Dentro de mi habitación estoy solo.
Subido en la cima de la realidad, te escribo.
La nostalgia cercana recuerda tus ojos
y huye asustada, de pronto divisa vacios.
En el techo, tu rostro.
Te llevaste mis días y siempre revivo lo mismo.
La sensación de perdida más presente que nunca.
Corren lágrimas por mis venas.
Lágrimas interminables que no te renuncian.
Habitaciones resididas por tristezas.
Desperté y desde aquella mañana en que no estabas,
jamás volví a recordar el camino de vuelta a casa.
Una de las cosas que más me marcó de joven e incluso a veces hoy en día, es la rutina. Fue la causante de la mayoría de los altibajos de mi adolescencia y años después, de adulto.
Los días eran totalmente carentes de emoción y estímulos, me imagino que a muchísimas personas les sucede. Yo, personalmente, me sentía ahogado.
Cuando descubres que estás enamorado, la rutina termina y da paso a un nuevo estado emocional de euforia e ilusión. Cuando tu corazón se rompe, la rutina que llevabas antes de sentirte enamorado, se acentúa convirtiéndose en algo que para mí era insoportable.
Enamorarse rompe la rutina... Habrá que descubrir un remedio que rompa con ella también cuando nos sentimos rotos.