La sustancia de los sueños


    Publicado en el Suplemento Caldenia del Diario La Arena, de Santa Rosa, La Pampa, el día 4 de agosto de 1991

     adie conoció el origen del fuego. Las llamas ensayaron arabescos y delicados pasos de baile entre los estantes de la biblioteca. Sin crepitar, los libros comenzaron a quemarse. 
    
El terror ígneo arrojó sus dardos; los moradores del papel se estremecieron en la selva, en los mares, en el país de las hadas. Gulliveres, odiseos, ojos que vieron al fénix y al roc: los diminutos ciudadanos de vastos universos clamaron socorro al aire indiferente. En vano repitieron que no debían morir, que su textura de fantasía era el alimento de los sueños. 
    
Algún capitán del espacio se esfumó temprano; don Alonso Quijano resistió, gallardo, hasta el final. 
    
Cuando el dueño llegó, todo había concluido. Permaneció inmóvil, contemplando sus ilusiones trasmutadas en cenizas.

     Esa noche durmió, pero no pudo soñar.

La carrera

Tres cuadras y media