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Versión
corregida y aumentada del cuento homónimo publicado en la Revista Clepsidra Nº
22, Ediciones Filofalsía, Buenos Aires, septiembre de 1989
La
caricia de la rata que recorría su pierna izquierda despertó a Grung. Intentó
atraparla, pero el dios del sueño aún retardaba sus movimientos y el pequeño
alimento se perdió en las sombras de la cueva.
No había pasado
una buena noche. Dio vueltas, gimió. Desde las profundidades oníricas lo
acecharon sombras confusas; tuvo sed, tuvo miedo.
Bostezó. El
vacilante fuego en el fondo de la caverna revelaba las siluetas de los miembros
de la tribu, durmiendo. Un hedor espeso inundaba el cubil: Grung no lo percibía.
Con esfuerzo se
fue incorporando. Buscó leños y los arrimó a la hoguera. No era imperioso: el
fuego podía morir, la tribu dominaba la magia para renacerlo.
Se desplazó,
rengueando, hacia la boca del refugio. A la tenue claridad primera divisó allá
abajo el valle quieto; acá, en el repecho de la ladera, las entradas de otras
cavernas. Pronto habría de burbujear la vida: aves, reptiles, mamíferos,
iniciarían su jornada de merodeos, persecuciones, saltos y carreras.
Lenta,
cuidadosamente, se sentó; ya no resistía la posición de cuclillas.
El dios luz se
anunció a lo lejos, casi a su frente. Asomó como explotando y en instantes
desplegó su gloria, obligándolo a apartar la vista. Con placer animal, se
desperezó gozoso. El dios regalaba una grata tibieza a su cuerpo.
Grung imaginó la
trayectoria de la deidad: viajaría por encima de los grandes árboles y
continuaría hasta superar la ladera, más allá de la cueva. En los días en
que el calor aumentaba, pudo recordar, el dios luz se paseaba mucho más acá,
casi por encima de su cuerpo. Cabeceó, desconcertado; los dioses eran
imprevisibles, pero el dios luz parecía repetir periódicamente sus caminos.
Mog apareció, se
paró unos momentos mirando a la distancia, y se sentó a su lado sin dirigirle
palabra. Luego Hagg, Monk el Jefe y Aka, hasta que el conjunto de los hombres de
la tribu se alineó en el saliente delante de la cavidad disfrutando del dios de
la luz y del calor. Todo era quietud en la mañana que nacía.
Una mujer salió
con trozos de carne de la última cacería y en silencio los posó frente a
ellos. Cada uno, excepto Grung, tomó su parte y la devoró.
Más tarde,
liderados por Monk, los hombres emprendieron la bajada al valle, empuñando sus
lanzas, garrotes y hachas de piedra. Cuando el último se perdió en un pliegue
de la ladera, Grung, la cabeza gacha, portando una carga invisible, entró en la
cueva; luego de acostumbrar otra vez sus ojos a la penumbra, buscó piedras,
maderas y tiras de cuero. Cargando sus brazos se instaló afuera, a un lado de
la entrada. Sopesó los palos hasta que halló el más resistente; eligió entre
las piedras que las mujeres habían acopiado y seleccionó la más filosa.
Despacio comenzó a atar con una tira la piedra al palo. Para no equivocarse,
ejecutó con atención cada movimiento: vuelta a la derecha, atadura, vuelta a
la izquierda, otra atadura. Al finalizar tomó el instrumento por su mango y
golpeó algunas piedras. El hacha era buena: resistiría el golpe en los huesos
de un venado.
Le fastidiaba
cumplir tareas de mujeres o de ancianos. Antes no era así: partía jubiloso de
caza atrás de Monk, con el resto de la tribu. Era el mejor corredor y uno de
los más fuertes. Hasta el día del pozo. Aka había espantado un venado joven y
Hagg y Ruk le cerraron el paso para el valle. El animal correría muy cerca de
Grung. Preparó su garrote y avanzó hacia el previsible punto de intersección;
ya llegaba a su presa, lanzado a toda velocidad, cuando el suelo lo golpeó con
fiereza en la cara. Después supo que su pie había entrado en la madriguera de
una alimaña, y se había derrumbado como un árbol con el rayo. Su pierna se
astilló igual que un leño seco, partido al medio. Varias lunas recorrieron la
noche desde entonces, pero aún le dolía, pese al barro que todos los días
colocaba en la herida. Caminaba con dificultad; ignoraba si volvería a correr.
Dos o tres mujeres
salieron de la gruta para sus menesteres; tras ellas unos niños rieron,
saltaron y se empujaron. A Grung le disgustaban los niños: lo molestaban,
interrumpían sus tareas, gritaban. Trataría de evitar problemas, como el que
tuvo con Rika por castigar a su hijo cuando él le atinó con una piedra.
El dios luz se
paseaba en las alturas. Con empeño Grung pudo concentrar su pensamiento en la
duda que lo oprimía hacía un tiempo: cuál sería el atajo mágico que le
permitía al dios recorrer los cielos. No pudo sostener la idea; pronto la
confusión lo envolvió dejándole sólo una oscura inquietud.
Farn se
sentó a su izquierda. A Grung le agradaba Farn. No era habladora como las otras
mujeres, y no lo despreciaba por su condición. Farn señaló el hacha y con
rudimentario lenguaje le preguntó si acababa de construirla. Sin orgullo, Grung
asintió y le obsequió una breve demostración de su manejo. Los ojos de Farn
siguieron atentamente los movimientos del hombre. Luego ella señaló su pierna
y le interrogó sobre su curación. Grung meneó la cabeza, para indicarle que
no lo sabía y no albergaba muchas esperanzas.
La figura del Jefe
asomó, pequeña, a lo lejos, detrás de un recodo. Le seguían los restantes,
cargando un antílope entre largos palos. Al arribar, envueltos en la gritería
de los que esperaban, lo arrojaron dentro de la guarida. Inmediatamente, con las
piedras afiladas, las mujeres desollaron y trozaron al animal. Los dos viejos de
la tribu y Grung colaboraron en la faena.
Según la nueva
costumbre, asaron una parte de la carne y la devoraron. El resto se almacenó al
fondo, junto a unos frutos en descomposición.
Después de comer,
Monk, el Jefe, comenzó a hablar y todos callaron. Contó minuciosamente la
cacería del antílope, destacando su propia habilidad y valor. Con gesto fiero
golpeó tres veces el suelo, imitando la forma en que había abatido al animal.
Luego, canturreando monótonamente, agradeció al dios de la caza su ayuda, y
elevando el volumen de voz le rogó para las próximas salidas. Cuando finalizó,
Niok, el más anciano, parloteó sobre los viejos tiempos: entonces vivía del
otro lado de las alturas y rondaban muy pocos animales que cazar. Hombres y
mujeres se alimentaban, recordó, de insectos y raíces. Fueron malos tiempos.
Relató, igual que tantas veces, la ocasión en que una tribu nómada franqueó
el valle y les enseñó a fabricar las lanzas. Con las armas cruzaron las
alturas, se instalaron en este sitio y jamás volvieron a tener hambre. Algunos
no entendían bien lo que todas esas palabras significaban, pero intuían que
era importante.
Cuando la diosa
reinaba en el cielo, ya todos estaban durmiendo, rascándose pulgas y piojos
entre gruñidos y contorsiones.
A la medianoche,
Grung se dirigió a tientas a donde dormía Farn. En silencio, la subió desde
atrás y la penetró. Ella se había despertado, pero no insinuó ningún gesto
de resistencia. Simplemente permaneció quieta, con mansedumbre, mientras el
hombre la poseía. Cuando culminó, él se estremeció de placer. Con sorpresa
percibió que Farn lo tocaba muy quedamente en la cara. Luego Grung volvió a su
sitio y todos durmieron hasta la mañana.
Al día siguiente
se repitieron las actividades. Era la época del buen tiempo y no caía la
lluvia. Los cazadores partieron con sus armas. Sentado Grung ante el dios luz
volvió a reflexionar, difusa, perezosamente, sobre su rumbo en el cielo. En la
pasada época del frío –evocó- marchaba mucho más allá de los árboles.
Retomó su añeja duda, a qué artilugio acudiría el dios para moverse. No se
le veían pies ni alas.
Permaneció largo
tiempo rumiando lo mismo, inmóvil, el ceño fruncido. Llegó Farn, y mientras
ella se mantuvo a su lado, se olvidó del dios luz. Al marcharse la mujer, volvió
al enigma: quizás el medio que usaba el dios para trasladarse tenía algo que
ver con los caminos que recorría. Por un momento trató de suponerlo detenido
por completo en las alturas, pero una y otra vez la figura se le confundía en
su cabeza y tuvo que desistir.
Luego regresaron
los hombres, con nuevas presas, y todos compartieron la comida alrededor del
fuego.
Las jornadas se
sucedieron casi idénticas. Los pensamientos de Grung sobre el dios luz
retornaban cada mañana. Su inmovilidad forzada, sentado en soledad frente a la
caverna, le regalaba tiempo para cavilar sobre el misterio del dios. Sus ideas
comenzaban borrosas, pero a fuerza de repetirlas se iban clarificando en su
cabeza. Había repasado muchas veces los trayectos del dios en el cielo, y conocía
muy bien cual iba a ser el camino al día siguiente y los posteriores. El dios
no lo traicionaba: se comportaba tal como lo esperaba Grung. Experimentó el júbilo
de conocer tan altos designios, de poseer ese poder oculto, pero se cuidó muy
bien de no divulgarlo.
Por las noches,
elegía invariablemente a Farn para aparearse. En una ocasión debió aguardar a
que el Jefe se retirara de la mujer. Luego fue como siempre entre ellos.
Por las mañanas
seguía desperezándose al dios luz. El mismo día en el que, hacia media mañana,
moriría un niño –Noh, hijo de Raal- al caerse en una grieta, Grung había
cerrado los ojos y dormitado. En la ligereza de un sueño que no distinguía
claramente de la realidad, se movió. Todo se movió, Grung, la cueva, el valle,
los árboles. Pero el dios luz permaneció fijo allá arriba, mirando como todo
cambiaba de lugar.
Abrió los ojos,
desconcertado. Le costó reubicarse, comprender que todo era como siempre, el
dios luz arriba, el valle quieto acá abajo.
Los alaridos de
las mujeres desbarataron sus meditaciones. Torpemente se incorporó y acudió
hacia donde todas corrían. Raal, gritando y llorando, traía en brazos a su
hijo ensangrentado. Cuando él se acercó y lo tocó, comprendió que ya estaba
muerto. Ese día ya no se acordó del dios luz.
Sí lo hizo en los
días siguientes. El calor aumentaba y su pierna no parecía mejorar. Las horas
de quietud se alargaban para Grung como las sombras al atardecer. Le daba
placer, ahora, cerrar los ojos y repetir su sueño: imaginaba que se movía, que
pasaba por debajo del dios luz inmóvil. El era parte del todo en movimiento,
pero el único que lo conocía. Los árboles, las mujeres, las piedras, los
cazadores, todos juntos se desplazaban sin saberlo.
No supo en qué
momento comenzó a elaborar la idea de que quizás no fuera un sueño. Por qué
no podría ser así, se preguntó, el dios inmóvil y la tierra viajando debajo
de él. Estas imágenes tardaban días en formarse en su mente, entremezcladas,
confusas; al cabo de un tiempo lograba pulirlas y darles forma concreta. Hasta
que vislumbró la realidad secreta: esa era la verdad, el dios luz quieto y la
tierra entera viajando. Descubrió entonces, sin demasiada sorpresa, que el dios
luz que queda atrás cada día no podía ser el mismo que aparece al siguiente.
Nos movemos, el dios queda atrás. A la próxima mañana pasamos por debajo de
otro dios igual. La tierra camina, el dios luz quieto. La tierra viaja los
senderos de la noche hasta encontrar otro dios quieto. La tierra se mueve, otro
dios luz quieto.
Dejó de percibir
a Farn, no construyó más hachas. No podía apartar su mente de los dioses luz.
Un día, irritado, se paró con torpeza y le gritó al dios, el puño en alto.
Recogió lanzas y furioso las arrojó al inalcanzable enigma, hasta que no pudo
levantar su brazo.
No observó cómo
hombres y mujeres comenzaron a murmurar, a mirarlo de soslayo. Se apartaban de
él. Hasta los niños lo eludían. Grung comía en silencio y se retiraba a su
rincón; ya ni escuchaba las leyendas de los viejos. A veces permanecía
despierto mucho después que todos durmieran, mirando como alucinado la noche en
la boca de la caverna, las estrellas que también cambiaban de lugar. Nos
movemos, la tierra se mueve, la tierra busca al nuevo dios luz dejando las
estrellas a un lado. Alguna noche las lágrimas nublaron sus ojos.
Por esos días
tuvo fiebres. Sólo Farn se le acercó ofreciéndole un poco de agua que bebió
ávidamente. No contestó sus preguntas.
Una mañana se
incorporó bruscamente. Como iluminado, supo lo que debía hacer. Cuando la
tribu se despertó los llamó a todos afuera. En la ladera, les señaló el dios
luz, luego la tierra, farfulló atropelladas explicaciones, el dios no se mueve,
nosotros nos movemos, el valle se mueve, la cueva se mueve, la ladera se mueve.
Se agitaba, gritaba, elevaba sus manos al dios y luego mostraba el valle. Todos
lo miraban en silencio, impasibles. A la noche –todo su cuerpo temblaba-, a la
noche también nos movemos, buscamos un nuevo dios luz, todo se mueve, el valle
se mueve, la ladera se mueve.
La angustia lo
envolvía, se esforzaba por hacerse entender, el dios luz quieto repetía, los
árboles se mueven.
Silenciosamente
Monk, el Jefe, se irguió a las espaldas de Grung, con un hacha en la mano. Se
le aproximó con sigilo y derrumbó con fuerza el arma en el cráneo del
hablador. Grung murió al instante.
Con pocas y secas
palabras, el Jefe habló, y entre esas palabras se oyeron inútil y hechizado.
Arrojaron sus
restos en una grieta y nadie se acordó ya de él. Tan sólo Farn se acercó una
tarde y fijó largamente sus ojos inescrutables en los restos de Grung, allá
abajo.
Los animales de
rapiña y los insectos prestaron su servicio: al poco tiempo no se veía más
que una osamenta. Las aves la sobrevolaban, los venados corrían, reptiles y mamíferos
repetían sus cotidianas correrías. Unos hallaban el alimento y el agua, otros
eran hallados.
Santa
Rosa, octubre de 2001
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