Lecciones francesas

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Lecciones francesas

El distanciamiento entre ciudadanía y dirigencia no es un proceso estéril e inocuo. [..] Puede generar potentes dinámicas corrosivas que [..] sustituyan nuestra imperfecta democracia liberal por otros sistemas políticos [..] aparentemente superados.

La ciudadanía [..] no deja de buscar en los agentes de representación y en las instituciones parlamentarias las polaridades que se dan, con mayor o menor intensidad, en el seno de la sociedad.

"[El partido de izquierdas] se ve [..] sometido a un sinfín de tensiones enfrentadas que, en lugar de cancelarse mutuamente, generan graves contradicciones internas que acaban expulsándolo [..] al limbo del pragmatismo sin escrúpulos o a las tinieblas de la marginalidad.

El socialismo democrático no debe aspirar a la unión artificial de las banderas múltiples, sino a la unidad de las izquierdas bajo su liderazgo, su proyecto y su bandera, que serán los de todos.

Índice

Introducción
Razones operativas de una conmoción
    La incidencia del sistema territorial y representativo
    Convergencia programática y disolución ideológica del partido
    Una vía de compromiso entre pragmatismo e ideología
El fracaso de la izquierda plural
    La izquierda plural como expresión de una crisis ideológica
    Alcance de la derrota socialista en la pugna ideológica con la tercera vía
    La izquierda plural como riesgo para la estabilidad institucional
Síntesis

Introducción

Los insólitos resultados de las pasadas elecciones presidenciales y legislativas francesas, en las que la extrema derecha logró llegar a la segunda vuelta y la izquierda fue contundentemente desalojada del palacio de Matignon, han encendido todas las alarmas ante la amenaza de un retroceso democrático en Europa, nutrida del constante y progresivo desprestigio que sufren los partidos y la clase política, desprestigio que fácilmente se extiende a todo el sistema institucional que nos rige y al concepto mismo de democracia liberal.

Se trata de un fenómeno preocupante, pero no excesivamente novedoso. Quizá la conmoción vivida en Francia, y en el resto de la Unión Europea, sea explicable desde un punto de vista cuantitativo, pero no cualitativo, desde luego. Desde hace ya varios años asistimos a un notable y continuado proceso de expansión de tendencias políticas reaccionarias que se enfrentan, de forma más o menos velada, a la democracia y a lo que representa. Y desde hace aún más tiempo, observamos con cansada resignación la imparable degradación de la calidad del sistema representativo, rehén de una oligarquía partitocrática que reduce los ámbitos de partipación y construye espacios de inmunidad y discrecionalidad para la clase política en los que la democracia es una cuestión meramente nominal.

Parece obvio que el primer síntoma es consecuencia directa del segundo. Ante la distorsión y la manipulación que la partitocracia realiza impúdicamente del sistema democrático y representativo, empiezan a tomar cuerpo fenómenos sociales en los que la abstención, el desinterés o el antivoto, o voto antisistema, se perfilan como formas de reacción y protesta ante el secuestro de las instituciones por parte de los agentes que debieran representar los intereses de la ciudadanía, y no hurtarle su participación. En ese contexto, no podemos menos que admirar el cinismo de ciertos políticos, expertos en hacer llamamientos solemnes y paternales al sentido democrático de los votantes al mismo tiempo que socavan ese mismo sentido, abriendo el paso con su desidia al extremismo que dicen combatir.

Ésta es, sin duda, la principal conclusión que la clase política y la sociedad europea debe obtener de estas elecciones: el distanciamiento entre ciudadanía y dirigencia no es un proceso estéril e inocuo. Al contrario, a la larga puede generar potentes dinámicas corrosivas que debiliten y incluso sustituyan nuestra imperfecta democracia liberal por otros sistemas políticos, ni democráticos ni liberales, hoy aparentemente superados.

En este contexto de fragilidad del sistema institucional de la democracia que nos rige, y ante el avance del extremismo político de todos los signos, urge iniciar reflexiones y reformas encaminadas a flexibilizar y modernizar el entramado que sostiene nuestra libertad, así como dotarle de solidez, argumentos y márgenes de respuesta ante las agresiones antidemocráticas, fortaleciendo el compromiso con los principios sociales y liberales que inspiraron nuestro modelo.

Este proceso de reflexión y reforma es una tarea ingente, pero debe mantenerse e ir pareja a la idea misma de democracia. En efecto, la democracia no puede entenderse como un estado, sino como una dinámica en permanente perfeccionamiento. Y es en este marco de evolución cotidiana donde queremos resaltar ciertos aspectos que la experiencia francesa ha señalado y que reflejan, a nuestro parecer, algunas de las debilidades del sistema democrático en general, y de la izquierda francesa en particular.

Razones operativas de una conmoción

En general, se admite que la causa principal, a nivel operativo, de la conmoción electoral vivida por Francia, ha sido el incremento de la abstención y el sobresaliente crecimiento de las formaciones extremistas, que, tanto a un lado como a otro del arco político, forman un heterogéneo y peligroso bloque antisistema. El peligro que entraña tamaño frente no reside, obviamente, en su capacidad de acción conjunta, que es simplemente nula, sino en su capacidad de reacción ante el oficialismo. Es incapaz de construir, pero puede causar mucho daño a las instituciones democráticas.

La incidencia del sistema territorial y representativo

La situación real del electorado, aun sin contar con las cifras exactas, es que la suma de los abstencionistas con los votantes de opciones que se proclaman enfrentadas al sistema supera ampliamente la mitad de la población en edad de voto. Éste es un dato fundamental y muy preocupante. ¿Era necesario que el número de descontentos fuera mayoritario para advertir que algo no funcionaba bien?

Entramos así en lo que constituye el verdadero hándicap de las democracias occidentales: la escasa, cuando no nula, flexibilidad de sus agentes e instituciones para recoger, canalizar y gestionar adecuadamente los anhelos, las demandas o el descontento latente en la ciudadanía, que crecen sin respuesta hasta que se vuelven peligrosos para la pervivencia del modelo. Es una cuestión estructural del diseño partitocrático que administra la democracia, pero su incidencia puede atenuarse o amplificarse a través, entre otras cosas, de los sistemas de representación que se toman en cada uno de los regímenes.

No es, ni mucho menos, anecdótica esta influencia. A lo largo de la historia de los sistemas democráticos, los sistemas de representación han sido uno de los principales instrumentos que han permitido potenciar la representatividad o la estabilidad de un régimen. Y, en este binomio representatividad-estabilidad, el caso de la V República francesa ha constituido una clara apuesta por la estabilidad.

Para ilustrar esta apuesta, únicamente nos remitiremos al efecto del sistema electoral francés en estas últimas elecciones legislativas sobre el voto al FN. Tras cosechar, en la primera vuelta presidencial, un voto superior al 20% de los votantes, y mantener esa cifra en las legislativas, ningún diputado ultraderechista se sienta hoy en la Asamblea Nacional. El sistema electoral, basado en el mecanismo mayoritario de elección, impide o mengua el reflejo del descontento de los ciudadanos en la sede parlamentaria.

El otro fundamento de la estabilidad republicana es el acentuado centralismo. Es éste un sistema de organización territorial que presenta notables ventajas en determinados aspectos, pero que en esta ocasión no hace más que acentuar el distanciamiento entre la élite política del país y el sentir de la gente. Un distanciamiento que genera altos niveles de frustración en una sociedad que comprueba cómo la rigidez de las instituciones impide que lleguen hasta ellas los síntomas de desencanto, de malestar y de hartura. Por decirlo de una forma breve: el diseño de las instituciones francesas, tanto a nivel territorial como representativo, las blinda y las impermeabiliza notablemente ante el estado de la sociedad.

Este blindaje explica, en parte, la lentitud de reflejos de la República ante el avance lepenista. No se ha actuado seriamente contra él porque este avance, incontestable en la calle, no llega a las instituciones. La centralidad de los núcleos de poder y la inaccesibilidad de la Asamblea Nacional exige a los movimientos políticos de contestación social unas dimensiones muy elevadas y una notable implementación regional antes de admitir su existencia y su presencia en las instituciones; es decir, el sistema ignora todo lo que no salta por encima de la cota.

Con este diseño, sólo las formaciones políticas más consolidadas, de derecha e izquierda clásicas, reúnen las condiciones necesarias para garantizar su presencia y su hegemonía en los centros de poder. Esto libera, en cierta medida, a la clase política y los partidos de gobierno de la presión electoralista y los permite afrontar su mandato con una amplitud de miras que permite muchas veces una línea política coherente y seria, que responde mejor a las necesidades de la sociedad que el regate en corto que conocemos en otros países.

Sin embargo, el reverso de esta ventaja es peligroso, porque el Estado y su clase dirigente tienden a enfrentarse únicamente a los problemas que originan una contestación y una oposición dentro de las instituciones, pero no se hacen cargo de los conflictos y el malestar que no alcanza a llegar hasta ellas. Esta dejadez únicamente pudre los problemas y alienta y potencia a los movimientos extremistas que aprovechan el descontento para promocionar su doctrina antidemocrática. Así, las instituciones democráticas, en vez de neutralizar el extremismo, lo dejan crecer hasta que éste se convierte en una amenaza grave para la propia estabilidad democrática. En este sentido, la entrada del ultraderechismo en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales ha sido el reconocimiento institucional de un fenómeno cuyo combate hubiera sido mucho más fácil cuando su estado era aún embrionario.

No se trata ni de censurar el centralismo que impera en la República francesa ni el sistema de elección mayoritaria vigente en las circunscripciones legislativas, características que por lo demás resultan muy beneficiosas en otros ámbitos. Pero lo cierto es que un sistema que percibe la existencia de un problema antes, lo puede combatir con más garantías; mientras que una estructura autista y rígida sólo puede permitirse funcionar de forma autónoma hasta que sea barrida por la fuerza de los cambios no asimilados.

En este aspecto, la descentralización política que caracteriza a los Estados de algunos países, como España, es un ejemplo de estructura más preparada, en principio, para diagnosticar y resolver estos casos. En otras ocasiones, resulta criticable la demagogia, el electoralismo y el caos que puede reinar en un Estado con diferentes Administraciones autónomas; pero en este caso la existencia de organismos y centros de poder intermedios puede dotar al sistema institucional de una agilidad a la hora de reconocer el descontento y la contestación social crucial para garantizar la permanencia de la democracia como régimen instituido: en el dilema entre representatividad y estabilidad, España ha optado por un sistema potencialmente más representativo de las tensiones que se viven en la ciudadanía, más flexible y más receptivo, por tanto, a ellas.

Convergencia programática y disolución ideológica del partido

El análisis de la especificidad francesa puede aportar algo de luz acerca del elevado nivel de voto extremista y, en menor medida, de la abstención. Sin embargo, es evidente que ambas tendencias electorales forman parte de una problemática transversal que recorre la práctica totalidad de los regímenes democráticos del mundo desarrollado. Es conveniente, por tanto, buscar una explicación más global a este fenómeno, que complemente la incidencia que pueda tener -y tiene, de hecho- un determinado sistema electoral o de organización territorial.

La democracia de partidos, tal y como se concibe en Occidente, se basa en el roce y la confrontación entre distintas opciones políticas; en la pugna de diversas ideologías ante la sociedad por ejercer el gobierno en su nombre. Esta dinámica tiene un efecto inmediato sobre los contendientes, y es que la voluntad por llegar al máximo número de gente obliga a los partidos que pueden acceder al gobierno a diluir su ideología y limar sus diferencias con los demás, de forma que su llegada al poder pueda ser vista sin traumas, e incluso apoyada, por la mayoría de votantes, aunque éstos no asuman explícitamente el grueso de su bagaje teórico. Así, con frecuencia la ideología se sacrifica en nombre del pragmatismo y del fin material del partido, que no es otro que la llegada al poder.

La dinámica democrática, por tanto, hace de la radicalidad un lastre desde el punto de vista de la viabilidad electoral, lo que la acaba desterrando de los programas y de la doctrina de los partidos. Esta disolución de la radicalidad, que es tanto más sobresaliente cuanto más probabilidades alberga un partido de obtener una mayoría parlamentaria, redunda en una mayor estabilidad y coherencia en la trayectoria del Estado, en la medida en que los cambios en el gobierno no suponen virajes bruscos en la dirección política.

A la larga, sin embargo, el pragmatismo que la democracia impone a los partidos muestra efectos menos balsámicos sobre el sistema. La pérdida de peso de la ideología y la doctrina en los partidos da lugar a la aparición de un segmento de la población votante, el llamado centro sociológico, sin una adscripción ideológica clara. Este segmento, al que la desideologización de la política ensancha progresivamente, puede votar alternativamente a una u otra opción política, en función de parámetros ajenos a la doctrina, como la eficacia, la seriedad o la honestidad. Al ser el segmento más difícil de retener, los partidos se vuelcan en su fidelización, al tiempo que pueden descuidar sus bolsas tradicionales de votantes, ideológicamente comprometidos.

La deriva pragmática de los partidos se refuerza cada día más, en orden a presentarse sin lastres ante el votante de centro. Pero ello acaba llevando a las formaciones a perder, abandonado el radicalismo y la utopía, las señas de identidad que las diferencian entre sí, hasta transformarse en organismos burocratizados y asépticos, que hacen de la conquista del gobierno y el control de los resortes del Estado su única guía. Pasan de ser agentes de representación de la sociedad en el Estado a delegados del poder del Estado en la sociedad, con la inversión jerárquica que ello conlleva.

La pérdida de la identidad de los partidos de gobierno, su burocratización y uniformización constituyen un verdadero problema para la pervivencia del sistema institucional democrático. Cuando la sociedad percibe que no hay diferencia entre su voto a uno u otro contendiente, el espejismo del centro sociológico se transforma en la frustración de una ciudadanía que, pese a su gusto por la moderación, no deja de buscar en los agentes de representación y en las instituciones parlamentarias las polaridades que se dan, con mayor o menor intensidad, en el seno de la sociedad.

Esta frustración puede expresarse en forma de abstención, cuyo crecimiento es un hecho general en las democracias occidentales; o en la expansión de movimientos marginales, situados en los extremos del arco político. Este último fenómeno, no tan común como el primero, ha encontrado su máxima expresión en el caso francés, y ha supuesto la reedición de la polaridad derecha-izquierda en unos términos mucho más duros que los protagonizados por el gaullismo y el socialismo democrático clásicos.

Ambas expresiones de malestar son perniciosas para la salud del sistema democrático, pero la segunda es particularmente agresiva. Esto es así porque el crecimiento del extremismo supone un desafío explícito a las instituciones, a las que los partidos radicales se hallan visceralmente enfrentados, y al mismo tiempo un retroceso de los bastiones del mismo sistema. Si se efectuara una interpretación plebiscitaria de los resultados de las elecciones, obviamente improcedente, se llegaría a las inquietantes conclusiones de que la mayoría de los ciudadanos rechaza a los representantes del oficialismo y las instituciones, y que esta mayoría no hace más que crecer elección tras elección.

Puede parecer exagerado realizar esta advertencia sobre la desideologización incontrolada del combate político a tenor de la situación de los partidos en uno de los países desarrollados en los que la ideología y el parlamentarismo han gozado tradicionalmente de un elevado prestigio. Y, ciertamente, no es en Francia donde este fenómeno es más visible ni más avanzado; pero sí el lugar donde el electorado ha reaccionado con mayor prontitud, en consonancia quizá con su histórico compromiso político con las ideas. La exigencia de la polaridad nos recuerda que el fenómeno de convergencia entre distintos partidos debe intentarse controlar para no desembocar en un callejón sin salida no sólo para la izquierda o la derecha, sino para el conjunto del sistema institucional al que dan soporte.

Una vía de compromiso entre pragmatismo e ideología

Este control del pragmatismo difícilmente se podrá afrontar desde el propio campo de refriega política, donde es una cuestión inherente a las propias reglas del juego la renuncia a cualquier esfuerzo teórico que no tenga visibilidad electoral a largo plazo. Sin embargo, sin ese esfuerzo la estabilidad institucional puede verse amenazada por el crecimiento del extremismo dogmático. Conviene, por tanto, buscar una solución de compromiso que compatibilice el pragmatismo de la acción partidista con la necesaria solidez de diferentes modelos teóricos.

Una posible solución puede pasar por descargar a las estructuras de los partidos del peso del trabajo teórico y la vanguardia doctrinaria, reservándolos para tareas más centradas en la representación de los ciudadanos en las instituciones y en la gestión del Estado, tanto desde el gobierno como desde posiciones opositoras. Se trata de consagrar la institución del partido político como organización de acción, y no tanto de reflexión. Perdería su posición de liderazgo doctrinal para encabezar una función dual de defensa de una ideología ante la ciudadanía, por un lado, y defensa de los ciudadanos a que represente antes las instituciones, por otro.

En la actualidad, el partido político, principalmente el de izquierdas, carga sobre sí demasiadas funciones y tareas. Se le exige que elabore un proyecto realista, pero ilusionante; debe mantenerse cercano a la sociedad pero alejado del populismo; debe estar presente en los más altos foros de discusión ideológica y arremangarse a debatir cuestiones mundanas de alcance local. Se le pide flexibilidad y coherencia, voluntad de ganar pero mesura en los modos. Se ve, en resumen, sometido a un sinfín de tensiones enfrentadas que, en lugar de cancelarse mutuamente, generan graves contradicciones internas que acaban expulsándolo con demasiada facilidad al limbo del pragmatismo sin escrúpulos o a las tinieblas de la marginalidad.

Las sociedades desarrolladas actuales no otorgan a la ideología y a los principios teóricos la importancia que han tenido durante mucho tiempo para los movimientos políticos. Pero ello no significa que deban desaparecer de ellos, sino tan sólo que deben perder visibilidad y ganar profundidad, dejar de ser la bandera que se exhibe ante cualquier problema y la respuesta comodín para transformarse en un armazón sólido, dinámico y completo sobre el que construir una acción política coherente y dinámica, pero fiel a una línea determinada. La ideología y la teoría política deben ser la base, no la excusa, para afrontar los problemas de una sociedad tan compleja y cambiante como la occidental.

Sin embargo, si los partidos renuncian, aunque sea parcialmente, a la primera línea del pensamiento político, alguien o algo deberá asumir esa tarea. En los últimos tiempos se ha observado una tendencia ya encaminada en esa línea: han surgido por doquier grupos de pensamiento, los llamados think tanks, tanto a derecha como a izquierda, formados por intelecuales que aspiran a nutrir ideológicamente a sus respectivas formaciones. En los países anglosajones este fenómeno se halla muy desarrollado, en el Mediterráneo la incidencia de estos centros de discusión es bastante menor.

En cualquier caso, en el funcionamiento de estos núcleos de reflexión subyace la misma idea que concede al partido la hegemonía sobre cualquier otra organización política afín, sea ésta de discusión, reflexión o acción social. Así, los think tanks se especializan con frecuencia en la tarea de dar cobertura teórica al instinto pragmático del partido, y en consecuencia se repite de nuevo la misma estructura viciada en el que los intereses cortoplacistas de la clase política se sitúan por encima de los esfuerzos por elaborar una teoría política seria, firme y capaz de adaptarse a los cambios, pero sin perder el norte.

Lo que proponemos es algo distinto. Proponemos un esquema en el que el partido sea el brazo parlamentario y social del pensamiento; y rechazamos aquél en el que el pensamiento sea el brazo intelectual de partido. Aunque de forma ciertamente simplificada, la diferencia entre ambos modelos es similar a la existente entre "pensar lo que se hace" y "hacer lo que se piensa"; resumiendo, se apuesta por anteponer el análisis a la praxis política.

Evidentemente, no siempre los problemas esperan a que haya una doctrina establecida para aparecer; ni siempre ni casi nunca. Es en esos casos, cuando urge una reacción inmediata, cuando se comprueba la fortaleza y la flexibilidad de la teoría y la propia capacidad de adaptación del partido. Si la construcción teórica es lo suficientemente abierta y el partido está centrado en la resolución de los problemas planteados, que es su verdadera tarea, no debería haber dificultades en compaginar una respuesta rápida, guiada por las exigencias de la realidad y el respaldo de la ideología; con un posterior y exhaustivo análisis en orden a ofrecer la propuesta más ajustada a la realidad.

De esta forma se somete a la institución del partido a una doble responsabilidad y a una doble legitimidad: además de la legitimidad que le otorgan sus votantes y la responsabilidad que tienen con ellos, establecería una dependencia similar respecto a los principios teóricos que rigen su acción política y el proyecto que se deriva de ellos. Aunque la preeminencia entre ambas legitimidades siempre corresponde a la de los ciudadanos, ésta puede ser una forma de hacer bascular la actividad partidista entre la pragmatismo que exigen los ciudadanos y la propia dinámica democrática y la construcción de un proyecto ideológicamente coherente y políticamente viable.

Esta doble legitimidad no es nueva, y en los orígenes de los partidos estuvo presente en la dicotomía militante-votante. La depuración de la institución del partido ha tendido a fortalecer, al menos en los grandes partidos, a las cúpulas y a la dirección frente a la militancia, consolidando así un partido orientado hacia la ciudadanía, en el que los militantes jugaban un papel muy mediatizado por lo que se ha dado en llamar aparato o buró. En otras palabras, la dicotomía inicial ha sido resuelta, por fortuna para la estabilidad institucional, a favor de la ciudadanía. En este sentido, toma verosimilitud el comentario de que los líderes que triunfan electoralmente suelen controlar férreamente las bases del partido, en tanto que los aupados por el favor de la militancia suelen encontrar más dificultades para conectar con la sociedad.

No se pretende con el planteamiento de la doble sumisión a la ciudadanía y al proyecto teórico ninguna suerte de restauración del dominio de los militantes. En parte, porque el mismo concepto de partido político indica su pertenencia a toda la sociedad al constituir una institución fundamental del sistema democrático, tal y como se halla concebido en la actualidad.

Más bien al contrario, se trata de mantener la identidad que confiere a cada partido político el tener un proyecto teórico y una actividad subsiguiente, diferenciada de los demás. Se trata de impedir que el partido abandone su dependencia de la sociedad y se transforme en una plataforma de poder para una oligarquía, perfectamente intercambiable con cualquier otra organización política. En definitiva, se intenta alterar la estructura para conservar lo esencial, esto es, el canal abierto a la ciudadanía para participar en las instituciones.

El fracaso de la izquierda plural

Para finalizar este somero repaso sobre algunas de las conclusiones que se pueden obtener de este capítulo en la política francesa, no podemos, desde una posición progresista, dejar de señalar y analizar el fracaso de la innovadora fórmula de gobierno que puso de moda el exprimer ministro Lionel Jospin: la famosa y proclamada izquierda plural, presentada en los lugares más dispares como el antídoto incontestable contra la desilusión y el desencanto instalado en la izquierda.

La izquierda plural como expresión de una crisis ideológica

La idea de la izquierda plural como gran coalición del progresismo, desde el socialismo democrático moderado hasta el comunismo y diferentes movimientos ecopacifistas, se enmarca dentro de una larga tradición de frentes populares, alianzas de progreso y, últimamente, utopías sobre la "unidad de la izquierda". Una tradición que, superadas las etapas históricas que requirieron de la concertación económica y progresista, se ha utilizado con frecuencia para esconder pequeños fracasos y mayores complejos bajo grandes palabras y grandes conceptos.

Ciertamente, hubo un período histórico en el que la presencia de la amenaza fascista recomendaba a las formaciones y movimientos políticos, sociales y sindicales de progreso aparcar temporalmente las diferencias y formar frente común para encarar un peligro que podía perjudicar -y perjudicó, de hecho- no sólo a las izquierdas, sino a la totalidad del sistema democrático.

Las circunstancias han cambiado, y las trayectorias de los distintos agentes de la izquierda, tanto en el ámbito político como social o sindical, han divergido profundamente. Afortunadamente, no existen hoy peligros para la democracia tan explícitos y agresivos como lo era aquel primitivo fascismo, por más que pervivan diferentes -y serias- amenazas latentes contra nuestro sistema de libertades. No tiene sentido, pues, constituir coaliciones de excepción en situaciones que no son excepcionales.

Sin embargo, es una idea recurrente en la izquierda, la de la unidad. ¿Qué impulso puede llevar a una organización política a renunciar, en condiciones de normalidad democrática, a abdicar de la defensa de sus propios ideales en solitario?

Las pequeñas formaciones, obviamente, tienen mucho que ganar. En una coalición amplia en la que participen los grandes del progresismo, cada minipartido tiene muchas más probabilidades de llegar a controlar algún resorte del poder que funcionando en solitario. He aquí la razón por la que los comunistas venidos a menos, la amalgama de grupos a la izquierda del socialismo, los ecopacifistas y otros núcleos sin importancia hacen de la unidad de la izquierda una bandera en la que se envuelven permanentemente, indignándose si los grandes partidos no atienden a sus peticiones.

El beneficio que puedan obtener las formaciones que lideran la izquierda parlamentaria es más discutible. Y es que, en general, las grandes organizaciones progresistas que han llevado durante tantos años la dirección del movimiento socialdemócrata parecen hoy presas de un complejo de deslegitimidad que les obliga a buscar extraños compañeros de viaje, nuevos y exóticos ropajes con los que presentarse ante la sociedad, como si las viejas siglas, los viejos colores, el viejo rostro del partido estructurado, sólido y organizado fuera una reliquia vergonzante y fuera de lugar.

En parte, es comprensible este sentimiento de culpabilidad de las formaciones progresistas clásicas. Es comprensible, entre otras causas, a la luz de los aspectos apuntados a lo largo de este artículo. La convergencia programática, el emborronamiento de la ideología, la burocratización y, en general, el alejamiento de la ciudadanía son cuestiones visibles para electores y para dirigentes, problemas estructurales que arrastra la partitocracia dominante y que afecta más a los partidos mayoritarios que a los marginales. Y no dejan de ser una traición a las siglas, a los principios que alimentaron inicialmente a estos partidos, a sus bases.

La búsqueda de la pluralidad por parte de los partidos que no la necesitan objetivamente para llevar la voz de la mayoría al Gobierno debe entenderse, pues, en el marco de una desgarradora esquizofrenia que obliga a las formaciones a desdoblarse entre la pasión de la pragmática burocracia partidista por los resortes del poder a cualquier precio, por un lado; y la dependencia que tiene el partido ideológico de su militancia, de sus votantes y, por ende, de los principios, de las ideas y de las promesas. Atrapado en la profunda contradicción que surge entre lo material y lo ideológico, el antaño poderoso partido de masas intenta resolver la dualidad lustrando su fidelidad programática con abrillantadores prestados de partidos de la ortodoxia izquierdista marginal, que mantienen a salvo su coherencia política porque no han tenido oportunidad de cambiarla por el pragmatismo del poder.

En diversos países se han intentado coaliciones de este estilo. La alianza del SPD con los ecopacifistas en Alemania, la aglutinación entorno de los excomunistas de la anárquica izquierda italiana en El Olivo o la precipitada coalición del PSOE e Izquierda Unida ante las elecciones españolas de 2000 son muestras de ello, aunque, sin duda alguna, ha sido el experimento de la "izquierda plural" francesa el que se ha impuesto a nivel continental como modelo y patrón a imitar, tanto por el esfuerzo teórico realizado en su defensa como por el aparente éxito que significó para el convaleciente Partido Socialista de entonces.

Hemos sostenido siempre que la renuncia por parte de la socialdemocracia a proponer y a aplicar en solitario su modelo de progreso social, moderación y democracia es una estrategia errónea y dañina, porque mina la confianza de la sociedad en un proyecto que no se ve capaz de defenderse por sí mismo. La responsabilidad que asume el movimiento socialista democrático mayoritario, tanto en el ámbito ideológico como en la dirección política y social de las instituciones, no le permite esconderse bajo otras siglas ni someterse a otras servidumbres que las marcadas por los principios y la ciudadanía.

El socialismo democrático debe aspirar hoy a ser mayoritario; a construir un proyecto electoralmente serio, políticamente viable e ideológicamente fundamentado; sobre el que aglutinar a la mayoría ciudadana de progreso y sobre el que desarrollar una política coherente y realista que luche por hacer, como reza el viejo lema revolucionario, posible lo imposible.

Ello no debe interpretarse, como maliciosamente se hace desde algunos sectores de la izquierda marginal, como ninguna ambición por aplastar a la minoría desde la mayoría, ni como el delirio totalitario y uniformizador del progresismo mayoritario. El respeto por la diversidad de opiniones y la lucha por conseguir que las minorías puedan defender sus puntos de vista en un régimen de libertad y proporcionalidad es una constante que nadie puede cuestionar en la trayectoria histórica del socialismo democrático, y que nadie debiera dudar que así continuara siendo. No es la socialdemocracia, en el campo de la izquierda, quien tiene un serio lastre de totalitarismo y aniquilación de la diferencia en su debe.

No debemos, por tanto, disculparnos ni buscar complicadas piruetas tácticas para justificar lo que es el principio de la acción política democrática: la firme voluntad de lograr una hegemonía holgada en el ámbito de la izquierda parlamentaria e ideológica y en la totalidad del arco político progresista, que permita desarrollar y perfeccionar un proyecto que asumimos como propio porque lo consideramos el mejor -o el menos malo- de los conocidos, el más beneficioso y el más flexible para el conjunto de la sociedad.

Todo ello, sin euforias, sin autocomplacencia y sin arrogarse una condición de vanguardia que tantas esperanzas ha frustado en el camino de la izquierda. Sin dejar, por tanto, nunca de escuchar opiniones, de analizar realidades y de asumir que el cambio, la reforma y la mejora es la mejor forma de ser fiel a nuestros ideales. Pero sin olvidar tampoco que la primera fuente de legitimidad son los votos, y no la ortodoxia.

A nuestro juicio, éste ha sido uno de los factores del fracaso de la izquierda plural, y de la mayoría de las coaliciones guiadas por algo más que el mero tacticismo: la falta de confianza en su propio proyecto por parte de la formación mayoritaria -en este caso, el Partido Socialista-, así como el reconocimiento a las formaciones pequeñas (comunistas, verdes, etc.) de una legitimidad y un peso que no tenían, como la sociedad se ha encargado de recordar.

Alcance de la derrota socialista en la pugna ideológica con la tercera vía

Es ilustrativo observar cómo la experiencia francesa, hasta la incontestable derrota de la coalición en las últimas legislativas, se extendió con notable rapidez por todo el continente europeo a través de una izquierda que, estando o no en el Gobierno, se sentía identificada con los complejos y los motivos que llevaron al socialismo francés a entregar parte de su capital político a los socios menores de la alianza. Podemos concluir, por tanto, que los problemas estructurales que se adivinan detrás de tamaña actitud son más o menos comunes en todo el progresismo continental, y que constituyen el enésimo síntoma de una grave crisis ideológica que no se ha superado, ni mucho menos, con el debate entre la tercera vía británica y la vía francesa.

En este sentido, puede ser de interés comentar la aparente -y engañosa, a nuestro juicio- claridad con que parece haberse resuelto la rivalidad ideológica a uno y otro lado del Canal de la Mancha. No faltarán los pragmáticos y los oportunistas que verán en el fracaso de la izquierda plural y en la pervivencia de la tercera vía, que aspira incluso a superar una tercera reválida electoral, el triunfo incontestable del pragmatismo frente a la ideología en el seno de la izquierda. Quien aguanta gana, vienen a decir. ¿Se ajusta a la realidad este análisis?

En primer lugar, cabe preguntarse dónde se sitúan, a nivel de teoría y praxis, el sistema político británico, considerado en su conjunto, y el sistema francés. Más allá de la dualidad entre izquierda y derecha dentro de cada uno de estos sistemas, parece bastante evidente que los valores republicanos franceses, con su lema "libertad, igualdad, fraternidad", impregnan la práctica totalidad del arco político francés escorándolo hacia los ideales más progresistas. De igual manera, la tradición y la historia de Gran Bretaña han configurado un mapa político en el que la dualidad izquierda-derecha se estableció muy tardíamente, siendo anteriormente la confrontación entre whigs y tories predominante.

La incidencia que estas consideraciones tienen sobre las discusiones ideológicas entre los respectivos representantes del progresismo en cada país es notable. El laborismo inglés, de origen sindical, estuvo siempre mucho más ligado al pragmatismo de las conquistas laborales que a la construcción teórica sólida que caracterizó el socialismo continental. El desenvolvimiento del movimiento obrero en una sociedad que había hecho del liberalismo económico su principal -y exitosa- seña de identidad, ayudan a explicar el escoramiento hacia el pragmatismo y la derecha del laborismo, que sólo así ha podido desbordar el rígido y vetusto bipartidismo que había regido tradicionalmente la vida política inglesa.

Pero si Gran Bretaña fue la cuna del liberalismo económico, y ello se refleja en el desarrollo de la izquierda local, Francia ha sido el epicentro del liberalismo político y las doctrinas de igualdad de oportunidades y justicia social que constituyen las guías del socialismo postmarxista. Y esta circunstancia, naturalmente, también tiene su reflejo en el mapa político francés, en el que incluso la derecha republicana asume como propios postulados que en otros países son patrimonio exclusivo de la izquierda.

Todo ello hace que exista un significativo descuadre entre el laborismo inglés y el socialismo francés, descuadre que se explica por la incomparabilidad, desde el punto de vista político, de las sociedades y los sistemas representativos de ambos países. En síntesis, la doctrina pragmática e hiperflexible que en Gran Bretaña permite al laborismo revalidar, elección tras elección, el favor electoral, no es extrapolable a Francia ni a la mayoría de los países europeos. De igual manera, el fuerte contenido ideológico y social de la izquierda francesa equivaldría probablemente a una condena a la marginalidad en el sistema político británico.

La izquierda plural como riesgo para la estabilidad institucional

Hecha esta salvedad, entramos en el segundo punto que conviene remarcar dentro del espejismo que supone la derrota socialista francesa frente a la fortaleza laborista. Y es que, en contra de lo que pretenden los partidaron de diluir la ideología hasta hacerla inofensiva, el fracaso de la izquierda en Francia no ha sido tanto una cuestión de empecinamiento en la radicalidad y en la ortodoxia ideológica de la coalición gobernante, sino más bien en todo lo contrario.

No insistiremos en la tesis de la deriva pragmática de los partidos gubernamentales; tesis ésta que, de forma genérica, ya ha sido intensamente defendida en anteriores apartados. En cambio, sí queremos hacer mención a una consecuencia inédita de este fenómeno, y que está estrechamente relacionada con la apuesta por la izquierda plural: la desestabilización que ha provocado la alteración de los roles tradicionalmente asignados a las formaciones a la izquierda del socialismo.

En efecto, el juego de confrontación democrática contribuye a generar unos roles que asume cada uno de los partidos y que proporcionan al sistema una estabilidad que se puede ver maltrecha si se produce una quiebra o modificación brusca de los mismos.

En este contexto, de una forma más o menos generalizada, la socialdemocracia o laborismo han asumido en toda Europa el papel de izquierda oficial, suficientemente pragmática como para asumir la gobernación del país sin causar traumas. De esa misma forma, el comunismo ha pasado de ser una fuerza peligrosa por sus conexiones con el bolchevismo totalitario a una mera comparsa pretendidamente radical sin solidez ni realismo para cuestionar siquiera la hegemonía de la izquierda al socialismo democrático. El rol de los antiguos partidos comunistas, así como el de otras tendencias izquierdistas minoritarias, se ha reducido a vigilar y a denunciar la deriva pragmática del socialismo dominante, en la que nunca se había visto involucrada.

Sin embargo, uno de los efectos más sonados de la izquierda plural ha sido la conversión del Partido Comunista, y de los minúsculos grupos ecopacifistas o ecosocialistas, en partidos de gobierno. A nuestro parecer, esta alteración puede haber sido uno de los factores que ha contribuido a desestabilizar el marco político de la V República, contra el que se hallan conjurados los radicales de uno y otro signo.

Centrándonos en el PC, por ser éste el caso más significativo, se puede afirmar que esta formación había jugado un papel más o menos consolidado de aglutinación y contención de las tendencias a la izquierda del PS. Este papel, análogo al que pueden jugar las grandes formaciones de la derecha en la neutralización de los elementos ultraderechistas, es de vital importancia para el mantenimiento de la estabilidad y la calma institucional. Desgraciadamente, la entrada en el Gobierno le ha alejado, como a cualquier otro partido gubernamental, de la pureza ideológica y dogmática para intoxicar su acción política del pragmatismo que toda formación necesita para ejercer la responsabilidad de gobierno sin entrar en sangrantes contradicciones internas.

Esta deriva pragmática, que en el caso de la socialdemocracia mayoritaria se resolvía con un trasvase de los más izquierdistas al dique de contención del PC, se transforma en una auténtica bomba de relojería si es el comunismo o cualquier otra formación limítrofe quien la lleva a cabo. Porque entonces las bases más radicales se alejan de estos partidos, integrados en el sistema, e inician una trayectoria radical al margen de ellos que redunda en la proliferación de grupos descontrolados y minúsculos, pero muy combativos y abiertamente enfrentados al sistema institucional vigente.

Es evidente que esta reflexión no puede utilizarse explícitamente para determinar la dirección que deben seguir los partidos que consideramos situados en la frontera del sistema, porque tiene una dosis de mecanicismo que reduce su valor al plano meramente diagnóstico. Sin embargo, no debe perderse de vista esta otra interpretación de la dinámica democrática, en la medida en que pueda ayudar a prevenir o a afrontar con mayor vigor las crisis de estabilidad que puedan cernirse sobre las estructuras democráticas. Y aunque estas crisis no tienen por qué significar una amenaza directa hacia la viabilidad del sistema, en alguna ocasión puede ser la antesala de un grave retroceso, como es el caso de la crisis que dinamitó la República alemana de Weimar y abrió las puertas al nazismo.

Síntesis

En general, las elecciones presidenciales francesas y las posteriores legislativas han venido a suponer un serio toque de atención a la clase política y a todos los ciudadanos demócratas. Hay que esperar que este susto suponga un punto de inflexión que preceda a una toma de conciencia por parte de todos en orden a fortalecer, a modernizar y a perfeccionar la democracia y todo el sistema institucional que la hace posible.

La sociedad y la clase política deben asumir que la democracia no es el estado final de ningún proceso, sino que es en sí mismo una dinámica de progreso, mejora y permanente actualización, en la que el estancamiento es la primera muestra de descomposición. Nadie, y particularmente la clase política, puede permitirse parar en el trayecto e ignorar los cambios que registra la sociedad, abandonar la vigilancia de los enemigos que acechan a las libertades, desatender las nuevas demandas de los ciudadanos.

En este marco, resulta imprescindible dotar a las instituciones de mecanismos que les permitan detectar con rapidez los problemas que puedan surgir, para impedir así que crezcan hasta convertirse en peligros serios para la idea misma de democracia y libertad. Ello obliga a encontrar un compromiso estable que permita al Estado dotarse de una dirección coherente, seria y sólida que no dependa del viento de la opinión como una veleta, pero sin perder el contacto directo con la ciudadanía, con los conflictos y con las cuestiones que se plantean.

Un compromiso similar se hace necesario para garantizar el correcto funcionamiento de los principales agentes de la acción política: los partidos políticos. En este caso, la dualidad se plantea entre la fidelidad a los principios teóricos y la responsabilidad que se tiene ante los ciudadanos y ante sus demandas.

La idea misma de compromiso que se impone en uno y otro ámbito indican ya la ausencia de una fórmula infalible que nos libre de cualquier mal. Sin embargo, sí que se puede apuntar la conveniencia de acelerar y profundizar los procesos de flexibilización y modernización de todos los sectores del Estado y de los partidos políticos, asegurando la transparencia y la eficacia de las estructuras representativas y neutralizando en la medida de lo posible las tentaciones de burocratización, aislamiento y autismo que anida en cualquier organización política moderna. En ese sentido, cabría plantearse la necesidad de subordinar efectivamente la acción política partidaria, sometida a serios condicionantes de inmediatez y pragmatismo extremos, a un liderazgo bicéfalo asentado sobre las necesidades y demandas de la ciudadanía, por un lado, y los principios teóricos e ideológicos que sostienen la línea política del partido, por otro. De esta forma se invertiría la actual jerarquía que otorga de hecho preeminencia al partido sobre las ideas de las que se sirve y sobre los ciudadanos a quienes dice representar.

Dentro de esta misma preocupación por la salud y la estabilidad del sistema democrático institucional cabe situar el necesario debate que debe desarrollarse alrededor de las estrategias y el funcionamiento de la izquierda mayoritaria, en la medida en que ésta constituye un pilar ineludible de la democracia y las instituciones.

En ese sentido, se hace obligado alertar contra dos complejos que amenazan la integridad del liderazgo socialdemócrata en el campo de la izquierda, y que presentan signos opuestos. Por un lado, prevenir la previsible sensación de derrota ante el pragmatismo laborista inglés que causará la caída del bastión francés y recordar las nefastas consecuencias que puede acarrear la renuncia a un modelo propio, ideológicamente definido, por parte de la izquierda continental. Por otro, denunciar las tentaciones de eludir la responsabilidad que tiene el progresismo mayoritario escondiéndose bajo una marea de siglas y heterogéneas coaliciones con sectores ideológicamente puros, pero minoritarios y marginales, del izquierdismo más radical. El socialismo democrático no debe aspirar a la unión artificial de las banderas múltiples, sino a la unidad de las izquierdas bajo su liderazgo, su proyecto y su bandera, que serán los de todos.

Es frecuente encontrar a lo largo de la Historia situaciones de incertidumbre, inestabilidad y desengaño en las que un oportuno zarandeo del establishment puede provocar una catarsis constructiva que refuerce la dirección del progreso y consolide la esencia de la mejora reformando lo externo y lo coyuntural del sistema. Así sea en este caso; que la necesaria reforma de nuestro sistema institucional y representativo, así como del papel, vertebración y funcionamiento de los partidos fortalezca la democracia y las libertades frente a quienes las acechan; que la urgente reconstrucción del espacio social, institucional, estructural e ideológico del socialismo democrático le confiera el liderazgo necesario para lograr la hegemonía en la izquierda y le permita apoyar con su fuerza este fortalecimiento, avanzando en la senda de la democracia, las libertades y el progreso de todos.

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