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i ánimo no era bueno esa noche.
Prematuros fríos otoñales endurecían mi cuerpo. Caminaba
de prisa por el suburbio de la pequeña ciudad, eludiendo perros crepusculares y
más adelante oscuros gatos nocturnos; la torpeza de alguno me hizo
trastabillar.
Sin pensarlo exclamé:
-¡Por Zeus!
Dos metros más allá una sombra se escindió de las sombras
para formar una silueta humana.
-¿Qué deseas, hijo?
Un anciano bloqueaba mi paso. Le concedí una mirada fugaz;
no parecía un pordiosero, vestido con un discreto traje azul un poco anticuado.
Una barba corta y cana enmarcaba prolijamente su rostro.
-Me invocaste. ¿Qué quieres? -insistió.
-¿Y usted quién es? -repliqué, en veloz contraataque.
-Zeus, por supuesto.
Un insano. A estas horas y yo de malhumor.
-Oiga, señor -traté de avanzar, pero él, como distraído,
se desplazó cortando la maniobra- debo irme, así que si algo puedo hacer por
usted...
-No te confundas, hijo, me has convocado y yo acudí. Eso es
todo. Si desistes, regreso al Olimpo. En verdad -suspiró- anhelaba ser útil a
alguien ¡Hace siglos que no me llaman!
Me resigné, de estos contratiempos no se escapa con
facilidad. Para entretenerme, varié la estrategia.
-Está bien, Zeus, lo mencioné por descuido. Tal vez fuera
más apropiado denominarlo Júpiter.
En la penumbra el llamado Zeus encendió su rostro y un
verdoso brillo fosforescente tornó hacia el rojo furioso; un halo amarillento
que se disolvió en tinieblas lo envolvió unos instantes. Debo haber compuesto
una imagen curiosa con los ojos dilatados. No se trataba de ordinarios trucos de
nigromante; conozco de esto.
-¡No me lo nombres! No es más que una réplica imperfecta
y pretenciosa que modelaron en el Lacio los descendientes de Eneas. Sabrás los
efectos del poder político; he tenido que soportar con humillación que algunos
diccionarios infames me definieran como el nombre griego de Júpiter. ¡Qué
disparate! Yo soy el Unico, el hijo de Cronos y Rea.
Había elevado gradualmente el volumen de su voz. Con
disimulo miré alrededor; por fortuna sólo gatos y perros nos contemplaban
inexpresivos. -¡Y Soy el dueño
del rayo!- Su índice derecho disparó una estrella fugaz que se incrustó en un
eucalipto cercano. Percibí un vago olor a quemado.
-Es una minicarga que utiliza la disociación de las fuerzas nucleares,
con emisión cuántica de energía -ilustró socarrón.
Mi escepticismo tambaleaba. Evalué, aún desconcertado,
invitarlo a un café: la liturgia griega, supuse, no vedaría esas banalidades.
-Los hombres han sido muy injustos conmigo, -se quejó Zeus
luego del café y un coñac que ordenamos en un bar de las cercanías -cuando
Grecia perdió influencia política me abandonaron en un galpón de antigüedades,
ya ni siquiera figuro en las enciclopedias dentro de las religiones sino en
mitos y leyendas. De rey del Olimpo a fantasma mitológico. Sic transit gloria
mundi.
Abatió su cabeza. Examiné con un dejo de compasión el
noble semblante apesadumbrado. Para despejar su nostalgia, cambié de tema.
-Lo figuraba envuelto en una túnica, señor, unas
sandalias, tal vez una corona de laureles.
-Ah, ignaro, ¿no sería estrafalario ir así vestido por la
vía pública? Los dioses tenemos nuestra dignidad -sonrió sin ironía.
La oportunidad era perfecta para indagarlo; por su categoría
divina debía almacenar todas las respuestas. Los arcanos del universo a mi
alcance. -¿Qué me dice de
la multitud de dioses que los pueblos adoraron, desde el Amón faraónico al
Manitú del búfalo y las praderas?
Cabeceó con amargura.
-No opinaré sobre competidores. Sólo te diré que designé
a Jehová como Mi Comisionado en Palestina, y ya ves la fortuna que tuvo. Se lo
disputan tres religiones populosas –indicó con desdén-. Para estas zonas
designé a un tal Toquinche o Chachao, tal vez lo conozcas.
Ignoraba yo la mitología indígena, así que desvié la
vista. Con amabilidad convidé con un nuevo coñac a Zeus, que aceptó de
inmediato.
-Ah, no es malo, no es malo -dijo saboreándolo-, pero ni el
poso de aquellos buenos vinos de Corinto, o de los que colmaban las ánforas
cretenses. Nunca podrá existir nada como los olivos y viñedos de la Hélade,
tapizando la tierra, dando cuerpo a la alegría- su voz sonaba un poco pegajosa.
Con insincero orgullo local le espeté una perorata sobre
los vinos cuyanos y cafayateños. Ni simuló escucharme; bamboleaba bovina su
cabeza en lento péndulo de negación. Reflexioné que la ocasión de dialogar
con un dios no debía diluirse en estólidos localismos. Traté de lograr alguna
ventaja: le solicité, como al descuido, consejos para el amor.
-Mirá -ya extraviaba su correcto castellano- esas
cuestiones no son, como sabrás, de mi incumbencia sino de Afrodita.
Sonrió, como recordando.
-Más allá de ocasionales andanzas que adquirieron cierta
fama y me costaron disgustarme con Hera, pero ofrecéme otra copa y te voy
contando.
En los dilatados minutos siguientes me atosigó con métodos
desatinados que incluían tocar flauta trasversa, transportar doncellas al
bosque, acudir a complicidades de faunos. Descubrí con desaliento que ni el
mismísimo Zeus obtendría éxito ahora con esos cortejos absurdos e intenté
por otro flanco.
-¿Y para lograr buenos negocios? ¿Hay que tratar con
Mercurio, verdad?
-Hermes, Hermes. Pero ni una docena de Hermes podrían
ayudarte a lograr honestas ganancias por estas épocas -creí advertir en sus
ojos un poco vidriosos un brillo mordaz-. Ahora recuerdo que allá en el Olimpo
habita un dios, o al menos un semidiós que has de conocer; llegó hace ya unos
años. Carlos Gardel. Han hecho gran amistad con Orfeo, componen música lírica
para las deidades.
No disimulé la admiración.
-No te extrañen las incoherencias, después de todo acá
mencionan los vínculos culturales, consideran a Grecia la cuna de la civilización.
La Civilización Occidental y Cristiana pregonan, y adoptaron una religión
oriental. No quiero quejarme, pero advertirás que todo es el fruto de
intencionada publicidad, han tenido otros mayor fortuna. Los valores, acá en la
Tierra, han sido impuestos por los poderosos.
La idea no destilaba originalidad, proviniendo de un dios.
-Coincidirá conmigo que nunca logró una apreciable expansión
territorial, su divinidad quedó encerrada en los límites de la Magna Grecia
-le enrostré con malignidad.
Habré rasgado su autoestima, porque se irguió en la silla,
pareció crecer e iluminarse hasta el punto que debí advertirle discretamente
que suspendiera sus pavoneos para no alertar a los extraños.
-Alejandro me paseó por toda el Asia, de Susa a Hecatómpílos,
de Bactriana a Sogdiana, hasta la India llegamos.
-¿Y por qué la decadencia?
-Comenzó con Tales de Mileto, el primer científico, -aclaró
con sorna- que trató de justificar al universo prescindiendo de los dioses. Un
hereje. Pero, es increíble, el mal se perpetuó hasta el presente. Las
universidades predican nociones extravagantes, alientan la creencia irracional
en estrellas neutrónicas, quasars, agujeros negros. Ignoran los fundamentos de
la realidad: la Vía Láctea por ejemplo no es otra cosa que la leche derramada
de Hera, mi esposa. Por suerte, otras religiones mantienen las verdades de la
revelación, exclusiva fuente de conocimiento; lo único que lamento es que no
sean las mías.
La conversación decaía. Tres coñacs adicionales hicieron
farfullar incoherencias al viejo, en una mescolanza de aqueos y cretenses, Ilión
y Micenas, hoplitas, Palas Atenea y Homero; desplegaba sus miserias de divinidad
fracasada. Dejó de interesarme; con cierta frialdad inventé alguna excusa
apenas cortés y me despedí del olímpico.
Debí confeccionar con premura dinero falso para abonar la
consumición.
Los dioses, oh nostalgia, ya no son lo que eran antes.
Si lo sabré Yo, Osiris.
José
De Ambrosio
Santa
Rosa, marzo de 1990.
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