| ARTE PARALELO ESPAÑOL EN LOS AÑOS 90 | Nelo Vilar. Publicado en la Revista INTER (Quebec, Canada), Junio 2000. Dentro del Dossier sobre Arte Paralelo Español. |
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Este
texto intenta hacer una aproximación sociológica a una década de arte
de acción que ha funcionado dialécticamente
con, a veces se ha mantenido fuera
de y otras incluso ha actuado contra
la institución. Para mi análisis utilizo indistintamente los términos
“arte paralelo” y “arte alternativo”, lo cual ha provocado
cierto malestar entre algunos de los actores de esta presunta “vía”.
A decir verdad, si existe un proceso colectivo de “arte paralelo” no
se ha producido de forma consciente ni, en muchas ocasiones, querida por
los artistas implicados, y parte de los textos que se encuentran en este
dosier darán buena cuenta de ello. Aún así, es posible un análisis
de estos trabajos artísticos desde una perspectiva colectiva, de
movimiento social, como intentaré demostrar al final de texto. En
algunas ocasiones utilizamos simplemente la expresión “arte de acción”
en lugar de “arte paralelo”; debemos observar, sin embargo, que
“arte de acción” se referiere a un ámbito mucho más amplio y, a
menudo, ajeno al fenómeno que vamos a desarrollar aquí. El “arte de
acción” Incluye, por ejemplo, a las acciones espectaculares de la
Fura dels Baus, a las performances de discoteca y a ciertas
manifestaciones de danza y teatro que ya tienen una relación muy lejana
con nosotros. El término “arte paralelo”, alternativo, marginal,
etc., hace una clasificación del arte atendiendo en primer lugar a su
ubicación ideológica relativa respecto de la institución arte, en un
sentido relacionado todavía con la idea de Vanguardia tal y como era
expresada por Peter Bürger: “Con el concepto deNelo
Vilar
institución arte me refiero aquí tanto al aparato de producción y
distribución del arte como a las ideas que sobre el arte dominan en una
época dada y que determinan esencialmente la recepción de las obras.
La vanguardia se dirige contra ambos momentos: contra el aparato de
distribución al que está sometida la obra de arte, y contra el status
del arte en la sociedad burguesa descrito por el concepto de autonomía”
(P. Bürger, Teoria de la vanguardia,... p. 62). Prehistoria
reciente: arte de acción anterior a los 90 Es
sabido el retraso secular que el Estado español ha sufrido respecto a
los vecinos del norte, lo que ha impedido hasta fechas muy recientes el
acceso a la modernidad y así también a la aventura vanguardista. Como
excepción siempre encontramos algunas individualidades aisladas que décadas
después exhiben los historiadores en loor a la patria, y que poca o
ninguna influencia suelen tener en los artistas venideros: normalmente
las influencias vienen de fuera. Sólo en Cataluña parece haber una
tradición viva, donde además, ya en los años 60-70, tuvo una
transcendencia real un arte conceptual politizado, que llegó a
convertirse en un “ismo” virulento y que contribuyó a un definitivo
acceso a la modernidad, en mayor o menor sintonía con lo que se hacía
en el resto de los países occidentales. Este movimiento ha sido
bastante recuperado en Cataluña y en el resto del Estado, donde también
se ha ido reconociendo a aquellos personajes que resistieron en unas
condiciones absolutamente precarias, como el grupo ZAJ, vinculado al
movimiento Fluxus, y pocos más. Los 90, tras el espejismo
neoexpresionista y el retorno al orden de la década anterior, han
supuesto su lento reconocimiento en los grandes museos estatales, su
presencia en las universidades y en todas las programaciones que
disponen de un presupuesto suficiente como para contar con su presencia. Si
los años 70 son los del impulso revolucionario, una parte del cual se
agota tras la muerte del dictador Franco el año 75, los 80 son años de
transición hacia la democracia: la Constitución no se aprobó hasta el
78, y con muchísimas trampas para dejarlo todo bien atado: recordemos
que el partido comunista era la fuerza democrática antifranquista
mayoritaria, y que los grupos de ultraizquierda florecían
compulsivamente, por lo que nuestros “padres de la patria” tenían
que extremar las precauciones (si bien es cierto que esto fue común a
la mayor parte de los estados, terrorismos y contraterrorismos
incluidos). El
Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en el poder desde 1982 a
1996, en un gran momento de euforia renovadora desaprovechada, quiere
modernizar/europeizar el total de la vida española, de manera que
dificulta toda crítica para favorecer exclusivamente y con dinero público
a una “estética oficial”, a un arte joven a manera de escaparate,
en la línea acrítica que se imponía en el resto de Europa y USA: el
retorno a la pintura-pintura, los excesos expresionistas, la falta de
reflexión crítica... Son años, pues, de creación de
infraestructuras, de un arte afirmativo aupado por el poder y por sus
intelectuales orgánicos. José Luis Marzo se ha encargado en distintas
ocasiones de esta “estética oficial”, que define como “aquellas estrategias en la creación de infraestructuras y de política
de promoción artística orquestadas por diversos organismos públicos,
en conjunción con determinados sectores privados, en aras a sedimentar
una determinada forma de ver el arte y a los artistas”[1]. En
este contexto sobreviven en precarias condiciones algunos artistas
supervivientes de la década anterior. Aislados, se convierten en
individualidades ineludibles que poco a poco van consiguiendo algún
reconocimiento y que a finales de la década consiguen tomar posiciones
tímidamente en las instituciones culturales. El arte de acción llegará
a la universidad con la década de los 90, de manos de Bartolomé
Ferrando, David Pérez y otros en Valencia; José Antonio Sarmiento en
Cuenca, Pedro Garhel en Salamanca; Isidoro Valcárcel Medina imparte
algunos cursos en Madrid y otros lugares, etc. Y este medio constituido
por individualidades dará lugar a toda una serie de jóvenes artistas
que van a utilizar la performance como herramienta destacada pero que en
realidad se mueven con fluidez por lo que Fernando Millán llama
“territorio conceptual”, lo que en los años 70 se había llamado en
el Estado español “nuevos comportamientos artísticos”: el arte de
acción, sociológico, conceptual, los géneros poéticos, etc. El
baby-boom artístico de los primeros 90: la fase de emergencia del arte
paralelo Esta
nueva generación que comienza a trabajar al inicio de la década de los
90 se deja fascinar por las posibilidades que ofrece el arte de acción
y empieza a organizarse en grupos y asociaciones, a abrir espacios de
exposición, a organizar eventos y festivales, etc. Se trata de una fase de emergencia, de reconstrucción colectiva de una identidad y
de unas infraestructuras hecha al margen de toda institución. En el
Estado español habría que analizar este hecho a la luz del contexto
social y económico: el descrédito para con las jóvenes instituciones
democráticas del Estado que se traduce en la tímida y fragmentaria
reconstrucción de la izquierda no socialdemócrata, la aparición de
movimientos sociales innovadores como el movimiento pacifista insumiso,
las okupaciones o los grupos y coordinadoras ecologistas, etc. Este
fructífero período de reorganización artístico no ha sido estudiado
aún como se merece, a la luz de las teorías sobre los movimientos
sociales, y es difícil que se realice una reflexión si no es por parte
de los propios actores del arte paralelo. Lo que sí que es patente es
la confusión ideológica que sufrimos y por tanto la dificultad que
supone no reconocer unos objetivos. Entre los practicantes de un arte
que se quería “alternativo” primaba el interés por reconstruir
unas infraestructuras más que por renovar un discurso que en nuestro
Estado no había existido. La indefinición de los objetivos causará en
adelante más de una baja entre artistas decepcionados ante el “más
de lo mismo” que a mitad de la década se hará patente. Confrontando
nuestra actividad con artistas de países europeos con una producción
“paralela” minoritaria pero “normalizada”, las cosas se ven de
otra forma. Gran parte de las acciones realizadas tienen el
inconfundible olor a remedo de otras tantas producidas en los
“gloriosos” 60-70. En una entrevista realizada por Rafael Santibáñez
y Nelo Vilar en 1994, en el transcurso de un intercambio de
ex-estudiantes de las escuelas de bellas artes de Valencia y Caen
(Francia), Joël Hubaut afirmaba que sí había una nueva generación de
artistas de la acción ajena a la de los 70, pero que definitivamente
nosotros no estábamos en esa “nueva generación”, sino más bien
incluidos en la anterior, y no dudaba en calificar aquel evento de
“postescolar”[2]. La
efervescencia provocada por la consagración universitaria del arte de
acción había diseminado una energía contrainstitucional interesante y
a menudo hermosos hallazgos formales, pero, en tanto que
“vanguardia”, se carecía de una logística adecuada: no se había
generado una información válida, ni siquiera sobre el arte de acción
histórico; no había libros, ni revistas, ni crítica, ni unos canales
de difusión apropiados, lo que exigía grandes esfuerzos de producción
que no tenían una contraprestación: ninguna repercusión intelectual,
ningún reconocimiento crítico... Los artistas abandonaban al poco,
exhaustos, participando de un círculo vicioso que en la actualidad aún
no ha llegado a su fin: todavía una enorme masa de activistas del arte
de acción aparece y desaparece, agotada e impotente, siguiendo el
inexorable ritmo de las estaciones (lectivas). Entre
1989 y 1994 formamos en Valencia la Associació
de Nous Comportaments Artístics (ANCA), básicamente entre alumnos
de Bartolomé Ferrando y compañeros de éste. A pesar de la frenética
actividad de estos años, de haber desarrollado una programación
coherente, organizado importantes eventos internacionales y haber hecho
algunas incursiones en el extranjero, de entre más de treinta artistas
asociados en la actualidad sólo tres o cuatro continuamos en activo,
incluyendo a Ferrando y al autor de este texto. Otros experimentos, como
el Ojo Atómico en Madrid o el grupo que integraba la Nova Acció de
Barcelona, parecen haber tenido más repercusión que ANCA, y parte de
su plantilla siguen en activo[3],
algunos alejados ya de la acción. Festivales
abiertos en Madrid, Granada y otras ciudades; proliferación del arte
postal y de la poesía visual; en cinco o seis años ya se había
desarrollado una vía paralela que sin embargo no acababa de definir sus
relaciones con la institución, y que debía la mayor parte de sus
planteamientos a actitudes “alternativas” propias de veinte años
atrás. El mismo modelo de festivales se sigue poniendo en práctica en
distintos lugares de nuestra geografía con el mismo entusiasmo escolar
y, si cabe, una mayor rutina... Joan
Casellas, un superviviente y animador durante todos estos años del arte
de acción en nuestro Estado, publicó en el catálogo del evento off-MACBA
un “Ensayo para una Crónica Urgente y Sentimental de la Acción en la
España de los Noventa (ECUSAEN)”[4],
en la que se citaban algunas de las actividades mayores de la década.
Pese a su parcialidad y a algunos errores en los datos, a ella habremos
de remitir al lector interesado. Casellas hace algunas menciones a los
que descalifican la performance actual por obsoleta, críticos que no
ofrecen más razonamiento que el de la novedad continua, la estricta ley
de la moda. Si bien esto es cierto en parte, también el razonamiento de
Casellas resulta un tanto superficial puesto que incurre en el error de
suponer a la performance privada de historia y ajena a cualquier proceso
de investigación (y esto se podría extender al conjunto de las artes),
en un limbo que no se ha de someter a las razones de su contexto, como
esfera separada y pura donde no debe llegar la crítica[5].
Y es esta contextualización la que queda por hacer y a la que
intentamos someter al arte de acción, más allá de las “modas”. Una
bisagra para una década de acción En
el evento Sin número. Arte de
Acción, celebrado en Madrid en noviembre de 1996, se intentó el
encuentro de performances más riguroso hasta la fecha. En él se
intentaba una primera clasificación de los artistas según distintos
aspectos, lo que dotaba al festival de una complejidad mayor de la
habitual. Entre los textos del catálogo había una historia de las raíces
formales del arte de acción español que como es habitual se detenía a
principios de los años 70; una “Historia o historieta del arte de
acción en Madrid” que contaba más bien algunas actividades
maniobradoras en esta ciudad; una interesante reflexión sociologizante
sobre la acción de los 90 de parte de uno de sus principales
protagonistas y organizador a su vez del evento, Jaime Vallaure, y un
par de textos más, el citado de José Luis Marzo y el de la
coorganizadora Marta Pol. El catálogo recogía una cronología de la
performance española de 1985 a 1995 que se pretendía completar en
sucesivas ediciones del festival (que no se llegaron a realizar). Salvo
Jaime Vallaure, podríamos afirmar que el resto de los críticos que
participaban en el catálogo desconocían o no eran público habitual de
performances[6],
y que su trabajo crítico se halla pese a todo en el lado de la
institución. La
cronología arroja algunos datos interesantes: por ejemplo, podemos
hallar con nombres y apellidos el corte que se produce a partir del año
90, en el que se incorporan masivamente multitud de artistas de todo el
Estado. Los nombres que aparecen hasta la fecha, muchos de ellos aún en
activo, y exceptuando a Rafael Lamata Cotanda, han continuado
funcionando como individualidades sin llegar a mezclarse completamente o
a integrarse en los eventos que producían los primeros. De hecho, si en
la actualidad se puede hablar de dinámicas colectivas, de redes e
incluso de movimientos, hay que excluir sistemáticamente a los “clásicos”,
lo que nos permite hablar sin problemas de “generación”
diferenciada. Algunos
artistas han acusado al Sin número...
de “evento institucional” hecho con más medios que de costumbre
pero de menor interés que cualquiera de los flojos, caóticos y
emotivos encuentros y festivales que se han venido sucediendo a lo largo
de la década[7].
A mi parecer fue el mayor y más riguroso evento sobre la performance
española producido hasta la fecha, planteado además con una implícita
intención crítica. Resumir la función del Sin
número... en “institucionalización de la performance” resulta
bastante reduccionista; una lectura más atenta descubriría un intento
riguroso de análisis, más o menos conseguido, una voluntad de
compendiar distintas vías en la performance que arrojara alguna luz
sobre lo que estaba pasando. El propio gesto de renunciar a su
continuación parece una muestra coherente de estas intenciones, y de
que el problema de la performance, como el del resto del arte actual, no
es el dinero sino el sentido. Algo
similar, aunque a menor escala, se había hecho exactamente un año
antes en Valencia, en la “galería independiente” La EsferAzul: el (Sic) Encontre d’Accions ha sido el mayor evento de la performance
valenciana: unos cincuenta artistas locales participaron durante tres días,
sin selección previa, intentando recoger la mayor parte de lo que
estaba ocurriendo. Todo ello para someterlo a una mesa redonda con todos
los artistas que tuviera una función autocrítica y en la que las
conclusiones, pese a los contados hallazgos estéticos, fueron bastante
desalentadoras. Estos
dos eventos-inventario podrían ser los puntos de inflexión simbólica
de la década en lo referente al arte de acción. Podríamos añadir
también como refuerzo a esta bisagra el número de Fuera
de banda sobre la performance que se estaba haciendo en todo el
estado, que contaba con un fuerte aparataje crítico y en el que se podían
observar las contradictorias razones de unos y otros artistas[8].
Estos eventos parecían el techo institucional al que se podía llegar
con el arte de acción, más allá del cual toda propuesta resultaría
reiterativa. La falta de perspectivas que se hizo explícita iba a
desviar los intereses de parte de los artistas y poetas de la acción
hacia otros ámbitos posibles, a menudo más anclados en la producción
de sentido en contexto real. El
alcance de la fase emergente de la acción mostraba hasta dónde podía
llegar ésta, y la crítica la expresaba muy bien Jaime Vallaure en su
texto[9]:
reiteración, banalización, a-contextualidad... Actitudes
respecto al Sistema del Arte Se
podría considerar todo lo visto como una primera fase en la organización
de un sistema alternativo, emergente e intuitivo, que sufre los retrasos
de una situación histórica igualmente retrasada, que abunda en lugares
comunes y lleva ese inconfundible aroma a déjà
vu. Su posición hacia la institución era bastante ambigua e
intuitiva, como se ha observado más adelante en las redes de colectivos
o las asociaciones de artistas plásticos. Otra
cuestión que juega en contra de la autonomía y “mayoría de edad”
de un arte paralelo es la tendencia esencialista que desde los años 80
prima la “experiencia” sobre el “experimento”, lo que favorece
la rutina y la falta de crítica[10]
(al menos tanto como el estancamiento en el formalismo de algunos de
nuestros “mayores”). Esta corriente es hoy la que con más
virulencia se opone a la creación de discurso y a los procesos de crítica,
y la que, cuando no se ha institucionalizado abiertamente, se resiste de
forma sectaria a cualquier tipo de cambio. Los supervivientes de este
sector de la performance se han instalado en la fórmula de festivales y
pequeños y reiterativos “espectáculos” de performance. Mayoritariamente
el resultado de este sistema ha sido la retirada de la acción, bien
definitiva, bien hacia posturas directamente sociales o bien hacia una
espiritualidad new age. Otros
han intentado, a veces con éxito, la cosificación “pragmática”,
“reformista” de su trabajo en forma de objeto artístico: teatro,
fotografía, instalación o incluso pintura. Y
la opción que desarrollamos en este texto es la huida hacia delante con
la intención de dar una mayor definición teórico-práctica a un
concepto de arte paralelo y de redes de artistas-gestores que lo
sostengan. Tanto
la opción continuista como la
reformista y la paralela se contaminan según los casos y las personas. De momento
ya existe una modesta dinámica paralela, tanto teórica, de definición
colectiva de discurso, como práctica, apoyada por medios estables:
revistas, colectivos y colaboraciones en red desde distintas ciudades. En
la vía “reformista” situamos a los artistas que forman redes de
colectivos autogestionados con planteamientos corporativistas y mucha
miopía respecto al arte que se hace, que simplemente pretenden
convertirse en profesionales de la gestión privada de los fondos públicos
(en la línea neoliberal que venimos sufriendo las últimas décadas).
Cuando esto se consigue, sólo es para “modernizar” las actividades
culturales en el sentido “neutral”, formalista, de la amalgama
postmodernista —según la cual todo tiene el mismo valor—, y sin
espacio para la crítica ni la autocrítica[11]. También
es el momento de las asociaciones de artistas plásticos, con una vocación
aún más sindical e igualmente despreocupados por todo aquello que no
sean los derechos de autor y los intereses del “sector”, es decir,
que se reparta el pastel, adquirir una mayor presencia en la toma de
decisiones y mayores cotas de poder sin llegar a cuestionar en ningún
momento a la Institución que los contiene. Prácticas
de arte paralelo Entendiendo
el camino hecho por el arte de acción como un proceso interesante, aciertos y errores incluidos, sobreviven a él
artistas que han ido coincidiendo en distintos eventos y que van
definiendo una red flexible y dinámica de descreídos de las
instituciones tanto como de la pobreza y miopía de los circuitos
“alternativos” estancados desde principios de la década. El
agotamiento de estas fórmulas conducirá a una fase de superación de
los encuentros de performances sin criterios para plantear estrategias
concretas de acción crítica que provoquen un salto cualitativo al
movimiento, con la energía del que no tiene nada que perder. Por
primera vez se plantea un rechazo explícito a la institución, hecho
con herramientas precarias pero que inicia un movimiento que no tendrá
marcha atrás. Entre
las acciones más destacadas se halla en Madrid la Zona de Acción
Temporal (ZAT), un experimento de programación estable que durará un año
(1997-1998) y en el que sus autores se niegan por primera vez a incluir
la rutina de la performance para plantear todo tipo de ejercicios
destinados a explorar campos indeterminados de la creación. La ZAT
tendrá su continuación en el Circo Interior Bruto (CIB), de nuevo una
programación estable de un año de duración (1999-2000) en la que doce
personas trabajan en una suerte de circo-performance colectiva que
incluye números individuales y de grupo. Insistiendo
en la performance como género se constituye en Barcelona el CLUB 7, que
durante las temporadas del 96/97 y 97/98 programa individualizadamente a
la mayor parte de los artistas de la acción, que tienen la oportunidad
de mostrar su obra con más sosiego que en los festivales y a los que se
les da la palabra ante el público. Algo parecido es lo que organiza
Nieves Correa en el espacio cultural CRUCE de Madrid, donde además
instituye las agradables “Meriendas de negros”: suerte de ágora en
la que todo aquel que lo solicite tiene la oportunidad de mostrar
trabajos, hacer proclamas, recitar o discutir sobre cuestiones de arte y
poesía en un ambiente distendido. Las
grandes exposiciones museísticas de Fluxus, la Internacional
Situacionista, Zaj, Joseph Beuys, la recuperación del poeta Joan Brossa,
etc., están decantando finalmente la cuestión entre Artistas
institucionales prestos a ser reconocidos y movimientos de arte paralelo
con explícito rechazo a la institución, con todos los matices
expuestos en el apartado anterior. Una muestra de esto último fue la
creación de la Red de Artistas Gestores (RAG) en el verano de 1998. La
RAG se concibió como una red formal de colectivos y artistas gestores,
lo que se pretendía crear era una herramienta de autoayuda con
proyectos expositivos “convencionales”, pero devino un experimento
informal de autocrítica y discusión teórica con los objetivos explícitos
de la creación de un movimiento crítico y autoreflexivo, en relación
dialéctica con la institución. Estos ensayos “teoricistas” sobre
el arte paralelo ya han encontrado también sus detractores, paradójicamente
en el propio seno de la tribu “alternativa”. Mientras
tanto, en este medio que se está definiendo y que ofrece la novedad de
un proceso colectivo inaudito en nuestro Estado, alguna gente consigue
un trabajo serio, lejos ya de la fascinación provocada por los nuevos
medios que ofrecía el arte de acción. Aún cuando estos no se
comprometen en la creación específica de una red formal, sí se
resisten en cambio a integrarse en la institución o a trabajar desde
ella, como hacen los artistas de la acción de la década precedente. Los
trabajos que levantan el vuelo y se alejan también del indiferenciado
bullicio marginal parten en un principio de la metaperformance, que
pretende distanciarse mediante la ironía y el humor de los excesos de
la performance como “moda” que proliferaba en todo tipo de eventos
autocomplacientes. Su principal exponente podría hallarse en el ABC
de la performance (1994) de Rafael Lamata, Jaime Vallaure y Daniela
Musico, una de las obras mayores de la performance española de los 90
que se concreta en un trabajo en vídeo de gran calidad. En
el margen de las convenciones performativas se hallan también algunas
acciones parateatrales, maniobras, intervenciones en espacios no artísticos,
etc. El ámbito de las intervenciones urbanas es particularmente fructífero,
y en la actualidad es practicado por grupos como la Fiambrera,
que opera en varias ciudades, Preiswert
Arbeitskolleguen, la Figuera
Crítica de Barcelona (FCB, las mismas siglas que el omnipotente Fútbol
Club Barcelona) y otros colectivos cercanos al arte sociológico y al
“terrorismo artístico”. Precisamente en este terreno causó gran
espectación el trabajo de artistas de la acción como Nieves Correa,
Hilario Álvarez, la Fiambrera y otros compañeros en el equipo de
trabajo llamado el Lobby Feroz, que desde 1998 trabaja en Madrid codo con codo con
distintas asociaciones y movimientos sociales en el barrio de Lavapiés,
opuestos a un plan de rehabilitación desarrollista e insolidario de
este barrio histórico y que entra en cuestiones de urbanismo y
democracia radical. Al margen de las acostumbradas performances hechas
en eventos reivindicativos, una de sus acciones mayores fue un
“Concurso de ruinas”: un público-jurado recorría los edificios más
deteriorados del barrio donde sus habitantes iban mostrando el estado de
las viviendas y “corralas” en un escalofriante relato de
cotidianidades y miserias oficiales. Finalmente se daba un premio a la
finca más ruinosa. La belleza vivencial de esta maniobra, la
inexistencia de “espectáculo” o “espectadores”, que no pudo
dejar indiferentes a ninguno de los que asistimos, su certera ubicuidad
tanto para la denuncia tanto como para el arte y la comunicación entre
el vecindario y el público participante, resultaron modélicas para un
floreciente “arte sociológico”. La práctica de éste por parte de
artistas desencantados de la performance ofrece nuevas vías para la
investigación, pero no debe hacernos perder de vista las tentaciones
“asistencialistas”, supeditadas al servicio de movimientos sociales,
que suelen reducir el arte a una función “políticamente correcta”.
Por otra parte tampoco parece que el simple traslado de los trabajos artísticos
de la galería a la casa okupada o al centro social del barrio aporten
nada nuevo, a no ser que se insista en el sentido de su ubicación. De
cualquier modo, el encuentro en el Lobby Feroz de artistas interesados
por un arte “puro” y de otros tantos activistas de un arte
“comprometido”, y el intenso trabajo teórico-práctico desarrollado
ha de ser tenido en cuenta como un hito importante. A
pesar de tratarse de caminos bien diferenciados y a menudo opuestos, la
mayor parte de los activistas del arte de acción implicados en estas
investigaciones lo hacen sin perjuicio de la práctica de la performance
en festivales y eventos de todo tipo, en lo que podríamos denominar una
línea más “afirmativa”. A pesar de algunos rechazos radicales, el
arte de acción “alternativo” entendido como movimiento colectivo y
abierto continúa su camino, y publicaciones como la revista Fuera
de recoge de algún modo este espíritu: desde 1995 y hasta la fecha
han habido números para el Signo salvaje, la performance, la poesía,
la maniobra, la intervención pública en colaboración con movimientos
sociales, etc., siempre con un espíritu de análisis y contando con los
textos de los propios artistas en activo, a menudo radicalmente opuestos
entre sí. ¿Quién
teme al Arte paralelo? Todos
estos trabajos, que podemos llamar “paralelos”, se cruzan sin llegar
a tocarse con el de “clásicos” de una generación anterior que, si
bien es la propiciadora de ésta a la que nos referimos y a menudo
comparte escenario, se resiste a integrarse en esta vía paralela o a
participar de estos procesos colectivos para continuar insistiendo en la
justa demanda de su reconocimiento institucional. La etapa de los
Artistas “alternativos” recuperados lentamente por la institución,
a la que aspiran muchos de los que se sitúan en una vía histórica,
fluxus, etc., está ingresando en los dominios de la amalgama
institucional, y su futuro es la indeterminación en ella y en el
formalismo. Pero
pese a todo lo visto, tanto el propio concepto de arte paralelo,
alternativo, independiente, o como se le quiera llamar, como la
existencia de un colectivo homogéneo que pueda ser englobado con este
calificativo, a manera de movimiento, resulta problemático para los
propios artistas, muy conscientes de la disparidad de motivaciones,
objetivos y maneras. Intervienen en este descrédito el uso abusivo que
se ha hecho de palabras como “alternativo” o “paralelo”, ya
insertas en el lenguaje del “consumo de solidaridad”, que ha situado
la práctica individual de la caridad en el lugar que habría de ocupar
la justicia social. También
interviene en el rechazo a un movimiento paralelo la institucionalización
en la marginalidad, contra un pensamiento nómada, que se ha hecho entre
las tribus de artistas perfórmers, entre los poetas visuales, etc. Finalmente,
la existencia de un colectivo con características comunes que diera
cuerpo a un posible arte paralelo resulta difícil de creer para los
propios artistas implicados. Querría defender este concepto desde
diversos aspectos; en primer lugar, sin entrar todavía en si existe o
no un movimiento tal, el uso de un término genérico funcionaría como
maniobra de cuestionamiento productivo: hacer visible la posibilidad de
operar fuera de o contra
las instituciones, no sólo de forma reactiva, como resistencia
deconstructivista a menudo heroica, sino proactiva, creando estructuras
en red descentralizadas según el ideario de Robert Filliou y tal y como
se pone en práctica en las redes de colectivos autogestionados del
Quebec. Con el término de “arte paralelo” se trata aún de la
cuestión de dar sentido a un trabajo fuera de la institución, con todo
lo de marginal, desconocido, etc., que puede resultar y que a menudo se
puede sentir como inútil. La difusión mediante revistas especializadas
o el debate tal como se ha hecho en la RAG y otros ámbitos, muestra que
es viable y necesario el funcionamiento paralelo. Pero,
¿cuáles serían los rasgos definitorios del arte paralelo, una vez que
el carácter colectivo y heroico se ha enquistado en farragosos
festivales autosuficientes plagados de grandes egos y trabajos
escolares? “Arte paralelo”, ¿significa “institución paralela
autosuficiente”, como se nos ha planteado en alguna ocasión? Y en
caso contrario, ¿existe realmente un contingente de artistas
“paralelos”, o se trata de algo totalmente difuso, de una suerte de
“sueño utópico"? En mi opinión, el funcionamiento del arte
paralelo sería similar al de los movimientos sociales: la existencia de
movimientos se produce en forma de círculos concéntricos en los cuales
en el centro se hallarían los activistas y las organizaciones, pero que
incluirían también en los anillos exteriores a los simpatizantes
desmovilizados, etc. Estos anillos se cruzarían con los artistas que sólo
ocasionalmente participan en eventos de los primeros y viceversa, con
las redes de los perfórmers puros o de los poetas visuales, con ciertas
instituciones, etc., etc., ofreciendo un rizoma o mapa complejo en el que cada cuál diseñaría su
itinerario. Todo esto, lejos de negar la existencia de un arte paralelo,
se puede decir que nos sitúa ante un escenario que posibilita el nomadismo, la desaparición de las identidades rígidas, la
fragmentación positiva sin renunciar a un ideario transformador sino más
bien accediendo a él de este modo. El arte paralelo comporta una
exigencia de necesaria resingularización, de acuerdo con el pensamiento
de Félix Guattari, en un mundo globalizado en el que, a pesar de la
aparente diversidad, los procesos sociales y mentales, tanto como los
medioambientales, se empobrecen aceleradamente. Una
característica importante de la nueva generación será el intento de
consolidar unas redes paralelas en el interior del Estado, el trabajo en
contexto real, la creación de infraestructuras locales, regionales y
estatales más que la escapada a los micro-medios artísticos
internacionales superespecializados en los que todo estaba dado; de aquí
el escaso interés de la nueva generación por unos contactos
internacionales que a menudo tenían más de turísticos que de nómadas,
y cuyo sentido parecía dudoso. En
los últimos años se han realizado algunos intentos de concreción a
manera de manifiestos, entre los cuales el más notable podría ser el
Manifiesto Minimedia (MMM), redactado por destacados colectivos de
Madrid y Barcelona y que ha hallado en la pobreza de medios tecnológicos
“un” lugar común de su acción. Es dudoso que la pobreza de medios
sea querida por todos los que la practicamos en el Estado español, y
algunos trabajos en vídeo de alta calidad vendrían a negar este
extremo; la aceptación tácita de la falta de recursos a fin de no
depender de los medios técnicos o financieros de las instituciones no
debería confundirse con el rechazo moral a toda tecnología compleja. No
sería difícil encontrar otros denominadores comunes del arte paralelo
en la investigación en el seno del arte de acción, el rechazo a la
profesionalización y sobre todo en su situación dialéctica, más o
menos explícitamente fuera de
o contra las instituciones culturales del Estado tanto como de la
propia Institución Arte. Arte
paralelo y nuevos movimientos sociales Con
el apelativo “arte paralelo” nos referimos a un proceso artístico
radical de crítica a la institución arte y al modelo hegemónico que
lo ocasiona. Su contexto institucional es el expresado por un crítico
inteligente como Juan Antonio Ramírez cuando hablaba de forma un tanto
apocalíptica de cómo el arte actual se enfrenta a una desmultiplicación
de argumentos contrapuestos a pesar de la apariencia generalizada de
proliferación infinita de argumentos débiles[12].
O el del profesor David Pérez, que escribía que la diversidad de
opciones de esta especie de multiculturalismo no muestra más que su
propia uniformidad de procesos[13], entre los que se han de incluir a menudo los de las
voces disonantes. El diagnóstico de David Pérez es extremadamente
pesimista a este respecto: todo fenómeno artístico está aquejado forzosamente de formalismo,
mercantilización y falta de transcendencia, y no existen espacios fuera
de la institución arte ni siquiera para su crítica, etc. En
este paisaje de final de la historia, pensamiento único, uniformidad de
procesos y desmultiplicación de argumentos, las actitudes tomadas por
sus voceros apocalípticos no van más allá del cinismo y un fastidioso
“estar de vuelta” que reacciona airado y soberbio ante los ensayos
“vanguardistas”. Aquí es donde el arte paralelo se ofrece como
proceso singular, ajeno a cualquier “pensamiento único”; su
itinerario es nómada y de nuevo “histórico” en un sentido distinto
al que daba la Modernidad; expresa una utopía de resingularización en
consonancia con los nuevos movimientos sociales. A
las teorías postmodernistas inmovilistas tenemos que oponer la
perspectiva de la aparición de una postmodernidad crítica de la que, a
partir de los años 70, aparecen una serie de Nuevos Movimientos
Sociales (NMS) y de propuestas “alternativas”. Mientras
la mayor parte de los teóricos de los años 80 se lamentaban de (o se
complacían con) la falta de “alternativas”, se estaba produciendo
una “revolución” en los movimientos sociales, una afloración de
movimientos de supervivencia y emancipación (la ecología y el
feminismo serían ejemplos de uno y de otro), cuyo análisis sociológico
escapó a la mayor parte de los teóricos de la postmodernidad que podíamos
leer en el Estado español, de
manos de unos grupos editoriales que seguían la moda postmoderna de un
arte “vitalista”, neoexpresionista, acrítico, “moderno” en la línea
del que se estaba haciendo en toda Europa y a cuya izquierda no se quería
que hubiera nada. La mayor parte de esta literatura ha devenido obsoleta
en muy pocos años. Durante mucho tiempo los estudios se han realizado
desde la perspectiva de la modernidad, ajenos a las novedades que
aportaban los NMS desde la crítica a esta modernidad, en cuanto a
autorreflexividad, racionalidad estratégica y fórmulas organizativas.
La “Era Reagan-Tatcher” y la ascensión al poder de los partidos
socialdemócratas europeos, con todos los ajustes ideológicos en el
seno de la izquierda, serían corresponsables de la nube de humo ante la
realidad “transformadora” de los NMS. De
esta manera, mientras la cultura parecía girar hacia la derecha, la
irrupción de los NMS ya era un hecho; una “vanguardia” social
estaba trabajando y consiguiendo avances importantes en el interior de
las relaciones sociales, contra la modernidad, por el derecho a la
diferencia (sexual, racial...), etc., en una etapa de activismo
posterior al pensamiento del “68”. Pero,
¿qué traducción ha tenido en el campo artístico el desplazamiento
que han sufrido los movimientos sociales? Jorge RIECHMANN nos da una
caracterización detallada de los NMS en ocho puntos[14] que vamos a parafrasear de forma necesariamente breve
desde la perspectiva del arte, a fin de demostrar la novedad del
proyecto utópico que recogen los artistas y agrupaciones de artistas
llamados “alternativos” desde finales de los años 70. I.
Orientación emancipatoria (con ramificaciones de supervivencia, como
decíamos más arriba), con una ideología abierta, plural, que
aproximadamente podríamos calificar de “nueva izquierda”, que lleva
a desafiar muchos de los objetivos que gozan de consenso en las
sociedades occidentales, a adoptar nuevas tácticas políticas y a
utilizar una nueva estructura de organización como extensión de sus
ideales de reforma social. Se correspondería con aquella “tercera
fase” de la vanguardia de la que hablaba Richard MARTEL: “parce
qu’elle voit la justification théorique des regroupements. Il est
question d’alternatives dialectiquement critiques par rapport à l’art
d’institution et en même temps une compréhension et une
justification des pratiques de provocation et de transgression[15]. II.
“Tipológicamente, los NMS se encuentran en un punto intermedio entre
los movimientos con orientación de poder y los movimientos con
orientación cultural. (...) El objetivo es... desarrollar formas de
contra-poder ‘de base’ para transformar profundamente la vida
social”. Los
artistas, ubicados en la periferia de los centros artísticos, sin ningún
tipo de infraestructuras culturales, se han tenido que organizar por si
mismos para, simplemente, existir, y su forma de organización varía
desde la estructura fuerte hasta a los individuos desligados, pero
siempre dando prioridad a la diversidad de los individuos respecto de
los lazos grupales, merced a la particular estructura de la red. La
denostada expresión “alternativa” implica en realidad la creación
de una institución alternativa, paralela, autogestionada por los propios
artistas (“de base”) y con criterios propios[16].
L’alternative communique sa
volonté de déterminer des pratiques autonomes, qualifiées de low
art par rapport au high art
des institutions. Cette dernière période, qui prévaut actuellement,
s’intéresse aux “signaux faibles” de la communication et
production de cassettes, livres, disques, vidéos, festivals et événements
de toutes sortes, permet de valider les expériences par rapport aux
acquis formels de l’art d’institution III.
Una orientación antimodernista, encaminada más bien hacia una
descentralización y una “recomunalización” de la vida, y una
desinstitucionalización de la vida político-social y cultural. En el
campo del arte se recuperarían para una dinámica artística parcelas
de legitimidad arrebatadas por la tríada institucional galería-crítica-museo;
una desprofesionalización de la práctica artística; un modelo
alternativo de producción, distribución y recepción del arte; y un
proceso de desdiferenciación funcional en el que, en particular, la
autonomizada esfera económica sería parcialmente reabsorvida por otras
esferas sociales (dígase arte-vida, arte del comportamiento, concepto
ampliado del arte, dimensión antropológica...). IV.
Composición social heterogénea, en la que predominan nítidamente un
grupo social: los profesionales de los servicios sociales y culturales,
trabajadores pertenecientes a las “nuevas capas medias”. Se mantiene
la dialéctica con la “profesionalidad” del artista, por esto a
menudo es un “pluriempleado”: Todos
los perfórmers que conozco practican el pluriempleo, ninguno vive de
esto y casi lo salvaguardan como única posibilidad de independencia.[17] V.
Objetivos y estrategias de acción muy diferenciadas: “Pensar
globalmente, actuar localmente”. Tendencia al site specific, a la diferenciación de las regiones (Eternal
Network, como vamos a ver), pero también al nomadismo, al
intercambio. VI. Estructura organizativa descentralizada y antijerárquica, en
forma de red (o conexión de redes, “red de redes”) con un nivel
bajo de institucionalización y profesionalización. Este cambio
estructural en el sistema del arte encuentra su referente “teórico-poético”
en el artista fluxus Robert Filliou y su propuesta de Eternal
Network, la Red de artistas en Fiesta Permanente, que supone la
organización de un circuito “paralelo” o “alternativo” del
arte, de un intento de autogestión artística contra el centralismo que
exigía la vanguardia (un centralismo geográfico, de los grandes
centros internacionales: New York, París..., pero también de ideas, llámese
“Pensamiento Único” o, lo que es lo mismo, imperialismo,
globalización...), y en favor de la resingularización, y que será un
concepto fundamental para la aparición de colectivos en todo el mundo. VII.
Politización de la vida cotidiana y del ámbito privado. En la esfera
del arte nos dirigiríamos hacia una desmaterialización de la obra de
arte en la dirección de una mayor penetración en la vida, hacia una
integración de una en la otra según formas que se habrían de crear,
no heredadas. Acrecentada reflexividad de los procesos de formación de
identidad. VIII. Métodos de acción colectiva no convencionales, como la desobediencia civil, la resistencia pasiva, la acción directa con fuertes elementos expresivos... No es casual que a menudo algunos colectivos sociales incluyan la “performance” entre sus prácticas de protesta, o que sus manifestaciones tengan sobre todo un carácter expresivo (y, como la mayor parte de los NMS, mediático). La “Maniobra” podría ser un buen ejemplo de métodos de acción no convencionales, artísticos en nuestro caso. Nelo
Vilar. Proponer
que el ecosistema artístico paralelo sea un movimiento social arroja
algunas complicaciones teóricas de las que no nos vamos a ocupar. Sin
duda la singularidad del trabajo artístico, el estar basado en el
individuo, nos distancia de cualquier MS al uso, aunque podamos hablar
de poetización de la protesta
e incluso de MS basados en gestos individuales a menudo de extremada
creatividad, como la insumisión en el Estado español. Nos hallamos
ante una crisis de civilización en la que los cambios hacia la
resingularización son formas de resistencia a un capitalismo mundial
integrado. La existencia de un arte paralelo en un proceso de
crecimiento físico y discursivo es coherente con este ideario, y se
ofrece como una máquina de guerra
alternativa al agotamiento del arte de la institución, teorizado por
sus propios intelectuales orgánicos. En palabras de F. Guattari, las
conmociones contemporáneas reclaman sin duda una modelización más
orientada hacia el futuro y la aparición de nuevas prácticas sociales
y estéticas[18]. [1]
José Luis Marzo, “La performance en los 80, entre la mirra, el
incienso, las fallas y algunas reacciones”. Catálogo de Sin
número. Arte de acción, Círculo de Bellas Artes, Madrid 1996,
p. 29. [2]
Rafael Santibáñez y Nelo Vilar, “Entrevista con Joël Hubaut”.
Fuera de banda nº 3,
Valencia, otoño de 1996. [3]
Véase el interesante catálogo El
Ojo Atómico. Ed. Tomás Ruiz-Rivas, Madrid 1996. [4]
Joan Casellas, “Ensayo para una Crónica Urgente y Sentimental de
la Acción en la España de los Noventa”, catálogo Arte
en acción. Festival de acción off MACBA, XAG-BCN, Barcelona
1998. El off-MACBA fue el
conjunto de actividades alternativas a la exposición Arte
y acción. Entre la performance y el objeto 1949-1979 celebrada
en el Museu d’Art Contemporani de BArcelona (MACBA) en noviembre
de 1998. Edición de la XAG BCN (Xarxa d’Artistes Gestors de
Barcelona): los colectivos Aire,
Merz Mail y Stidna!. [5]
Sobre el arte privado de historia y ajeno a la diversidad, véase
Jean Clair, La responsabilidad
del artista. Visor, Madrid 1998. Clair considera este
empobrecimiento a-contextual una influencia de la modernidad
norteamericana, carente de tradición. [6]
La organizadora del festival junto a Vallaure, la crítica de arte
Marta Pol y Rigau, no se puede considerar una estudiosa “próxima”
al arte paralelo, y su vinculación parece más bien circunstancial. [7]
Joan Casellas ha manifestado esta opinión en diversas ocasiones, y
en su “Ensayo para un Crónica, etc.”, ni siquiera hace mención
a este evento. [8]
El citado nº 3 de Fuera de
banda. [9]
Jaime Vallaure, “Reflexiones en torno a un intento cronológico”.
Sin número..., op. cit. [10]
José Luis Marzo, op.cit.,
p. 32 y ss. [11]
Véase el excelente texto de Nieves Correa “En defensa del
artista-gestor, nómada, cazador y recolector”, publicado en
diversos medios, entre otros en Fuera
de banda nº 5, “Maniobras”; Valencia, otoño de 1998. [12]
Juan Antonio Ramírez, Ecosistema
y explosión de las artes. Anagrama, Barcelona 1994, pp. 142-43.
Ramírez hace una completa descripción del sistema del arte
institucional en el que, paradójicamente, no cabe ninguna de las
actividades que hemos dado en llamar “arte paralelo”. Ello nos
ofrece la sugerente “posibilidad” de que existan o puedan
existir otros “ecosistemas” artísticos distintos al
institucional. [13]David
Pérez, “De l’art autorreflexiu a l’art transitiu, de l’art
transitiu a l’art recíproc”, en David Pérez (Coord.), Del
arte impuro. Entre lo público y lo privado. Conselleria de
Cultura, València 1997, p. 25. [14]Jorge
Riechmann y Francisco Fernández Buey, Redes
que dan libertad. Introducción a los nuevos
movimientos sociales. Paidós, Barcelona 1994,
p. 61-67. [15]Richardd
Martel, “Editorial”. Inter,nº
39 de primavera de 1988. [16]Como
explica Peter Burger en Teoría
de la vanguardia, Península, Barcelona 1987, p. 173. [17]Valentín
TORRENS, “Algunas respuestas de...”, en Fuera
de banda nº 3, número monográfico sobre la Performance. Otoño
de 1996. València. [18] Félix Guattari, Caosmosis. Manantial, Buenos Aires (Argentina) 1996, p. 23. |
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