Jesús de Monasterio

 Jesús de Monasterio

 

 

En un pueblecito del valle de Liébana, llamado Colio, nace a finales del siglo XVII Jacinto Monasterio.

Toda su ascendencia es cántabra. Sus padres se llamaron Francisco Monasterio y María Antonia Caldas. Cántabra también la ascendencia de su esposa Isabel de Agüeros, hija de Cándido de Agüeros y Vicenta Manrique de la Vega.

Jacinto se ha graduado en leyes de bachiller en Toledo y se hace abogado en la Universidad de Valladolid.

Un día, exactamente el de la llegada de la primavera de Marzo de 1.836, hay un nuevo llanto de niño en la casona de Potes.

Jacinto de Monasterio, ante la cara inexpresiva aún del recién nacido, piensa que nada como ese temblor de una vida que empieza, para olvidar y compensar pesadumbres y hastíos.

Aquel 21 de Marzo, el caballero lebaniego vive unas horas de felicidad inefable. No existe para él la política, los azares cortesanos, los cargos y las vanidades; corregimientos, bulos, injusticias se han borrado de su mente. Sólo existe aquella vida que nace, para que Dios encamine a ése nuevo ser por la senda de la alegría y del bien.

Pocos días más tarde, las campanas de la iglesia de San Vicente Mártir, con su alegre repicar y la placidez silenciosa de la villa, anuncian el bautizo del nuevo siervo de Dios.

Al sur de España, otras campanas, las sevillanas de San Lorenzo, casi en primavera también, anuncian el bautizo de otra gloria de las letras españolas, Gustavo Adolfo Bécquer.

En la casona de Potes, dos balcones, uno pequeño y otro grande en la primera planta; una gran solana en la planta superior: allí dio sus primeros pasos y dice sus primeras palabras Jesús de Monasterio y Agüeros. Es nervioso y vivaz; sus ojos reflejan una gran curiosidad ante todas las cosas, sobre todo, cuando la madre le cuenta fábulas maravillosas, o historias de osos, o leyendas que la gente de la Liébana se viene repitiendo desde tiempos lejanísimos.

 

 

 

Un día el pequeño va hasta el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, (se guarda allí el trozo mayor de la Cruz en que murió Jesucristo). La palabra maternal va diciendo al chiquillo cuánto significan aquellas viejas piedras, lo que es aquel trozo de madera que acompañó la agonía del Señor.

Al regreso a Potes, la madre le cuenta la leyenda del oso y el buey.

Cuatro años vivaces y alegres tiene Jesús; suspende sus juegos y travesuras cuando escucha tocar al padre el violín. ¿ Qué confuso mundo de ideas vagas y hondas se despierta en el alma infantil al conjuro de las melodías ?

El pequeño Jesús , al oír éstas, hace alto en su diversión casera, queda inmóvil escuchando. Su corazón en estos instantes es también como un arco tenso; su mirada revoltosa y risueña se agita fascinado por una fuerza invisible. Con paso callado, se acerca a la estancia en la que el padre está.

Allí, en la puerta, se queda sobrecogido, inmóvil, mientras el suspiro del violín va muriendo en el pianísimo, o se ensancha por los nuevos matices musicales. Llora y ríe.

Se retira el niño después calladamente, sin que el padre se haya dado cuenta de ello. Uno de esos días en que Don Jacinto Monasterio está tocando, siente cerca un ruido leve, vuelve el rostro y ve al pequeño, con expresión de infantil sufrimiento, pugnando por frenar unas lágrimas que le caen silenciosamente por las mejillas.

El padre se asusta. ¿Qué te pasa? ¿Por que lloras? El niño no sabe decir ese porqué que el padre busca; tiene raíces profundas y misteriosas. Es una íntima y dulce congoja, la que hace derramar estas lágrimas a Jesús. Entre el suave llanto, la voz infantil entrecortada trata de explicar aquellas lágrimas. No sé, ….Es la música que me hace llorar.

El llanto silencioso del niño es para el padre una revelación, desde el día que lloró por obra de la música. Ahora el padre cuando toca el violín, tiene siempre a su lado al pequeño: enormemente abiertos los ojos, para comprender bien las palabras que Don Jacinto le dice.. Este es en realidad su primer maestro en la música.

El padre hace un viaje a Valladolid; al regreso trae un pequeño violín para su hijo. Éste se abraza a él, lo contempla risueñamente, relampagueante la mirada, temblorosas las manos al acariciar el arco; no puede haber mejor regalo para Jesús.

El niño, sin más aprendizaje que aquel tan escaso, domina enseguida el instrumento.

En la sencilla villa de Potes, la revelación de Monasterio es el acontecimiento que se habla en las tertulias, en las cocinas y en los paseos por la Serna.

Pero la limitada vida de Potes no ofrece perspectivas para el desarrollo de las singulares condiciones, que un día unas lágrimas revelaron.

Es preciso salir de allí. Recuerda Don Jacinto que en Palencia y Valladolid tiene amigos a los que podrá confiar la educación de su hijo.

En Palencia recibe sus primeras lecciones del primer violinista de la Catedral; después se traslada a Valladolid. Hay en esta ciudad un excelente violinista joven: José Ortega y Zapata. Es el nuevo maestro de Monasterio, en quien comprueba unas facultades de excepción.

Este chiquillo llegará muy lejos, le dice al padre. Trate usted de que le oigan en Madrid. El maestro cree que su discípulo es un genio y, sobre todo, admira la interpretación del buen decir.

En 1.842 triunfa en Madrid un joven vallisoletano. Al acabar el estreno en un teatro de la corte, de un drama suyo, el actor le alza del suelo diciéndole: ¡"diablo de chiquitín"!. El actor es Carlos de la Torre; el autor, José Zorrilla; fuerte y alto aquel, menudo éste. Así es Monasterio, menudo, dice Ortega y Zapata, pero cuando está junto al violín, parece agigantarse; la fuerza surge conmovedora, honda, del dominio de su técnica musical.

No tiene aún siete años, cuando actúa públicamente por primera vez en el Liceo Artístico de Valladolid; es el 14 de Marzo de 1.843. Le acompaña en la velada su maestro Ortega y Zapata; Aplausos, felicitaciones y gozosa humedad de lágrimas en los ojos de Don Jacinto.

Cuando los aplausos se han extinguido, Zapata dice al padre:"¡ Madrid !, Don Jacinto, ¡ Madrid !.Allí está todo".

Hace ya tiempo que Madrid es, efectivamente, obsesión para el padre, y a Madrid marchan los dos. Cuenta el padre ahora cuarenta y siete años; continúa apartado de la vida administrativa; son sus pequeñas rentas de Potes las que le permiten ir viviendo y atender a la formación musical de su hijo. Nada importan sacrificios y adversidades, sobre todo ello, resplandecerá un día la gloria de Jesús de Monasterio.

Don Jacinto remueve amistades, y busca influencias en favor de su hijo. Consigue llegar hasta el Regente del reino, el general Don Baldomero Espartero en cuyos salones tocó un día Jesús de Monasterio; el éxito es apoteósico; a todos sorprende aquella seguridad en un niño de siete años; el hecho sería sorprendente en cualquiera, pero llama más la atención en este niño menudo y de mirada vivaz, en la que relampaguea la luz profunda del genio.

A Espartero le ha caído en gracia el pequeño artista; le ha regalado un violín y un sable, y dice que un día de éstos le llevará a la cámara de la Reina.

Se cuenta la siguiente anécdota: jugaba una tarde el pequeño Jesús, con el sable regalado por el regente, le acompañan otros niños, y desfilan uno tras otro marcialmente: un, dos, un, dos. El General sentía deseos de oír tocar al violinista. Le llama y le dice: oye Jesús, ¿quieres venir a tocar un poco el violín?. No, ahora no quiero tocar…. Quiero jugar a los soldados; si tú juegas con nosotros y haces de capitán, tocaré luego; y si no juegas, no tocaré.

Hizo gracia a Espartero la ocurrencia, y se dispuso a complacer al pequeño violinista.

Deslumbran, adormecen luces y palabras Los ojos de Jesús de Monasterio se sienten fatigados dulcemente, bajo aquel resplandor de la fiesta en palacio. Siente deseos de cerrarlos, y evadirse de aquel cerco brillante y adormecedor.

El pequeño se desprende de los grupos que hablan y ríen, y va hacia un salón próximo y desierto: un gran sillón le ofrece su blandura tibia y acogedora.

La infanta niña, Luisa Fernanda, muestra deseos de que su pareja sea Jesús de Monasterio. Los palatinos buscan al violinista. Es la infanta, ¡doce años risueños!, la que le despierta afectuosamente diciéndole: Jesús, despierta, que vas a bailar conmigo.

Jesús abre los ojos, mira a uno y otro lado, vuelve el rostro, y cierra los ojos nuevamente diciendo: déjame en paz, tengo mucho sueño.

Pero allí está el General Espartero, para estas soluciones. Al terminar el baile, el regente dice al pequeño Monasterio: Jesús, pregunta a su Majestad - como si fuera cosa tuya - qué tal lo ha pasado esta noche, si se ha divertido…. Pero como cosa tuya, ¿me entiendes?, Monasterio va a cumplimentar el encargo. Al acercarse a la Reina, dice a ésta sencillamente: pregunta el General si se ha divertido Usted mucho esta noche.

Cuando Jesús se retira de palacio, su retina está llena de visiones luminosas y triunfales, salones que brillan, trajes de etiqueta, sedas y joyas, música y sonrisas.

El patrocinio de Espartero ha sido beneficioso para Monasterio, pero piensa el padre que lo ideal sería ir a París, y estudiar en el conservatorio francés.

                                  Mientras, recorren algunas capitales españolas. El señor obispo de Jaén, conocedor de la fama de Jesús, quiere que vaya a la procesión del Corpus; es aceptada tal petición.

Cada vez que el cortejo se detiene, hacen subir al violinista a una mesa ante el palio, y Jesús arranca a su violín melodías de honda unción, que cobran un sentido más piadoso allí, ante el Señor, sobre una multitud arrodillada y como en éxtasis, bajo el cielo luminoso de la maravillosa Andalucía.

En 1.844 viaja a París Don Jacinto en busca de ayuda para su hijo; vuelve desilusionado por falta de la misma, e incomprensiones injustificadas.

El Fandango, periódico de humor, dice: ha regresado a Madrid el célebre violinista Jesús de Monasterio, hijo y discípulo del Juez de primera instancia, Don Jacinto Monasterio, cesante desde el año 1.834; este buen padre, busca colocación en la Corte, para poder proporcionar a su hijo la educación que reclama su singular talento.

¿Es preciso haber nacido en Hungría, o en los Países Bajos, para merecer la atención del Gobierno? La noticia y el comentario son reproducidos por otros periódicos.

En Madrid la ayuda oficial es esquiva, y Don Jacinto, dolorido, dice adiós a la capital; y en ese adiós, va la renuncia de muchos sueños.

Por fin, la Liébana, el abrazo de su esposa y las hijas lleno de ternura; el valle suavizará las heridas de estos últimos tiempos. En esa dulce esperanza, bálsamo sobre el dolor de las últimas jornadas, el padre une de nuevo su vida a la tranquila y pausada del valle lebaniego.

Potes es, efectivamente, para Don Jacinto, todo aquello que él quería: la paz, el descanso, la venda para las heridas de la batalla del mundo. Allí muere, cuando no ha llegado todavía a los cincuenta años, cuando su hijo tiene sólamente nueve, todo se queda roto apenas empezado; quedan muchos sueños, muchas promesas incumplidas.

En la paz de Liébana, halla el eterno descanso Don Jacinto Monasterio, en 1.845, padre ejemplar y de sentimientos altamente humanos.

Ropas de luto entristecen la vida de Jesús; junto a él, la madre y las hermanas rezan por el padre definitivamente ausente.

No se sabe nunca los caminos que Dios escoge para el cumplimiento de su voluntad; allí, junto a Don Jacinto, está Don Basilio Montoya; cuando la muerte se acerca a la casa, los dos hombres hablaron del pequeño Jesús. El niño tiene mucha alma…puede llegar a ser algo extraordinario. No olvidó Montoya las palabras oídas en el umbral de la muerte de Don Jacinto.

Montoya habla con la madre, una y otra vez, exponiéndole la necesidad de salir de Potes; piensa que aquí no se podrá hacer nada. Doña Isabel vacila, tiene miedo a que la ausencia desgaje al hijo del amor familiar. No piense usted en eso, el chico es bueno; hay que cruzar la frontera e ir a los conservatorios europeos, permítame usted que el muchacho se vaya…y quédese tranquila; él va conmigo, y no volveré hasta dejarle perfectamente instalado.

Entre lágrimas Doña Isabel da su autorización. Don Basilio apresura preparativos y gestiones; el tutor hará que aquella ausencia definitiva del padre, no signifique un quebranto en la carrera artística de Jesús.

Desde el rincón lebaniego, otra vez el salto, como antes con su padre. Jesús dice adiós a la madre y las dos hermanas, es un adiós que el corazón de las mujeres moja en llanto.

El chico está emocionado y contento a la vez; le fascina la vuelta a sus estudios; es largo el viaje a París, pero la ilusión de los futuros días, acorta para Jesús el trayecto. Por fin la capital francesa.

El niño cree estar soñando; aprieta apasionadamente junto a su corazón el violín.

En París intensas actividades, visitas a compatriotas, gestiones, solicitud de consejos; van al conservatorio, hablan con los profesores y, después de todo esto, piensan que lo mejor es ir a Bruselas, en cuyo conservatorio hay eminentes profesores.

Ante Don Basilio, se alza la sombra de Don Jacinto, recordando las palabras que dijo en el umbral de su muerte; el tutor no vive ya en realidad, sino para que aquel deseo se cumpla.

En Bruselas hacen una visita a Beriot; en casa de éste, Monasterio toca unas variaciones de Artor y otras del propio Beriot. A éste le complace el modo de interpretar del chico. Habla con el tutor en francés sobre la educación del nuevo discípulo; la conversación se prolonga. Jesús no comprende y llega a inquietarse, hasta el punto que dice a Montoya,: ¿me admite en su clase o no? si no, estamos de sobra aquí.

El tutor se lo traduce a Beriot, y éste se ríe. Sí, sí irá a su clase le petit espagnol. Pocos días más tarde, inicia sus estudios en el conservatorio de Bruselas. Lo ha instalado en una pensión, y el tutor regresa a España.

Trabaja, Jesús, trabaja. Acuérdate de tu madre y tus hermanas; yo sabré de ti,. Gervaet y Beriot me lo han prometido.

Un día Beriot hace constar oficialmente las grandes condiciones del muchacho: (nos complace), dice en un certificado redactado en Bruselas el 4 de Agosto de 1.851, en reconocer a este interesante discípulo todas las cualidades necesarias para alcanzar el más alto grado de talento, con tal de que los protectores de las artes en su país, lo pongan durante algunos años más a continuar estudiando en el conservatorio de Bruselas.

Sus maestros reconocen ya entonces que Jesús puede alcanzar el premio de honor de violín; tal es la perfección con que toca, y el aprovechamiento con que ha seguido las enseñanzas, que es ya un notable violinista. Pero sienten que es demasiado joven todavía, y alcanzar ya el galardón puede envanecerle; es mejor que estudie un poco más.

El 30 de julio de 1.852, Jesús de Monasterio obtiene el premio de honor del conservatorio de Bruselas.

Regresa a España, pero antes quiere detenerse en París, para saludar a algunas sinceras amistades que había dejado durante su estancia con Don Basilio en la capital francesa; entre éstas está la de Arístides Cavalle-Coll; éste le propone visitar juntos a un notable artista, le encantará conocerlo. Cavalle hace la presentación: es un joven violinista español, que acaba de obtener el premio de honor en Bruselas en la cátedra de Beriot; el músico es Carlos Gounod; cuenta éste algo más de treinta años. A Gounod le satisface el conocimiento del joven músico español.

Es una coincidencia muy feliz, porque precisamente he terminado una melodía para violín, y tendré un singular placer en oírsela, acompañándole yo al piano.

Coja ese violín. Su título es "Meditación para Violín". Aquella breve página que el violinista vio nacer, con el tiempo sufrió varias transformaciones, y recorrería las salas de conciertos de todo el mundo, con el nombre de "Ave María".

El triunfo en Bruselas ha sido muy importante, no falta nunca la palabra alentadora de Don Basilio. En Madrid recibe el nombramiento de "Violín honorario de la Real Capilla". De Roma le llega el nombramiento honorario de la Academia Pontificia. Desde París, el 29 de noviembre de 1.853, Beriot le escribe, y al felicitarle, le aconseja también: "Seguid adelante, querido hijo mío, le dice, pues vais por buen camino, pero no os dejéis de ningún modo mirar por los aplausos; volved a vuestro trabajo desde los principios, como si no supierais nada.

El 25 de Octubre embarca hacia Inglaterra en el Hollander. Su primer concierto en las islas. Fue un honor para mí el presentarme por primera vez a interpretar una obra solo ante el ilustrado público británico; éste me recibió ( igual que a mi "Fantasía española") del modo más lisonjero.

Al acabar de tocar - dice Monasterio - la primera de las obras que componían mi programa, resonó en todo el teatro un ruido desagradabilísimo, una silba estrepitosa; retiréme de la escena muy compungido, como es natural, creyendo que aquello era una ruidosa manifestación de desagrado. Sin embargo, algunos de los que me rodeaban, me empujaban cariñosamente para que volviera a salir. ¿Pero no ven ustedes que si vuelvo a salir me matan?, la silba arreciaba por momentos, acompañada por patadas, palmas y voces estruendosas.

¿Tan mal lo he hecho?, me preguntaba a mí mismo; se me acercaron algunos artistas amigos y me dijeron que aquello era una manifestación de entusiasmo. Me obligaron a salir, aunque con recelo, pues yo no las tenía todas conmigo. Cuando me convencí de que todo esto no era más que un ferviente entusiasmo, no pude más que exclamar ¡De buena me he librado! Ya podían estos señores haber traducido su entusiasmo al castellano.

El éxito que Jesús de Monasterio viene obteniendo en tierras de Inglaterra e Irlanda, tiene jubilosas repercusiones en España.

La Gaceta Musical de Madrid comenta el éxito del siguiente modo: El célebre Jullian ha dado una serie de conciertos durante seis semanas en Londres, después Manchester, Birminhan, Liverpool, y acaba de entrar en ésta capital como un general victorioso cargado de trofeos.

Pero la atención se ha fijado particularmente en estos conciertos, sobre un violinista de dieciocho años, Jesús de Monasterio, que ha aprendido a conocer bajo la dirección de Mr. Beriot, los principios de una escuela que no tiene rival, su elegancia tiene algo de picaresco y original, y toca con gran fuego y expresión.

Desde Inglaterra, Monasterio vuelve a Bélgica; da aquí algunos conciertos, y siempre fervientes aplausos acogen la interpretación del músico español.

En tierras belgas se ha formado; belgas fueron sus principales maestros, y así, el lazo que unió los nombres de Monasterio y Bélgica, no se desataron nunca.

Le Moniter de Theatres, entre otras cosas dice: Nos hizo oír una Fantasía Española, obra suya, acompañada por la orquesta; nos ha causado algo más que un placer; nos ha sorprendido, porque no esperábamos encontrar en un principiante, en la difícil carrera de compositor, una inteligencia tan completa de la instrumentación, una elección de los efectos, tal riqueza de recursos, y al mismo tiempo, una claridad tan notable, y bosquejos tan perfectamente delineados. Felicitamos a Mr. Monasterio como intérprete, y al mismo tiempo como compositor.

Fetis organiza una serie de conciertos a beneficio de los pobres. En uno de estos conciertos actúa Monasterio; como siempre, el éxito del violinista español es apoteósico. A su gozo por el triunfo, se une otro profundo sentimiento: el de haber tocado para los pobres, y el de haber contribuido a dar al arte, un sentido y una misión de bien.

Son gratos los aplausos de los públicos extranjeros; pero la mirada y el corazón de Jesús está en España; le llama una voz inesquivable. En España está su rincón de Potes, su madre, y aquel Madrid en el que, el aplauso se hace tan cálido y llega tan hondo.

Y a España regresa aquel mismo año de 1.856. El mismo año, en Navidad, la fiesta cristiana le trae un espléndido Stradivarius. Don Juan Gualberto González le regala ese violín. Monasterio apunta en su cuadernillo de notas.¿No es simbólico el hecho de que sea ese día cuando el músico recibe el Stradivarius?¿Cabe para él más hermoso mensaje?.

Un mensaje que habrá de ir siempre unido a su vida, y que le dice, que el arte y el bien, no son sino un camino para acercarse a Dios.

El nuevo año le trae nuevas alegrías. El nueve de marzo de 1.857, es nombrado profesor del Real Conservatorio de Música; unos días más tarde, cumple veintiún años.

Por la vida de Monasterio pasa muy pronto, como suave sombra, la figura de una mujer: se llama Concepción Arenal y Ponte. Hay en ésta un fuerte sentido de la vida interior, una noble y callada melancolía, un espíritu quijotesco ante muchas cosas.

Concepción, una muchacha de quince años, estudia ávidamente, y su amor a los libros va mas allá de lo que en las aulas la enseñan.

Una mujer en las aulas universitarias, en el Madrid que no ha llegado a la mitad de siglo, es una nota singularísima. Con el intento pueril de pasar por un hambre, por un estudiante más, Concepción se viste con ropas varoniles, y asiste a las clases.

Han pasado muchos años, se ha casado, y ahora es viuda con dos hijos. Vuelve de Madrid a Potes. Muchas veces en Madrid habló de esta paz campesina lebaniega, con Jesús de Monasterio; hay entre la mujer y el hombre un claro sentimiento de amistad; les une el estudio, el espíritu, la devoción a la creación, la música en el hombre, la ciencia social de la mujer.

Hay en ellos una gran diferencia de edad: veintiún años Monasterio, cuando ella se acerca a los cuarenta. Concepción se instala en Potes en la casa de Doña Isabel de Agüeros. Hace una vida retraída y callada, apenas ve a nadie: las gentes la siguen con la mirada, y ella hermética, recogida sobre sí misma, sigue adelante, inalterable el paso, abstraída la actitud.

Monasterio lleva siempre a Potes un eco bullicioso de vida llena de afanes y laureles; con él llega el reflejo de Madrid, de sus luchas y sus brillos.

 

 

 

 

Tiene carácter jovial y animado, que contrasta con aquel ensimismado de la mujer.

Siempre que viene Jesús a Potes, visita a Concepción Arenal en la casona en que él ha venido al mundo. Horas y horas pasan hablando juntos: ella de sus libros, sus afanes, sus sueños y deseos; él de sus viajes y conciertos.

Monasterio vuelve a Madrid, sale al extranjero. Concepción marcha de Potes, la han nombrado visitadora de prisiones de mujeres. Publica libros, trabaja, viaja…

Nunca faltan a través del tiempo y la distancia, las cartas de Monasterio a Concepción, y de ésta a aquel. Ella encabeza sus cartas llamándole "amiguito" o "paisanito".

Monasterio termina de componer una Marcha Fúnebre Triunfal. Si no pongo otra traza ( escribe Concepción ) creo que no tardarán en enterrarme, por consiguiente, una marcha fúnebre es lo más conveniente; lo de triunfal podría ser un obstáculo para que yo hiciera uso de ella, pero no es así, porque he alcanzado muchos triunfos sobre mí misma; aunque no está en uso poner música a los de esta clase, alguno ha de empezar la buena costumbre.

El triunfo sobre sí mismo ofrece al artista un campo que por tan basto, no podría recorrer nunca. Necesita imitar el rugido de los leones, el arrullo de las tórtolas, la oscuridad de los abismos, la luz del rayo, y la voz del huracán; y con todo esto, no tiene tempestades como las que agitan el corazón del hombre.

Sangrantes palábras las de Arenal, que agitan el corazón humano. ¿Qué venció en sí misma la mujer?. Cuando escribe así, tiene cuarenta y cuatro años. Soy una pobre mujer, ha dicho al "paisanito"; una pobre mujer, sin embargo, que ha triunfado sobre sí misma, y ha dominado esa tempestad.

Monasterio no se ha hecho para la rutina y la comodidad, ni para la nómina, ni el escalafón. Espera seguir viajando, y enriquecer su formación musical. Para el músico español es una necesidad conocer Alemania. En Berlín visita a Meyerbeer. Soñaba con conocer a creadores e intérpretes. Meyerbeer quiere escuchar algo del músico español, y Monasterio toca el "Adiós a la Alhambra", una página que cuaja en lágrimas líricas, el dolor del árabe que se despide de la maravilla granadina.

Meyerbeer le felicita; un sincero afecto les une desde entonces; tras de Berlín, Weimar, la ciudad literaria y musical, de los Goethe, Liszt, Schiller… es una ciudad obligada a visitar en todo itinerario estético y cultural.

Monasterio ha dado ya varios conciertos en Weimar, y también en el palacio de Gran Duque. Un día no es como siempre: Monasterio toca en la intimidad de las estancias familiares. La banda militar toca durante el relevo, y reúne ante el palacio muchas gentes de Weimar para escuchar el concierto.

Aquella mañana el Duque ha dado orden de que no toque la banda; las fuerzas se relevan en silencio, las gentes se preguntan, ¿qué pasa en palacio?, ¿malas noticias, algún enfermo?, poco a poco, se corre la noticia: es que está tocando arriba, en las estancias de los Duques, un extraordinario violinista español.

Después de estos viajes vuelve a Potes. Monasterio no olvida nunca su rincón lebaniego, del que nunca se sintió separado. Allí, en el contacto con los escenarios de su infancia, su habitual alegría se aviva y se acusa más expresivamente.

Es finales del estío. Jesús ha de volver a Madrid; lleva en el alma la pesadumbre de la madre enferma.

A Monasterio le cuesta bastante escribir, sin embargo todos sus amigos reciben cartas de él. Un día Concepción Arenal, otoño de 1.863, recibe una larguísima carta del amiguito, una carta de ocho páginas. Contesta la escritora: "de persona a quien tanto cuesta escribir, es una prueba de amistad que yo aprecié en lo que valía, y que yo querría corresponder con otra igual".

Por las palabras de Concepción, pasa siempre una nueva melancolía. ¡Qué diferencia entre su camino y el mío!. Hasta ahora había vivido con la desgracia; ahora voy a vivir con el crimen, la delincuencia, por mi reciente nombramiento de visitadora de prisiones de mujeres.

Anita, hermana de Jesús, se ha casado con José Rábago, hermano éste de Casilda, a la que ronda Jesús; de este matrimonio nace una niña en condiciones que hacen imposible su vida, es un ser destinado a morir. Este dolor lleva a Monasterio a pedir a su amiga que escriba la letra de una cantinela, a la que él pondría música. Una canción que pueda servir un poco de consuelo a la infortunada madre; la escritora hace la letra.

La tristeza de la Barquerina une más a los dos amigos, y en otra ocasión, colaboran en una salve.

Los cuartetos creados por Monasterio hace unos años, hoy gozan de éxitos sorprendentes; Barbieri los enjuicia así:

"Estos resultados se deben en primer lugar a Don Jesús de Monasterio, que por su genio de artista, y por su profundo estudio y práctica constante, sabe sorprender el secreto íntimo de la obra, y dar a toda ella el colorido particular y de conjunto.

Con lo cual puede decirse que hace suyas las sublimes inspiraciones de Hayden, Mozart y Beethoven".

Las familias Rábago y Monasterio, han enlazado ya una hermana de Jesús, Anita, con José Rábago. Todo pues, parecía no encontrar dificultades para este nuevo enlace de Jesús y Casilda, pero no es así.

Es muy linajuda la familia de los Rábago, y sienten éstos apasionadamente el espíritu del blasón; el orgullo y el escudo les enciende de euforia.

Es una barrera que se alza ante Monasterio; la madre de Casilda está chapada a los viejos modos, y para ella un artista es cosa de poca monta; es la figura de la familia, y sin ella nada se puede hacer.

Ellos se ven en Potes, en San Vicente de la Barquera, y en Santander, donde la madre tiene una casa. Para vencer las obstinaciones, hay una fórmula: renunciar a la música; pero eso es superior a Monasterio, no sólo porque la lleva muy dentro, también porque la considera como un don y una gracia de Dios.

Cuando ya todos los recursos están agotados, Casilda es depositada en casa de otros familiares, de donde saldrá para casarse.

La boda se efectúa en Santander, a finales de noviembre de 1869. Después de estos acontecimientos familiares, felizmente resueltos, hay en la vida de Monasterio muchos acontecimientos artísticos importantes.

Es nombrado director de la Sociedad de Conciertos; hay intrigas, desvelos e incomprensiones, pero también reconocimientos.

Un día los miembros de la Sociedad piensan que, tras los varios años de labor, bien merece Monasterio un beneficio.

Alguien propone que este beneficio sea compartido con las viudas de los militares fusilados en Olot. La política se mezcla con el arte, esto no le gusta al violinista, es el modo más alejado de pensar de Jesús.

No quiere plantear dificultades, el concierto despierta el interés de siempre que actúa Monasterio. Acepta el director la parte que le corresponde, 1.042 reales y 33 céntimos; pero quiere dar una lección: reparte aquella cantidad entre diez socios necesitados, se queda con los 33 céntimos, y añade a la minúscula cantidad, otra mucho más importante: ofrece un almuerzo a todos los socios.

Un día, en su rincón de Potes, ha escrito: "las almas verdaderamente cristianas, encuentran más gozo en el sufrimiento que en los placeres."

Nubes de sin razón ensombrecen la inteligencia de Doña Isabel de Agüeros; es recluida en un sanatorio de Valladolid. En aquella ciudad castellana da su vida a Dios el 30 de Noviembre de 1.871.

Llora Jesús las lágrimas más amargas de su vida. No quiere irse el dolor de la vida de Monasterio. Tras la pérdida de la madre, mueren Carmencita y la Barquerina, a quien él quería como a una hija.

Pocos días después de la muerte de su hijo, Monasterio toca el quinteto en sol, de Mozart. Siempre que tocaba la música de éste, dice, lo hacía con duelo en el corazón. Mozart escribió este quinteto bajo el dolor de la pérdida de su madre. Ahora, Jesús siente profundamente la emoción para que fue creado. Y al llegar al andante, esa emoción le vence, fluyen a sus ojos las lágrimas que le resbalan silenciosamente por el rostro contraído.

El violín llora por el mismo Jesús, cuyas lágrimas continúan fluyendo, reflejándose también en la conmovida expresión de los que escuchan el concierto. El músico se hace intérprete de su propio dolor.

Jesús de Monasterio: tiene la frente amplia, algo aguileña la nariz, fina la boca, grandes y vivos ojos, animados, penetrantes, relampagueantes. Esta viveza de los ojos es, acaso, en su fisonomía, el rasgo más acusado. Tiene el pelo abundante y brillante, casi melena, peinado con raya a la izquierda.

Tras esa expresión correcta y serena, tras esa vitalidad de los ojos siempre encendidos, ¿qué alma, qué sentimientos fluyen por la fisonomía de Monasterio? Hay en él un life-motive de toda su vida, una gran bondad; él hubiera podido ganar más en dinero y en resonancia, quedándose en alguno de los países que visitó, mas su misión estaba aquí, en España, y nada importan las recompensas ni la gloria.

Monasterio no se orienta por un solo camino; es creador, intérprete y director de orquesta; toma a su cargo empresas dificultosas. Llega a la cátedra, y forma discípulos salientes; toda su vida es un ejemplo de amor a la música.

Los programas de sus conciertos son de gran amplitud, en ellos figuran Mozart, Beethoven, Mendelshon, Bach, Schubert, … Gounod, etc.

A través de él llega toda el alma misteriosa de la música. Schopenhauer dice: "la música no expresa las formas visibles, sino la esencia metafísica del mundo; no sabiendo lo que representa, pero sintiendo lo que expresa, viene a ser la más comprensiva de las lenguas, y por tanto, una metafísica del alma que sustrae al razonamiento filosófico".

Esta metafísica espiritual penetra hondamente en el alma de Monasterio.

Cuando el siglo termina, aquella emoción religiosa vuelve a Jesús de Monasterio. En una de las cumbres más altas de los Picos de Europa, en el pico San Carlos, se ha eregido una estatua en bronce del corazón de Jesús. Desde la cima, se ven tierras de Santander, de Palencia, de Asturias, de Burgos y de León; al norte, en la lejanía, el mar.

Monasterio ha escrito para su inauguración el Invitatorio Christum Regem. Allí, en la majestad de la montaña, se canta la obra musical, que cobra toda su belleza en el gran escenario de los Picos de Europa.

La gran personalidad de Monasterio, le lleva un día a la Academia de Bellas Artes. El Gobierno de la República decide que los músicos puedan ser también académicos, como los pintores, los escultores y arquitectos. No tiene éste aún los cuarenta años.

Sin apremios de conciertos obligados, sin compromisos, ha viajado por Francia, Bélgica; emocionado, recuerda sus años juveniles en estas tierras como estudiante.

De Barcelona le llegan llamadas apremiantes para que acuda a dirigir unos conciertos. La cartelera del gran Liceo anuncia el primer concierto. El éxito es extraordinario, las ovaciones son grandiosas. Éste hace ademán de brindar este homenaje a los músicos de la orquesta, por su perfecta actuación bajo su batuta.

En los dos conciertos posteriores, el fervor popular se extrema hasta límites insospechados: los espectadores le aguardan en el vestíbulo, le ovacionan de nuevo y le siguen rambla adelante hasta su hotel. El gentío sigue aplaudiendo, hasta que Monasterio sale al balcón, saluda una y otra vez; iluminado de emoción, sonríe. El público sigue aplaudiendo.

De las jornadas triunfales de Barcelona, vuelve a la vida normal: clases en el conservatorio, conciertos, salones y, por supuesto, los estudios.

Es 1.880, dos años después, va a Lisboa con la Sociedad de Cuartetos. Se celebran los mismos en el Salao de Trinidades. Es embajador de España en Portugal Don Juan Varela, que alterna la diplomacia con las letras y, ya camino de los sesenta años, ha publicado varias novelas, entre otras, "Pepita Jiménez". Varela envía un comunicado a Monasterio, en el que le dice: "el rey de Portugal desea oírles a ustedes mañana en el palacio de Ajuda". Le condecora con la Orden de Cristo. Es la primera vez que da la placa de Cristo a un artista.

En estos años hace giras por varias capitales de España: Valencia, Bilbao, Zaragoza, Oviedo, Gijón, etc.

Después de los conciertos, Monasterio hace su pequeña crónica habitual. Ha sido muy pronto profesor de la Escuela Nacional de Música y Declamación, a los veintiún años. Muchos de sus discípulos son ya hoy grandes maestros, entre otros está Enrique Fernández Arbós. Treinta años lleva Monasterio dedicado a la enseñanza del violín. Empiezan a quedar lejos los días de su llegada a Madrid y los primeros viajes al extranjero.

La vida en España ha ido transcurriendo a su propia vida. Los días isabelinos, el viento revolucionario de septiembre, Amadeo I, la República, otra vez el trono. En 1.887 es creada expresamente para Monasterio una cátedra de estudios superiores. Por su aula desfilan Julio Francés, Pedro Blanch, Pablo Casal y otros.

No tarda en llegar el choque con la política, un decreto del Ministro de Fomento, Linares Rivas (del que Monasterio no ha tenido conocimiento) dice: "ha dimitido el director de la cátedra de estudios superiores de música y declamación". Esto es en 1.897.

Federico Madrazo pinta el retrato del violinista lebaniego; a veces el pintor se siente descontento de su trabajo y deja los pinceles, entonces, Monasterio coge su violín, e interpreta algo dél gusto de Madrazo. Éste, influido por la música, siente que aquel desasosiego se aleja de él, y vuelve a su trabajo.

Monasterio recibe el cuadro de su retrato, y envía un obsequio al pintor. Pero, ¿qué ha hecho usted?, le dice Madrazo.

Hay cosas en las que se puedan y deban hacerse, entre personas que sólo son conocidas por su riqueza, pero de ninguna manera los que valen por los dones recibidos del cielo, y por los que han de trabajado y estudiado sin cesar. ¿ Qué necesidad tenía usted de enviarme este regalo ?, absolutamente ninguna; ¿Qué me ha movido a hacer su retrato? El deseo y el gusto de ofrecerle esa pequeña muestra de amistad y simpatía, y al mismo tiempo de admiración por su talento.

Además, también me movía el interés y era que, si el retrato no salía del todo mal, o era digno de usted, pudiese andando el tiempo, figurar en él juntos nuestros nombres; por consiguiente, ya quedaba yo con esto suficientemente retribuido. Y si a ello se agregan los deliciosos ratos que hasta en mi estudio me ha hecho usted pasar, haciéndome oír en nuestros descansos divinas melodías por medio de su animado violín, resulta que el deudor soy yo, y no usted.

El siglo XIX camina ya hacia su final. La vida pasa cargada de acontecimientos, unos gozosos, otros dolorosos. Madrid está en fiestas, se conmemora el cuarto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a América. Zorrilla acaba de morir. En Santander, el buque Cabo Machichaco, anclado en su bahía, ha estallado, la ciudad se retuerce entre escombros y dolor.

¿ No ha escrito alguien que envejecer, es irse quedando solo ? Monasterio ve cómo van cayendo sus amigos de siempre: aquel año de 1.893 muere en el ruedo de Madrid, el Espartero; muere Margallo, Zorrilla, Concepción Arenal; todo un capítulo de la vida de Jesús de Monasterio. El músico llora lágrimas ardientes en el recuerdo de su amiga.

En 1.894 muere Emilio Arrieta y Barbieri; a la muerte de Arrieta, es nombrado director del Real Conservatorio de Música de Madrid.

Al final del año, recibe una carta del periódico Le Soir de París, para que le envíe un escrito sobre Gounod con motivo de las mil representaciones de la ópera Fausto. El violinista contesta en un perfecto francés, y recuerda cómo vio nacer el Ave María.

Su salud ha sido siempre endeble; su sensibilidad extraordinaria, enfermiza muchas veces, de tan aguda y viva, llega a hacerse morbosa en ocasiones; un ruido agrio, una discordancia, una torpeza, hieren el oído del músico.

Su dolencia le hizo marchar a algunos balnearios; entre otros Vichi, y también a Ontaneda, su tierra cántabra natal.

En la primavera de 1.902 sueña con volver cuanto antes a Casar de Periedo. Va todos los años allí, en cuanto se lo permite el final del curso.

En la casona de su esposa, todo era contacto con la naturaleza. Luchas y recuerdos se remansan en la gran paz; música del viento entre los árboles, de la lluvia sobre las hojas y la hierba.

Nunca la nostalgia se hizo tan tirante como ahora, se siente cansado y triste. Sus casi setenta años le caen con pesadumbre sobre el alma, que busca cada vez más la soledad.

En la casona antigua de Casar de Periedo se siente feliz, en su jardín de rosales y plantas trepadoras.

Todo el pueblo le quiere, saben que nunca dejó de socorrer a los pobres; tiene en la comarca fama de santo Don Jesús.

Hace una vida sosegada, trabaja apenas. Todos saben lo mucho que le molesta el ruido, que no se encuentra bien, y procuran cuando están cerca de la casa, no dar voces, ni cantar, nada que pueda molestar.

Hasta el maquinista del tren del Cantábrico, al pasar por la estación de Periedo, procura tocar lo menos posible el silbato para no molestar a Don Jesús.

Comulga los días treinta de cada mes, en recuerdo de que la madre había muerto en esa fecha del mes de noviembre de 1.871.

Algún día va a Santander, hay un concierto del Orfeón Cántabro en el Casino del Sardinero; allí está Jesús, a quien todos halagan, cediéndole el paso, en prueba de admiración.

Cuando los aplausos se han extinguido, alguien pide: ¡que toque D. Jesús¡. No se encuentra bien, no tiene allí el violín; se insiste, y sube. Se hace un silencio tenso.

Interpreta su Adiós a la Alhambra, la obra que estremeció por su emoción, por juegos de destreza y agilidad que el violinista hacía de ella.

Se apagan ya los oros del estío, son breves las tardes, nubes grises entornan el cielo, es el mensaje del otoño inmediato.

El silbido de los trenes empieza a ser triste en los valles. Por ese tiempo otros años Don Jesús de Monasterio preparaba su regreso a Madrid, para empezar de nuevo sus trabajos en las aulas.

Pero esta vez la dolencia le tiene inmovilizado en el lecho de la casona montañesa. Los médicos no ocultan su pesimismo. No, no se le puede llevar a Madrid, él sabe que está muy mal.

Aquel adiós a la Alhambra en el Casino del Sardinero, fue su último adiós musical, el último con el violín en sus manos.

Está mal, muy mal Don Jesús, dicen por el pueblo.

El veintiocho de septiembre de 1.903 el músico se siente peor; hay en los ojos de todos una emoción de lágrimas contenidas; van y vienen en silencio por las estancias; se habla con la mirada calladamente. Es el último crepúsculo de Jesús de Monasterio.

Ha cerrado el día, y sobre las ocho, la vida del músico se extingue suavemente, cristianamente.

No ha habido en la hora final grandes acordes orquestales. Ha sido el desenlace suave de una existencia clara, en un escondido rincón español, que el otoño va tiñendo de verdes melancolías en el silencio de la naturaleza.

 

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