El designio velado

 

 I

          uego de la invocación ritual a los dioses y habiendo recogido unos mínimos pertrechos yo, Euribíades, hijo de Aristeo y Alcmena, emprendí el camino a Elatea. Alto ya el sol partí de Tebas; sobre mi cabeza giró una bandada de palomas: interpreté un presagio favorable. Mi corazón palpitó de júbilo al caminar la llanura beocia: era el tiempo de la germinación y los cultivos cubrían la tierra. Olivos y laureles, tilos y encinas, ornados con ovejas y cabras que pastaban en pequeñas majadas, pintaban en mis ojos la alegría del paisaje. Había llovido en la víspera y un húmedo aroma de tierra y vegetales me envolvía. En los olivares los esclavos desbrozaban, quitaban piedras, las espaldas relucientes. Muchos cantaban y al pasar los acompañaba yo en sus tonadas; con el brazo al cielo alguno me saludó. 
    
Proyectaba culminar la jornada en Tespias, continuar el día siguiente hacia Queronea y allí, donde las rutas se bifurcan, tomar el rumbo de Elatea. Por tercera vez recorría el trayecto; mis sandalias reconocían las piedras inmutables. De niño viajé con mi padre y aprendí feliz los olores y colores del sendero. Años más tarde lo caminé con mi amigo Harmodio, el poeta, acudiendo al oráculo de Delfos. Alegres e irresponsables, nos reíamos de los dioses; en el templo desdeñamos la críptica alusión de la profetisa a una muerte inminente. Ese mismo invierno Harmodio fue arrollado por el carro de un borracho. Durante los tres días de su cruel agonía recordé, con amargura, el oscuro vaticinio. Aunque indiferentes a nuestras vidas se muestran las deidades del Olimpo, desde entonces respeto su voluntad. Más aún tras el enigma de la Hostería del León.

    
Enrojecía el horizonte cuando pisé los suburbios de Tespias. Inquirí a un anciano del lugar por alguna hostería. Agitando su bastón, me describió dos o tres.
    
-Pero si aspiras a una estadía agradable, viajero, la Hostería del León es el sitio -sus encías desnudas sonrieron-, buen vino, mejor comida y mujeres que te embriagarán con su danza; si abres la bolsa alegrarán tus sentidos, tu me entiendes. El posadero, Fidión, es buen hombre, aunque gruña y declare insuficiente lo que puedas pagarle; habrás de disputar por el precio justo.
    
Me derramó sus consejos, entre los que pude rescatar las indicaciones para llegar. Le agradecí y, dando un suspiro, me dirigí al hostal. 

    
El longevo no pecó de la exageración beocia. Un fresco y atractivo salón me recibió: plantas y flores bien distribuidas realzaban los tapices de las paredes; un gran mural revivía una fiesta dionisíaca donde uvas, laureles y mujeres se ofrecían, casi reales. Desde una puerta lateral acudieron los amos, Fidión y su esposa. Vestían con sencillez y limpieza; el hombre la doblaba en volumen, y su rostro era agradable, tal vez por la sonrisa que descubría dientes grandes y separados. Los rasgos afilados y nariz destacada de la mujer no disminuían su gracia; le atribuí el buen gusto en la decoración del lugar. Fidión hablaba y gesticulaba en forma ampulosa; conversamos según las formas, del tiempo, de los últimos juegos, de mi viaje.
    
Evité con cuidado suministrar datos precisos.

    
Cuando manifesté mi intención de comer y pernoctar, Fidión elevó ambas manos. 
    
-Has arribado en buen día, forastero. Mi humilde casa alberga hoy caminantes de toda la Hélade. Por la noche, en este salón, podrás disfrutar de música, comidas y bebidas en abundancia. 
    
Regateamos el precio del hospedaje; habiendo declarado con solemnidad y poniendo a los dioses por testigos que era un robo, pagué las monedas convenidas. Me condujo el hombre por el patio interior hacia una escalera que llevaba a la habitación del primer piso. Un catre con estera de cañas, un pequeño arcón, una tinaja con agua y una banqueta colmaban el cuarto.
    
-Prefiero dormir sobre una manta en el tejado, al aire libre. El tiempo es caluroso -expliqué.
    
Se encogió de hombros y se marchó haciendo crujir las escaleras, murmurando sobre ciertas costumbres extrañas.

 II

      Las estrellas engalanaban las alturas cuando bajé al salón. Al discreto resplandor de las lámparas se alternaban luces y sombras, dibujándose entre esos claroscuros rostros, manos, copas, ojos, como emergiendo de la nada. Fieles al anuncio de Fidión, varias personas se distribuían en el recinto. Descollante en el centro, cual Heracles entre niños, un hombre de notable altura, rostro rubicundo y túnica lujosa, ostentaba sus lechuzas de plata reclamando más y más vino, que las esclavas se apresuraban a escanciar (ah, Creotas, Creotas el mortal, sombra entre las sombras). Por sus ropas y lenguaje identifiqué a un eupátrida ateniense. Permanecí unos instantes contemplándolo, con un vago recuerdo oscilando difuso, que pronto sospeché un engaño de mi memoria. En un rincón una mirada felina me provocó un rechazo instintivo: emergía de un pálido individuo al que presumí espartano, lo que más tarde habría de confirmar. A un costado se reclinaba un matrimonio bien ataviado, con un niño por compañía. Pude distinguir a un rapsoda itinerante y algunos grupos menores, de Tesalia o de Beocia, además de un músico que más allá tañía su cítara quedamente.
    
Me senté sobre unos cojines y llamé a las doncellas por bebidas. 
    
Escasa era la arena que derramaron las clepsidras cuando el matrimonio se irguió y se aproximó a mí. Con una sonrisa me interrogaron por el sitio vacío a mi lado; otorgué mi anuencia y tomaron asiento, augurándome la protección de los dioses. Se identificaron como cretenses. Ya lo sabía este relator, que minucioso registraba los detalles: ella portaba un traje ceñido que marcaba la estrechez de sus caderas y los cabellos artísticamente rizados en alto peinado, llevaba pintado su rostro y estaba depilada con cuidado, al igual que su esposo, todo según la costumbre cretense. Experimenté una rápida simpatía ante sus nobles facciones y modales dignos. 
    
-¿Sigues el camino a Delfos, viajero? -me preguntó con desenvoltura la mujer, cuyo nombre era Arsinoe.
    
-Mis sandalias que tanto han andado, allí me conducen. ¿Lleváis el mismo itinerario? -prefería ser yo quien interrogaba.
    
El marido, Tireo, respondió con perceptible duda.
    
-Ansiamos consultar a la pitonisa -se miraron fugazmente- sobre el futuro que los dioses deparan a nuestro hijo.
   
Mientras se acercaban, había advertido que el pequeño cojeaba levemente; comprendí el motivo de su aprensión. Incómodo comencé una conversación insustancial. 

    
Poco más tarde se agregaron a nuestro grupo dos corintios; Lideas, robusto y bien parecido, y Aetón, de femenina delicadeza. Los viajes y los pueblos no perturbaron mi entendimiento: me resultó evidente la doble naturaleza de su relación. Declararon ser mercaderes que recorrían la región para adquirir a los campesinos sus cosechas de aceites y vinos por adelantado. En mi vida había oído yo de semejante comercio, aunque conocía la industria del aceite de oliva.

    
-¿Cómo puede negociarse sobre lo que aún no existe? No es más que comprar una esperanza -interrogué estupefacto.
    
-Compramos esperanzas, en efecto rió Lideas-; es una modalidad usual en otras comarcas, sobre todo con los granos, y resulta extraño que no la conozcas, tu que por tu aspecto has visitado tantos sitios. 

    
Sospeché la ironía escondida en sus palabras.
    
-En realidad, mercader, un hombre puede anclar en muchos puertos y sin embargo no discernir lo contiguo, si no sabe mirar -contesté molesto. Creyéndome sagaz, ignoraba cuánto de mi pretenciosa frase me era aplicable en ese mismo momento.
    
Corintios y cretenses se enzarzaron en una amable controversia sobre las bellezas de sus regiones, con preguntas cruzadas sobre geografías, puentes o acueductos. Sin exhibir interés presté oídos a todo lo que se describía, formulando ocasionales consultas sobre la opinión pública o los gobiernos. Al considerar agotada la conversación fui a sentarme junto a aquel destacado viandante que manifestó llamarse Creotas.
    
No tardó en subyugarme su discurso. Con voz tonante peroraba sobre el destino de los hombres, juraba que el sonido de los carros de guerra y el choque de mazas y espadas era la mejor música, frente a la cual la de ese pobre tañedor de cítara sonaba como el ladrido de perros enfermos.
    
-La guerra no es una cuestión privada de los soldados, es el remedio para todos los males de los pueblos. Sólo así se alcanza la suprema belleza- pregonó de manera pomposa. Rememorando sus frases reniego de mi ceguera. 

    
Sólo suspendía su monólogo para oír mis respuestas al interrogatorio que intercalaba entre altisonantes sentencias. Displicente inquirió sobre mi origen, mi destino, y las características de mi ciudad. Sin explayarme, le devolví cada una de sus preguntas y alguna más. Me palmeó entre carcajadas dos o tres veces, festejando quien sabe qué expresión de mis labios. Con un guiño me indicó al espartano que continuaba inmutable. 
    
-Hay formas muy alejadas del ideal de belleza. 
    
Prosiguió con sarcásticas referencias a los comerciantes, llamándolos injuriosamente hijos de Hermes y hermanos de Lesbos. 
    
El caldo con ajos y cebollas y la carne asada avivaron mi sed, que no sacié en toda la velada pese a las abundantes libaciones. El espíritu de Dionisio fue inflamando mi ánimo y deteriorando mi compostura. Al danzar las bailarinas mi lengua se desató, rivalicé con Creotas en aplausos y gritos de estímulo, aunque las carcajadas del ateniense superaban todos los sonidos del salón. Avergonzado observé que el matrimonio se retiraba con visible disgusto; recordé que los cretenses no se emborrachan porque es grosero a sus ojos. El espartano se conservaba aislado, impasible, en su rincón; no lo vi aplaudir, ni siquiera sonreír, sólo bebía con lentitud. Rehusó con un gesto el ofrecimiento de más vino. Cuando el baile cesó y un flautista inició sus melodías me sentí embotado; al incorporarme con torpeza derribé una copa. 
    
Con el calor en el rostro, me retiré a dormir. 
    
El vino, que a otros ayuda, no me depara sueños profundos. Por un tiempo que no puedo medir oscuras pesadillas me afiebraron: inquieto, me revolví una y otra vez, suspendido en una niebla irreal. Enfrenté el cruce de la Estigia y sufrí el terror de no portar el óbolo; las sombras del Hades escondían amenazantes monstruosidades. Vagas presencias flotaron a mi lado; confuso, creí entrever pies alados y escuchar ásperas disputas. Oí repetir mi nombre. Me despertaron bruscas sacudidas; entre brumas percibí a Fidión que me llamaba echando su aliento en mi cara. 
    
-¡El espartano! ¡El espartano! -repetía a los gritos. 
    
-¿Qué pasa con ese perro? -interrogué hosco. 
    
-Está muerto. Le cortaron la cabeza. 

    
Ceñí mi jitón y lo acompañé por los pasillos. Aún no amanecía; en el tejado un gallo comenzó su saludo a Apolo. El espartano yacía en el suelo de la habitación. Mejor dicho, los dos trozos del espartano: la cabeza a varios pies del tronco, como estatuarias ruinas. La sangre adornaba el espectáculo: su puño cerrado, el brazo doblado en la maldición final.

 III

       Somnolientos y malhumorados nos reunimos en el salón. Lideas y Aetón con agitaciones nocturnas grabadas en sus rostros; Arsinoe y Tireo sus manos entrelazadas a la usanza cretense; la mujer del posadero discretamente ubicada tras un frondoso helecho. El resto fue arribando en silencio, con indiferencia, como si el tema no les concerniera. La muerte próxima pensé, igual que a todos, nos confundía.  
    
Fidión tomó la palabra. 
    
-Mi esclava Laecia oyó ruidos extraños en un dormitorio del primer piso; cuando me dio aviso acudí con presteza. Me encontré con la huella de las Parcas y un espartano menos. De inmediato busqué al huésped más cercano, que era Euribíades, para que confirmara la sangre y la muerte. 
    
Asentí con leve movimiento de cabeza. 
    
Prolongando hasta el exceso una pausa, como los trágicos en la escena, Fidión sugirió sin énfasis, pero sin admitir réplica, la procedencia del homicida.  
    
-Para entrar al patio interior que lleva a los aposentos de huéspedes, desde la calle, hay que atravesar la cocina. No existe otro pasaje; el tejado es inaccesible desde afuera. Tres esclavas dormían en la cocina, Laecia cruzada delante de la puerta; son de mi confianza desde hace años, es insospechable un acuerdo para mentir o silenciar. 
    
Continuó entrecerrando sus ojos, como si elaborara con cuidado lo que habría de revelar. 
    
-Sargos no ladró. No hay que meditar demasiado para concluir que el criminal moraba en esta casa.  
    
Lo oíamos inmóviles, cual columnas de piedra. 
    
Nos miró impasible. 
    
-Un huésped. 
    
La declaración despertó al auditorio. 

    
-
¡Proxeneta! ¡persa!- vociferó Lideas de Corinto saltando con las manos extendidas hacia su cuello.  
    
Veloces, Tireo, el rapsoda y yo nos interpusimos y lo detuvimos sin demasiado esfuerzo. Conducta extraña el apasionamiento del mercader; su reacción era desmedida, sin justificación aparente. 

    
-Calma –dijo Fidión, retrocediendo-, yo no acuso a nadie. Sólo muestro los hechos, y los hechos son claros.  
    
Varios comenzaron a hablar al mismo tiempo. Arsinoe sin elevar la voz, discutía con Lideas. Desde un ángulo, casi en sombras, la esposa de Fidión nos escudriñaba. 
    
Traté de reconstruir lo sucedido. Quizás Fidión ingresó en el cuarto del difunto para robar su bolsa; como éste se despertara, lo degolló. No tardé en desechar tan absurda hipótesis: cada día desfilaban viajeros por la posada, con bolsas seguramente más llenas que la del sencillo lacedemonio. Nunca lo hubiera elegido Fidión, aún de ser un criminal. 
    
El rapsoda se colocó a mi lado y en voz baja sugirió que el muerto pudo intentar abusarse de alguna esclava. Lo rechacé con desdén: un espartano jamás descendería a esos vulgares menesteres. 
    
Rompió su silencio la esposa de Fidión. 
    
-La muerte ha llegado al de Esparta en forma más adecuada a un campo de batalla; debéis considerar que se trate de una ejecución propia de un guerrero. 
    
Un murmullo despectivo ahogó sus palabras. Impensable, aquí no hay guerreros, alcance a oír, y la mujer ya no volvió a hablar. 
    
Vi a los comerciantes susurrar entre sí: en ese instante desconfié de su identidad. Ellos manifestaron ser mercaderes, singulares mercaderes de ilusiones, pero ninguna prueba aportaron salvo sus dichos. Nadie puede, en verdad, reconocer a un comerciante (o a un asesino) por sus rasgos o vestidos; el aspecto de un hombre no refleja sus entrañas.      Arsinoe levantó su mano y así la mantuvo hasta que el rumor de la conversación fue muriendo. Cuando todos la miraron en silencio, con voz serena sugirió lo obvio, aquello que nos cuidábamos de proponer. 
    
-Olvidáis el primer deber de un ciudadano ante un crimen. Debemos dar aviso a los magistrados. 

    
Creotas se desplazó unos pasos hasta el centro del grupo. Con calma, la voz baja y cortante -proceder inesperado en él-, propuso de modo concluyente:  

 
    -Cierto es que nuestro deber primero será avisar a las autoridades. Mas antes sería un acto de prudencia constatar posibles rastros en el aposento del extinto; su puño cerrado puede guardar vestigios valiosos. 
    
Todos asentimos, con la oculta esperanza de hallar elementos que lo explicaran todo. En desordenado desfile marchamos hacia la última morada del lacedemonio.   
    
El cadáver había huido.  
    
En el lugar donde con ojos idóneos examiné al decapitado, el vacío. Por fortuna, salpicaduras de sangre atestiguaban por Fidión y por mí. Nada más. Registramos con esmero innecesario entre el escaso mobiliario de la habitación; no había lugar donde esconder un cadáver. Tampoco pudimos hallar signos de arrastre de un cuerpo. Era inexplicable: nadie pudo retirarlo de la hostería sin atravesar el salón; pero allí permanecimos reunidos desde que conocimos el homicidio. 
    
Decidimos investigar por toda la casa; sala por sala recorrimos sin encontrar muerto alguno, ni una mano o un pie que lo anunciaran. El ánima del asesinado había emprendido viaje al reino de Plutón llevándose su envoltura corporal completa (y el secreto de sus últimos momentos).  
    
En el salón, ya de regreso, debatimos acaloradamente y sin oírnos. La mayoría afirmaba que el aviso a las autoridades nos cubriría de bochorno, se burlarían de nosotros. 
    
-No dudo de la cordura de Fidión ni la de Euribíades –agregó Tireo-, pero quienquiera que oiga su relato, si no exhibimos un muerto, pensará que padecemos el mal de los orates.  
    
-¿Dónde se vio un delito sin víctima?- inquirió con ironía Aetón. 
    
Emergían vivamente las veleidades de la condición humana: los sospechosos no temían al castigo sino al ridículo. 
    
Con suavidad Creotas insinuó el olvido. 
    
-Sólo nosotros conocemos este infausto acontecimiento. Además del relato de Fidión y Euribíades, hemos constatado las gotas de sangre. Es todo lo que resta de este episodio. Cuando las gotas sean lavadas, no quedará ninguna seña, tan solo nuestra falible memoria para atestiguar un hecho incierto. En lugar de una denuncia de resultado improbable, sería más sencillo actuar como si nada hubiera ocurrido. 
    
El silencio descendió pesado como una niebla otoñal. 
    
-Borremos, simplemente, el suceso de nuestros pensamientos. 
    
Ante mi asombro todos, sin consultarse, aceptaron de inmediato (incluso yo).  
    
Hipócritas, adjudicamos sin vacilar al laconio la cómoda -para nosotros- categoría de la inexistencia. No solo la futura sino también la pretérita. Bastaría no pensar en él para quitarle los jirones de su supervivencia, que como la de todos los muertos solo reside en la evocación. Un poco de agua que lavara la sangre y nunca hubo un espartano. 
    
-Al fin y al cabo -meditó en alta voz Tireo- su cuerpo se ha esfumado como tarde o temprano se esfuman todos los cuerpos. 

    
-Eliminar asimismo de nuestro intelecto, amigos, su paso por el mundo -Creotas nos miró uno por uno- es acción de escaso reproche: sólo anticipa un porvenir inevitable. Así como desaparecen los despojos, el tiempo, inexorable, borra el recuerdo de los hombres.  

   IV

       Más tarde, una conversación con el ateniense me ofreció las claves para levantar los velos. 
    
Avanzada la mañana deambulaba por la hostería sin rumbo ni ideas ciertas; encontré a Creotas sentado bajo la galería, mirando inexpresivo a lo lejos. En silencio me senté a su lado. 
    
Sin mirarme ni cambiar de postura, desgranó sus cavilaciones en tono monocorde. 
    
-Sabrás Euribíades que el sino de cada mortal está grabado en las rocas, nadie puede escapar a su moira. Si el desdichado está muerto, bien muerto está y nadie se ha de lamentar. ¿Quién ha visto a un espartano bueno? Los discípulos de Pitágoras, recuerdas, sostienen la relación precisa entre todas las cosas.  
 
    -Mi pedagogo Pesilao –recordé- a quien tanto debo, enseñaba que describen al universo como una trama matemática. Si algún mortal la desentraña podrá dominar el futuro. 
    
-Todo está anotado en el libro de los dioses. Como los números de esos comerciantes corintios, carentes de figuras, ocultan ovejas y aceites, en las grafías del destino permanece la vida misma.  
    
Símbolos, todo es símbolo, pensé. Cada nube, cada gesto. 
    
-Ni las propias divinidades pueden escapar a su hado, y los balbucientes arúspices apenas logran entrever el conocimiento -continuó el ateniense-. Más te diré: desde lo alto, desde el Olimpo, se ve con claridad la carrera. Allí los destinos humanos se entrelazan en el gran poema de la vida. Escrito estaba que Eneas sería derrotado y las murallas de Ilión se abatirían ante los aqueos, y todos contribuimos a que así fuera; conoces el final. No hay un grano de trigo cuya suerte sea indiferente al resto del universo. Nunca sabremos quien de nosotros fue el asesino, como en rigor tampoco conocemos la causa de ninguna muerte. 
    
Alcé mis cejas. 
    
-No, no me son desconocidos el puñal o la peste, Euribíades, sé que son los instrumentos. Pero la causa real ¿cuál es? ¿porqué debemos morir? Ah, amigo, aceptemos los hechos tal como son y no nos rebelemos persiguiendo inalcanzables certezas. Olvidemos este desagradable episodio; no nos ocupemos más. Convídame a beber la excelente cerveza que tienen aquí, mi bolsa está exhausta. 
    
Nos despedimos al siguiente amanecer con amabilidad, yo aún sorprendido del silencio concertado. Jamás volví a ver a ninguno, aunque años más tarde, en una calle de Atenas cercana a la Acrópolis, creí reconocer a Tireo; el hombre pasó con celeridad, desviando su mirada.  

   V

          Ningún enigma dejaba atrás. Con rapidez comprendí lo evidente, lo que quien quiera que lea estas palabras ya habrá inferido: el asesino era Creotas.  
    
¿Quién neutralizó con habilidad la propuesta de Arsinoe de avisar a las autoridades? El nos indujo -sin encontrar resistencia, lo admito- al olvido. Más tarde, en su largo y ostentoso discurso, intentó distraerme de la muerte concreta con patrañas metafísicas -maniobra que, por supuesto, no escapó a mi atención- 
    
Fue él quien con astucia armó acciones de encubrimiento, sembró niebla por acá y olvido por allá. 
    
El odio de atenienses y espartanos añadía otra circunstancia que descartaba a los restantes huéspedes.  
    
Y decisiva era la alusión de Creotas al puño del muerto: ni Fidión ni yo habíamos mencionado el detalle. Solo podía referirlo con naturalidad quien hubiera visitado el escenario del crimen. 
    
En cuanto al motivo final, tampoco constituía una incógnita: el robo de las lechuzas de plata. Pese a su prodigalidad, la bolsa del ateniense permaneció colmada por la noche, detalle que no eludió mi atenta observación. Sin embargo luego del crimen Creotas me pidió que le pagara la cerveza; las monedas se habían esfumado. El robo -¿qué otra explicación?- implicaba una ofensa que se cobraba con la muerte. Todos los espartanos son ladrones y los atenienses suelen vengarse de ellos con crueldad. 
    
Creotas tenía los móviles y la osadía para acabar con el despreciable ladrón.  
    
La desaparición del muerto no era tan inteligible; quizás Creotas, mientras discutíamos, se retiró a sobornar a un esclavo para que lo escondiera. Indagué tanto en esa posibilidad -no pude imaginar otra- que terminé viéndola ante mis ojos como un hecho acaecido. Ah secretos de los hombres, que pueden sustituir la realidad por la imagen de sus deseos.  
    
Otras dudas quedaban atrás pero carecían de importancia: el asesino estaba identificado. No existía misterio.

  VI

       Años después conjeturé que la solución era imperfecta y mis conclusiones presuntuosas y erróneas.  
    
En una barca destartalada que atravesaba el Egeo, mientras maldecía una tormenta que llevaba ya un día y dos noches, la luz de los rayos que Zeus nos prodigaba alumbró mi entendimiento. La cubierta aparecía y desaparecía, y en un instante entendí cómo una iluminación incorrecta desvía la comprensión de lo observado.  
    
No había mirado el episodio de Tespias con la luz adecuada. 

    
En mi niñez, mientras Pesilao me develaba los arcanos de letras y números, intercalaba otras lecciones. Un día mostró una manzana: brillaba apetitosa. Deseé disfrutar su sabor; en el momento que me la alcanzó, mis dientes descubrieron con dolor que era de cerámica.
    
-Desconfía de lo aparente- me dijo entonces.
    
Debí aprender allí que, como instruyera Platón, no siempre la forma manifiesta se corresponde con lo real: espejismos, reflejos, ilusiones, deforman al universo. El mundo entero no es más que sombra del otro, el verdadero. 

    
Examiné nuevamente aquellos sucesos eliminando las meras apariencias, y la realidad hasta entonces desfigurada pudo brillar: supe así que dos veces me vestí de ingenuidad, cuando actué en la hostería y al atribuir la muerte al ateniense. El criminal no pudo ser Creotas. 
    
Porque Creotas nunca existió.  
    
En la Hostería del León convergieron esencias y apariencias. 
    
Aires de guerra recorrían por esos días el territorio heleno. Desde Macedonia, Filipo expandía sus dominios hasta amenazar a la mismísima Atenas. Por la tenacidad de Demóstenes la polis formó una coalición para detenerlo, que agrupaba entre otras a Corinto y a Tebas. El destino de la Hélade estaba en juego.  
    
Una encrucijada de caminos y el azar reunieron un grupo irreal; espías de nuestras ciudades, todos ensayábamos juegos de engaños, sonsacando datos ajenos -inquiriendo sobre puentes, ejércitos, murallas- y escamoteando los propios. Aún potenciales aliadas, las ciudades -como siempre fuera- se desconfiaban entre sí. El único auténtico era Fidión de Tespias, y aún eso pongo en duda. Busqué, con torpeza, alcanzar información; ellos se burlaron de mí, y en especial el que creí Creotas. No los contemplé con el prisma de Pesilao.   
    
Evoqué, entre otros incidentes, que los cretenses se miraron incómodos cuando quise profundizar en los motivos de su viaje, y lo atribuí estólidamente a la enfermedad del pequeño -ahora descreo de que fuera su hijo-. Eran espías, probablemente al servicio del macedonio. 
    
Las claves precisas las hallé desentrañando el pedante monólogo del ateniense.  

    
Todos contribuimos a la caída de Ilión
, había afirmado. Es sabido que los dioses descendieron a librar batalla ante sus muros. Aludió, además, a la visión del mundo desde el Olimpo, mención impropia de mortales. Razoné que la desaparición del cadáver era oscura y la tesis del esclavo insostenible; inverosímil también suponer que Fidión lo ocultara para evitar el desprestigio: yo no me separé de él. La única conclusión admisible era que la supresión del cuerpo se efectuó mediante artes superiores. 
    
A mi memoria acudió el episodio de Delfos y la profetizada muerte de Harmodio. 
    
Los indicios confluían en la misma dirección. 
    
Rememoré que aquella madrugada irrepetible soñé con discusiones y pies con alas. ¡Hermes! Quien otro sino el de los pies alados, el heraldo de los dioses. No eran sueños. En el tejado, a mi lado, debatió mi suerte -no la del espartano, que ya estaba echada- con otro olímpico. Ellos repitieron mi nombre, recordé, antes de que Fidión me despertara. Esa noche en mi incapacidad había rozado y quizás recibido -sin advertirlo- secretos vedados a los hombres. Si el fallo me fue favorable es porque mi vida o mi muerte carecían de importancia: debo mi salvación, es probable, a mi estupidez.  
    
No descarto que el lacedemonio, a su vez espía de su ejército y más competente que yo, desenmascarara la identidad de Creotas: su muerte fue inevitable. 
    
Los dioses suelen entrometerse en nuestros amores y en nuestras guerras, y así adoptaron bandos y ejecutaron acciones concretas en Ilión. Lo hacen por motivos que ignoramos; sus designios nos están velados. Tal vez el llamado Creotas, por divertirse, condescendió a levantar una punta del manto para que este mortal atisbara. 
    
El ateniense ni siquiera era ateniense, en realidad conspiraba contra Atenas. Tan solo una máscara, un personaje de teatro, su figura ocultaba a alguien poderoso. El espartano, yo y alguno más intrigábamos para nuestras ciudades; Creotas fue emisario de los inmortales. 
    
Era, él mismo, un dios del Olimpo.  
    
Y sé cuál de ellos. La mujer del posadero había enfilado la senda acertada. 

    
Pero ¿a quién revelar mis sospechas? Me adjudicarían la locura. Aunque aportara variadas pruebas de que por esa época Ares bajó a la llanura, convivió con los hombres levantando ejércitos e insuflando un tonto espíritu guerrero a helenos y macedonios. Ares, el dios de la guerra, hollando la tierra argiva, pernoctando en hosterías, bebiendo cerveza y aplaudiendo bailarinas. Ares el olímpico asesinando espartanos perspicaces. Ni siquiera acreditaría mi cordura recordando a quien me oyera que, al poco tiempo del crimen de la Hostería del León, Filipo en notoria alianza con Ares destrozó el orgullo aqueo en la batalla de Queronea.  

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