| La historia de Galapagar, tambien puede conocerse a través de sus fuentes. Los autores de este relato-verídico, Arturo Mohino Cruz y Anastasio Miguel Cuesta, consiguieron con el mismo el Premio Literario Jacinto Benavente de Galapagar. Tambien ha colaborado otro gran personaje de este pueblo, Jaime Corral, al que ya conocen por sus preciosistas dibujos, quien me cedió gentilmente las fotos que aquí aparecen. Espero que les guste la historia, a mi al menos, me encantó. |
Uno de los grandes adelantos de nuestro siglo, que nos pasa desapercibido por cotidiano, es poder abrir uno de los muchos grifos instalados en nuestros hogares y disfrutar, sin esfuerzo alguno, del agua limpia que brota de ellos. Pero esto no siempre fue así. La mayor parte de los pueblos se fundaron por y con el agua, y la vida diaria se convirtió en una lucha para obtenerla, conducirla y utilizarla. Son numerosos los enclaves cuyos nombres derivan de algún Topónimo relacionado con el agua. Las fuentes, los arroyos, los ríos y los lagos han sido origen de numerosos asentamientos humanos que han tomado el nombre de sus aguas.
Y sin embargo, siguen existiendo poblaciones, incluso importantes, que parecen haberlo olvidado. Es el caso de Madrid, que recientemente ha descubierto que su nombre no deriva del vocablo árabe "Magerit", como ha afirmado algún erudito de forma desafortunada, sino de "Mayrit", traducción árabe del latín "matrice", hasta su corrupción en "Madrid" o "Madriz", como la llaman los castizos. Ese "matrice", del que también deriva el nombre de la femenina matriz, significa "madre".
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Y ese arroyo madre es el mismísimo arroyo de San Pedro, que corría por debajo del actual viaducto y en cuyas orillas se originó el Madrid visigodo. Ese "matrice", del que también deriva el nombre de la femenina matriz, significa "madre". Y ese arroyo madre es el mismísimo arroyo de San Pedro, que corría por debajo del actual viaducto y en cuyas orillas se originó el Madrid visigodo. |
Esta concordancia entre las fuentes históricas y las otras fuentes físicas, o manantiales, nos va a servir como hilo conductor en esta breve historia que se desarrolla en el Galapagar del último tercio del siglo XVI y en el que entonces era uno de sus anejos, Torrelodones. Y es que el nombre Galapagar también nos lleva al agua, a esos humedales bañados por el arroyo San Gregorio donde abundaban estos quelonios y donde nacería el primer núcleo urbano. Pero su riqueza hidráulica se debe además a sus numerosas fuentes, muchas de ellas más olvidadas que perdidas, y que quizás convenga recordar antes de que el moderno y amnésico pueblo que ha surgido en estos años las pierda por completo. Algunas son tan antiguas como la "fuente del Puerco", en la carretera de Villalba, que se remonta al siglo XIV cuando a ella acudían los jabalíes que menciona el Libro de la Montería. La fuente del Álamo, también en la carretera de Villalba, es quizás la más veterana, ya que en su entorno se fundó en el siglo XIII la puebla de la fuente del Álamo, quizás antes de que surgiera el mismísimo Galapagar. Durante muchos siglos se usó la fuente de los Huertos, situada en la carretera de El Escorial, para lavar la ropa. También la de Navazarza fue famosa por ser frecuentada por los carreteros que transportaban mercancías usando el camino viejo de Madrid. La de Navalahija la utilizaban los vecinos del Pardillo al traer sus hortalizas al pueblo. Algunas otras recibieron sugerentes e inquietantes nombres como la de las Animas o la de la Peña de las Brujas, Y por citar a todas, o casi todas, baste recordar la del Membrillo, la Canaleja, las Colmenas, la del Gitano, la del Chopo, la Pocilla, la del Rey, Prado Pascual, Camino Real, Fuente Elvira, el Barrizal, los Camoches, la Navata, Navatomera, Charco de la Hoya o los Cañales.
Las fuentes siempre fueron punto de encuentro entre hombres y mujeres; y en torno a ellas los vecinos del pueblo intercambiaban noticias, se contaban los chismorreos y hablaban con los forasteros. Pero también surgían las disputas y los desencuentros.
Pero tomemos ya las fuentes, ahora históricas y del siglo XVI, que nos permitirán conocer las aventuras y desventuras que surgieron en torno al agua en aquellos momentos. La ruta que comunicaba Madrid con Castilla pasaba por Torrelodones para, desde aquí, cruzar la sierra de Guadarrama por el puerto romano de la Fuenfría. Al final del repecho del camino, y frente a la torre árabe de los Lodones, existía un mesón que regentaba Francisco de Baños y que se conocía como Mesón de Baños, en reconocimiento a su famoso propietario.
La elección del enclave era ideal para el negocio: situado a cinco leguas de la capital, en el cruce de los caminos de El Escorial y de Castilla al final de una larga cuesta. Pocos viajeros podían resistir la tentación de hacer un alto en el camino para dar de beber al ganado y, de paso, refrescarse el gaznate en la fuente situada a pocos metros del mesón. Pero si hacemos caso a los viajeros de la época y también era un lugar conflictivo y peligroso, hasta el punto de que, sarcásticamente, se le conocía como la torre de los ladrones. En 1579, Felipe II tuvo necesidad de pernoctar en el mesón que según las declaraciones de la época/era maloliente y tenía allí el rey gran descomodidad a pesar de la mucha diligencia y cuidado que ponía el mesonero". Estas opiniones se ven ratificadas por un acta de embargo del mesón del año 1577. Francisco de Baños se había visto involucrado en el asesinato, cometido en la fuente de Torrelodones, de un vecino de Galapagar llamado Juan Guerrero por lo que fue encerrado en la cárcel de Galapagar. A lo largo del proceso el juez requisó sus bienes, entre ellos los del mesón, que consistían en siete camas con sus correspondientes colchones de lana y cobertores, veinte sábanas de lino y un modesto ajuar de cocina.
Quizá por ello, en 1589, Felipe II decidió construir unos aposentos más dignos y aledaños al mesón, de los que aún se conservan sus ruinas. Años más tarde, en 1591, el ayuntamiento decidió reemplazar la vieja fuente por otra más grata a los ojos del rey, por lo que encargó la obra a Gaspar Rodríguez, vallisoletano que trabajaba en las obras de El Escorial, y a Juan Aguado, galapagueño que fue maestro de albañilería en la Real Fábrica. Esta magnifica fuente, que se conserva intacta aunque alejada de su emplazamiento original, luce en su frontispicio el escudo de la Casa Ducal del Infantado y de los Condes del Real de Manzanares que fueron los señores de Galapagar y de Torrelodones hasta el siglo XIX.
| Galapagar no podía ser menos que su anejo Torrelodones así que también decidió hacer su propia fuente en 1599, la del pilón del Caño. Sin embargo, eligió el peor momento: ese año fue funesto en la historia de España y, como veremos a continuación, también en la de nuestro pueblo. |
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Felipe II acaba de morir dejando el país en la bancarrota, ya que su política exterior le hizo mantener numerosas y costosísimas guerras que arruinaron al campesinado castellano. La última, dirigida contra Inglaterra en 1588, tuvo como consecuencia la derrota de la Invencible y con ella la desmoralización y la humillación de todo el pueblo español. Por si fuera poco, en los diez postreros años del siglo se produjeron tremendas sequías e incluso una cruel epidemia de peste que asoló el país. Veamos ahora cómo sucedieron los hechos, según los contaron los galapagueños que vivieron esos terribles años.
En 1590 el Presidente de las Cortes hace lectura de una propuesta real donde se da a conocer el mal estado de la situación política internacional. El informe concluye con la solicitud de un nuevo impuesto, de carácter excepcional y conocido como "servicio de millones", por calcularse en millones de ducados y no en los tradicionales maravedíes, moneda en la que se solían fijar los impuestos (un ducado equivalía a 375 maravedíes). La petición ascendía a ocho millones de ducados que debían ser recaudados por las autoridades locales en el plazo de seis años a partir del 1 de julio y que, finalmente, se vieron reducidos a 500 millones de maravedíes ante la imposibilidad de recaudar la totalidad. Cuando aún no había transcurrido el plazo del primer servicio, el Presidente de las Cortes formulaba, en 1593, una demanda para su renovación. El saqueo de Cádiz por las tropas inglesas determinó una rápida negociación de la prórroga de este impuesto extraordinario, por lo que el 29 de julio de 1596 las Cortes acuerdan la imposición de una nueva recaudación de igual valor que la decidida seis años antes, es decir, otros 500 millones de maravedíes (472 maravedíes por vecino y año) a pagar en seis años desde el 1 de enero de 1597. Este nuevo impuesto, que vino a añadirse al diezmo, la alcabala, los servicios y otros gravámenes, representó una abrumadora carga para el campesino: mientras el término medio del gravamen fiscal había sido de unos 135 maravedíes por vecino y año, el servicio de millones representaba en 1596 al menos 472 maravedíes.
El gobierno de Felipe II se planteó la disyuntiva entre sacar a la venta los baldíos para atenuar la tremenda carga tributaria, o bien dejar en libertad a los ayuntamientos para que improvisaran métodos a fin de que obtuvieran los fondos necesarios. Finalmente, entre 1590 y 1596, se optó por este segundo método.
Los concejos, reacios a imponer nuevos impuestos directos a una población castigada por la sequía y las malas cosechas, recurrieron a la explotación de los diferentes tipos de propiedad municipal de que disponían. Contando con la autorización de la Corona, arrendaron sus pastos comunales como terrenos de cultivo al mejor postor, especularon con los graneros públicos y vendieron bosques para hacer leña y carbón. Estas medidas resultaron desastrosas porque agotaron una parte significativa de las principales reservas del sector agrario y, además, redujeron el beneficio de los campesinos pobres que sacaban su sustento de las propiedades comunales.
Consciente el Gobierno de la Nación de los perjuicios que tales medidas podían ocasionar a los más humildes, o a los municipios con escasos recursos comunales, propuso una solución alternativa: se trataba de resucitar un antiguo modelo impositivo que nació en Aragón y se extendió a Castilla en el siglo XIII conocido como "las sisas". Esta vieja medida fiscal consistía en descontar del producto vendido una cierta cantidad, quedando el valor de lo "sisado" en favor del Reino; de modo que el consumidor recibía al final una menor cantidad de producto por el mismo precio. Al contrario que el actual I.V.A. (Impuesto sobre el Valor Añadido), era un impuesto sobre el valor descontado o "sisado". Su implantación, en 1596, como alternativa al pago de los millones, fue anunciada como una solución más justa, ya que repercutía en todos los consumidores, fueran éstos clérigos, hidalgos, caballeros o pecheros. Pero, en la práctica, eran los pobres los que seguían llevando la peor parte, porque los ricos terratenientes podían obtener de sus propias cosechas la mayor parte de los artículos sujetos al impuesto.
En un primer momento el gobierno pensó en implantar las sisas sobre la harina, pero pronto fue desechada la idea por ser el pan un producto básico de consumo; así que, finalmente, se optó por aplicarlo sobre el vino. El proyecto, que al fin fue llevado a la práctica en 1601, consistía en convertirla medida de vino en un ochavo, lo que equivalía a vender por el precio de un litro tan sólo 800 ml, quedando el importe del quinto restante para el Erario.
Como era de esperar pocos concejos aplicaron la medida. En primer lugar, porque la taberna solía ser del ayuntamiento, por lo que el descontento que producía tan impopular gravamen podría volverse en contra de las autoridades locales. Y en segundo lugar - y no menos importante -, porque, al igual que el pan, el vino era considerado como alimento de primera necesidad.
En el año 1599, el concejo de Galapagar debía hacer frente a la nueva recaudación, por lo que, al amparo de la legislación vigente, solicitó la venta del carbón de una de sus dehesas: la Dehesa Vieja. Normalmente, la solicitud debía ir dirigida al Duque del Infantado, señor jurisdiccional del Real de Manzanares, al cual pertenecía nuestro pueblo. El permiso del señor Duque era un requisito previo, puesto que las Ordenanzas del Real del Manzanares, dictadas por el segundo duque, Don Iñigo López de Mendoza, en 1483 (y entonces vigentes) prohibían tal práctica:
"Que ninguno ni alguno no sea osado de hazer carvón en los términos comunes del condado ni en otros eredamientos e dehesas, porque los montes se secan e disminuyen, ni sacarlo de la tierra syn carta e liçençia de la justicia e regidores, so pena que por cada costal pague çient maravedís e esté veinte dias en la cadena e sy mas cayere en la dicha pena, que la pague doblado e sy no toviere de qué la pagar que le sean dados çient açotes públicamente e que para los mesmos vesinos del condado no se pueda faser syn la dicha liçençia, so la dicha pena."
Sin embargo, en el caso presente la ordenanza sobre arbitrios, por ser de rango superior, eximía del permiso ducal, siempre que los beneficios se destinaran exclusivamente al pago del impuesto. El alcalde a la sazón, Bartolomé Bravo, sacó a subasta el carbón de la Dehesa Vieja y de Navalcorredores (Colmenarejo) por un precio de 40 maravedíes la arroba, siendo los adjudicatarios dos vecinos del pueblo:
Diego de Rosales y Andrés Hernández. Se pretendía sacar unos 30.000 reales para afrontar la deuda de los millones, pero, las cosas se empezaron a complicar. Ese mismo año una epidemia de peste se abatía sobre la región, y el Consejo Real ordenó al Ayuntamiento que trajera desde Madrid a un médico especialista en pestes, para que certificara el estado de salud de los vecinos. La epidemia había tenido- comienzo en 1597 tras un período de gran sequía, siguiendo una ruta poco habitual se inició en Santander, extendiéndose luego a Asturias, Galicia, Castilla la Vieja, León, Castilla la Nueva, Extremadura y parte de Andalucía. En 1599, un año después de la muerte de Felipe II, se hallaba en su máximo apogeo y ya había matado a medio millón de personas; las Sierras de Guadarrama y de Gredos fueron asoladas y también la zona próxima a San Lorenzo. Por fortuna el Monasterio y la Villa del Escorial se salvaron gracias a las excepcionales medidas tomadas: en el mes de julio se ordenó suspender la popular feria de San Lorenzo y, en noviembre, la de San Bartolomé; El Escorial fue amurallado, dejando tan sólo dos puertas de entrada que fueron vigiladas permanentemente y se nombraron "guardas de la peste'", que patrullaban el recinto a pie y a caballo durante el día y la noche.
El informe del médico fue favorable: Galapagar estaba a salvo de la epidemia, pudiendo así obtener un certificado mediante el cual sus vecinos podían circular libremente por el territorio. Como el Ayuntamiento no tenía dinero, tomó prestados, a cuenta del carbón, cuatrocientos reales para pagar los honorarios del galeno (una verdadera fortuna si se tiene en cuenta que el sueldo diario de un oficial era de unos cuatro reales y el del peón no llegaba a dos). La situación económica de la nación había empeorado como consecuencia de la epidemia: en el año 99 los precios de los alimentos se habían disparado, llegando a costar la fanega de trigo el doble que hacía cuatro años y triplicando su precio el vino; todo ello repercutió en los impuestos, especialmente en el diezmo/que se pagaba en especie y que casi duplicó la carga que el campesino había soportado en años anteriores. Por si fuera poco/en esos días llegó al pueblo el recaudador de las alcabalas (impuesto que gravaba el consumo y que se pagaba al Duque); asi que nuevamente hubo que pedir otro préstamo a cuenta del carbón. Pero como se tardarian vanos días en recoger la suma, el funcionario exigió otros cuarenta reales en concepto de gastos de estancia.
Mientras tanto el tesorero del Ayuntamiento, cargo que en la época recibía el nombre de "mayordomo de propíos" no se dejaba ver por el pueblo, impidiendo con sus ausencias que se efectuaran los pagos corrientes, algo que exasperaba al alcalde. Éste Bartolomé, que era hombre enérgico y decidido, tomó la determinación de llevar por su cuenta la tesorería, algo que a la larga podría ocasionarle serios disgustos, pues era contrario a la ley. Se sabe de él que era rico, ya que poseía varias carretas y bueyes con las que comerciaba en la capital del Reino, a la que acudía cada fin de semana a vender varias carretadas de leña, piedra y lo que hubiera menester. Pero, acostumbrado a llevar el mando de sus negocios de modo autoritario, utilizó la vara de alcalde de igual forma: cobraba, tomaba prestado, se pagaba salarios y servicios, todo de los fondos públicos y dando cuenta mal o nunca al resto de los del Concejo. Por ello la opinión de los vecinos aparece dividida: mientras los tres sacerdotes del pueblo dicen de él que es un hombre honrado, virtuoso, buen cristiano y que ejerció su oficio con rectitud; otros le acusan de perjuro, de prevaricador, de favorecer a los ricos, de beneficiarse del cargo, de tomar ilícitamente dinero del Concejo y de encarcelar injustamente a sus enemigos.
Los hornos del carbón ya estaban preparados: Diego Rosales se encargó de preparar uno en Navalcorredores y otro en la Dehesa Vieja, mientras tanto Andrés Hernández hacía otros dos en la misma Dehesa; de cada horno se sacarían casi nueve toneladas, lo que hacía un total de unos treinta y cinco mil kilos. Suponiendo que la leña pierde en la combustión la mitad de su peso (disculpen nuestra ignorancia los expertos) calculamos que se talaron unas setenta toneladas de leña para obtener un beneficio de unos tres mil reales (lo que podía ganar un oficial de la construcción en dos años, o el salario anual del médico del Monasterio del Escorial). Aun así la cantidad era insuficiente para pagar todos los gastos pendientes del Ayuntamiento; de modo que si no se sacaba más dinero habría que parar la obra del pilón que se hacía en esos momentos, porque el invierno estaba cerca y era urgente terminar la construcción, antes de que los hielos acabaran con tantos esfuerzos Y es que los años anteriores habían sido terribles: además de las epidemias, hubo inviernos gélidos con heladas devastadoras, la sequía había acabado con las fuentes naturales y murió mucho ganado por no tener dónde beber.
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| Este fué el pilón que se construlló por aquellos años. Aún hoy sigue estando en la Plaza del Caño. Y en lo que casi nadie repara hoy en día, es en la importancia que tuvo para el pueblo su construcción. Todavía la tiene, aunque se meramente ornamental. |
Tras muchas discusiones el Concejo había decidido construir un pilón que sirviera de abrevadero para evitar la mortandad de los bueyes. El pueblo se dividió en dos bandos: los que querían que el pilón se hiciera en la Plaza y los que estaban de acuerdo con la decisión del alcalde de ubicarlo en la Fuente Chica (la actual Plaza del Caño); finalmente se impuso la autoridad, pero el otro bando nunca perdonó la actitud dictatorial del primer edil. Al frente de los opositores se encontraba Francisco Bravo, primo y enemigo acérrimo del alcalde, quien desde ese momento se enfrentó brutalmente a él, hasta el punto de interponerle una querella que fue el origen de un larguísimo pleito que costó muy caro a Bartolomé y a punto estuvo de terminar con su fama y su fortuna.
Encargaron la construcción del pilón a un galapagueño de cuarenta y cuatro años, Juan Aguado, quien había conseguido gracias a su esfuerzo personal el rango de maestro de albañilería en la construcción del Real Monasterio siendo aún un niño entró como aprendiz en las obras del Escorial donde tuvo la oportunidad de aprender los distintos oficios del arte de la construcción. En el Monasterio se habían reunido los mejores artesanos de la época: grandes canteros cántabros, pizarristas flamencos, carpinteros franceses, vidrieros alemanes y estuqueros genoveses; entre estos últimos, a finales de los años cincuenta, llegaron a la Real Fábrica Antonio de Frexias y Lázaro Olio, maestros estuqueros de gran prestigio y considerados como los mejores de su profesión, hasta tal punto que Frexias fue nombrado aparejador del estuque en 1572. El galapagueño Aguado entró a trabajar con ambos como aprendiz; años más tarde fue elevado al rango de oficial y en 1595 solicitó el puesto de maestro estuquero que había dejado vacante Olio por defunción, con un sueldo fijo de más de quinientos maravedíes mensuales. Formó equipo con otros oficiales, como Andrés Bárzena, Pedro Pedrosa y Andrés Rueda, para llevar a cabo el enlucido y jaharrado de numerosas bóvedas, escaleras y paredes del Monasterio entre 1585 y 1587; junto con otros oficiales levantó las paredes de la cerca de la Huerta del Monasterio (1586), participó en el labrado y asentamiento de la piedra de la Primera Casa de Oficios (1588), se encargó de la cantería y mampostería de la Casa de la Compaña (1592), cuatro años más tarde (1596) construyó el molino de la misma casa y, tal como veíamos antes, también colaboró en la obra de la fuente del Caño de Torrelodones en 1591.
Como vemos, la elección de Aguado fue acertada, puesto que dominaba a la perfección los oficios de cantería y albañilería, era hombre solvente y letrado y, por si fuera poco, sabía hacer un contrato en toda regla; como demuestra una de las cláusulas del firmado para la realización del pilón, que penalizaba a la alcaldía a pagar seis reales diarios a los oficiales (incluidos otros seis para él) por cada día que faltaran materiales a pie de obra. Quizá esta condición fue determinante para que el alcalde tomara una nueva decisión peligrosa para su futuro, por no tener la cobertura legal necesaria: se trataba de vender otra finca para carbón, en este caso Navazarza, a un precio de treinta y ocho maravedíes la arroba por adjudicación directa, encargando a Juan Tejedor su realización al precio total de 61.560 maravedíes (1811 reales) y por un montante de 1600 arrobas. Con este dinero se pagaron las obras del pilón según el siguiente desglose: al maestro Aguado mil reales, a los oficiales (Miguel Baliso, Juan Ricote y Bartolomé León) ciento setenta y un reales a cada uno, al tallador (Juan Leitago) ciento cincuenta y dos reales y a los peones (Sebastián Rodríguez y Manuel Domingo) cuarenta y cuatro reales. La obra, que duró unos dos meses, fue terminada en 1591, antes de la llegada del invierno, y en ella no sólo se desbastaron, emplomaron y ensamblaron las distintas piedras que lo formaban, sino que también se hizo una acera enlosada alrededor. Años más tarde se colocaron unos hitos de piedra en torno al pilón para evitar que las carretas, al ser lanzadas por los sedientos e incontrolados bueyes, estropearan el pavimento.
En el año 1600 comenzó el pleito contra el alcalde Bartolomé Bravo por las irregularidades cometidas, siendo sentenciado por el Gobernador al pago de una considerable multa; Bartolomé recurrió la sentencia y, aunque no conocemos el resultado final, nos tememos lo peor.
Tras años de ausencia y abandono en el vertedero municipal el pilón vuelve a mostrar su esplendor en el lugar que ocupó siempre - la Fuente Chica - gracias a las hábiles manos del oficial del Ayuntamiento de Galapagar Don Antonio Ferreira.