"Inédito. Tres cuentos de ciencia ficción que, como la Trinidad, conforman uno solo"
LA
ETERNIDAD INVENTADA
n
el lejano país de Sumer cantaron la leyenda de Gilgamesh, aquel precursor que
6.000 años atrás propició la rebelión contra la muerte inapelable. En otro
tiempo y otras tierras, los alquimistas medievales quemaron sus noches sin
acertar con el compuesto preciso que imposibilitara la vejez, el ansiado elixir
de la eterna juventud.
Ambos sueños enlazados (la inmortalidad es
impensable sin la juventud eterna; la idea de la aniquilación es más tolerable
que la decrepitud incesante, infinita,) dejaron huellas en la cultura de todos
los pueblos; emergen en religiones y leyendas. Desde el venerable ancestro
sumerio, la literatura ha ministrado sobrevida a varias criaturas, con ficciones
conocidas.
La ciencia ficción esgrimió sus armas contra
la muerte, algunas prodigiosas. Bioy Casares, Lafferty, Poul Anderson, ensayaron
eternidades admirables, pero quizás ninguna como la de Philip J.Farmer que
resucitó a los treinta y seis mil millones de personas que transitaron por este
planeta, a orillas de un río casi ilimitado.
Me propongo cotejar una trilogía de relatos del
género que exhiben estructura y elementos comunes: "Incursión aérea"
de John Varley –llevado al cine como Milenium-, "Intenta cambiar el
pasado" de Fritz Leiber -de la serie de la Guerra del Cambio- y "Bajo
las cenizas" de Gerald Klein.
En los tres cuentos, poco antes del deceso de un
ser humano (que ocurrirá en variadas formas: un accidente aéreo, un tiro en la
frente, una explosión atómica), surge desde el futuro un redentor que lo libra
de su destino inminente extrayéndolo de su línea temporal y trasladándolo, a
través de un pasaje "ad hoc", fuera de su continuum; en su lugar,
para morir, coloca a un doble o zombie que vive los últimos instantes y brinda
un aceptable cadáver que impide una modificación significativa en la cadena de
la realidad.
Comparar las soluciones que para cada dificultad
diseñaron los autores no es más que un juego lúdico: deplorablemente no
revelan al alquimista moderno el secreto de la eternidad.
Mientras Klein pretende salvar a toda la
humanidad, los restantes escogen a unos pocos privilegiados. Tanto él como
Leiber otorgan la eterna juventud, fuera de este tiempo, a los rescatados;
Varley se limita a evitarles la muerte inmediata (en el cuento, segundos antes
de que se estrelle contra una montaña el avión en que viajan) para ofrecerles
el envejecimiento y la muerte en circunstancias distintas.
Se preocupan los autores por no conmover
bruscamente la historia. La expedición que asalta la aeronave en "Incursión
aérea" instala dobles apreciablemente similares, reproduciendo
"empastes dentales, huellas digitales, altura, peso, color de
cabello". Son seres humanos del futuro, con los parásitos del cerebro vaciándoles
la inteligencia (parásitos innominados que conjeturo ya actúan entre nosotros,
a partir de sus efectos visibles en buena parte de la humanidad). Los
reclutadores de Leiber, Serpientes y Arañas, extirpan al nuevo agente de su línea
de vida, en forma de un Doble; de hecho pueden extraerse innumerables Dobles de
la misma persona -es el eje argumental de "La mañana de la condenación",
otro relato del mismo ciclo- En "Bajo las cenizas" un rescatado le
plantea a su salvador -una máquina- que la recuperación de los cuerpos socavará
al tiempo. Se le informa que el efecto es eludido permutándolos por copias
exactas "hasta en sus moléculas". El recurso, reiteradamente empleado
para anular paradojas evidentes, tiende a superar una de las mayores
dificultades teóricas en las manipulaciones del curso temporal.
Como hipótesis, toda variante que se interpole
en el acontecer "normal", por mínima que sea, puede turbar al
universo entero. Suele recomendarse a los viajeros temporales de la ciencia
ficción, basándose en ese razonamiento, que no introduzcan modificaciones en
el medio circundante. Bradbury exploró la idea en "El ruido de un
trueno"; el efecto bola de nieve, en su versión, logra que la destrucción
de una mariposa en el pleistoceno altere las tendencias pacifistas de la
humanidad, al cabo de los milenios. Leiber lo refuta casi explícitamente en
"Intenta cambiar el pasado":
"¿Borrar
las conquistas de Alejandro dando un ligero puntapié a un guijarro neolítico?
¿Extirpar América arrancando un brote de grano sumerio? ¡Hermano, así no es
como funciona, en absoluto! El continuum espacio temporal está hecho de una
materia testaruda, y el cambio lo es todo menos una reacción en cadena.. .¿No
han oído hablar nunca de la reluctancia temporal, o de la Ley de la Conservación
de la Realidad?".
El interés de los escritores por no permitir secuelas
incongruentes al intervenir en una determinada sección temporal, no se ha
extendido a otras cuestiones tanto o más paradójicas como la limitada aptitud
de almacenamiento de las neuronas. Del grupo de relatos comentados, sólo en el
de Klein se plantean las consecuencias de la vida eterna para un cerebro con
capacidad finita. El hombre por salvarse plantea al autómata la saturación que
le producirán los recuerdos al cabo de mil o un millón de años. No habrá
neuronas vírgenes, la cinta de grabación no tendrá espacios vacíos, no
quedarán bytes disponibles. Entonces nada podrá asimilar, nada aprenderá;
quedará (dice):
"...bloqueado en mi pasado, prisionero
de mi memoria, muerto de otra manera, muerto ambulante...".
La idea fue explorada hasta sus raíces por
Borges, inigualable en las extrapolaciones de lo insospechado. En "Funes,
el memorioso" contó de una
memoria deforme que excluía al pensamiento, sustituyéndolo por recuerdos.
"Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras".
En "El inmortal" reservó para Homero, superviviente de los siglos, sólo las palabras, ni siquiera las imágenes del recuerdo.
"Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos".
Ese precio impagable, abominable, quita atractivos a la vida
eterna. Que llegue un tiempo en el cual la mente entera esté ocupada por
memorias, impone ese instante como límite deseable para la sobrevida. Más allá
ya nada se percibe, se revisan continuamente los residuos acumulados. Recuerdos
de recuerdos. Y no hay más.
La última reflexión de Klein no es menos
desoladora. Toca la fibra íntima de nuestros desdichados destinos, el temor, la
amarga soledad individual. El protagonista, a punto de obtener la inmortalidad,
inquiere con angustia a su liberador:
"-Seré un extranjero perdido en un mundo desconocido".
"-Ya le sucedió una vez-",
es la respuesta.
Santa Rosa, l3 de octubre de l990.