Resultaba que Sarrià iba a inaugurar un jardín dedicado a Joan Llarch. Era a última hora de una tarde que amenazaba, pues estaba cubierta de nubes obscuras y comenzaba a chispear. Mientras me acercaba a la cita, pensaba que incluso en tan excepcional situación aquel personaje iba a tener mala suerte. Y es que, en frase lapidaria que nuestro común amigo González Ledesma le consagró en la necrológica, era uno de aquellos barceloneses que nunca tendrían un monumento. Celebro que el agorero se equivocase, pero yo temía que el mal tiempo condenara aquel acto a la solitud que tan a menudo propicia la gran ciudad.
Yo también iba errado, pues en el lugar de encuentro se había congregado una numerosa representación de sarrianenses. Daba gusto ver la cara de complacencia que iluminaba a los presentes y también escuchar la calidez y la sinceridad con que allí se aplaudió.
Sentí una satisfacción muy íntima al comprobar que se estaba recordando, y no sin emoción, a una persona sencilla y humilde, envuelta en los jirones de un perdedor, aunque todo ello apuntalado por la dignidad y por la honradez.
Y es que Joan Llarch no tuvo la vida que merecía y, sin embargo, jamás acarició el resentimiento ni alimentó el odio, sino todo lo contrario. Había nacido en el seno de una familia obrera. Muy pronto quedó huérfano y ya de niño fue explotado. La Guerra Civil lo engulló con tan corta edad, que pertenecía a lo que se dio en llamar la quinta del biberón. Salvó el pellejo en el Ebro, pero allí comenzó el vía crucis del perdedor, a quien, a renglón seguido de campos de concentración, fríos y hambre, le condenaron a otro lustro de servicio de armas.
Y después, la aún más difícil y hasta imposible incorporación a la vida civil, que le abocó a toda suerte de trabajos esclavizadores y a camastros dickensianos. Pese a ello, aún se las ingeniaba para escribir, ni que fuera de pie e insomne. Lo triste del caso fue que, en estos contornos y en aquella posguerra, él, que había sobrevivido a naufragios, se vio de pronto varado en la playa de la literatura, otra forma, quizá más lenta, de agonía.
Con la pluma fue negro, malvivió de seudónimos, aunque pudo firmar una cuarentena mal contada de libros, en los que abordó, al margen de Dalí o de Gaudí, sobre todo los asuntos que le eran caros, ya fueran los de la guerra incivil, del obrerismo o de los anarquistas, aunque no orillaba la evasión hacia temas mágicos o no. Y escribió como un forzado en aquella máquina que Filomena Rubio, su esposa, que tanto le ayudó, le había alquilado con el dinero ahorrado al fregar como asistenta.
Un día recibió una carta que, bajo su nombre, decía: "Señor cartero, este señor es escritor, tiene ojos azules y camina con el corazón en la mano. Sarrià. Allí vivió feliz y allí fue muy querido. Buena prueba de ello es que la petición del jardín surgió por iniciativa ciudadana.
Este emotivo acto enaltece a Joan Llarch, sin duda. De la mano de aquel perdedor, con todo, Sarrià se honra por semejante gesto de sensibilidad afinada, algo muy propio de aquella villa, que se aplica en conservar un estilo y un calor humano que tanto se echa en falta en la gran ciudad.
La Vanguardia
2001.05.26
LLUÍS PERMANYER
De pronto, el recuerdo de Joan Llarch ha cobrado vida; en Sarrià le han dedicado un espacio público. A Llarch lo conocí muchísimo, me interesaron su figura, su trabajo, su ir y venir. En los años 60-70, yo vivía en Vallvidrera y bajaba a comprar a Sarrià, además de formar parte algún tiempo del jurado del premio Planeta. Me llegó, pues, una novela de Llarch para informar; era idealista, de la bondad universal y sonriente, pero estaba escrita con traza. Así vino a verme y después, cuando yo aparecía por la plaza de Sarrià con un capazo, él surgía de cualquier lado para hablar con avidez y simpatía de literatura, editoriales, escritores; más tarde, de anarquismo.
Llarch habitaba con su esposa y al menos un hijo en una calle tranquila de la parte alta de Sarrià, y su perfil menudo y rápido, cual el de un ratoncito, se multiplicaba con aire humilde y cordial, como si nunca tuviera qué hacer. También paseaba por allí, con sombrero y trajeado, el pecho abombado, el celebrado poeta y pastelero J. V. Foix, pontificando fluvial. Eran extremos opuestos y yo iba del uno al otro, aunque debo confesar que prefería a Llarch. Éste había practicado la exaltada y periclitada bohemia literaria, tecleando incluso a máquina en los cafés del Paral·lel, siempre con los bolsillos vacíos. Su especialidad eran las novelas del Oeste, pergeñaba varias el mes sin darle importancia y le pagaban una miseria. Pero estaba contento y escribir le hechizaba. Yo, que de jovencito había leído con mi padre muchos de tales relatos, me sentía fascinado por aquel submundo que Llarch me describía con anecdótico humor.
Lo que podemos llamar otro tipo de novelas no le funcionaron, pero luego, a caballo de la transición política, estuvo mucho con el movimiento anarquista y hasta ostentó alguno de los curiosos cargos con que se organizaba la CNT. Y escribió diversos libros y biografías sobre el tema, personajes, la Guerra Civil, siempre en un tono entusiasmado y desde luego antifranquista, adquiriendo alguna notoriedad. Allí nos encontramos de nuevo, no digamos de paso. Y él, sin perder su bondad innata. Llarch comprendía y excusaba. Aunque fue un auténtico rebelde, pero disfrazado de cordero, pues su antigua bohemia no tuvo nada de callejón del Gato madrileño, sino que había sido irreductiblemente vocacional e ideológica, sin importarle las privaciones ni la marginación, pero logrando sacar adelante a los suyos. Entre los exiliados anarquistas de París, conocí a muchos como él, entregados también a la causa y a la literatura con libertad y nobleza.
La Vanguardia
2001.06.11
BALTASAR PORCEL
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