La carrera

 

Inédito. Una conocida paradoja trasladada a los campos pampeanos.

     ubio, casi descolorido, el pelo de Yolando. Minucioso, rastreé a Gemebunda entre los enanos de piedra y los rosales del jardín que tía Flora protegía en medio de la pampa; se la exhibí. 
    
-A que no le ganás. 
    
Canicas de vidrio, de las buenas, sus ojos me miraron interrogantes.  
    
-Una carrera, te digo. Lo único distinto es que le das ventaja. A ella la ponemos a la altura de aquel eucalipto, el grande, y vos salís desde acá. La carrera es hasta la tranquera. Eso, nomás. 
    
Parménides, Hermes Trimegisto, Kepler, el I Ching, Galileo, pensamiento racional y pensamiento mágico indagando la realidad no aparencial. Años encorvado sobre los libros secretos; era el momento de experimentar.
    
El rusito me miraba de soslayo, esperando la broma agazapada. Se movió inquieto, primero sobre un pie, luego sobre el otro, la camisa a cuadros afuera de la bombacha bataraza, dibujó garabatos en la arena. Era velocísimo; diariamente corría tras sus galgos por el campo persiguiendo liebres reales o imaginarias, acariciando apenas los pastos con sus alpargatas, volando sobre las rosetas, Mercurio autóctono paseando por las pampas. Y ahora yo con una tortuga. 
    
-Y, bueno, si a usted le parece. 
    
Disimulando mi alegría fui hacia el camino de las lecheras. Saqué piedras, barrí las bostas con unas ramas, arranqué matas de pasto puna; dos vacas me contemplaron hieráticas detrás del alambrado. Con el pie tracé una perpendicular sobre la tierra y paré a Yolando detrás. A unos veinte metros más allá, en dirección a la entrada, coloqué a Gemebunda. Observé, igual que en las cuadreras o en las carreras de galgos, que todo estuviera en regla; estudiaba cómo lograr que la mascota obedeciera la orden de largada cuando me solucionó el problema: comenzó, tranquila, a caminar hacia la tranquera. 
    
Cagliostro y Nostradamus. 
    
-Ahora- le grité al muchacho. 
    
No vaciló. De un salto partió como hondazo hacia la presa. A las dos zancadas comencé a dudar, a esa velocidad no habría ventaja que perdurara. Gemebunda avanzó apenas unos centímetros y su perseguidor ya se acercaba estirándose en cada pierna. El animal un paso y el peoncito una ráfaga; las alpargatas hélices apenas si levantaban tierra, las distancias se reducían en forma directamente proporcional a la velocidad de avance, hasta allí en ortodoxa geometría euclidiana. Pronto, en cuatro trancos, Yolando alcanzó la otra línea, la de partida de la tortuga. Pero mi favorita progresaba impertérrita un par de pasos adelante, rumbo al infinito. Se esforzó el corredor por darle alcance, brotaron gotas en su frente, el cuello tirante, queriendo decolar en sueños de Icaro. Y no llegaba. Trabajosamente arribó al segundo nivel, el que tenía Gemebunda cuando él rebasó su línea de partida, pero ella, tenaz, se bamboleaba un poco más lejos. 
    
Con paso cansino Puk, el perro ovejero de la tía, se acercó como distraído. Sin prisa buscó ubicación hasta que se acostó junto a un cardo, la cabeza entre las patas, espectador de lo imposible. 
    
El peón se tendió en el aire, faltaba tan poco, por un momento sus ojos me buscaron, desconcertado. Reforcé el conjuro, pronunciando las palabras cabalísticas. Se estiró, cada tendón a punto de estallar, el reptil a pocos centímetros, los movimientos del pequeño atleta se proyectaban -sonoras guitarras de western- en una especie de cámara lenta, los trancos majestuosos, primer plano de piernas extendidas, primerísimo de rostro enrojecido; ahora un noticiero de cine mudo, el ruso en ralentiseur, casi flotando en una suspensión de las leyes físicas para albergar en cada una de sus extraños desplazamientos a una legión de sospechas metafísicas, a siglos de humanidad luchando contra la alucinación amenazante en una simple carrera entre un hombre y una tortuga. 
    
Dos palomas y después unos chimangos sobrevolaron la pista planeando en círculos, biplanos de reconocimiento de la Primera Guerra, registrando cuidadosamente las maniobras allá abajo para informar a algún oculto Rey de los Pájaros, a su ignota Torre de Control. Pero ninguno sobrepasó la línea del quelonio, aceptando las leyes de ese juego propuesto dos mil quinientos años atrás en tierras de Elea. 
    
Gemebunda, imperturbable, proseguía con ceremoniosos gestos de reptil, adelantando metódicamente sus patas, firme el caparazón, apartándose a cada instante de su posición anterior. El improvisado aquiles bicicleteaba en la nada, se debatía en un cosmos que trampeaba sus leyes, trasudaba la angustia onírica de correr siempre en el mismo sitio. Comencé a alentarlo, deseando a mi pesar romper el destino, vencer a la lógica y a la bestia, ayudar al humillado. 
    
-Vamos, dale que ya la tenés. No seas flojo, galgo, mirá si no le vas a ganar a una tortuga. 
    
Multiplicó su esfuerzo, pero cuanto más cerca de su rival parecía más morosos eran sus movimientos, diluyéndose en una virtual quietud. Percibí que el tiempo había aminorado, que el polvo no descendía nunca, que casi no respiraba, que mis ritmos vitales cesaban como castigo a esa intromisión en enigmas prohibidos. Desde el aromo más cercano me llegó un arrullo de paloma: grave, varias octavas más bajo, lentísimo. Figuras petrificadas, las vacas y Puk componían más allá una inánime pintura rural con fondo de caldenes. Entonces sentí temor, comprendí que el cosmos fenoménico se ajustaba al ser real, reaccionando ante la intrusión; supe que la función debía terminar. Retiré el conjuro eleático. Vibrantes acordes finales y abajo el telón.      
   
-Ya está bien- grité. 
    
El rusito sobrepasó como un cohete al animal. 
    
Y la paloma fue según galileo, y las manzanas fueron según newton, retornamos a un mundo donde los peones alcanzan a las tortugas y las flechas llegan a destino. Yo había vendido miserablemente a Zenón por las tristes monedas de esta confortable irrealidad.  

Santa Rosa, marzo de 1997  

Reflejos

La sustancia de los sueños