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Inédito. Al igual que en
"Reloj de péndulo", el protagonista procura huir de un presente cruel
regresando a un ayer idealizado.

in prisa salgo de casa saboreando una manzana hacia lo de Camilo. Tres
cuadras y media, claro, pero no será fácil cubrirlas, enfermo y desde este
sillón.
Cierro los ojos y el conjuro íntimo instala la
calma chicha, arrulla una paloma y doblo la esquina del Cholo, la estoy doblando
al sumergirme en esa geografía ilusoria, todas las casas con las persianas
clausuradas, no aparece vida en la calle a esta hora.
Cuatrocientos o quinientos pasos por la
nostalgia para distraer la congoja, construir una dialéctica donde la tesis sea
la madurez y la antítesis la infancia, o la inversa, paso flotando por lo de
Antúnez, más allá la vereda embaldosada del Cine corta la monotonía de tierras
desparejas, toco los vidrios con una ramita, después con la mano y están fríos,
qué maravilla, la cartelera conocida de memoria, errol flin, gari cúper, bur láncaster,
kir duglas, toni curtis, ahora no puedo retener los nombres, ya se sabe, con los
años. En los intervalos, intérvalos
decíamos, pasábamos por adentro a la cantina del Club, pedíamos naranjín o
bidú, toco esos puntos íntimos de la memoria, esos disparadores que me
arrojan, Ernestito, a otros domingos en el
matiné cuando zapateábamos jubilosos la llegada de los soldados a clarinazo
limpio, después discutíamos si el bueno era Frank James y el malo su hermano
Jesse o al revés.
Ya progresé más de media cuadra, mi amigo tan
lejos y el lunes tan cerca, no debiera afligirme, el pasado es pasado, es un
soplo la vida y cuarenta años no es nada. La evocación es simple, sólo
desdibujar los contornos y atrás el patio del Club, las parejas levantando
polvillo de pasodobles, bailando la bonita pieza intitulada. Ya sé que
trastoco, los bailes son nocturnos, me concedo trampear con la baraja; después
de todo el tiempo es una ficción, forma de la intuición donde clasifico mis
recuerdos en los casilleros que invento con ayuda de Kant y ya cruzo la calle polvorienta
como para lo de Ledesma.
Me paseo orondo por este Nunca Jamás privado,
allá adelante la esquina del Turco Negro, todo tranquilo, el miedo muerde en el
futuro, voyamorir, le pediré a Ada que me ayude con los rosales antes que, cómo
evocar el pueblo sin el Turco sentado en la vereda envuelto en el apestoso humo
del toscano, la figura oscila un poco, tiende a difuminarse, la reparo con Ubik
restaurador de la realidad en aerosol, sí, sí, eso lo aprenderé más tarde,
lo aprendí hace años leyendo a Dick, en la esquina del Turco doblo a la
derecha. Verificando el trayecto descubro la simetría de los giros, izquierda,
derecha, izquierda, al revés del país, el pueblo entre peronistas y
antiperonistas, en las fiestas se quitaban el saco en homenaje a los
descamisados y mi padre imperturbable. Duro el enfrentamiento, agazapado detrás
de cada conversación, estamos en la Provincia Eva Perón, retroceda dos casilleros,
atrás quedó el bar de Lastre, vacío, es tarde para los que apuraron el
cinzano y se fueron a almorzar, dentro de un rato caerán los primeros a tomar
el café.
Espero llegar, debo llegar a lo de
Camilo antes del lunes que me intimida, estoy derrotando esa inercia onírica
que nos mantiene dando pasos en el mismo sitio, falta menos al acercarme a la
farmacia Pasteur, se perfila nítida dentro de mis párpados, no se si estoy aquí
o allá, no se cuál es el aquí y cuál el allá en este arabesco de Escher;
entonces cruzo hacia lo de Abdul, el turco siempre con la misma adivinanza
absurda "sube del balo, baja del balo, qué bájaro es" y nosotros
como despistados, como si no supiéramos que la respuesta que daría con ojitos
risueños sería "la vizcacha", buen tipo Abdul.
Voy bien, el diario resbala y lo dejo caer,
busco el alivio fugaz de la sombra de un paraíso, logro avanzar casilleros en
este imposible diagrama de Zenón para descifrar en diez minutos o cuarenta años.
La piel se descama y aparece debajo, fresca, la que percibe por todos los poros,
aspiro el olor del pueblo, prosigo el recorrido mágico, el aleph de éstas que
simulan ser tres cuadras y media y configuran una línea infinita. En uno de sus
puntos la tienda La Princesa, gente amable, siempre atentos como ahora Arizmendi,
todo irá bien el lunes Ernesto, buen médico para las malas noticias, más allá
se ve el jardín de la casa de Delia con la que aprendí piano hasta que el cáncer,
el de ella digo, unos gorriones vuelan distraídos, a lo lejos un perro descansa
echado a la sombra.
Piso la vereda del que será boliche de Festa,
vuelvo a pisarla para contrariar a Heráclito; en estos finales de los cincuenta
todavía es la esquina del andaluz, el que mataron a tiros y alcancé a ver
desangrándose en el suelo con el pueblo en inmovilidad de fotografía, perdió
un turno y el partido. Las moscas sobrevuelan como aquella mañana, cargosas,
imposible alojarse en ese pasado sin moscas, he destejido la mitad del
recorrido, el sol pega fuerte, a mí no me molesta, nada me molesta, me desplazo
envuelto en felicidad pero eso no lo sabré hasta muchos años más tarde, casi
viejo.
Vencer la bruma es cada vez más sencillo, los
pasos son poco menos que reales, le apunto al próximo árbol, ya lo alcanzo y
lo dejo atrás, la tienda Dihab con su frente alto sin revocar, casi todos los
comercios son altos y con frentes sin revocar, me parece mentira, al otro le
parece mentira, a mí no, porqué habría de parecerme mentira caminar hacia lo
de mi amigo como cualquier tarde, la posición y el momento son bien ciertos en
este principio de Heisemberg que me adapto, quién me lo va a impedir. Zumbando,
pensamientos y palabras se acumulan, construyen por sí solos cadenas caprichosas,
geometrías no euclidianas del lenguaje; humilde filósofo vierto imágenes y
citas eruditas ajenas a mi voluntad, las frases se superponen, se cortan
solas, yo no las pienso, me piensan. Junto a la tienda Dihab duerme la casa de
Cristina con la que jugamos de niños y con la que en otra siesta jugaremos, ya
sin risas, temblando en cada caricia torpe y apresurada, las manos urgentes; la
propaladora ofrece Fumando espero, El reloj o tal vez Aceves Mejía, música de fondo para esta película,
falta un tiempo para los Beatles, a lo sumo Elvis. Creo que esta vez voy a
llegar al fin, qué digo, siempre alucinando yo, leo mucho me aseguran, tal vez
más tarde lo encontremos a Bartolo fumando, que mamá no se entere.
Ya enfilo la recta final, la última cuadra
hasta lo de Camilo. Ada no me llama aún para almorzar y yo, el que va a morir,
prosigo ociosamente, iremos a la plaza, con el Negro, Beto, Sebastián, a
conversar con Nicola, el loco Nicola, placero y gritón, que nos preguntará si
conocemos el sistema de baños en los trenes, claro que sí contestaremos, el
inodoro no tiene fondo y cae en las vías. Bueno, dirá él, los aviones usan el
mismo sistema, entonces ¿por qué no vemos caer mierda de los aviones? Desde su
ancha cara mal afeitada se reirá del intendente, del comisario, loco alegre,
primero alegre y después loco, envidia de los cuerdos solemnes como yo que vivo
con pompas y circunstancias y nunca voy a reír a la plaza. Acaso incursionemos
más allá, saldremos del pueblo hacia lo de Pelayo, las tapias del cementerio o
la quinta de Stronatti, podré ver a Lucía; es mi novia, ella no lo sabe.
Ondula caliginoso este mediodía de domingo, me
estiro en mi sillón y paso por la panadería de Núñez, donde indolente
recostado en el marco de la puerta principal está el Ñato fumando un
cigarrillo, o quizás no, quizás no haya nadie y tantos años después lo
coloco para atenuar la insoportable soledad de la calle desierta. Que sin
embargo ahora, niño, me gusta así desierta, es mía, soy el dueño de la
vereda, pateo las tosquitas, es un pueblo abandonado de las películas de convoys,
soy el último habitante, ya sé que es una fantasía, confundo mi pueblo con
los países fantásticos de los libros, ese Colonia Campos que no se si es mi
sueño nostálgico o mi realidad de hoy, en la que disfruto de la siesta de
verano mientras voy a la casa de mi amigo, me encuentro frente al Correo,
seguramente los Sánchez todavía están comiendo, comen tarde, el Negro vendrá
luego a lo de Camilo.
Atravieso con destino a la gloria
los tamariscos desprolijos de la entrada del patio, el olorcito húmedo de las
hojas, y allí está don León, los lentes atados con un hilo, la camisa afuera,
cada pelo del bigote apuntando a un rumbo distinto rastreando alguna cuarta
dimensión de los mostachos, doña Luisa fregando, me cruzo con el Chino que ya
sale fumando el primer negro hacia el bar de Lastre. Hola, qué hacemos, vamos a
la despensa, oscura, tranquila, las verduras amontonadas con las revistas, el
piso de tierra recién regado por Ana María. Hojeamos algún Pato Donald sin
tribilines, Dippy sí, a leer Cisco Kid y después el último episodio del
Eternauta, me sumerjo en el apasionante viaje por la Panamericana hacia la
cancha de River, me posesiono con los Manos, los Ellos, los tremendos Gurbos que
atraviesan los edificios como si fueran de manteca. Estoy allí adentro y tengo
que hacer un esfuerzo para salir a
esta realidad, acá sentado en la despensa, y otro esfuerzo para atender a esa
esposa que me llama a comer, qué rara fantasía sueño, imagino un domingo
dentro de cuarenta años y entonces sigo aquí, fresquito, leyendo el Eternauta.
Santa
Rosa, agosto de 1995
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