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Regreso a casa en esta tardecita de verano, cansado, sucio, duele un poco la rodilla lastimada, Leandro es más fuerte que yo, qué vivo, a piñas puede ser pero a lucha va a ganar siempre él. Debo volver antes de la noche, papá se enojaría, bah, si son tres cuadras y medias nomás, llegaré enseguida. Arrancó el motor de la Usina, Bernárdez a las ocho en punto (ya las ocho, pero sólo tres cuadras) truntrun truntrun truntrun y como en el primer día según el catecismo la luz se hace, de a poco las ventanas van quedando iluminadas, chau Rubén, era Rubén Guinea en la vereda. No sé a quien le explico, si es Rubén, lo conozco desde chicos, desde siempre, ya me acerco a la esquina del andaluz, la rodilla mejor y arriba la voz de Graciela anunciándonos desde la propaladora a Los Churumbeles de España, a Nicola Paone, joden con este Nicola Paone, cada vez que viajamos a Santa Rosa mis tíos dale con el tano. A veces quisiera ser grande así dejarían de tratarme igual que a un nene, cargadas y todo eso. Mis primos, digo. Si fuera qué se yo, profesor, entonces me dirían doctor de acá y doctor de allá mucha reverencia y minga de bromas, la cafetera de mi vecina gluglú gluglú qué boludez esto de Nicola Paone. Hoy no voy por lo de Tomasini, espero ver a Betty, cruzo la calle hacia lo de Luvansky, el consultorio donde cosió mi cabeza cuando caí lastimado en lo de Cholo y aguanté sin llorar y después mis primos me llamaban Mate Cosido, por ese personaje de los circos Mate Cocido, tal vez con cuarenta y pico de años estaría bien, me parece, usando traje y entonces Doctor Galletti, qué gusto verlo, el gusto es mío, ahí está, adiós le digo a Betty parada en su puerta, de pronto el calor en mi cara, es tan linda pero más grande que yo, y otra vez lo mismo, si fuera mayor. Ahora viene el local del recibidor de granos, el que quemó el galpón para despistar porque había robado, si lo sabían todos en el pueblo, hasta lo de la vela y el vasito plástico con nafta, un gil dijo papá, le dieron treinta años creo, cómo será el mundo dentro de treinta años, puede ser que cada uno vuele como Superman, o mejor Comando Cody con un cohete en la espalda un saltito y pum a elevarse, apuráte Ernesto qué lento me muevo hoy, estoy muy cansado y la paliza de Leandro. Por qué me vengo a acordar cuando subí al tapial, Betty y el Tero en el patio, ella con la pollera levantada, me corre como un cosquilleo aquí. Tal vez algún día conmigo, qué sensación extraña, como un temblor. Pero me gusta. En el hotel de la Ñata, el Gran Hotel Imperio, están preparando la cena, por las ventanas se va viendo movimiento, como un tren pero el que pasa soy yo, lo de costumbre, algunos viajantes, la Ñata a las puteadas, a mí no me gustaría ser viajante, yo quiero estudiar, ir a Buenos Aires a la Universidad, chau doña Luisa bien y usted, y después venir recibido, serán dados, casarme con A, porque me voy a casar con una mujer llamada con A, digo desde que ví Si muero antes de despertar, y tendré dos hijos varones. Distinto de mamá, pobre, entre mi hermanito y yo tuvo a mi hermana que se murió. De meningitis, dijeron. Se fue quedando quietita y. Ahora sí, ya doblo la esquina, falta menos de dos cuadras y aún no me atrapó la noche, creo que compraré un buen auto, mamá no volvió a ser la misma, si todavía existen los autos, saldré a pasear con mi esposa y mis hijos, las calles van a estar asfaltadas, como si las viera, y habrá electricidad todo el día, qué bueno, con la radio de onda corta podré escuchar los partidos. Auspicia Palmolive de lujo. El camino parece estirarse, me está costando avanzar en esta vereda de goma, los pies de plomo de esos sueños en que uno quiere salir corriendo y queda clavado en el lugar, qué fastidio, mañana retiraré el traje azul de la tintorería para ir a trabajar, qué estoy diciendo si acá en Cáceres no hay tintorerías, ni menos voy a trabajar, ah sí, claro, estaba viajando a los cuarenta años y trabajando de profesor, tengo mucha imaginación aseguran todos. Paso por lo de Buonaparte, bautizó Napoleón a su hijo el viejo loco, adonde todos los santos días voy a buscar los zapatos jamás arreglados, una bronca cuando mamá me manda, protesto pero al aire, de grande voy a dirigir a todos y no iré a la zapatería, además voy a ser dueño de muchos pares. Y de charol. No sé qué pasa, ya tendría que estar llegando a casa y no la veo, ni siquiera asoma el boliche del Cholo y, esas cosas del anochecer, la tierra de la calle parece oscura, color asfalto, pongo empeño y no adelanto, no hay caso, tengo que esforzarme, cargar todas las energías en mis piernas dar el salto y ooop, ya estoy, por fin, caigo aquí en el sillón, cuarenta y ocho años, profesor de filosofía y letras, dos hijos, y Ada con cariño preguntando qué voy a almorzar. Entonces con disimulo me froto los ojos como cansado para que no pueda ver mi llanto. Santa Rosa, abril de 1997
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