Anecdotario
Anécdotas variadas. La historia que nos han contado parten la inmensa mayoría de anécdotas. He aquí algunas de ellas.
Caldo de gallina.
Unos religiosos invitaron a Francisco de Quevedo a comer caldo de gallina. Quevedo probó un par de sorbos del caldo que acababan de servirle y comento:
- ¡Valiente este plato, a fe mía! No tiene nada de gallina.
Carterista.
En el primer gobierno de la República , don Manuel Azaña, además de la presidencia se reservo tres carteras. Un diputado radical estimo que era necesario hacer una protesta y se lo comunicó a su jefe, Alejandro Lerroux, quien, desde luego no tenia pelos en la lengua. Lerroux quito importancia al hecho:
-Tres carteras y la presidencia… de eso a que lo llamen carterista no hay más que un paso.
Comprensión.
Albert Einstein se encontró con Charlot en una fiesta y le dijo:
-Lo que admiro de usted es que su arte es universal, todo el mundo lo comprende.Charlot respondió:
-Lo suyo es mucho más digno de respeto: todo el mundo lo admira y prácticamente nadie lo comprende.
Diógenes de Sínope.
A Este sabio filósofo se le atribuyen numerosas anécdotas, he aquí algunas:
Conversación con Alejandro.
En una ocasión, se dice, Diógenes mantuvo una inesperada entrevista con Alejandro Magno, quien empezó la conversación así: "Yo soy Alejandro Magno"; el filósofo contestó: "y yo, Diógenes el cínico". Alejandro entonces le preguntó de qué modo podía servirle. El filósofo replicó: "Puedes apartarte para no quitarme la luz del sol". Alejandro, dicen, se quedó tan impresionado con el dominio de sí mismo del cínico que se marchó diciendo: "si yo no fuera Alejandro, querría ser Diógenes".
¿Hombres en Grecia.
¿En qué lugar de Grecia hay hombres dignos? - Le preguntó a Diógenes un panadero de la isla de Eubea.
Hombres, en ninguna parte; chicos guapos, en Esparta. - contestó Diógenes.
En otra ocasión, Diógenes dijo a gritos:
-¿No hay hombres en Atenas?
Cuando acudieron algunos blandió su bastón y los ahuyentó con estas palabras:
¡He dicho hombres, no desperdicios!
Lo apalean unos jóvenes
Diógenes, te pido perdón. - le dijo uno de aquellos jóvenes.Era normal que provocador nato encontrara alguna vez la horma de su zapato. Cuenta Metrocles en sus Anécdotas que en una ocasión Diógenes apareció medio afeitado en un banquete de jóvenes y salió molido a palos. Les saltó las muelas a los dos primeros que les atacaron, pero acudieron en su auxilio otros amigos y le dieron una salvaje paliza al filósofo.
Pero Diógenes era mucho Diógenes, y encontró el modo de encontrar reparación a aquella afrenta. Escribió el nombre de todos los que le habían propinado la paliza en una tablilla blanca y se paseaba por el ágora con ella colgada del cuello, hasta que les hizo pagar con creces la afrenta exponiéndolos a la censura y el desprecio públicos.
¿Cuál de éstos eres tú? - le respondió Diógenes señalando la tablilla. - Anda, ven, cobarde, borra tú mismo tu nombre.
La demostración del movimiento
Un filósofo sofista quiso demostrarle que el movimiento no existía. Diógenes contestó que si lo demostraba, lo creería, y el filósofo empezó a desarrollar complicados argumentos. Diógenes, que lo escuchaba sentado, se levantó y dijo:
Y echó a andar. (de ahí procede el proverbio "el movimiento se demuestra andando").
Pedir limosna
-¿Pides limosna a una estatua?Lo encontraron un día frente a una estatua, con la mano extendida como si pidiera limosna. Le preguntaron en burla:
-Sí.
-¿Crees que te la dará?-No. No pido para que me la dé, sino para acostumbrarme a que no me den.
Puntería.
-Aquí estaré seguro; no sea que si me pongo en otro sitio, me hiera.Unos arqueros estaban tirando al blanco. Le tocaba a uno que tenia fama de hacerlo muy mal. Diógenes, que estaba por allí, fue a sentarse frente al blanco y dijo:
Quitar el hambre.
En cierta ocasión pillaron a Diógenes masturbándose ferozmente en una plaza y le preguntaron, que hacía. A lo que respondió:
- ¡Ojalá el hambre se quitara tan solamente con frotarse la barriga!
Documento de identificación
Cierta vez, el gran tenor Enrico Caruso tenía que sacar del correo un fuerte giro y no llevaba consigo documentos para identificarse. El cajero no quería pagarle. De pronto Caruso tuvo una idea: entono el aria de " Tosca" Recóndita armonía. El cajero quedó convencido fácilmente, y le pagó.
El canto del ruiseñor.
En la primavera de 1934, Miguel Hernández y Pablo Neruda pasean por una calle arbolada de Madrid. Hernández, por quien Neruda siente una franca simpatía debido a sus orígenes humildes y a su tesón al iniciarse en la poesía sin maestro, habla de su Orihuela natal y del canto de los ruiseñores.
-No puedo hacerme una idea-sonríe Neruda-, en Chile no existen los ruiseñores.-Miguel Hernández se encarama a un árbol y, con toda seriedad, comienza a imitar el trino de un ruiseñor.
El sentimiento de lealtad
Universalmente conocido es el hecho que para deshacerse de Viriato, el patriota luso que, durante tantos años, trajo en jaque a los romanos, éstos recurrieron a la traición comprando, con grandes promesas de oro, a los tres lugartenientes más próximos al guerrillero.
Cuando tras asesinarle mientras dormía los asesinos se dirigieron al general romano reclamando la promesa, éste contestó fríamente, queriendo significar que despreciaba a quienes eran capaces de tales alevosías y que no se fiaba de gentes tan despreciables:
-Roma no paga traidores.
Las naranjas del rey Don Pedro
A pesar de su mal carácter era también Don Pedro I de Castilla hombre de ingenio, según prueban algunas anécdotas que de él se refieren. He aquí una:
Necesitaba nombrar Escribano mayor del Reino y, para estar seguro de las cualidades del elegido, decidió escogerlo por si mismo. A tal fin, hizo publicar un pregón anunciando que cuantos aspirasen al cargo podían presentarse en el Alcázar sevillano a la hora que se indicaba.
Se reunieron muchos aspirantes y les hicieron pasar uno tras otro a una gran cámara, con un hermoso estanque en el centro, en el que flotaban gran cantidad de naranjas, y el rey preguntaba:
-¿Cuántas naranjas hay en la alberca? El interesado daba el número que le parecía y el rey le hacía salir inmediatamente; pero ninguna respuesta debió de satisfacerle porque el ceño real estaba muy fruncido.Sólo quedaba ya un hombrecillo pequeño, esmirriadillo, portador de una respetable joroba; pero sus ojos desprendían chispas.
Y el rey formuló por ultima vez la pregunta:
-¿Cuántas naranjas hay en el estanque? A lo que el hombrecillo replicó:- Antes de contestar, haced que me den una vara.
-Dádsela- ordeno el rey a uno de los cortesanos que le acompañaban.
Y cuando se lo hubieron dado, el hombre fue dando la vuelta a cada una de las naranjas que flotaban, pudiendo comprobar que muchas no eran más que mitades.
Una vez acabadas de voltear, las contó y dio al monarca el número que creía exacto.
-¡Menos mal- exclamo el rey, contento- menos mal que hay uno que tiene sentido común! Por fin he encontrado a mi escribano mayor.
Me llaman pirata.
En cierta ocasión llevaron preso ante Alejandro Magno al capitán e un barco pirata. Alejandro le reprocho su conducta en los mares y el pirata le dijo:
-Me llaman pirata porque sólo tengo un barco. Si tuviera toda una escuadra o un ejercito, me llamarían conquistador.Alejandro Magno le perdono la vida.
Pares o impares.
El científico español Santiago Ramón y Cajal, cuando explicaba en su cátedra, solía cerrar sus frases con una muletilla: << Es verdad>>.
La repetía tanto que sus alumnos apostaban:
-Va a decir << Es verdad>> tres veces.-Va a decir << Es verdad>> cuatro veces.
Terminaron apostando a " par o impar" para hacerlo más interesante. Unos cuantos apostaban a que diría << Es verdad>> una cantidad par de veces, y otros una cantidad impar.
Cuando Ramón y Cajal se entero, empezó su clase de la siguiente manera:
-Pues si señores. El huevo es una célula gigante, es verdad, es verdad, es verdad… Y añadió muy serio- ¡Impares ganan!
Pocas palabras
El doctor John Abernethy, famoso cirujano escocés y hombre de pocas palabras, encontró un día su réplica en cierta pariente que entró en el consultorio mostrándole una mano enrojecida e hinchada.
-¿Quemadura?- preguntó el doctor.-Golpe-contesto la señora.
-Cataplasma.
-¿Mejor?Algunos días después volvió la paciente a la consulta, y el dialogo se desenvolvió como sigue:
-Peor.
-Más cataplasma.
-¿Mejor?- Preguntó el doctor.Días más tarde compareció nuevamente la señora.
-Completamente bien. ¿Cuánto?
-Nada- contestó el médico-. Es usted la mujer más sensata que he conocido en mi vida.
-Gracias
-Adiós.
Pregunta y respuesta
Lloyd George, uno de los hombres más representativos de la política inglesa en los primeros decenios de este siglo, varias veces ministro y presidente del Consejo, procedía de una modestísima familia. Cuando murió su padre fue recogido por un tío suyo, zapatero, en un pueblo de Gales, y se veía obligado a recorrer diariamente varios kilómetros a pie para asistir a un despacho de abogado domiciliado en Portmadoc. Los domingos iba a entregar a los clientes los zapatos arreglados por su tío, guiando un cochecito tirado por un asno.
Después de haberse dedicado a la política, ocurrió que mientras pronunciaba un discurso, cierto sujeto creyó humillarle, recordándole sus tiempos de penuria.
-Diga- le gritó dicho individuo -, podría usted decirnos qué pasó con el carrito aquél y el asno?-Si- respondió Lloyd George-. El carrito lo vendieron, y en cuanto al asno…¿ cómo hizo usted para poder hablar?
Premio Nobel.
Nada más conocerse que le habían concedido el premio Nóbel de literatura, un periodista le preguntó a Camilo José Cela:
-¿Le ha sorprendido ganar el premio Nóbel de Literatura?-Muchísimo, sobre todo porque me esperaba el de Física.
Prestamo bibliotecario.
En 1823, un tal Alfred Dodse se llevo prestado un libro sobre enfermedades febriles de la biblioteca de la universidad de Cincinnati.
El libro fue devuelto a la biblioteca por uno de sus biznietos el 7 de diciembre de 1968, ¡145 años después!
Impresionados ante semejante muestra de honradez, las autoridades de la biblioteca no cobraron la multa por retraso, que hubiera ascendido a 22.264 dólares.
Traidores
Una vez enseñaron a Pancho Villa tres prisioneros recién capturados:
-Los cogimos una vez -contaba uno de sus hombres-, los perdonamos y se quedaron con nosotros. Luego desertaron y los hemos vuelto a coger.
Villa se encaró con uno de ellos y preguntó:
-¿Qué se hace con los traidores?
-Yo no soy un traidor.
-Los peores traidores son los embusteros ¡Que los fusilen!
Se encaró con otro:
-¿Qué se hace con los traidores?
-Yo no podía abandonar a mis compañeros.
-Los peores traidores son los que se agrupan. ¡Que lo fusilen!
Y después hizo al tercero la misma pregunta. Y el otro balbuceó:
-Señor, yo…
-Los peores traidores son los indecisos. ¡Que lo fusilen!
-Y, muertos los tres, preguntó a uno de sus capitanes si esos hombres habían peleado bien.
-Mejor que ninguno de los nuestros.
-Hombres así son los que hacen falta. ¡Lástima que hayan muerto.!
Un lapsus
Cuentan que uno de los primeros duques del Infantado hizo escribir una vez a un pariente, residente en Toledo, que le enviara doce alabardas, que en aquella ciudad se hacían de acero muy bien templado.
El secretario que escribió la carta, en lugar de alabardas escribió por confusión albardas, y al recibir el pariente la misiva, muy extrañado por el encargo, porque albardas las hacían muy bien en todas partes, se apresuró a cumplimentarle, enviando las doce mejores albardas que le hizo un excelente oficial.
Al recibir las albardas toledanas, con una atenta carta del remitente, el secretario autor del lapsus quedó, naturalmente aterrado, y el duque hizo acusar de recibo de este modo:
"Os doy la gracias por las albardas, que son de lo mejor de su especie. Han sido muy bien llegadas y mejor recibidas: seis para mi secretario por escribir albardas en vez de alabardas, y seis para mí por haber firmado la carta sin leerla".
Documentación extraída de la enciclopedia Uteha, de Montaner y Simón, S. A. Editores. Las anécdotas de Grecia, de Ramón Irigoyen. Colección Booket. Editorial Planeta. El arte de contar chistes e historias, de Samuel Red. Colección Víctor. Ediciones Robinbook. 2150 chistes de editorial Susaeta.