Inédito. Como las de Zenón, la del condenado es una bella e inquietante paradoja. Este artículo es un intento de abordarla y explicarla.
LA PARADOJA DEL CONDENADO
arménides de Elea desconfiaba de la imagen del mundo que le trasmitían
sus sentidos. Investigando con la sola herramienta de la especulación pudo
conjeturar un ser impar, eterno, inmutable, inmóvil, infinito; esa uniformidad
monstruosa, monótona hasta la repugnancia, era la totalidad, el universo.
Imposible, para tal concepción apriorística, la existencia de un cosmos
distinto. Sin embargo allí estaban, para desmentirlo, las formas, los colores,
los sabores, las melodías. La conclusión de Parménides fue inevitable: el
mundo de la percepción era un simple engaño de los sentidos, una apariencia,
un simulacro.
Ingeniosamente Zenón, su discípulo, reunió pruebas de la doctrina. Acuñó,
con precisión y maravilla de prestidigitador, las paradojas que portan su
nombre. En los meandros de la historia, quizás entre los fuegos de Alejandría,
algunas se perdieron para siempre; las que atravesaron los siglos continúan
brillando: Aquiles y la tortuga, la flecha, el estadio, el trayecto (imposible)
entre dos puntos cualesquiera.
Tras la distancia de las épocas, Jorge Luis Borges arguyó en su apoyo: "Zenón
es incontestable, salvo que confesemos la idealidad del espacio y del tiempo.
Aceptemos el idealismo, aceptemos el crecimiento concreto de lo percibido, y
eludiremos la pululación de abismos de la paradoja. ¿Tocar a nuestro concepto
del universo, por ese pedacito de tiniebla griega?, interrogará mi lector".
Y también: "Nosotros -dijo-
(la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos
soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el
tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios
de sinrazón para saber que es falso".
Resulta estimulante que todas las paradojas produzcan, luego del inicial
deslumbramiento, un efecto superior: alimentan la esperanza de que el mundo sea
irreal.
La paradoja del condenado contribuye a esa esperanza.
De las varias formas en que ha sido formulada, la del sentenciado a
muerte es, probablemente, la más conocida. Un rey (o un juez cualquiera) de
sinceridad y honestidad reconocida, pronuncia su fallo: "Una mañana de
este mes serás ejecutado, pero no lo sabrás hasta esa misma mañana, de modo
que cada noche te acostarás con la duda, que presiento terrible, de si esa será
tu última sobre la Tierra".
En ese momento, o luego en su celda, el reo capta una contradicción
fundamental. Si el mes tiene 30 días, es evidente que no podrá ser jamás
ajusticiado el día 30, ya que el 29 por la noche tendría la certeza de que la
mañana siguiente habría de morir, lo que se contrapone con los propios términos
de la sentencia. Esto es irrefutable. De modo que el día 30 queda absolutamente
eliminado como posible. Entender esto cabalmente es, ya, vislumbrar la paradoja.
Descartado el treinta, el condenado arguye: el 30 está vedado para el verdugo,
porque violaría la letra y el espíritu del fallo condenatorio -el 29 por la
noche ya no tendría yo duda alguna-, así que el último día posible es el 29.
Pero entonces, el día 28 por la noche tendré la certeza de que por la mañana
seré ejecutado, lo que también contradice la sentencia. Deberé descartar
igualmente el 29.
Es innecesaria la tediosa repetición del razonamiento para el resto de
los días. El prisionero -o su abogado- concluye triunfalmente que la condena es
de ejecución imposible, y comienza a dormir aliviado, aguardando que transcurra
el mes para pedir su libertad. ¿Quién, en su lugar, no alimentaría iguales
especulaciones?
Sin embargo, sorpresa, un día cualquiera -digamos el 12 o el 15 del mes-
el verdugo, con el hacha afilada en la mano, despierta al reo. Instantes más
tarde es decapitado.
La sentencia se cumplió literalmente.
El planteo paradójico salta a la arena ¿dónde falló el razonamiento
del prisionero?
Se han ensayado respuestas diversas, no todas satisfactorias.
Particularmente descreo de la suministrada por Martin Gardner: enfocándola
desde un ángulo distinto, sostiene que aunque el lapso temporal fuera tan sólo
de un día, la incertidumbre se mantendría en toda su fuerza, ya que siempre
habrá de dudar el condenado sobre la veracidad del fallo.
Pienso que eso es saltar fuera del campo de juego. El atenerse
literalmente a los términos en que la paradoja se formula excluye dudas sobre
el cumplimiento de la palabra del sentenciante o factores azarosos.
John Allen Paulos menciona una variante, la contenida en el cuento de
Robert L. Stevenson "El diablo de la botella": el genio encerrado en
ella cumple todos los deseos de su poseedor. La única condición es que luego
la venda a un precio menor al de compra (la sanción es la pérdida de lo ganado
con la accesoria de reclusión en el infierno por tiempo indeterminado). Se
pregunta Paulos cuánto pagaremos por una botella así. "Está
claro, dice, que no la compraremos por 1 centavo por que entonces no podríamos
venderla a un precio inferior. Tampoco la compraremos por 2 centavos porque
nadie querrá comprarla luego por 1 centavo por el mismo motivo. Tampoco daremos
3 centavos por ella, pues la persona a la que tendremos que vendérsela por 2
centavos no la podrá vender por 1. El mismo razonamiento -ya
lo descubrimos-
puede aplicarse al precio de 4 centavos, de 5 centavos, de 6, de 7, etc.".
La inducción matemática, añade, demuestra concluyentemente que no la deberíamos
comprar por ninguna cantidad. Sin embargo, es casi (preposición que yo eliminaría)
seguro que la compraríamos por 1000 dólares. Y formula la pregunta final, que
suena conocida "¿En qué punto se
vuelve convincente el razonamiento que desaconseja comprarla". Aquí la
utilización de la inducción matemática parece eliminar el factor de
incertidumbre que introducía Gardner.
Creo que la solución pasa (al igual que en las paradojas de Zenón -en
cuanto el análisis individual de cada paso de Aquiles y de la Tortuga es
distinto del análisis global de los movimientos, desde la perspectiva del
continuo-, y la del anfibio -por las variaciones infinitesimales entre una
individualidad y otra, pero con un cambio total entre ambos extremos-) por la
noción fundamental de que no es lo mismo el día 30, más el día 29, más el día
28, etc., que "el mes" o "la semana". Un conjunto es
diferente y contiene cualidades distintas de la mera adición de sus partes. El
conjunto tiene cualidades que sus componentes individuales no tienen. El
conjunto "el mes" tiene la cualidad de contener "días
sorpresivos", cualidad que no
tienen individualmente sus días componentes.
Hacia el siglo III ó IV de la era cristiana, el filósofo chino Hui Tzu
afirmaba que un caballo bayo y una vaca parda eran tres: el caballo, la vaca, y
el conjunto de caballo y vaca.
El razonamiento no es pueril. Disfrazado y presentado de modo más
complejo constituye la paradoja del condenado.
La comprensión de las características diferenciales de un conjunto con
respecto a las de cualquiera de sus componentes lleva a la resolución de esta
paradoja. El análisis individual, día por día, por parte del prisionero es
tan irreprochable como el análisis de Zenón paso por paso de Aquiles. El
defecto de su argumento aparece cuando atribuye al conjunto ("este
mes") las mismas y exclusivas cualidades que poseían sus partes (cada día),
no advirtiendo que el conjunto "mes" ha incorporado características,
tiene algunas que no poseían aquellas, entre otras la de contener días
sorpresas.
Ignoro si esta indagación es apropiada. Es muy posible que admita
refutaciones quizá elementales. Pero la incertidumbre de mi respuesta no empaña
la virtud esencial de la paradoja: entretiene al agnóstico, le suministra
esperanzas o al menos diversiones en esta aburrida, tonta, estólida serie de
causas, efectos, leyes físicas y repeticiones cotidianas.
Santa
Rosa, agosto de 1993