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| La sangre del Consuelo. Fantasía épica, novela de Alfonso Franco. | |  |  |  |
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II - Las pupilas del bosque
Miró hacia las paredes formadas por cerrados troncos
y se percató que de las estrechas aberturas asomaban
miradas, salían bocas sonriendo con obscenidad,
dedos temblorosos de risa señalando hacia él.
H. Pascal. La magia del Grial.
Despertó, el cielo había dejado de ser verde, ahora ardía en el rojo claro de la mañana; Orlando
estaba tirado en el piso
de la cocina, no escuchaba ningún ruido. Se talló los ojos y fue hacia la recamara, esperando que todo hubiera
sido un sueño.
No, la sangre y el cuerpo mutilado de su hermana seguían ahí.
Las vísceras de Ángela estaban por todos lados; el cuerpo partido en tres pedazos grandes, como una muñeca
rota, sin compostura.
Él no podía permanecer otro minuto ahí; tomó el abrigo que descansaba en la cama, para luego acercarse
a la ventana y salir,
tratando de evitar el más leve roce con la sangre y los pedazos de su hermana, como si fuera a quemarse al mínimo
contacto
con lo que aún quedaba de ella.
Bajó caminando por la pared, y al llegar al suelo miró en derredor, sin saber hacia donde ir.
El viento sopló desde el Este. Así, con tanta facilidad Orlando decidió que ese sería su camino,
un camino que antes había
recorrido, pero sin llegar demasiado lejos.
Anduvo hasta que el rojo claro se hizo más oscuro, y luego hasta que se volvió un rojo idéntico al de
la sangre seca en el
cuerpo mordisqueado de la mujer que había dejado atrás. Después la noche y el sueño le cayeron
encima.
Durmió hasta ya entrada la mañana a un costado del sendero, entre el pasto crecido. Luego siguió andando
en línea recta durante
todo el día, sin importarle abandonar la senda que curveaba, sintiendo que su estómago se devoraba a sí
mismo, con la mente
fija en la imagen de Ángela, pero no de la Ángela muerta y destrozada, sino de la hermana dulce, tierna, amante.
Recordaba los besos en la piel blanca de ella, la desesperada batalla que libraba contra Ángela al tratar de poseerla,
la
dulce resistencia que se imponía luego de un par de minutos y dos o tres caricias; los imperiosos gritos de placer
y de súplica
en los que se tornaba la violencia. La cadera insaciable que pedía más aún después del clímax.
Cuando el cielo estaba apunto de ser devorado por la noche, vio delante de él un bosque, como a medio kilómetro.
Conforme
se aceraba a la arboleda el viento era cada vez más cálido y quieto.
Ya entre los árboles la oscuridad se hacía más densa; Orlando creyó escuchar el sonido de un río.
Caminó casi a tientas, tropezando
con los pies extendidos de los árboles, tratando de enfocar lo que a lo lejos parecía una mancha de luz verde
que crecía junto
con el chapoteo del agua, tomando forma de cielo y nubes, de luna, de copas de manzanos, de nada en concreto.
De repente salió a un claro, llano y con la hierba demasiado crecida, sólo una piedra alta se erguía,
como un ombligo a mitad
del páramo.
La isla herbosa estaba cercada por árboles extraños, parecidos a los manzanos, pero de una corteza más
rojiza y unos frutos
aterciopelados, duros, como duraznos de carne, que pendían de ramas forradas por diminutas espinas.
Encontró tirado, cuando se dirigía a la piedra central, uno de los raros frutos; sintió que algo más
que su estomago le exigía
tomar la fruta, y la comió sin pensarlo dos veces. Una pesadez se le colgó de los párpados y Orlando
cayó de bruces en la
hierba.
Despertó ya muy entrada la noche.
En el mismo instante en que él abrió los ojos, los frutos que pendían de las ramas de los árboles
rasgaron sus cáscaras, dejando
al descubierto, en lugar de pulpa, un globo ocular, con las venas inyectadas y gruesas; y en vez de semilla, una pupila gris
y oscura. Entonces, lejos de ahí, alguien comenzó a soñar al huésped del bosque.
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| Las sentencias de la oscuridad. Una impresionante space opera gótica de Gerardo Horacio Porcayo | |  |  |  |
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La torre de las
Lamentaciones
Tardaron seis días más en cruzar el portón ojival de La Torre de las Lamentaciones.
Las dimensiones resultaban apabullantes. Rascacielos circular con otro oscuro cilindro al centro, abarcando la cuarta parte
del espacio total de la mayor circunferencia, pero que no extinguía su altura en ningún momento. El hueco, plagado de escaleras
que se entrecruzaban, saltaban de pared a pared creando filigranas, telas de araña cubiertas de fieles que alzaban la vista
hacia el único recinto, hacia el salón del trono, tratando de adivinar su configuración, tratando de hacerse una idea de los
infinitos tesoros que adornaban su indescriptible arquitectura.
Formas demenciales y contradictorias, aseguraban haber percibido los privilegiados de anteriores peregrinaciones. Ni un solo
día del año el torbellino abandonaba su labor cobijadora. Velo inexplicable y caprichoso, quizá surgido de alguna extraña
tecnología que nada tenía que ver con los hologramas. Con recursos conocidos por Salman.
Ni una sola versión coincidía con las otras. Misterio perpetuo, sólo revelable a los consagrados, a los elegidos por Tubal-Caín.
El cántico repetido por mil bocas, se deformaba en la bóveda de perspectiva ahusada. Salía al exterior como lamento, dolor,
fe concentrada que cimbraba paredes y corazones, que saturaba la mente, la ciclaba, hasta que el universo se transformaba
en decibeles y roca oscura.
Aún para Salman. Bombardeo ininterrumpido que no cejaba de combatir. Recurría a sus escasos recuerdos, al análisis de lo observado.
Hacía cinco días las carrozas, el cargamento entero habían sido requisados, conducidos a las entrañas del monte. Cúspide hueca,
invertida, sustentando a la que ahora pisaban.
Todos sus intentos de escape fueron inútiles, impracticables pese a la nueva energía que ya percibía en su organismo. Una
custodia permanente, impidió ejecutar cualquiera de sus ridículos planes.
Quizá podría haber escapado de sus guardias, jamás de la innumerable grey. El fanatismo se exponencializaba aquí, dejando
pálido al que percibiera en Trollhatan.
Ahora, Salman se movía con dificultad por las empinadas y laberínticas escaleras. Dos sacerdotes continuaban su custodia,
las guadañas cruzadas a su espalda, cadenas de plata rodeando su cuerpo, decorativas y simbólicas, más que funcionales. Itacán
y sus diecisiete ayudantes caminaban delante de él. Pocos tesoros llevaban entre sus manos. Pilas de energía, material radioactivo
en abollados contenedores. Una lista pormenorizada de su carga.
El mayor era él. Ahora lo entendía.
Las miradas no se apartaban de sus vestimentas metálicas, de sus movimientos autómatas.
El aire estaba enrarecido por humo y dióxido de carbono. Esporádicas ventanas ojivales permitían la entrada a los vientos.
A la breve luz del exterior.
Había llegado la noche y la gran fila ya se desplazaba, se movía rumbo al cenit, rumbo a Tubal-Caín.
Avance detenido. Un rumor cruzando las telarañas de concreto.
Sacerdotes transportando la noticia. Caminando de grupo a grupo hasta pasar la estafeta, hasta llegar a la comitiva de Salman.
El sacerdote escuchó con atención. Asintió, antes de volverse.
Su majestad quiere recibirlos en primer termino. Está complacido con sus hazañas, con sus obsequios.
Itacán cayó de rodillas, alzó la voz en agradecimiento y buscó su daga.
El sacerdote detuvo con rapidez su ofrenda.
Pronto tendrás oportunidad de mostrar tu gratitud afirmó, mientras las filas de sorprendidos peregrinos se compactaban peligrosamente
al borde de la escalera, para dar paso al grupo de custodia.
Cinco sacerdotes aferraron el cuerpo casi inmóvil de Salman, lo izaron con aparente facilidad sobre sus cabezas. Se abrieron
paso, ante el estupor y reconocimiento de los congregados.
Aquello era inusual.
Pudo verlo en la cara de Itacán. En los rostros que pasaban con cierta celeridad a su lado.
En el mismo apresuramiento de los sacerdotes, que no emitían ni un quejido ante el excesivo peso de su exoesqueleto. Que en
ningún momento parecían dispuestos a buscar descanso.
Al fin parecía rezar Itacán, al fin.
Frente a Tubal-Caín
Cargado de cadenas, arrodillado sobre la alfombra real, esperaba Salman el veredicto definitivo.
Un aura de desastre parecía recorrer la espaciosa sala de abigarrada forma. Los retorcidos adornos, la penumbra, hacían imposible
un reconocimiento exacto. Estancia plagada de piezas tecnológicas, de trofeos vetustos. Televisores muertos, radios, computadoras,
como un museo de ciencia antigua.
Como una catedral aberrante. Innumerables cuadros cubrían las paredes, representando escenas de aquella fe. Pinturas blasfemas.
Hombres mutados en suplicio. Un planeta desgastado, moribundo, sobre el altar.
Bajo el marchito mundo, llamas, incensarios alimentados con especias exóticas. Cirios en cada rincón, en cada hueco no ocupado
por las ofrendas de los peregrinos.
Al centro un trono majestuoso. Cinco metales entreverados conformando una efigie. Suerte de querubín. Cabeza infantil y burlona,
sacando la lengua-asiento, proporcionando respaldo con labios, dientes, nariz respingada y perfecta. Alas en lugar de orejas,
membranosas, carentes de plumaje, combándose hacia el centro, cobijando al ocupante.
Al reverenciado Tubal-Caín.
Un resplandor azuloso, resaltaba cada uno de sus rasgos.
Príncipe abatido. Una corona de plata ciñendo sus finas sienes. Pómulos hundidos, mentón afilado. Ojos carmesíes y avizores,
tristes, como su postura. Labios delgados, alargados, de un rojo profundo en contraste con su piel azulosa. Nariz pronunciada
y nada aguileña. Todo enmarcado por el extenso cabello blanco y contradictorio con su aspecto joven.
Con su aspecto casi totalmente humano, que en esa sala, resultaba más perturbador.
Encorvado, casi doblado sobre su plano abdomen. La capa oscura desprendiéndose de las amplias hombreras de un uniforme de
corte militar. Ocho botones de bronce en la pechera. Un gran planeta, cubierto de nubes negras conformando una calavera, hacía
las veces de hebilla.
Frente a él, una mesita de patas felinas sostenía un cáliz de oro con incrustaciones de piedras preciosas. Seis gemas grandes
y oblongas.
Los diecisiete miembros del equipo de Itacán ya habían abierto sus venas, pasado frente a él, de rodillas, y ofrendado una
generosa porción de su sangre.
Itacán buscó emular a sus compañeros. Un sólo gesto de las manos finas y anulosas, detuvo sus ímpetus. Su cara indecisa, mueca
de duda...
Tubal-Caín tomó el cáliz, lo llevó a sus labios. Saboreó con lentitud, sin apartar la vista de la superficie espesa.
Te has esforzado, Itacán, tu sangre merece no contaminarse, sino degustarse sola dijo, voz profunda, de contralto.
Gracias majestad susurró Itacán, bajando aún más la mirada.
Levántate, sitúate a mi costado pidió, como quien no busca ordenar, quiero que me enseñes ésta, tu ultima ofrenda...
Itacán obedeció, tembloroso. Caminó inseguro hasta el costado izquierdo de Tubal-Caín, sus dedos se movieron torpes cuando
entregó la enorme caja de control remoto.
Explícame solicitó el abatido príncipe. Luego, dirigiéndose a sus sacerdotes. Quítenle las cadenas, acerquen a ese traidor.
El nerviosismo se apoderó de Salman, mientras era arrastrado al pie de la escalinata.
Sentimientos encontrados. Sólo en Tubal-Caín había descubierto una raza semejante a la suya, un ser sin mácula. Un ser humano.
Y sin embargo... El aura que se desprendía de ese cuerpo parecía más inhumana que ninguna otra.
No escuchó las instrucciones. No miró más. Buscaba asideros en su mente. Formas desesperadas de escape.
También lo había llamado traidor. No podía esperar mejores tratos que de los habitantes de Trollhatan. Sólo peores torturas
aguardaban en su futuro.
El raspar de telas rígidas, lo sacó de su auto conmiseración.
Tubal-Caín se había incorporado. En sus manos aún sostenía la caja de control remoto.
Sus ojos carmesíes buscaron la mirada de Salman. La encontraron.
Sus ojos eran como túneles a otro universo. Como estanques de agua cristalina. Cristalinas aguas rojas que ahora lo envolvían,
lo cobijaban con un calor lento, insospechado, placentero. Sintió como la tensión lo abandonaba, como una infinita paz llenaba
sus huecos.
Luego lo miró mover un interruptor.
El traje inició la secuencia de expulsión. Las alarmas en rojo, como librándolo de un incendio, del desperfecto total.
Sí, me está liberando, ahora entiendo, pensó Salman.
Entonces sus nervios empezaron a gritar. Su éxtasis roto.
Bajó la mirada, vio a su vientre abrirse, dejar salir los intestinos, la vida.
Se derrumbó, ya sin exoesqueleto, ya sin aliento.
La visión empezó a nublarse.
Alcanzó a percibir la sonrisa cruel del príncipe abatido.
El comentario seco de Itacán.
Va a morir, majestad. Sin ese traje, no podrá sanar...
Confía en mí escuchó decir a Tubal-Caín.
Y las palabras parecían dirigidas a él. No a Itacán.
Sólo a él.
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| Las rutas de los vientos, dos novelas de fantasía épica... | |  |  |  |
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OTOÑO DE CORRUPCION
Yamato era un hombre ya maduro, pero en nada se destacaba, discutía toda clase de cosas, riéndose, mofándose, como si algo
supiera de todo.
Sus ojos, como rendijas perversas, observaban el mundo con un dejo de escepticismo que trataba de encubrir la codicia que
en ellos brillaba.
Se inclinó en ese momento hacia la bella Atsuko, que intentó deshacerse de todos sus sentimientos de repulsión hacia aquel
hombre, viejo, torpe, fofo, cuya lujuria la había llevado ahí, al palacio de Yamato, gobernador, jito por la gracia imperial,
de la provincia más lejana de Japón.
Preferiría morir antes que aquella bestia voluptuosa posara sus manos sobre su cuerpo. Pero no era responsable sólo por su
vida, sino por la de su esposo Ko-emon y su pequeño hijo Genji.
Cerró los ojos cuando las manos de Yamato hicieron crujir con su torpeza la suave seda del vestido, pues el gobernador, con
su urgencia, quería palpar la otra seda, la de la delicada piel de Atsuko, pero los nudos de los lazos que mantenían firmemente
en su sitio el ropaje, le oponían demasiados escollos a su corta paciencia.
Pronto los crujidos derivaron en turbios jalones, y la seda, bella y resistente, comenzó a desgarrarse.
Atsuko sintió sobre su cuerpo los dedos de uñas afiladas, como los tentáculos de gigantes y letales arañas.
Trató de resistirse, en ese último momento, pero Yamato la golpeó ferozmente, al tiempo que hacía jirones la seda.
Tirada en el suelo, sobre los almohadones que cubrían el Salón Dorado del palacio del tirano, Atsuko vio extinguirse la llama
de toda esperanza y toda dignidad cuando los últimos retazos de su vestimenta fueron arrancados, ante carcajadas en donde
se mezclaba una violenta alegría y un deseo de destrucción casi animal.
Intentó cubrirse el cuerpo con una mano, y con la otra logró aferrarse a una liviana charola para, de un jalón, tirar la
fruta que en ella había y luego lanzar aquel objeto metálico a la cara de su agresor.
Pero Yamato logró esquivarlo y, riendo con detestable placer, dio un feroz puntapié a la mujer, lanzándola hacia uno de los
muros del salón.
Ella no sintió dolor alguno. Si su corazón tenía aún capacidad para producir cualquier emoción, ésta fue la alegría: un gozo
fatal al ver la espada que colgaba en la pared, justo sobre su cabeza.
Agilmente alzó las manos y desprendió el arma. Ante la asombrada mirada de Yamato, desenvainó el bello sable samurai y lo
tendió al aire, mirando su hoja de mágico acero con demente fascinación.
-Ven, dulce muerte ven, dulce y roja muerte...- murmuró.
El agresor dio un paso atrás, temiendo por su vida. Aquella mujer, maltratada y desnuda, con la larga espada en mano, era
la imagen más temible que Yamato hubiera visto nunca, pues en ella se reflejaba, inexorablemente, la gélida determinación
de la muerte, y una terrible maldición latía en sus ojos.
Y un instante después, sin siquiera haberse percatado del movimiento de la espada, Yamato vio cómo la fina piel del pecho
desnudo de Atsuko se teñía de sangre: un río escarlata saltaba de su corazón, abierto de un solo tajo.
El tirano quedó sordo y ciego para todo lo que no fuera ese cuerpo, ahora vestido con una tenue e irregular película rojiza,
que se sostenía un instante en pie, y, perdiendo el equilibrio con el último aliento de vida, caía de rodillas, y luego de
lado, acurrucándose en los cojines que lo rodeaban.
Minutos detuvo la mirada sobre aquel espectáculo atroz. El rostro de Atsuko no revelaba sufrimiento alguno, sino una paz
inefable, una inocencia casi, que contrastaba fatalmente con el resto de sus despojos.
Minutos también tardó en darse cuenta Yamato de que, a pesar de encontrarse a cierta distancia de la escena suicida, sus
vestidos, su cara y sus manos habían sido alcanzados por la sangre, y sinuosas manchas acusadoras lo impregnaban todo.
Aquella pegajosa marca de culpabilidad lo inquietó, pues no existía explicación lógica para que la sangre hubiera saltado
hacia él sin siquiera dejar un reguero en el piso. Simplemente estaba ahí, como un presagio de venganza.
Yamato pertenecía a los fieles de la secta budista Shingon o «Palabra Verdadera», que practicaba ritos esotéricos y mágicos,
hechizos y cuyo culto en parte era secreto, sólo accesible a los iniciados, como él.
Así que realizó una serie de pases y artilugios, moviendo las extremidades como lo hace una mantis religiosa en el momento
en que va a atacar.
Vio que se borraban las manchas de su traje, y las manos iban quedando, lentamente, menos sucias y viscosas. Pero cuando,
para comprobar el efecto total de su magia, se miró en la charola de plata que antes le había aventado Atsuko, se percató
horrorizado que sus mejillas estaban surcadas por raras rayas carmesí.
Estas rayas eran parte del símbolo Tao, «el camino del hombre». Sin embargo, sólo aparecían los signos de movimiento, y el
grafismo correspondiente al hombre faltaba.
Sólo movimiento, sin alma, pensó.
Los rayos del sol poco a poco se extinguieron entre el verde y el dorado del bosque teñido de otoño, que se iba volviendo
cada vez más gris y lúgubre.
Un aullido de fieras llegó en la distancia hasta los bien protegidos muros de palacio, traspasándolos, atravesó los lujosos
paneles del salón Dorado hasta morir en los oídos de Yamato, como si ése fuera su último destino, la razón de haberse emitido,
una señal lejana y poderosa.
Eso le dio la idea para deshacerse del cadáver de Atsuko.
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| Murmullos del abismo. Tres novelas de ficción oscura, terror y misterio... | |  |  |  |
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AULLIDO
Freency se estaba cansando de esperar, primero, y luego de buscar. Se tragó trabajosamente otra píldora de anfetaminas, pues
la que ingiriera en su casa resultaba ya insuficiente para sostenerla en su delirante búsqueda, que ella había imaginado como
una persecución, pero que ahora se convertía en un martirio obsesionante.
No había encontrado a Madison en su casa, pero al rebuscar entre sus pertenencias personales, halló carteritas de cerillos
de tres hoteles de paso.
Con el revolver en mano había esperado un par de horas a que regresara el muchacho, pero, ya entrada la noche, se le hizo
obvio que no llegaría.
«Está con esa asquerosa güereja», pensó, rabiando; «ella es la culpable de todo», alcanzó a hilar.
Decidida a seguir en la cacería, aunque ya no muy convencida de a quién quería matar, fue a pie hacia uno de los hoteluchos.
Pero no encontró el coche de Madison en el estacionamiento, así que supuso que no estaban ahí. Esto último porque a Freency
le parecía evidente que su maldito novio tal y como ahora lo conceptualizaba, andaba divirtiéndose con la rubia en moteles
de cuarta.
Pero por ello en parte se sentía más tranquila con respecto a Madison, puesto que si éste no había llevado a su casa a aquella
güereja, entonces significaba que el grado de complacencia por ella, no pasaba de ser más que una simple locura. Pero, aunque
a Freency le hubiera gustado creer que tal capricho era pasajero, la intensidad, el arrebato que adivinaba en Madison le hacía
«hervir la sangre», tal y como ella lo hubiera descrito, solapando un odio cada vez más desmedido y sin control.
La dirección de uno de los restante hoteles la remitía a las afueras de Nueva York, así que se decidió por el otro. Por suerte
todavía encontró, a esas alturas de la noche, un autobús que la dejó a unas cuantas manzanas, y a bordo del cual tragó otra
dosis de anfetaminas, lo que incrementó su sensación de urgencia, desasosiego, odio y ganas de entrar en acción, mientras
marcaba con gotitas de sudor frío y olores fisiológicos el asiento.
Bajó del vehículo. Sus pasos, en los que ya no sentía ningún titubeo, resonaron en el asfalto, caliente por el verano.
Pero no era ése el único sonido que ella advertía. Se maldijo. Sólo faltaba que un infame asaltante o un cerdo violador la
estuviera siguiendo.
A pesar de todo, aquello seguía sonando tras ella, cada vez menos distantes, pero no como pasos, sino como el resonar de
pezuñas.
Volteó, metiendo una mano temblorosa en el bolso para aferrar el revolver, y quedó sorprendida pues una marrana grandísima,
sonrosada y con grandes tetas rojizas veteadas en repugnante azul que latía como venas excitadas, se le acercaba ya, a menos
de medio bloque.
Y una volutas de colores, que el aire pugnaban por tomar forma semihumana, acompañaban a aquel animal de pesadilla.
Freency sabía que había abusado de las drogas, y que los adictos sufrían extrañas, aterradoras alucinaciones. Pero aquello
tenía una corporeidad que ni en sus sueños más salvajes había sentido.
La cerda se acercó un poco más.
La muchacha apuntó temblorosamente el revolver, aunque no sabía a ciencia cierta si el fuego y el plomo exorcizarían aquella
terrible imagen.
Freency, murmuró el animal, con voz porcina e insidiosa, y la jovencita casi dejó escapar un grito de terror pues la proximidad
de aquella visión le permitió percibir un aroma dulzón y repulsivo, un olor a flores pudriéndose, que ella ya conocía.
Aquí estoy, tierna y dulce Freency; he venido por ti.
La chica aulló, gritó, disparó toda la carga, antes de perder el sentido ante el dolor, la desgarradora sensación de pezuñas
hundiéndose en la carne.
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