ARTE PALEOCRISTIANO . LO PALEOCRISTIANO Este es un periodo apasionante en la Historia del Arte. Apasionante porque queda un mundo por descubrir y por interpretar. También por excavar. Existen entre los estudiosos muchos desacuerdos, incluso para delimitar las diversas épocas, lo cual hace de la aproximación a aquellos remotos tiempos artísticos una experiencia interesante y enriquecedora. Parece claro que el término paleocristiano debe encuadrarse entre los primeros tiempos del recién nacido cristianismo, antes incluso de la llegada cristiana a Roma, hasta la caída y decadencia del Imperio con el advenimiento de los visigodos y otros pueblos de la Europa central y nórdica. Mas en esos casi quinientos años el Arte Cristiano sufrió muchos cambios y una evolución mediatizada por la Historia. LA EPOCA PRECONSTANTINIANA El arte cristiano de aquellos años consistió en resaltar la misión divina de Jesús, no su personalidad ni sus experiencias humanas. El único lugar cristiano descubierto hasta hoy y anterior a Constantino es Dura Europos, en pleno desierto sirio, relativamente cerca de las ruinas de Palmira y a orillas del Eufrates. En él se conservan los frescos del Baptisterio, en los cuales se representa la Resurrección de Cristo. En el Museo Nacional de Damasco, provenientes de Dura Europos, también hay pinturas del siglo III, entre ellas “Las Marías ante el Sepulcro”. Es más que probable que los artistas cristianos primitivos estuvieran más influenciados por las técnicas pictóricas orientales que por la cultura helenística, claramente en decadencia (hay opiniones que sostienen al Lacoonte como la última obra de arte griega) y, para los cristianos, con una acusada falta de valores espirituales. Sea como fuere hay que recordar que los primeros cristianos vivieron en Palestina durante los años inmediatamente posteriores a Jesucristo, y de ahí se extendieron a Asia Menor y a Egipto; Roma los acogió con posterioridad. En Egipto el cristianismo pronto prendió en la población nativa, harta de sus amos, los terratenientes griegos, y de la cultura tradicional del pueblo llano nació con fuerza el arte copto. Era el siglo III. Llegaron los cristianos a Roma en el siglo I, y, como ya se ha comentado en otro lugar de la presente obra, sufrieron dolorosas persecuciones; ello justificó que su vida no fuera fácil y, en muchos momentos de la Historia hasta el siglo IV, tuvieran que esconderse y vivir en la semiclandestinidad. Concebidas como cementerios las catacumbas se convirtieron en lugares de reunión para los cristianos, si bien la celebración eucarística la realizaban en los “Tituli” o casas cristianas. El Imperio Romano se encontraba en su apogeo y admiraba la cultura helenística. Esta circunstancia pudo muy bien modificar la evolución del Arte cristiano, en un principio marcado totalmente por la simbología al seguir a rajatabla el segundo mandamiento de la ley mosaica, pero, poco a poco, los relieves y las pinturas van representando figuras perfectamente reconocibles y con un progresivo gusto grecolatino. En las catacumbas de Domitila, se ven elementos como la vid y Eros que nunca podrían hacer sospechar a un pagano que aquello era una tumba cristiana. Los cristianos disimulaban, pero los símbolos propios los reconocían al instante. Muy pronto se representa el pez, con sus letras puestas en acróstico, en griego significa: “Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador” o ICHTHYS, también el cordero y el Buen Pastor. En las catacumbas de San Calixto, San Sebastián y la ya mencionada de Santa Domitila se pueden contemplar estos ejemplos. Esta forma figurativa y simbólica no era criticada por los escritores eclesiásticos de los siglos II y III, que, aunque recordaban el precepto del segundo mandamiento, abogaban por la creación de una nueva sensibilidad. Desde Nerón (a.67), hasta Diocleciano (a.303) los cristianos tuvieron algunos momentos de tolerancia, sobre todo bajo los Antoninos y los Severos, que les permitieron salir esporádicamente a la luz. De los “tituli” o los “domus ecclesiae” se pasó a la construcción de basílicas, debido, seguramente, a que las reuniones entre cristianos cada vez eran más multitudinarias. Estas primitivas basílicas del siglo III permanecen desconocidas para nosotros, pues Diocleciano, por medio del Edicto de Nicomedia (24 de febrero del 303), acometió la destrucción de todos los templos cristianos, basílicas y martiryum desaparecieron en todo el Imperio (1). Pero pasaron dos lustros y llegó Constantino... DE CONSTANTINO A JULIANO Aunque en el Concilio de Iliberris (Elvira), a un paso de la actual Granada, se había prohibido expresamente el culto a las imágenes, la llegada al poder de Constantino supuso una enorme revolución tanto en la vida de los cristianos como en el desarrollo de su arte. Constancio, el padre de Constantino, ya había demostrado sus simpatías por el entorno cristiano y esos afectos los asumió su hijo. Tras la derrota de Majencio, batalla en la que dicen que Constantino tuvo una visión en la cual vio la Cruz de Cristo, se promulgó el Edicto de Milán, mediante el cual se otorgaba libertad de culto a todos los cristianos del Imperio. Esa libertad se tradujo, casi inmediatamente, en una explosión artística. Se erigieron nuevas basílicas, la escultura comienza a proliferar, sobre todo en preciosos y trabajados sarcófagos y la pintura pasa de ser plana y sin perspectiva a representar escenas realistas. Sin abandonar la simbología, los artistas inician recorridos por la Pasión de Jesús. Con ello las críticas de los teólogos cristianos se hicieron mucho más duras (2), pero el camino emprendido ya no tendría vuelta atrás. Del siglo IV es el sarcófago de Junio Bassus, un prefecto de Roma que dedicó una basílica a la ciudad, convertida el siglo siguiente en templo cristiano por el Papa Simplicio. En dicho sarcófago se observan con nitidez escenas de la Pasión como la Entrada de Jesús en Jerusalén y el Prendimiento, quitando las escenas de los frescos de Dura Europos (la Resurrección y las Marías ante el Sepulcro), son las primeras representaciones pasionarias que se conocen hasta hoy. Constantino mandó edificar varias basílicas, entre ellas la de San Pedro, con cinco naves y la de San Juan de Letrán, hoy reconstruida en su totalidad. Mientras, en Oriente, las construcciones cristianas proliferaban. Del 333 es la iglesia de la Natividad, en Belén; en el Egipto copto se erigían monumentales cenobios que no han llegado hasta nosotros, era el centro del monacato y su influencia pronto se dejó notar. Los frescos de las iglesias también representan escenas de la Pasión, aunque escasas. Es el caso de Santa Constanza, con el motivo de Jesús ante Pilatos, o el de la cúpula de San Jorge, en Tesalónica, donde se observa a Cristo, triunfante, con la Cruz al hombro. La escultura no se desarrolló en aquella época, debido con seguridad a la posible acusación de idolatría, mas que en los sarcófagos como el ya comentado de Junio Basso. Había escuelas o talleres artísticos por todo el Imperio, de tal forma que encontramos excepcionales obras de arte en el norte de Italia, en Francia y en España, además, por supuesto, de Roma La Cruz se representaba como signo de Cristo triunfante, no se encuentra a Jesús Crucificado en esos tiempos, incluso en las escenas de la Pasión el Mesías no aparenta el sufrimiento, el triunfa por y sobre los padecimientos y la muerte. Constantino muere el 22 de mayo del año 337 y, tras los penosos y excesivamente largos años de gobierno de los hijos de Constantino el Grande: Constancio, Constantino II y Constante, con el arrianismo fuerte (Constancio era arriano), las luchas en Africa contra los donatistas y las emprendidas entre ellos mismos, llegó al poder Juliano. Todo parecía indicar que los cristianos iban a tener que volver a las catacumbas; no fue así. Juliano era, sobre todo, un filósofo, al estilo de Marco Aurelio, y aunque, enormemente influido por los cultos a Eleusis, a Hecate y a Mitra, por el esoterismo, en definitiva, por lo heleno clásico, mas que odiar, despreciaba a los cristianos, a los que consideraba fanáticos y de mente estrecha. Juliano no ayudó en nada al cristianismo, pero salvo las estrecheces económicas que les hizo pasar, nunca inició una persecución. En esencia, Juliano era un idealista que tuvo la perspicacia, antes de morir, de ser consciente que el paganismo era el pasado y la religión de Cristo el futuro, muy a su pesar. No cambió mucho el arte cristiano durante esa época . Lógico sabiendo que los hijos de Constantino estaban por otros menesteres y Juliano no lo apoyó. Sólo veinte meses duró el gobierno de Juliano, que fue el ultimo emperador romano pagano. TEODOSIO Y LA CAIDA DEL IMPERIO DE OCCIDENTE No se han puesto, todavía, de acuerdo los historiadores sobre la fecha del fin del Imperio Romano de Occidente, los más opinan que en el año 476, en el momento en el que el jefe bárbaro Odoacro, asume el poder destronando el último emperador romano Rómulo Augústulo . Hay otros que sostienen que, si bien la fecha del 476 es correcta, el imperio se desmembró mucho antes, con la separación definitiva entre Oriente y Occidente, es decir en el mandato de Teodosio. Este emperador, que en el 391 declaró oficial la Iglesia cristiana y acabó con todos los ritos paganos, incluidos los Juegos Olímpicos, fue un personaje controvertido. Dominado por Ambrosio de Milán, estuvo mucho más preocupado con los problemas de la fe que de los asuntos de estado, sin embargo, desde el punto de vista artístico, llevó al arte cristiano a sus más altas cotas, debido a que contrató a los mejores artistas del imperio y dotó a la iglesia y a su jerarquía con las mayores prebendas y ayudas económicas. En esa época se torna, en cierta medida, al espíritu heleno, mezclando escenas del Antiguo y Nuevo Testamento con elementos paganos. Todo evoluciona y se le da a las representaciones artísticas muchísima más riqueza. Los mosaicos son excelentes y las basílicas majestuosas, como la de San Lorenzo de Milán, construida en tiempos de Teodosio. El Arte Cristiano se dividió definitivamente en dos partes: oriental y occidental. La oriental, encarnada en Bizancio, nunca iba a desaparecer, como se verá en el siguiente apartado; la occidental siguió un camino diferente. La llegada de los invasores centroeuropeos, si bien supuso en un principio un freno, para el normal desarrollo evolutivo del arte cristiano, llamémosle “romano”, no constituyó, ni muchísimo menos, un paso atrás. En el siglo VI, el godo Teodorico, mandaba construir una basílica en Rávena, San Apolinar, esencial ejemplo de la arquitectura de la época. Hubo otros ejemplos que iremos viendo en el siguiente capítulo CARACTERÍSTICAS TÉCNICAS DEL ARTE PALEOCRISTIANO Arquitectura. Son las catacumbas, las basílicas y los martyria o mausoleos en donde se depositaban los restos o las reliquias de los mártires, las construcciones más importantes del arte paleocristiano. No conocemos las basílicas anteriores a Diocleciano, pero sabemos que de los “tituli” o casas particulares se pasó a las “domus ecclesiae” y de ahí a la basílica propiamente dicha. Unas celebraciones reducidas primero al ámbito familiar, y posteriormente convertidas en reuniones multitudinarias, necesitaban espacios diferentes. La basílica tipo constaba de un vestibulum o acceso, mediante el cual se entraba en el atrio o patio con una fuente en el centro. A dicho patio lo rodeaban unas galerías, llamada nárthex a la que accedía al templo, en este caso el pórtico, en donde se situaban los catecúmenos en las ceremonias que no podían intervenir los no bautizados. Se le conoce a este tramo del templo como lugar público. El semipúblico lo constituye el cuerpo de la iglesia, que constaba de una, tres o cinco naves, separadas por filas de columnas con dinteles o arquerías. La nave Norte era la del evangelio y la ocupaban las mujeres; la Sur, para los hombres, era la de la epístola. Se completaba esta parte semipública con el coro menor, situado en la nave central y ocupado por cantores y clérigos menores. A sus lados dos púlpitos desde donde se dirigen los cánticos y las oraciones. La parte del presbiterio o privada del templo se separa por un muro llamado septum; tiene puertas; debido a este muro, la nave del crucero, que está detrás se denomina transeptum. Unas columnas separan el transeptum del presbiterio, en donde hay un banco para los clérigos mayores presidido por la cátedra episcopal. Situada en el centro del presbiterio se encuentra el ara y bajo ella la confessio o cripta en donde se venera la reliquia del templo. A grandes rasgos esta es el tipo normal de basílica, si bien en oriente, probablemente por influencia irania, había evidentes diferencias, desarrolladas en los arcos, bóvedas y cúpulas e introduciendo el elemento circular, poco conocido en la cultura arquitectónica griega y decisivo en el arte bizantino. Las catacumbas, de las que ya hemos hablado, constaban de unos pasadizos subterráneos o ambulacri, en cuyas paredes se abrían los nichos (lóculi), dispuestos longitudinalmente a diferencia de en los cementerios modernos. Los ambulacri se ensanchan a tramos para dejar ver el cubiculum o cripta, en donde reposan los restos de miembros destacados. En las galerias superiores se abren los lucernarios, indispensables para dejar entrar la luz y ventilar. Los martyria son mausoleos que contienen una reliquia o una sepultura importante. En España tenemos uno en Centcelles (Tarragona), tradicionalmente se viene diciendo que en él se encuentran los restos de Constante, hijo de Constantino, fallecido en el 350. Escultura Careciendo el Arte Paleocristiano, salvo las excepciones del Buen Pastor, de escultura exenta, son los sarcófagos los ejemplos más claros e importantes de la habilidad tallística de los escultores de la época. Han dejado obras muy bien conservadas y magníficas en su ejecución. Los más antiguos representaban exclusivamente símbolos paganos aunque con interpretación cristiana, más tarde aparece el Crismón y las escenas del Antiguo y Nuevo Testamento. Jesús en la Cruz no es tema aludido hasta el siglo VI, pero sí la Entrada en Jerusalén, el Prendimiento, Jesús ante Pilatos, la Coronación de Espinas y las negaciones de Pedro. La entrega de las llaves de la Iglesia de Jesús a San Pedro es instante muy repetido en sarcófagos del siglo IV y del V. Destacan entre los muchos conservados, los sarcófagos de Junio Bassus, ya comentado, el “dogmático”, del Museo Laterano, los del Museo Pío Clementino, del Vaticano, en donde se representa en uno de ellos la Cruz a Cuestas, Cristo ante Pilatos y la Coronación de Espinas, los más antiguos de la Gayolle (Francia), Villa Médicis y Domitila, el de Adelfia en el museo de Siracusa, los impresionantes de Milán o “ambrosianos” o los españoles de Tarragona y Zaragoza, de los que hablaremos en su momento. Se han clasificado los sarcófagos atendiendo a las épocas en que fueron realizados en : preconstantinianos, constantinianos, postconstantinianos y teodosianos. Muy importante es la lipsanoteca de Brescia, una cajita de marfil para reliquias, realizada entre los años 330 y 360. En ella se distinguen el Huerto de los Olivos, Cristo ante Caifás y Cristo ante Pilatos, además de las negaciones de Pedro. Pintura De las primeras pinturas de las catacumbas o Dura Europos, sin paisaje, planas, con las figuras estáticas y decoración lineal en rojo y verde, a la rica cultura teodosiana del mosaico existe un mundo. En esa evolución, destaca, en las Catacumbas de Priscila (finales del siglo III), la representación de una orante con velo, en donde ya se trazan planos de perspectiva y se juega con la luz, otorgando al fresco una naturalidad nueva hasta entonces. Muy poco ha quedado de la época constantiniana salvo en las catacumbas, en ellas se aprecia un crecimiento importante del naturalismo, estilizando las figuras y abandonando, en cierta medida, la temática simbólica. Con Teodosio (finales del siglo IV), la pintura alcanza el mayor nivel y se prefiere el mosaico a la pintura mural. Las obras las realizan artistas del máximo prestigio y en cuanto a los temas preferidos figura como el mayor Cristo en Majestad, habitualmente reservado para el ábside, las escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento se exponían en las paredes laterales de los muros. Tal es el caso de la basílica de Santa Prudenciana, en Roma, erigida a finales del siglo IV y ya en el V (432-440), los mosaicos de Santa María la Mayor, asimismo en Roma, en donde se representa la infancia de Jesús en el ábside o arco triunfal y en la nave mayor cuarenta y cuatro escenas del Antiguo Testamento (Abraham, Jacob, Moisés y Josué). Literatura Lo escrito por los cristianos de la época, con la excepción de la escritura de los evangelios, relacionado con el arte, suele ser en forma de crítica y reconvenciones. No obstante hay que recordar que fueron tiempos difíciles y que en ellos había figuras impresionantes que han legado verdaderas maravillas literarias y discursos ejemplificantes, además de tratados filosóficos y escuelas cristianas hoy vigentes (San Agustín). Del siglo I lo más importante es la redacción de los evangelios y los Hechos de los Apóstoles; la “Fuente Q”, que narraba las palabras de Jesús pero no su Pasión y los logia o colecciones de escritos que se perdieron. El primer evangelio se escribió entre los años 50 y 60, su autor, San Marcos, lo redactó en griego y según Clemente de Alejandría, en Roma. Acaso sea el más limitado en sentido literario, pero es directo y espontáneo. San Mateo escribió en los años 60-70, en arameo, seguramente redactado en Siria. El tercer sinóptico, el de Lucas, fue escrito en los años 70-80, en griego, es el evangelio más atractivo desde el punto de vista formal, con un lenguaje muy rico y un estilo elegante. También Lucas es el autor de los Hechos de los Apóstoles, escritos inmediatamente finalizado el evangelio. San Juan escribe un evangelio diferente, con el lenguaje más clásico y refinado, su fecha aproximada el año 95, en la isla de Patmos, utilizó para la redacción el griego. Hay que especificar que las fechas son aproximadas; la propia iglesia no acepta datar los evangelios con exactitud limitándose a exponer su carácter inspirado por Dios. Las epístolas de San Pablo, el personaje del Nuevo Testamento mejor conocido, son otra fuente importante de datos y mensajes del primer siglo cristiano. Pablo fue, probablemente, martirizado, en el año 67. Los últimos escritos son las epístolas católicas: una de Santiago, dos de San Pedro, una de San Judas y tres de San Juan, y el Apocalipsis, que algunos sostienen la teoría de que partes de él ya se escribieron en tiempos de Nerón. La Roma del siglo I es también la de Séneca, Columela, Petronio, Horacio, Estrabón, Fedro...a finales de siglo inicia su obra Tácito.., en fin algo estremecedor. En el siglo II aparecen los apologetas como Taciano (120-173), Arístides y sobre todo San Irineo de Lyon (130-208) quien ve en la imaginería religiosa algo esencialmente pagano. Tertuliano, San Justino, Clemente de Alejandría y Minucio Félix, completan el panorama de escritores eclesiásticos, francamente opositores a la representación por la imagen de la divinidad. Del siglo III es Orígenes, aunque nacido en el año 185, San Dionisio Alejandrino, San Cipriano y el magnífico Eusebio de Cesarea, que ha dejado una espléndida Vida de Constantino y una completa Historia Eclesiástica. Ya en el IV aparecen los Gregorio de Nisa, Paulino de Nola, San Dámaso, Amiano Marcelino quien comienza en época de Juliano su Historia, San Ambrosio y, sobre todo, San Agustín, que redacta a finales de siglo el inicio de su obra “La Ciudad de Dios”. De los años del emperador Graciano son las epístolas de Jerónimo y Prudencio escribe su poesía cristiana en tiempos de Teodosio (3). En el siglo V, San León Magno y Cirilo de Alejandría son las figuras más destacadas Música Es evidente que los cristianos heredaron de los judíos la costumbre del canto religioso, y no sólo la costumbre, sino también las formas. Los salmos y rezos se cantaban como declamación melódica, también llamada cantilación. Esta forma de oración se trasmitió oralmente durante nueve siglos, hasta que apareció, probablemente en España o en Francia, la música escrita, la notación. Es San Agustín, no obstante, quien lega el primer De Música cristiano al tratar del ritmo musical. También es el Santo de Hipona el que nos informa del canto de los himnos en aquellos siglos en su Confesiones: “...Mi madre, vuestra fiel sierva, a quien tocaba la mayor parte del cuidado y consternación que padecían los fieles, era la primera en concurrir también a aquellas vigilias que celebraban, de modo que no vivía sino de sus oraciones. Yo, que todavía estaba frío en la devoción, y falto del calor y fervor de vuestro espíritu, no dejaba de conmoverme con el susto y turbación que padecía toda la ciudad. Entonces fue cuando se estableció que cantasen los fieles himnos y salmos, según se acostumbraba ya en las iglesias de Oriente, para entretener y divertir el tedio y la tristeza que pudiera acabar de sobrecoger al pueblo; y desde entonces hasta el día de hoy se ha continuado este piadoso ejercicio, que han adoptado ya casi todas las iglesias del universo, siguiendo el ejemplo de la de Milán” Hubo varios tipos de canto en la iglesia primitiva (4). Los Testamentos imponían la cantilación. Los salmos, la salmodia, de la que no se sabe su forma melódica, pero sí que todos los versículos se cantaban con la misma melodía y que podían alternarse entre dos grupos o con una aclamación final por parte del pueblo. Derivados de la salmodia son las antífonas y responsorios. Desde el año 110 existe el canto responsorial. También es referido por San Hipólito, un siglo más tarde, el hecho de que los fieles contestan con un ¡Aleluya! al canto del diácono. El cantor “per se” aparece por vez primera en los cánones del Concilio de Laodicea (343-381), él, desde el púlpito entonaba un cántico que era respondido por el pueblo brevemente. Los coros propios de la iglesia, la schola , se adhieren en Occidente a finales del siglo VII. |
NOTAS BIBLIOGRAFICAS 1. Lactancio (s.III-IV) comenta la destrucción de la basílica de Nicomedia: “Aquel fue el día en que comenzó la muerte, el primer día de todos los males que sucedieron luego al orbe entero. Aquel día... cuando apenas alboreaba, el Prefecto de la ciudad, acompañado de jefes militares, de tribunos y de notarios, se presenta ante la iglesia, quebranta las puertas y busca la imagen del dios. Se prende fuego a los libros sagrados; todo se entrega a la rapiña. Unos son apresados, en otros cunde el miedo, se dan a la huida. ...Vinieron por tanto los pretorianos en escuadrón formado, con hachas y otros instrumentos de hierro, y, puestos a la obra, en pocas horas derribaron hasta el suelo, aquél elevado templo... Al día siguiente se publicaba el edicto que disponía que cuantos pertenecieran a aquella Religión fueran despojados de todo honor y dignidad. (De mortibus persecutorum, XII: PL 7,213) 2. “Llegué a una villa llamada Anablata y, según pasaba, ví que ardía allí una lámpara. Pregunté que lugar era aquél, y al enterarme de que era una iglesia entré a orar y encontré allí una cortina que pendía en las puertas de dicha iglesia, teñida y pintada, con una imagen de Cristo o de algún santo. En realidad no recuerdo a punto fijo de quién era la imagen. Al verla, irritado de que una imagen pudiera pender en la iglesia de Cristo, en contra de la doctrina de las Escrituras, la desgarré y aconsejé a los guardianes del lugar que la usaran como mortaja para alguna persona pobre” (“Destrucción de una Iglesia” de San Epifanio de Salamis en “Carta a Juan de Jerusalén”. Cit. En Cartas de San Jerónimo 51: PL 22, 526-527) 3. El Peristephanon de Prudencio o Libro de las Coronas dedica sus 6 primeros himnos a los Mártires. El que expongo a continuación se refiere a los dieciocho de Zaragoza: IV HYMNUS lN HONOREM SANCTORUM DECEM ET OCTO MARTYRUM CAESARAUGUSTANORUM Bis nouem noster populus sub uuo martyrum seruat cineres sepulcro, Caesaraugustam uocitamus urbem, res cui tanta est. 5 Plena magnorum domus angelorum non timet mundi fragilis ruinam tot sinu gestans simul offerenda munera Christo. Cum deus dextram quatiens coruscam 10 nube subnixus ueniet rubente gentibus iustam positurus aequo pondere libram, orbe de magno caput excitata obuiam Christo properanter ibit 15 ciuitas quaeque pretiosa portans dona canistris. Afra Carthago tua promet ossa, ore facundo Cypriane doctor, Corduba Acisclum dabit et Zollum 20 tresque coronas. Tu tribus gemmis diadema pulchrum offeres Christo, genetrix piorum Tarraco, intexit cui Fructuosus sutile uinclum. 25 Nomen hoc gemmae strofio inligatae est, emicant iuxta lapides gemelli ardet et splendor parilis duorum igne corusco. Parua Felicis decus exhibebit 30 artubus sanctis locuples Gerunda, nostra gestabit Calagurris ambos, quos ueneramur. Barchinon claro Cucufate freta surget et Paulo speciosa Narbo, 35 teque, praepollens Arelas, habebit, sancte Genesi. Lusitanorum caput oppidorum urbs adoratae cineres puellae obuiam Christo raplens ad aram 40 porriget ipsam. Sanguinem Iusti, cui Pastor hacrct, ferculum duplex geminumque donum ferre Conplutum gremio iuuabit membra duorum. 45 Ingeret Tingis sua Cassianum, festa Massylum monumenta regum, qui cinis gentes domitas coegit. ad iuga Christi. Singulis paucae, tribus aut duobus, 50 forsan et quinis aliquae placebunt testibus Christi prius hostiarum pignere functae. Tu decem sanctos reuehes et octo, Caesaraugusta studiosa Christo, 55 uerticem flauis oleis reuincta, pacis honore. Sola in occursum numerosiores martyrum turbas domino parasti, sola praediues pietate multa 60 luce frueris. Vix parens orbis populosa Poeni, ipsa uix Roma in solio locata te, decus nostrum, superare in isto munere digna est. 65 Omnibus portis sacer inmolatus sanguis exclusit genus inuidorum daemonum et nigras pepulit tenebras urbe piata. Nullus umbrarum latet intus horror; 70 pulsa nam pestis populum refugit, Christus in totis habitat plateis, Christus ubique est. Martyrum credas patriam coronis debitam sacris, chorus unde surgens 75 tendit in caelum niueus togatae nobilitatis. Inde, Vincenti, tua palma nata est, clerus hic tantum peperit triumfum, hic sacerdotum domus infulata 80 Valeriorum. Saeuus antiquis quotiens procellis turbo uexatum tremefecit orbem, tristior templum rabies in istud intulit iras. 85 Nec furor quisquam sine laude nostrum cessit aut clari uacuus cruoris, martyrum semper numerus sub omni grandine creuit. Nonne, Vincenti, peregri necandus 90 martyr his tetris tenui notasti sanguinis rore speciem futuri morte propinqua? Hoc colunt ciues, uelut ipsa membra caespes includat suus et paterno 95 seruet amplectens tumulo beati martyris ossa. Noster est, quamuis procul hinc in urbe passus ignota dederit sepulcri gloriam uictor prope litus altae 100 forte Sagynti. Noster et nostra puer in palestra arte uirtutis fideique oliuo unctus horrendum didicit domare uiribus hostem. 105 Nouerat templo celebres in isto octies partas deciesque palmas, laureis doctus patriis eadem laude cucurrit. Hic et, Encrati, recubant tuarum 110 ossa uirtutum, quibus efferati spiritum mundi, uiolenta uirgo, dedecorasti. Martyrum nulli remanente uita contigit terris habitare nostris, 115 sola tu morti propriae superstes uiuis in orbe. Viuis ac poenae seriem retexis carnis et caesae spolium retentans, taetra quam sulcos habeant amaros 120 uulnera, narras. Barbarus tortor latus omne carpsit, sanguis inpensus, lacerata membra, pectus abscisa patuit papilla corde sub ipso. 125 Iam minus mortis pretium peractae est, quae uenenatos abolens dolores concitam membris tribuit quietem fine soporo. Cruda te longum tenuit cicatrix 130 et diu uenis dolor haesit ardens, dum putrescentes tenuat medullas tabidus umor. Inuidus quamuis obitum supremum persecutoris gladius negarit, 135 plena te, martyr, tamen ut peremptam poena coronat. Vidimus partem iecoris reuulsam ungulis longe iacuisse pressis, mors habet pallens aliquid tuorum 140 te quoque uiua. Hunc nouum nostrae titulum fruendum Caesaraugustae dedit ipse Christus, iuge uiuentis domus ut dicata martyris esset. 145 Ergo ter senis sacra candidatis diues Optato simul et Luperco perge conscriptum tibimet senatum pangere psalmis! Ede Successum, cane Martialem! 150 mors et Vrbani tibi concinatur, Iuliam cantus resonet simulque Quintilianum. Publium pangat chorus et reuoluat, quale Frontonis fuerit tropaeum, 155 quid bonus Felix tulerit, quid acer Caecilianus, quantus, Euoti, tua bells sanguis tinxerit, quantus tua, Primitiue, tum tuos uiuax recolat triumfos 160 laus, Apodemi. Quattuor posthinc superest uirorum nomen extolli renuente metro, quos Saturninos memorat uocalos prisca uetustas. 165 Carminis leges amor aureorum nominum parui facit et loquendi cura de sanctis uitiosa non est nec rudis umquam. Plenus est artis modus adnotatas 170 nominum formas recitare Christo, quas tenet caeli liber explicandus tempore iusto. Octo tunc sanctos recolet decemque angelus coram patre filioque 175 urbis unius regimen tenentes iure sepulcri. Quin ad antiquum numerum trahetur ulna post poenae specimen puella morsque Vincenti, cui sanguis hinc est 180 fons et honoris [additis Gaio -- nee enim silendi -- teque, Crementi, quibus incruentum ferre prouenit decus ex secundo laudis agone. 185 Ambo confessi dominum steterunt acriter contra fremitum latronum, ambo gustarunt leuiter saporem martyriorum]. Haec sub altari sita sempiterno 190 lapsibus nostris ueniam precatur turba, quam seruat procerum creatrix purpureorum. Nos pio fletu, date, perluamus marmorum sulcos, quibus est operta 195 spes, ut absoluam retinaculorum uincla meorum. Sterne te totam generosa sanctis ciuitas mecum tumulis, deinde mox resurgentes animas et artus 200 tota sequeris. 4. La cantilación es la forma más antigua de adaptación musical a un texto. Desde el punto de vista de la música cristiana no ha sufrido reformas, exclusivamente la del monje Alcuino, que en realidad revisó el texto, no la música. Se compone de dos elementos: el tono del recitado, que sirve para leer la frase, y las cadencias, muy variadas, que se adaptan a las diversas puntuaciones, colocando los acentos en notas determinadas. La lleva a cabo el celebrante o diácono, que ejerce de lector. Los salmos son cantados desde los inicios del cristianismo, sin embargo, con los tiempos, las formas se han ido enriqueciendo. En ésta época se distingue: el Tracto, que es una salmodia con adornos y se canta después del Gradual en los días de penitencia; lo ejecuta un solista sin ninguna repetición. La Salmodia responsorial, compuesta por una fórmula inicial, que se repite en los cánticos, un recitado, y fórmulas de mediante y conclusión; cada verso lo canta la mitad del coro y se utilizan los ocho tonos gregorianos. La Antífona y la antífona salmódica (si se une a un salmo), son los salmos con estribillo. Ha dejado tres salmos de procesión: el Introito, el Ofertorio y el Canto de Comunión |
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