El Mercado Municipal

El Mercado Municipal

"Paraíso Terrenal"

Jaime Corral

En una conversación informal, un cualificado miembro del gobierno de este municipio me cuestionó, hace ya algún tiempo la necesidad del mercado Municipal.

Argumentaba que, habiendo en Galapagar tantos establecimientos que ofertaban el mismo tipo de productos que los que allí se expendían,- el Ayuntamiento no tenía por qué gastar dinero y esfuerzos en algo que estaba ya suficientemente cubierto por la iniciativa privada. Como un rayo me lancé a hacer una encendida defensa de la institución. Comencé por traerle a colación los mercados de barrio que todavía subsisten en una gran urbe como Madrid. Le hice ver, a continuación, cómo aquellos mercados constituyen un elemento de primer orden para configurar la personalidad del barrio en que se asientan; de igual modo, concluí, si no queremos que Galapagar pierda las últimas notas que le hacen ser aún un auténtico pueblo, el Mercado Municipal debe seguir existiendo y el Ayuntamiento debe velar por su continuidad.

Egoísmo en estado puro.

Lo que ocurría era que estaba aterrado ante la perspectiva de que me fueran a privar de un espacio tan placentero, cómodo y funcional. Porque resulta que allí, dentro de las feas paredes que conforman el Mercado Municipal, he dado con mi sitio: un lugar donde mis deleznables articulaciones no sufren las dificultades que encuentran en otras partes, donde todavía es posible disfrutar de una distendida y chispeante conversación y donde la simpatía y la buena disposición de las gentes que lo ocupan se dan con naturalidad, con asiduidad y sin aspavientos; es algo así como un oasis, un balneario y un centro de terapia ocupacional en una sola pieza.

Casi todas las mañanas, dejo mi coche en el lugar que tengo reservado (bueno, para "minusválidos", pero todo el mundo entiende que es mío), sobrepaso la acera gracias a un oportuno rebaje y, sin que barrera alguna lo dificulte, penetro en el interior del edificio. Enseguida, a mi izquierda, Nely, siempre sonriente y con aspecto de estarlo pasando muy bien (dice que esto de despachar es como una prolongación de sus juegos infantiles), y su hijo Francisco, enfrascado en la lectura (va para director de cine), me saludan amigablemente tras el largo y abarrotado mostrador, me proveen de yogures, aceite, latas, cervezas, etc. y me los acercan al coche (si no se les olvida). Luego, si continúo por ese pasillo, acabo cayendo en las garras de Amador, un peligroso gallego que, secundado por Martín -otra buena pieza-, no me permiten pasar si no compro unas chuletas, un poco de jamón lomo adobado (635 gramos, por incordiar) o unos embutidos. Parece que tienen radar o sónar o algo por el estilo,, porque es que me detectan mucho antes de que llegue a sus dominios. Menos mal que ahí está también Sandra, la mujer de Amador, que, a pesar de sus embarazos, sigue siendo una guapa chiquilla (Sandra, no Amador desde luego). Sin dejarme llegar a su puesto, Paco, el Panadero, socarrón y con cara de sueño (no sólo despacha el pan sino que lo hace), me trae un par de pistolas, o unos colonos, o unas roscas acompañándolos del oportuno comentario (socarrón, por supuesto). Enfrente, la mercería No he comprado nada todavía en ese establecimiento, pero he admirado la serena belleza de Cristina, su propietaria. Sé además por otro Jaime otro asiduo al mercado y a la tertulia que enseguida se forma que si no tiene el artículo solicitado se preocupa por obtenerlo (Ahora que lo pienso, ¿qué tendrá que comprar Jaime en una mercería?)

Doblando el pasillo lo primero que me encuentro es con la reparación de calzados. A Dulce (Dulce Nombre de Jesús su propietario hace algún tiempo que no le veo porque ahora abre solo Por las tardes. Es un hombre habilidoso y sentencioso, que lo mismo te pone unas tapas, que "nunca más se van a despegar", que me forra de piel la parte alta de mis bastones. Sólo bebe buen vino y me ha parecido observar en él una mirada de reproche en alguna ocasión que tuve debilidad de beberlo con gaseosa. Después está la carnicería de Javier. No recalo en este establecimiento, porque me temo que entonces Martín dejaría de sacarme la compra al coche, pero por otros sé que tiene muy buenos productos; y yo mismo, en ocasiones, le hago la propaganda (en voz bien alta, delante del establecimiento de Amador, cuando hay muchos compradores y tengo prisa).

Un nuevo ángulo recto y ya estoy en la perfumería de Puri. Tampoco he entrado en esa tienda, pero no porque deje de comprar en ella -al contrario de ahí me llevo juguetes para mi nieta, jabón, pañuelos de papel, productos de limpieza.., sino porque son tan solícitos que salen a mi encuentro en cuanto me ven enfilar hacia sus escaparates. Doy unos cuantos pasos más y estoy ante los larguísimos mostradores de la frutería de Rosalía, "la Gallega", que se le quedan pequeños y tiene que poner cajones por delante para exhibir tanta verdura. Muchos de esos productos proceden de su propia huerta, en Colmenarejo, y otros los trae su marido, maestro retirado, de Galicia. También aquí me transportan la compra. Al otro lado, la pollería que además tiene "congelados" y vinos. Si te portas bien y se lo pides en condiciones, Fernando es capaz de rellenarte unos pollos de corral o unas pechugas de pavo como para hacer un plato de alta cocina. Todos los días se despide diciendo a grandes voces -la discreción no es una de sus muchas cualidades- "¡Hasta el lunes!", con el consiguiente desconcierto para el no avisado.

El que sí que es verdaderamente discreto es Ángel -y ya estamos en otro pasillo- fisioterapeuta que da masajes No me he puesto en sus manos -y probablemente lo necesite- pero tengo entendido que lo hace muy bien. En cambio, sí que me he servido de la habilidad de María Eugenia, la costurera, con la aguja me cose los bajos de los pantalones y me adapta la ropa a mi cambiante anatomía.

Pero antes, colindante con Fernando tenemos a Jaime (sostengo que ésta es la mayor concentración de Jaimes por metro cuadrado de toda la Sierra). Es el pescadero, que mima tanto a sus pescados -no para de colocar, reponer y regar el hielo sobre el que reposan- y presume tanto de sus excelencias que cualquiera diría que los ha pescado él. Y no se te ocurra pedirle anillas de calamar porque te retira la palabra. Y si la ingesta de alguno de los comestibles que vengo reseñando te causa algún problema, ahí está Loli con su herboristería para solucionarlo. No sé mucho de hierbas pero garantizo que tiene un tomillo excelente, unos tés -según mis hijas- memorables y unos caramelos sin azúcar -según mi nieta- realmente apetecibles. Cruzando el pasillo está la peluquería de Ana donde, arrostrando la desaprobación de mi amigo Venancio por tratarse de una "peluquería de señoras", me corto el pelo. Tiene unos sillones comodísimos con unos sistemas mecánicos que me ayudan a sentarme y levantarme sin apenas esfuerzo. Me suele atender Vanesa, una joven muy agradable, que me va a avisar a la barra del bar cuando llega mi turno.

Y así llegamos al bar, la parte más noble y gratificante de este singular edificio. Y eso que su aspecto exterior no es gran cosa: la barra es escueta y carece de una verdadera cocina; pero el buen hacer de Rosa suple con creces cualquier deficiencia. Por ejemplo, con un infiernillo -o como se llame ese aparato- está siempre dispuesta, desinteresadamente, a freír cualquier nutriente que le lleven, como tapa te obsequia con unos torreznos imposible de mejorar y cuando llega el invierno el caldo que prepara es de antología. Pero es sobre todo su trato lo que constituye su mejor atractivo, y gran parte del éxito de la tertulia ¡o proporciona su presencia.

En un extremo de la barra tengo un lugar reservado, de modo que si cuando llego alguien lo ocupa es inmediatamente desalojado, al tiempo que disponen una determinada banqueta en la posición adecuada. De estas operaciones suele encargarse Eufemio, también conocido por ''Patafina'', que es la persona puesta por el Ayuntamiento para que cuide del Mercado. Su solicitud le lleva a ayudarme en la compra en aquellos momentos en que mis articulaciones están más doloridas. Al llegar la hora del cierre, como continuamos con la tertulia, incrementada por la presencia de personal del próximo Centro de Salud -mayoritariamente, Venancio, conocido también como don Venancio-, algún mayorista -Arturo, una cruz que sobrellevo con resignación- y algún comer-ciante que pretende enjugar con una cerveza el expolio que acaba de hacemos, se cuida Eufemio de disponer el candado de forma que la puerta pueda quedar expedita en todos sus elementos evitándome así el dificil paso por el portillo (luego Rosa la cierra bien).

A la salida. entre Venancio los Arturos -porque encima son padre e hijo- y algún espontáneo, se organiza un comité de vigilancia para ayudarme a salir del aparcamiento sin llevarme a nadie por delante. Y ya camino de casa voy pensando en la excusa con que me justificaré ante la Concejal de Urbanismo por la tardanza ("es que me he pasado media hora dando vueltas por el pueblo por culpa de las obras y de las nuevas direcciones de las calles"), dado que en el coche transporto lo que vamos a comer.

Este texto que habeis leido, lo he tomado prestado. Salió publicado en La Información, periódico de Galapagar y Colmenarejo, que edita mi amigo Jesús Calvo, al que pido disculpas, por publicarlo aquí sin haberselo comunicado. Y tambien a mi amigo Jaime, a quien tampoco le dije nada, pero, me pareció tan fresco, tan nuestro que he querido compartirlo con aquellos que no teneis acceso a esta publicación. Gracias por vuestra comprensión.