Textos lipogramaticos
Textos
lipogramáticos
Textos
en los que se omite una vocal.
Texto sin
la A:
Fragmento
de Los dos soles
de Toledo
Los perfectísimos
y menudos dientes, entre el diviso y odorífero rubí (divino y precioso joyel)
vistos, los juzgó hechos de lo mismo que en el cielo el sol y que, sentido Cupido
de ver los de Venus y los suyos inferiores, se cubrió y vendó de vergonzoso
los ojos por no verlos. (Alonso de Alcalá y Herrera)
Fragmento
de El chofer nuevo
Me lo cedió
mi tío Heliodoro y me lo recomendó de un modo muy expresivo diciéndome:
-¡Es un
chofer único en el globo, créeme!
Si dispone
de un buen coche, este hombre consigue prodigios enormes, que en un circo le
hubiesen hecho rico. Obedéceme y sírvete de él; tú tienes un coche estupendo
y te mueres de tedio, ¿no es cierto? Pues te juro querido sobrino, que cediéndote
un coche como Melecio te pongo en condiciones de ser testigo, e incluso intérprete,
de emociones inconcebibles, sin precedentes en el mundo de lo locomotivo. Porque
como este chofer no existen dos(...)
Concluyó
diciendo:
- Y mi defecto
es que me creo que siempre voy conduciendo el coche de los bomberos. Y como
esto no es cierto, y como hoy no soy, señor, el dueño del sitio por donde me
meto, pues, ¡pulverizo todo lo que pesco!... Y Melecio prorrumpió en sollozos.
(Enrique
Jardiel Poncela)
Martín de
San Martín escribió este soneto lipogramático
(sin la letra a)
El sol en
el cenit tiene esplendores
tiene hermosos crepúsculos el cielo;
el ruiseñor sus trinos y su vuelo;
corriente el río, el céfiro rumores.
Tiene el iris sus múltiples colores,
todo intenso dolor tiene consuelo;
tienen mujeres mil, pechos de hielo
y el pomposo vergel tiene sus flores.
Tienen sus religiones los creyentes,
tiene mucho de feo ser beodo,
tiene poco de pulcro decir mientes,
todo lo tiene el que lo tiene todo
y tiene veinte mil inconvenientes
el escribir sonetos de este modo
Fragmento de "Los
tres hermanos", de Francisco
de Navarrete y Ribera
En Toledo, pueblo
insigne por quien le dio principio, que fue Ptolomeo, eminentísimo estrellero,
por su suelo y cielo, por su sitio, como por su célebre río, sus dulces y
melosos frutos, por su rico y suntuoso templo, por sus bellos rostros de mujeres
en visos del sol, esculpidos entre crepúsculos de nieve, por sus eternos
edificios, propios de sus ilustres vecinos, por el entendimiento de sus hijos,
que son robo de estudiosos, por el orgullo invencible de muchos que siguieron
pendones, y con gusto oyeron el rumor del bélico instrumento, y en nombre de su
rey rindieron fuertes, prendieron triunfos, y fueron dignos merecedores de
mercedes y privilegios que hoy hinchen sus honrosos escudos; este pues Toledo,
como digo, en el principio que reinó el prudentísimo y temido rey Don Felipe
III hubo un buen clérigo con el beneficio del templo del glorioso Isidoro, con
cuyos frutos y los derechos de sus obvenciones, se gobernó bien regido...
Fragmento de
"Destino de Cenizo" de Enrique
Gallud Jardiel
Su condición no le
viene de siempre, sino que surge de improviso en un momento concreto del
tiempo.
Robert es un hombre medio, vecino de New Jersey, con un intelecto medio y todo
medio. Y de pronto...¡plum! Se convierte en cenizo.
Los sucesos son conmovedores. En el momento presente se ve solo en el mundo.
En un choque de coches que sufre, sus progenitores se confunden y creen
reconocer su supuesto cuerpo muerto. En el cementerio ponen flores sobre el féretro
de un ingeniero y, de repente, su hijo surge entre los sepulcros y mueren los
dos de un síncope producido por el susto.
Su mujer muere joven, entre el fuego que prende en su domicilio por un
cortocircuito. En el entierro, un chófer muy brusco (y un poco bebido) mete
el freno del coche fúnebre y el féretro se corre y le muele. Robert tiene
que conducir el vehículo sin poseer permiso de conducción ni nociones de
ello. Sufre otro choque y se rompe el píloro en tres trozos. El médico, por
error, le interviene el riñón.
De regreso, es testigo de cómo destruyen el inmueble de su domicilio, por un
error con el edificio ruinoso contiguo.
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Texto sin
la E
Fragmento de Un marido sin vocación
Un
otoño -muchos años atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las
acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la
furia matrimonial.
-¡Hay
un matrimonio próximo, pollos!- advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso
cuando subían juntos al casino y toparon con los camaradas más íntimos.
-¿Un
matrimonio?
-Un
matrimonio, sí- corroboró Ramón.
-¿Tuyo?
-Mío.
-¿Con
una muchacha?
-¿Claro!¿Iba
a anunciar mi boda con un cazador furtivo?
-Y
¿cuándo ocurrirá la cosa?
-Lo
ignoro.
-¿Cómo?
-No
conozco a la novia. Ahora voy a buscarla...
Y
Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.
(Enrique
Jardiel Poncela)
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