a través de los cinco sentidos es transitorio, solamente podemos ver u oler en este preciso momento, de la misma manera ocurre con el oido, el tacto, etc., sólo escuchamos o palpamos en el presente. Los cinco sentidos se ven también auxiliados por objetos externos como la televisión, cámaras fotográficas, de cine o de video capacitadas para mostrarnos hechos ocurridos en el pasado. Estos, siendo solamente copias o duplicados de lo que sucedió, nos recuerdan e informan acerca de lo que hicimos en otro momento, podemos ver cosas que estaban en sitios donde nosotros mismos no estuvimos, por lo que amplían nuestras capacidades en el tiempo y en el espacio; pero, cuando no disponemos de esos objetos, recurrimos a el sexto sentido, todo lo que hacemos con nuestros cinco sentidos es registrado por el sexto, es posible recordar los sonidos que escuchamos ayer, pero el que los recuerda es el sexto sentido, no el oido.
En cada una de nuestras vivencias hay dos componentes: el que vive la experiencia -el sujeto- y el objeto de la experiencia. Cuando vemos algo el ojo es el sujeto -es el que ve-, y el objeto de la visión –lo que el ojo percibe- son la forma y el color. Todo fenómenos tiene seis poseedores o sustentadores, estos sustentadores del objeto, asisten en su percepción y pueden dividirse en tres categorías: la persona, la mente y aquello que expresa un significado.
Por ejemplo: el nombre Pedro, las cinco letras P-e-d-r-o conforman el nombre que representa a la persona. y es a través de dicho nombre que reconocemos a la persona. Cuando pronunciamos un nombre, sus componentes son letras y los sonidos correspondientes a dichas letras, por ende, el nombre depende de sus componentes. Cualquiera que sea la comunicació verbal que utilicemos, ésta se sustenta en cada uno de dichos elementos: palabras, nombres, frases, oraciones y grupos de oraciones, etc…
Cuando pronuncio el nombre de un fenómeno cada uno de ustedes comienza a sostener ese fenómeno en su mente. Si decimos, escuchamos o leemos la palabra "silla" comenzamos a tener la imagen de la silla en nuestra mente comenzamos a reflexionar sobre ella, y a partir de esa reflexión comenzamos a obtener otra imagen del fenómeno. Es así como los fenómenos llegan a nuestra mente: escuchamos el nombre, lo leemos o surge de una reflexión acerca de algo que escuchamos o leemos. Puede ocurrir también, por ejemplo cuando nos dicen algo y nos molestamos es porque asociamos esa palabra con una experiencia molesta, aunque la palabra en si no sea lo que nos molesta, hemos asociado a esa palabra una imagen o significado negativos que en realidad están en nuestra mente.
Conocemos todos los fenómenos a través de los sonidos expresivos, de nuestras experiencias verbales. Es por ello que sin que ustedes hayan ido a los Himalaya están en capacidad de crear una imagen mental de los Himalaya a través de la experiencia contada por otra persona, no hace falta tener los fenómenos frente a nosotros para tener una idea de ellos. Es de esta misma manera como logramos en nuestra mente las observaciones inherentes a los fenómenos, por medio de las palabras expresivas.
Podemos decir de este primer componente del poseedor del objeto: el lenguaje, que a una mayor claridad del mismo corresponde una mayor claridad acerca de las cosas. Las experiencias difieren de acuerdo al nivel de comprensión del lenguaje y de sus símbolos; comprenderemos cada fenómeno dependiendo de la comprensión que tengamos del lenguaje.
La persona es el segundo componente del poseedor del objeto. Cuando nos referimos a la persona, comúnmente, nos referimos a su cuerpo, hablamos de la forma, en el Budismo cuando hablamos de la persona, por lo general, nos referimos a los cinco agregados de la persona. Esta clasificación se establece sobre la base de la densidad de los agregados, de menor a mayor sutileza, los agregados son: 1°) la forma, que es lo más denso; 2°) el sentimiento, que se refiere a todo lo que sentimos: si nos sentimos felices o infelices, bien o mal; 3°) la discriminación, que reconoce todo, que permite diferenciar: ve a la persona, determina si es hombre o mujer, si algo es bueno…en fin discrimina, (éstos dos últimos son factores mentales que denominamos mente secundaria); 4°) el factor composicional, que incluye los 49 factores mentales secundarios restantes; y 5°) la conciencia, que es la mente básica misma y su parte más sutil.
Es importante subrayar que para la persona poder actuar debe tener discriminación, y para poder vivenciar la experiencia necesita el sentimiento. Además el Budismo habla de tres reinos: el del deseo, el de la forma y el de los seres carentes de forma, que es el único que no implica los cinco agregados. La diferencia entre el primer reino, el del deseo en que nos encontramos, y el segundo es que en el primero la experiencia a través de los cinco sentidos es más densa, en tanto que en el segundo aún siendo densa es más sutil, hay forma pero las experiencias son más sutiles. En el tercer reino, siendo seres carentes de forma no hay sino cuatro componentes, hay sentimiento pero de manera aún más sutil.
Ahora bien el tercer y principal poseedor del objeto es la mente en sí. Debemos tomar en cuenta que la mente es como un espejo; que incluso si lo cubrimos con la mano no podríamos afirmar que no hay nada reflejado en él, aunque no la veamos en él se refleja la palma de la mano. Así funciona la mente, ella no está, ni por un breve instante, vacía, siempre sustenta algún objeto y, por ello, el poblema radica en que hasta ahora no hemos adquirido control sobre la mente, no hemos desarrollado nuestra capacidad de seleccionar el objeto que ella va a sostener.
Las personas que han logrado no prestar atención a las muchas cosas negativas que les vienen a la mente, son afortunadas. Lo podemos hacer es entrenarnos para lograr que la mente no se fije en lo que no nos resulte necesario, en lo que no queremos. Los mineros que cavan buscando oro, quieren el oro y no el barro que sale junto con él. Cuando ven el trozo de oro lo sacan. Cuando no pueden hacerlo así de simple, sacan todo el barro, lo lavan y se quedan sólo con el oro. Sin embargo, no todo el mundo sabe qué es piedra, qué es barro y qué es oro. Nosotros también debemos convertirnos en expertos para determinar cuáles de las cosas que nos vienen a la mente son positivas y cuáles son negativas. Es necesario conocer la naturaleza de la mente y sus funciones, conociéndolas podremos comenzar a escoger.
Conocer las funciones de la mente nos permite escoger y decidir como vivir una experiencia, cómo elegir lo positivo, que nos lleva a la felicidad, y no dejar llegar a ella aquello que nos produce sufrimiento.
Desafiar el miedo y hacer triunfar la paz
Abandonar la agresividad y el comportamiento autodestructivo para vivir en armonía
Por: T.Y.S. Lama GangchenHay una solitaria batalla que luchar y es contra el miedo. El miedo se manifiesta en miles de formas; miedo a errar, a los errores del pasado, al engaño, a que nos pase algo desagradable, inclusive los celos y el orgullo son otras caras del miedo. Tenemos miedo en la calle y lo tenemos en la casa. Tenemos miedo de estar en una multitud y de estar solos. Inclusive, tenemos miedo de amar. Estamos a merced del miedo.
El miedo es nuestro enemigo número uno, capaz de hacer generar violencia en nosotros y en la sociedad; tenemos miedo de los otros y usamos la violencia para protegernos. Tenemos miedo de que no nos quieran, de perder nuestra belleza o nuestra buena fortuna por lo que la violencia corre libre en nuestro interior. Por ello, continuamente vivimos nuestras vidas balanceándonos entre la agresión y la autodestrucción.
Sin embargo, hay una manera de vencer el miedo y es cultivando la paz interior. ¿Cómo? Transformándonos en humildes jardineros espirituales, dedicados a cultivar con pasión bellas flores de energía pura en el fondo de nuestro cuerpo y nuestra mente.
La paz no reina en el mundo porque no reina en nuestro interior. Es la paz interior de cada ser viviente lo que crea la base para la paz universal.
Para vivir en paz, debemos educarnos a vivir sin miedo. La educación de la paz es un método educativo no-formal de pensamiento positivo y de no-violencia que todos necesitamos y que nos enseña como vivir felices. La paz es la única moral que la sociedad necesita y es la única cosa que nos puede ayudar a vivir sin sufrimiento inclusive en la situación más difícil.
Los esfuerzos de los gobiernos para vencer las varias causas de la violencia social no son suficientes. Propongo la creación de programas de educación por la paz, particularmente en las escuelas elementales, donde los hombres y mujeres del futuro puedan aprender a escuchar su mundo interior y transformar sus emociones en pensamientos y acciones positivos.
T.Y.S. Lama Gangchen