Publicado en la Revista Cuasar número 22, Buenos Aires, Octubre de 1990.
l
redactar en 1940 su prólogo
a la ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA FANTASTICA, Adolfo Bioy Casares evocó a
reconocidos artífices de la CF, H.G.Wells y Olaf Stapledon. No vaticinaba, al
escribirlo, que él mismo sería un precursor del género en la República
Argentina. Paradójicamente, descreía de la designación de científica para
esta literatura. Ensayando una clasificación de los cuentos mencionaba;
“...los
que tienen una explicación fantástica, pero no sobrenatural (¨científica¨
no me parece el epíteto conveniente para estas invenciones rigurosas, verosímiles
a fuerza de sintaxis).”
El
prestigioso escritor argentino, nacido en 1914 y casado con Silvina Ocampo, reúne
en su obra una pulida ejecución y cierta audacia en la elección de los nudos
argumentales. Dos de sus mejores novelas, LA INVENCIÓN DE MOREL Y PLAN DE EVASIÓN,
emplean recursos osados para la corriente principal de las letras, aunque no ya
para la ficción especulativa. Esas incursiones temáticas le permitieron
figurar en alguna antología especializada, como también recoger un explícito
homenaje cinematográfico: en HOMBRE MIRANDO AL SUDESTE, singular film de Eliseo
Subiela, Denis busca en un párrafo de LA INVENCIÓN DE MOREL la explicación de
la conducta de Rantés.
Suele
nombrarse entre los adelantados en estas tierras a Holmberg, a Quiroga, a
Lugones, a Borges. Ninguno de ellos, sin embargo, incursionó en el distrito de
la CF; fueron, sí, excelentes escritores de cuentos fantásticos. Pero Bioy
transitó asiduamente por ideas propias de la línea: habló de extraterrestres,
universos paralelos, eterna juventud, clones, telepatía, del espacio y del
tiempo. Con precisión matemática o con fingida indiferencia elaboró historias
donde la realidad tambalea, lo insólito salta a la arena de un ambiente
trivial, en las que objetos insignificantes (una sirenita de oro –PLAN DE EVASIÓN-,
un caballito de piedra verde –“En memoria
de Paulina”-) sobrevivientes de avatares fantásticos permiten mantener la
continuidad lógica de una acción;
Bioy se resiste a pintar una incoherencia total en el cosmos.
La relación
con alienígenas es, posiblemente, la más rica fuente de argumentos de CF. En
“El calamar opta por su tinta”, el interior del país recibe a un
extraterrestre; el ´contacto´ se
produce, pero con características autóctonas. No hay tecnología de avanzada
(a la que Bioy no tiene apego); predomina una atmósfera sencilla y apenas si se
sacude el aburrimiento pueblerino. Privado finalmente de la humedad esencial, el
viajero muere, provocando tan solo la nostálgica reflexión de un lugareño:
“Cuántas
Américas y Terranovas infinitas perdimos esta noche.”
En vida de
Galileo Galilei, Giordano Bruno fue quemado vivo por anticipar la fantasía de
la pluralidad de mundos habitados. Hubiera disfrutado de la lectura de “La
trama celeste”. Las extrañas circunvoluciones de un aeroplano horadan las
fronteras entre continuos paralelos (diversos Buenos Aires acogen al piloto)
dejando vislumbrar infinitas réplicas casi especulares.
No falta
entre sus tramas el congelamiento de personas para sobrevivir en el tiempo
(“Una puerta se abre”), ni el inminente fin del mundo (“El gran Serafín”)
narrado con el clima de extraña liviandad usual en Bioy. La telepatía integra
más de un relato aunque en ninguno se manifieste como fenómeno general, al
estilo de EL HOMBRE DEMOLIDO de Bester. Fiel a sus concepciones, Bioy la muestra
como una monstruosidad individual (“Moscas y arañas”), como una forma de
estrangular a distancia (PLAN DE EVASIÓN).
Los organismos biocibernéticos
(ciborgs) han contado con el desarrollo que les predice la literatura de
anticipación. El cerebro humano transplantado a un sustrato inorgánico se
encuentra en numerosos cuentos, componiendo desde una computadora hasta una nave
viviente (“La nave que cantaba”, de Anne McCaffrey). Aunque sólo de modo
embrionario, Bioy transplantó el espíritu a un bastidor (“Los afanes”).
Medicina
y psiquiatría ficción (comparable ésta a la del Ballard de “Nicho 69” o
“Zona de terror”) son
impecablemente desplegadas en PLAN DE EVASIÓN. Dentro de sus celdas, los
presidiarios avizoran un horizonte marino; han sido operados y condicionados
para esa ilusoria liberación.
Otro
tema clásico, los clones (hay una inolvidable narración de Sturgeon, “Cuando
se quiere, cuando se ama”) es tomado por Bioy, aunque sólo como recurso casi
accidental en un asunto amoroso (“Máscaras venecianas”). Con manipulaciones
genéticas prodiga maravillas: jugando con la idea de acelerar
la evolución darwiniana vence el instinto gregario en las hormigas, que
construyen hormigueros individuales, y desarrolla la telepatía en las focas
(“De los reyes futuros”). Hay antecedentes notables: LA ISLA DEL DOCTOR
MOREAU, de H.G. Wells – que el mismo Bioy cita en PLAN DE EVASIÓN-, las
subpersonas de Cordwainer Smith.
Uno de los
motivos favoritos de la proto CF es el del inventor aislado que arma un aparato
original –e irreproducible- con aptitudes deslumbrantes. Es el eje de LA INVENCIÓN
DE MOREL. Huyendo del mundo, un solitario arriba a una isla que cree desierta;
con asombro ve seres humanos paseando por ella. Son anómalos, visten ropas
pasadas de moda, no parecen verlo ni oírlo, repiten día a día los mismos
ajetreos. Tratando de aplicar un rigor lógico, el personaje desgrana hipótesis:
contrajo la peste, es invisible, son extraterrestres, está en un manicomio, es
un grupo de muertos. Las desecha confusamente. Concluye tropezando con la causa:
una maquinaria mucho más compleja que un proyector de cine reúne ondas y
vibraciones humanas, sensaciones olfativas, térmicas, táctiles, voz e imagen.
Morel eternizó, con ese mecanismo admirable, unos días vividos con sus amigos
en la isla; el aparato emite las figuras periódicamente. La consecuencia para
quienes han sido filmados es una
enfermedad feroz que mata de “afuera para adentro” en poco tiempo. El fugitivo lo descubre.
Desdeña el fin próximo, atroz, que le deparará la peste; se graba a sí mismo
interpolándose junto a Faustine,
de quien se ha enamorado.
Los amores
de Bioy –casi nunca ausentes- son tenaces, suelen persistir pese a los abismos
de la muerte (“ El lado de la sombra”), del espaciotiempo (“La trama
celeste”), de la eternidad. Albergan una
desesperanzada esperanza en el reencuentro irrealizable. El amante de la INVENCIÓN
DE MOREL patéticamente informa:
“Muchas
veces intercalo con habilidad alguna frase; parece que Faustine me
contestara.”
Borges
proclamó, en el prólogo de la novela, que era la introducción de la ficción
especulativa en estas geografías:
“En
español, son infrecuentes y aún rarísimas las obras de imaginación
razonada...LA INVENCIÓN
DE MOREL (cuyo título alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreau)
traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo .”
Otras
fábulas de Bioy exploran sendas peculiares, que por su estructura y conceptos
son perfectamente enmarcables en la CF. Cinceló un aventurero, Rudolf, reducido
(con “un tratamiento que era una mezcla
de crueldad, de supersticiones absurdas y de profilaxis francamente objetable”)
a unos pocos centímetros por pigmeos africanos (“La sierva ajena”); con
humor, convirtió al intento de inventar un tónico capilar en un poderoso
excitador sexual (“El camino de indias”); empleó el dolor de los enfermos
como fuente de energía (“Otra esperanza”).
Los perros
de CIUDAD (Simak) no perciben lo que el hombre; oyen voces lejanas, ven sombras
extrañas. No es totalmente biología ficción; también nuestros canes tienen
sentidos con otras graduaciones, pueden captar frecuencias inaudibles para el
ser humano. Bioy narra en PLAN DE EVASIÓN estas ideas. Afirmando una noción
que se remonta a Tales de Mileto, subraya que no hay una imagen unívoca del
universo, y que sólo el candor y la costumbre hacen creer que todo es tal cual
se lo percibe.
“Admitimos
el mundo como lo revelan nuestros sentidos. Si fuéramos daltonianos ignoraríamos
algún color. Si hubiéramos nacido ciegos
ignoraríamos los colores. Hay colores ultravioletas, que no percibimos.
Hay silbatos que oyen los perros, inaudibles para el hombre...Si miramos a través
del microscopio, la realidad varía; desaparece el mundo conocido...no puede
afirmarse que sea más verdadera una imagen que la otra; ambas son
interpretaciones de máquinas parecidas, diversamente graduadas...Todas las
especies animales que aloja el mundo viven en mundos distintos.”
Frecuentemente, en sus ensueños refleja la cualidad de la mutación
inesperada. Con amabilidad bromea sobre nuestras convicciones dogmáticas,
nuestro realismo ingenuo, esbozando otras facetas más allá de lo visible.
Parece regocijarse en lo íntimo, como el talentoso P.K. Dick, de que la solidez
del entorno flaquee con la aparición de fisuras que hacen dudar de la
arquitectura total del universo. “La
realidad es fantástica en cualquier momento... De vez en cuando la vida nos da
una visión momentánea de algo que quiebra el orden de la realidad”, ha
dicho en un reportaje, y lo repitió en EL HÉROE DE LAS MUJERES: “El
descubrimiento de una grieta en la imperturbable realidad a todos nos atrae”.
Compartió con Borges el placer del lógico ante la ruptura del orden pensado.
Decía su amigo, inquietantemente:
“Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado
el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo con el
espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y
eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.” (“Avatares de la
tortuga”).
Los hombres
y mujeres de Bioy Casares fatigan vidas rutinarias; de pronto irrumpe el fenómeno
que corta la (aparente) persistencia espaciotemporal. En el siglo VI A.C. Pitágoras
juzgaba que el cosmos era cognoscible por estar configurado matemáticamente.
Horrorizado descubrió la raíz cuadrada de 2; la calificó de ´irracional´
porque hacía endeble desde sus cimientos todo el edificio lógico que elaborara
para comprender al mundo. Bioy enfrenta a sus personajes con irracionalidades
semejantes, pero ellos no se escandalizan en demasía. Es el lector quien debe
dar sentido a las claves que generosamente le son suministradas. La obra de Bioy
es una vasta Piedra de Rosetta, un conjunto de símbolos a descifrar; no es más
que el reflejo del universo real, al que igualmente supone pleno de significados
ocultos, sujeto a la interpretación humana. Admirablemente describe:
“Como
en una criptografía, en las diferencias de los movimientos atómicos, el hombre
interpreta; ahí el sabor de una gota de agua en el mar, ahí el viento en las
oscuras casuarinas, ahí una aspereza en el metal pulido, ahí la fragancia del
trébol en la hecatombe del verano, aquí tu rostro.” ( PLAN DE EVASIÓN
).
Sabe
también que es sutil la variación en la trama de los cuerpos físicos que
alcanza para trocar la materia; como Heráclito, piensa que todo fluye, que nada
es inmutable:
“Si
hubiera un cambio en los movimientos de los átomos, este lirio sería, quizá,
el golpe de agua que derrumba la represa, o una manada de jirafas, o la gloria
del atardecer.” ( PLAN DE EVASIÓN ).
Lúcido,
Demócrito de Abdera aseguraba que nada existe aparte de átomos y el vacío;
Bioy, que sus infinitas permutaciones generan las formas de nuestras
experiencia: el hombre debe traducir las imágenes y aplicarlas. Roza la
concepción de que la historia humana no es más que una gigantesca película de
algún Steven Spielberg cósmico de la cual somos (involuntarios) protagonistas.
“Puede
pensarse que nuestra vida es como
una semana de estas imágenes –discurre en LA INVENCIÓN DE MOREL– y
que vuelve a repetirse en mundos contiguos”.
Resulta
indiferente que se trate de la función de gala del estreno o una reiterada
proyección; como dice el personaje: “Es
cierto que para las imágenes tampoco hay próxima vez (todas son iguales a la
primera)”.
Influyendo en el pensamiento posterior Parménides de Elea sostuvo que
las formas, olores, colores, movimientos que percibimos, son una ilusión de
nuestros sentidos; el ser, argüía, es único, inmutable, infinito, eterno, inmóvil.
Zenón, su célebre discípulo, trató de probarlo a los incrédulos griegos con
perdurables –magníficas- paradojas, como la de Aquiles y la tortuga. Aunque
ningún filósofo crea seriamente en la veracidad de esa doctrina, instauró en
las siguientes generaciones el hábito saludable de la duda. Bioy, más
inclinado a la fluyente concepción de Heráclito, lanzó empero a sus (anti)héroes
a la ardua interpretación del entorno a partir de sus insuficientes sentidos:
“Fue
como si los oídos que tenía no sirvieran para oír, como si los ojos no
sirvieran para ver.” (LA INVENCIÓN DE MOREL).
La engañosa
comprensión de la realidad es el nudo central de PLAN DE EVASION; con
complicados arabescos va entretejiendo los hilos narrativos, enhebrando planos
diversos de acción y de interpretación. Enrique Nevers, su protagonista, vive
confusas experiencias colmadas de significados ocultos, alguno de los cuales
descifra, otros desteje su tío Antoine, a quien escribe largas misivas, y el
resto es una gama de símbolos reservados a la sagacidad del lector. Nevers,
oficial de la marina francesa, es
destinado a las islas de la Salvación, en la Guayana, presidio famoso de
Dreyfus y Papillon. Se encuentra con un extraño gobernador, Castel,
comportamientos misteriosos en la población y aún en los animales (un caballo
no reconoce el pasto, hay que metérselo en la boca para que no se muera de
hambre). Ofrece una profusión de claves referidas a la captación de lo
existente por los sentidos, y sus deformaciones; se mencionan obras y autores
que trataron el tema: Plutarco, Goethe, Rimbaud, Baudelaire, William James.
Repitiendo el esquema de LA INVENCIÓN DE MOREL, Nevers ensaya justificaciones:
hay una conspiración, Castel está loco, él mismo está loco, algún alcaloide
o una peste originan esas conductas anómalas. Finalmente puede examinar el
pabellón que ocupan, en cuatro celdas desiguales –dispuestas de tal modo que
cada una tiene al menos una pared en común con todas las demás-, tres presos y
el propio gobernador. Los cubículos, como sus ocupantes, están pintarrajeados;
“las puertas se disimulaban en manchas
de las paredes”, los “enfermos”
quietos “pero en actitud de moverse”
no responden a los estímulos exteriores. En realidad se mueven
imperceptiblemente. Castel murmura frases incoherentes: “la
medalla es el lápiz y la lanza es el papel, los monstruos somos hombres y el
agua quieta es cemento, a,b,c,d,e,f,g,h,i,j,k,l,m,ñ,o,p, q”. Más
adelante Nevers comprenderá que el funcionario procuraba asirse a la visión
del mundo recordada, disímil de la que le presentaban los sentidos. Un
incomparable informe de Castel brinda a Nevers la explicación de tantos
absurdos: el gobernador quiso dar la libertad a sus presos dentro del penal.
Para tan portentoso fin efectuó una serie de operaciones “en
el cerebro y a lo largo de los nervios”, redujo los movimientos, combinó
el oído con el tacto, modificó sus sistemas
visuales de manera que vieran “como
por lentes de largavista puestos al revés”, y dejaran de percibir los
colores como colores, “una pared
vertical, pintada de azul y amarillo, aparecería
como una playa; con ligeros toques rojos, como un mar”. El efecto es
prodigioso: creen estar en una isla desierta; no hay paredes, sólo el mar y el
horizonte lejano. Para llegar a esa mutación, Castel parte de su propuesta
sobre la percepción de lo circundante:
“Podemos describir el mundo como un conjunto de símbolos capaces de
expresar cualquier cosa; con sólo alterar la graduación de nuestros sentidos
leeremos otra palabra en ese alfabeto natural.”
Indica
que vivimos “devorando fragmentos de un
mundo que nos incluye”; describe a la física como una
interminable extensión de protones y electrones irradiando en el vacío
o el conjunto de irradiaciones de una materia que no existe.
Hace mucho que
la ciencia descubrió que los átomos no son aquellos pequeños elementos
compactos que imaginó Demócrito; diversas partículas habitan el mundo subatómico,
comportándose muchas veces como ondas de probabilidad, según la mecánica cuántica.
El cosmos es una trama de esquemas
de energía; Castel (Bioy) lo volcó en su informe, para expresar la dudosa
subsistencia de lo que denominamos
realidad. No es la única alusión a la difícil disciplina de los cuantos; los
múltiples universos de “La trama celeste” han sido sugeridos por Everett
como solución de una paradoja: todas las alternativas de las transiciones cuánticas
se concretan en continuos distintos.
Su interés
por el enmascaramiento del universo inferido llevó a Bioy a urdir elegantes
malabares con el espacio y el tiempo. Aquel espacio que para lo geómetras de la
Hélade era una extensión abstracta, para Kant una forma de nuestra intuición
y para Newton y sus discípulos todavía permanecía inalterablemente fijo, fue
afectado por una profunda transformación conceptual apenas comenzado el siglo
XX; Einstein aseveró –lo probaría un célebre experimento astronómico- que
el espaciotiempo se curva, que la gravedad no es más que la deformación que en
el mismo producen los cuerpos. La teoría de la relatividad suscitó ondas concéntricas;
no sólo la física sintió el impacto. “La
realidad (como las grandes ciudades) se ha extendido y se ha ramificado en los
últimos años”, comienza “El perjurio de la nieve”. Los
personajes de Bioy se confunden con alteraciones que derrumban siglos de
Astronomía y de Geografía; deben adaptarse a las nuevas, absurdas condiciones
que les propone el medio. Esos inciertos territorios, empero, no los sorprenden
en exceso; con frecuencia ponen su atención en detalles triviales.
Pitágoras
pensaba que el mundo era una esfera; tres siglos más tarde, Eratóstenes midió
con notable aproximación un arco de meridiano. Magallanes y Elcano no se
cayeron en los abismos oceánicos y confirmaron la sospechada redondez terráquea.
Sin embargo, en “De la forma del mundo” un túnel vegetal une en cinco
minutos el Delta del Paraná y el Uruguay. El guía de la historia, altanero,
refuta al novato:
“Usted
dice que es redonda porque se lo contaron, pero en realidad no sabe si es
redonda, cuadrada o como su cara.”
No es el único
sobresalto para los cartógrafos lectores de Bioy. “Un viaje inesperado”
reflota otra teoría científica, la deriva de los continentes propuesta por
Wegener en 1912, que tuvo que esperar varias décadas para ser admitida. El
elemento fantástico no es el desplazamiento, es su imposible velocidad, que en
día logra lo que requiere millones de años a la naturaleza. El planeta se
transforma, los brasileños esquían en el Plan de Azúcar, en La Habana
corretea una nueva variedad de renos, prosperan los cafetales en Tierra del
Fuego.
Peor
aún (para nuestras tímidas certezas) es el diagrama cosmológico sugerido en
“El cuarto sin ventanas”. El universo es un inconcebible poliedro, uno de
cuyos vértices está, casualmente,
en la Tierra, más puntualmente en un cuarto de Berlín Oriental.
Dos soles y
dos lunas alumbran al enamorado de LA INVENCIÓN DE MOREL. Sin escándalo,
rememora que Cicerón ya contó sobre dos soles “en el consulado de Tuditano y Aquilio”.
Tan enigmático
como el espacio, el tiempo estimuló las reflexiones de físicos y metafísicos.
Regular, metódico, implacable en su marcha como la ´blitzkrieg´ alemana de
1939/40, avanza hollando todo a su paso; también el hombre es su víctima y las
generaciones van quedando olvidadas a la vera del camino del rodillo temporal.
Heráclito definió su esencia: la mutación de un mismo cuerpo en instantes
diferentes. Esa famosa expresión sobre la imposibilidad de bañarse dos veces
en el mismo río (con un significado visible –el río no es el mismo- y otro
un estrato más profundo –nosotros tampoco somos los mismos-) anticipó el
moderno concepto de entropía como señal de la ´dirección´ del tiempo. Kant
le reservó la misma órbita subjetiva que al espacio; Borges, de modo similar,
adaptó el esquema de Berkeley a una especie de ´idealismo temporal´. La física
einsteniana le confirió igual rango que a las dimensiones espaciales; integrado
con ellas constituiría en adelante una novedosa entelequia: el espaciotiempo.
Bioy,
que no organizó las usuales excursiones de la CF por el espacio y el tiempo,
prefirió la fantasía metafísica. El tiempo está presente en sus intrigas
narrativas: acentuando sus facultades elásticas lo comprimió, lo estiró, lo
detuvo; señaló que el subjetivo (que es variable) no difería del conjetural
tiempo objetivo. En definitiva postuló la inexistencia de este último. “El
tiempo no dura para siempre lo mismo” (EL HÉROE DE LAS MUJERES) dijo, y
también “de nuevo pareció que el
tiempo se ensanchaba” (“De
la forma del mundo”), atribuyéndole, curiosamente, una cualidad espacial.
Borges
señaló que solía regresar eternamente al Eterno Retorno (“El tiempo
circular”, en HISTORIA DE LA ETERNIDAD); también Bioy. Imaginó, como J.G.
Ballard en “Escape”, la perpetua reiteración de los sucesos, una calesita
con los mismos sujetos, idénticos movimientos, igual música. Los hindúes
pensaban al tiempo como una rueda. El Eterno Retorno propone una eternidad en
episodios, la ilimitada reproducción de los destinos individuales, sin variación,
sin rebeldía en los maquinales actores. “La
eternidad rotativa puede parecer atroz al espectador; es satisfactoria para sus
individuos. Libres de malas noticias y de enfermedades, viven siempre como si
fuera la primera vez, sin recordar las anteriores” (LA INVENCIÓN DE
MOREL). El robinson llega a deplorar su existencia lineal, no cíclica;
comprende que cada instante es precioso porque
es único y que los que se derrochan (“se
pierden en los descuidos”) son irrecuperables.
La doctrina
pura, en la concepción de Nietzche, está expuesta en “El lado de la
sombra”. Reaparece una gata ya muerta; no otra igual, la misma. Lo justifica: “Si
pides una explicación, te recuerdo el eterno retorno de que hablan Nietzche y
otros. Tendríamos un eterno retorno limitado, por ahora, a una gata. A los
elementos que originalmente formaron el animal, dispersos cuando la quemazón
del hotel, un golpe de azar los habría reunido de nuevo, de manera idéntica”.
La dificultad extraordinaria de la recombinación se complica con la –mucho más
probable- posibilidad de que se filtren componentes insólitos, generando
monstruos de Frankestein. No se le escapó a Bioy: en LA INVENCIÓN DE MOREL
barruntaba que “para formar un solo hombre ya disgregado, con todos sus elementos y
sin dejar entrar ninguno extraño, habrá que tener el paciente deseo de Isis,
cuando reconstruyó a Osiris”. Es concebible una complejidad aún mayor:
la recreación podrá duplicar un momento dado de un cuerpo, pero nada asegura
que el doble proseguirá la misma evolución del original, incorporando y
desechando idénticas moléculas, de modo que al instante siguiente ya puede ser
distinto.
En la
primera mitad del siglo XIX Edgar Allan Poe delineó la configuración de la
narrativa policial; F. H. Bradley indicó que el tiempo es una mera relación
entre cosas intemporales. Conjugando ambas ideas; Bioy extrajo una sinuosa
composición, “El perjurio de la nieve”. Entre variados relatores –como lo
hiciera en PLAN DE EVASIÓN-, símbolos e ironías, desenvuelve el núcleo de la
obra: en una finca aislada se repiten cotidianamente iguales movimientos. El
prolijo ritual no carece de sentido: una de las hijas del propietario padece una
enfermedad terminal; su padre quiere inmovilizar el tiempo, aboliendo los
cambios que son su esencia, para alejarla de la muerte. El ingenioso remedio se
quiebra cuando un inescrupuloso visitante se introduce en el aposento de la
chica y la posee. Ella muere.
Resalta
aquí un rasgo habitual en Bioy, la intención de conceder la inmortalidad a sus
seres; quizás porque lo contraría nuestra limitación temporal.
“Sentir
que es un soplo la vida...” cantó Carlos Gardel en “Volver”; ese
sentimiento ha animado al escritor a diseñar senderos alternativos por donde
burlar la muerte. En “Planes para una fuga al Carmelo” el Río de la Plata
es el epicentro de hallazgos científicos excepcionales. En Argentina se
erradicaron las enfermedades y se prolongó la juventud, en Uruguay se suprimió
la muerte (sorprende y reconforta que semejantes avances no sean patrimonio del
norte).
El mito de
Fausto ha sido retomado en las letras argentinas; Bioy lo emplea en dos
narraciones. En “El relojero de Fausto” el pacto diabólico otorga –a
cambio del alma- años suplementarios de la vida; “Las vísperas de Fausto”
revive los angustiosos instantes previos a la dación en pago del espíritu. El
ingenuo doctor examina la posibilidad de renacer y repetir su vida infinitamente
(otra vez el eterno retorno); con desaliento cavila: “Quién sabe desde cuándo representaba su vida de soberbia, de
perdición, de terrores”.
Aquel
artefacto de “Los afanes” –Bioy no se entretiene en pormenores técnicos,
apenas fabrica “un aparatito con dos
columnas de níquel, de unos veinte centímetros de altura”- prolonga
primero la existencia de un perro –no por casualidad llamado Marconi- y luego
la de su propio inventor Eladio Heller, cuya alma pasa al bastidor (su esposa no
tolera esa “inmortalidad ridícula”
y destroza el mecanismo). Buscando trascender, también el Jim de “De los dos
lados” emprende espectrales excursiones. La reencarnación es defendida en
“Trío”, afirmando su protagonista que más increíble sería que el alma
desaparezca. Pero todas esas historias entretejidas alrededor de un ánima que
sobrevive a su continente corpóreo son superadas, técnica y artísticamente,
en la ajustada sinfonía de LA INVENCIÓN DE MOREL. Las figuras humanas que
recorren la isla no son una mera reproducción holográfica, tienen conciencia,
aunque sólo la del momento que reproducen sin fin. Para armar esos fantasmas
ambulantes, Morel partió de considerar a los elementos constitutivos de cada
individuo reposando en alguna especie de mundo celeste platónico (“¿en
dónde yacemos –se pregunta-, como
en un disco músicas inauditas, hasta que Dios nos
manda nacer?”) que pueden convocarse después de morir: “Congregados
los sentidos, surge el alma”. Estimulante perspectiva de inmortalidad.
“En
una parte u otra estarán, sin vida, la imagen, el contacto, la voz de los que
ya no viven (nada se pierde...)...alguna vez pescadores de ondas los congregarán,
de nuevo, en el mundo.”
El
fascinante oficio sugerido (¡pescadores de ondas de muertos!) merece ser
desarrollado por los nuevos autores de CF nacional.
No olvida
Bioy la contundencia matemática de la probabilidad (de la improbabilidad)
computable en cero; que pueda volver a integrarse (misteriosa ave Fénix) un
solo dedo de algún ancestro, por recombinación de las partículas que lo
formaron, parece tarea harto fatigosa aún para la conjetural divinidad. Esos cálculos
no empañan los sueños del triste héroe cuando se introduce en los paseos de
su amada. “Tendré la recompensa de una
eternidad tranquila”, se ilusiona.
Es curioso
que Bioy haya pintado esa pluralidad de formas de supervivencia cuando
presumiblemente le está deparada la del artista; quizás dentro de un siglo un
asombro renovado estremezca a sus lectores (si aún hay lectores).
En unión
indisoluble con la supresión de la muerte está la quimera de la eterna
juventud; no valdría mucho una perpetuidad que no detuviera el envejecimiento,
la acumulación de decrepitudes arrastrándose penosamente sería intolerable.
La ancianidad es una “situación sin
salida” para Bioy –en boca del profesor Haeckel de “Historias
desaforadas”-, un drama que ha inquietado a la sociedad desde la prehistoria,
reflotando gracias a Malthus y la amenaza actual de la superpoblación. Es fama
que los alquimistas medievales quemaron su vista buscando el elixir de la eterna
juventud.
La CF clásica
del hemisferio norte planteó abundantes medios para combatir a los ancianos. El
casi siempre plácido Bradbury es impiadoso con los viejos “secos
y crujientes, los que se pasaban el tiempo escuchándose los corazones, tomándose
el pulso y llevándose cucharadas de jarabe a la boca torcida... las pasas de
uvas, las momias”, y los despacha para el irreal Marte de sus famosas CRÓNICAS
MARCIANAS; no menos cruel, Richard Matheson les hace rendir intrincados exámenes
cuyo fracaso acarrea la muerte por disposición legal (“El examen”).
Lafferty prefiere conservar a los antepasados de los ´proavitoi´ como
diminutas reliquias inmortales (“Novecientas abuelas”); son depositarios del
secreto del principio de los tiempos, que no revelan a sus visitantes porque “es demasiado gracioso” (quizás, después de todo, no exista
una explicación muy solemne para este universo que insistimos en tomar en
serio). En “El secreto”, Jack Vance mantiene lozanos y felices a sus isleños,
haciéndolos huir –como los elefantes de la leyenda en busca del cementerio
perdido- poco tiempo después de su adolescencia, alejando la vejez y la muerte
de la bella tierra donde habitan.
Contemporáneamente,
Bioy sugería soluciones autóctonas para la cuestión. Además de aquellos
descubrimientos rioplatenses de “Planes para la fuga de Carmelo”, inyectó
al experimental paciente de “Historia desaforada” ciertos compuestos químicos
que solo aparecen en la etapa del crecimiento corporal; la juventud se alcanza,
pero es acompañada por un gigantismo monstruoso. La descripción más patética
de una sociedad feroz que detesta a sus ancianos es volcada en DIARIO DE LA
GUERRA DEL CERDO: los viejos son
perseguidos y eliminados impiadosamente.
“-Pasada
cierta edad, no hay que subir a taxímetros de jóvenes.
-¿Por qué?- preguntó Vidal.
-¿No se ha
enterado, señor? Por deporte roban viejos y después los tiran por ahí...La
muchachada hace de cuenta que sale a cazar peludos y nos caza a nosotros.”
La concepción
de Bioy sobre el destino humano es más cruda que la reflejada por su
literatura. Ha dicho en un reciente reportaje:
“Yo
veo siempre al destino del hombre como algo un poco patético. Por las
limitaciones del hombre y por el misterio del cosmos. Por toda esa vida que uno
no ha buscado, que no ha elegido y tiene un final generalmente espantoso. A
veces he pensado que la vida es un entretenimiento liviano con un final
espantoso.” (Puro cuento #15)
Permanentemente
aflora la reflexión filosófica en sus cuentos y novelas. A veces disimulado, a
veces explícito, el pensamiento metafísico impone profundidad a sus tramas
literarias. El idealismo de Berkeley (llevado magistralmente a la narrativa de
ficción por Borges en “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”) se muestra en alguna de
sus páginas; las súperevolucionadas focas de “De los reyes futuros”, que
dominan la telepatía, estaban “en un
mundo como el que supone el idealismo; tenían una capacidad de proyectar ideas
nítidas y minuciosas, y, entre ellas, vivían”.
James
supuso que la naturaleza es un vasto espacio completo; nosotros seleccionamos
ciertas configuraciones y les atribuimos un orden. Ese orden es creado
arbitrariamente, entre el caos general. Ejemplificaba con un millar de
arvejillas desparramadas sobre una mesa al azar: nuestros sentidos encontrarían
pautas geométricas, figuras. El informe del
gobernador en PLAN DE EVASIÓN reproduce esa doctrina:
“William
James afirma que el mundo se nos presenta
como un indeterminado flujo, una especie de corriente compacta, una vasta
inundación donde no hay personas ni objetos, sino confusamente, olores,
colores, sonidos, contactos, dolores, temperaturas... La esencia de la actividad
mental consiste en cortar y separar aquello que es un todo continuo y agruparlo,
utilitariamente, en objetos, personas, animales y vegetales.”
La novela prodiga alusiones filosóficas; a la mención de Bentham, de
James, de Schopenhauer, agrega la referencia al “fantasma
del universo”. La idea es muy antigua; Heráclito, con aquella percepción
del devenir, negaba toda existencia, nada es porque todo fluye. No por
casualidad, Castel escribe: “ya la
interpretación de una silla me pareció un problema agotador”. Los filósofos
abordaron desde antaño la cuestión ontológica, trataron de explicar la
esencia de todas las cosas. Platón hallaba que cada objeto no era más que la
imperfecta réplica de un arquetipo ubicado en empíreos museos; Berkeley negó
al ser en cuanto no fuera un ser percibido;
Kant predicó la incognoscibilidad de la cosa en sí, sostuvo la posibilidad de
acceder sólo a los fenómenos (las cosas en su percepción por el sujeto);
Bertrand Russell pensó que es probable que exista un mundo exterior al
observador pero que sólo puede inferirse, y describe a una silla como sistema
increíblemente vasto de electrones y protones en rápido movimiento, separados
por un espacio vacío, experimentando billones de transiciones cuánticas, donde
las ondas luminosas que parten de ellos (o se reflejan partiendo de una fuente
luminosa) llegan al ojo, originan una serie de efectos sobre la córnea y la
retina, el nervio óptico y el cerebro y, finalmente, producen una sensación.
No es extraño
que interpretar una silla agobie el gobernador.
En “El
perjurio de la nieve” el singular Oribe corre de pronto el interior de la
casa, vuelve aliviado y aclara: “Fui a
ver una silla. No recordaba cómo eran las sillas”. Una
cavilación profunda se esconde tras el toque de humor.
Si la
meditación filosófica está en las letras de Bioy, es porque la entiende íntimamente
ligada a la fantasía. En el prólogo a la ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA FANTÁSTICA,
al mencionar los antecedentes chinos afirma que “hasta
los libros de filosofía son ricos en fantasmas y sueños”. Tal vez la
filosofía no sea más que una forma de la literatura fantástica, como
sospechaba Borges.
Las
continuas referencias a lo borgeano no son caprichosas: entre ambos fue tan
intensa la identificación intelectual que se llegó a conjeturar un Biorges
compuesto. Escribieron obras en colaboración; firmando como H. Bustos Domecq
publicaron las aventuras del improbable detective (preso) Isidro Parodi. El
floreo barroco en su redacción puede acusar algún influjo de Chesterton. Son más
legibles los cuentos elaborados individualmente por ellos; más que su producción
en común es rescatable (y admirable) el recíproco flujo de pensamiento, el
intercambio de conceptos originales. También se corresponden en una fina ironía
estilística, más acentuada en Bioy Casares.
Suele
emplear frases agudamente autocontradictorias:
“El
modesto palacio de la gobernación debe su fama ...a las maderas del país,
durables como la piedra...Los insectos perforadores y la humedad empiezan a
podrirlo.” (PLAN DE EVASIÓN)
“Todo
estaba en orden, en una suciedad y miseria inolvidables.” (PLAN DE EVASIÓN)
“Si
está despierto, ¿por qué no puedo hablar con él?...
-Para hablar con él tendrá que
esperar hasta la mañana cuando
duerma.” (PLAN DE EVASIÓN)
“Aunque
la mesa descollaba por lo magnífica, el calor húmedo volvía desabridos, y
hasta sospechosos, los más complicados productos del arte culinario.” (“La pasajera de primera clase”)
“(Un
pueblo) en cuya vida abundan los hechos notables: la fundación, en pleno siglo
XIX; algo después, el cólera –un brote que felizmente no llegó a mayores- y
el peligro del malón, que si bien no se concretaría nunca....” (“El
calamar opta por su tinta”)
El humor
también suele llegar en tren del absurdo. Las focas notables “están
interesadas en las posibilidades evolutivas del hombre”. Oribe, en “El
perjurio de la nieve”, grita desde lo alto: “Yo
siempre me trepo a un árbol cuando quiero pensar”.
Permanentemente
anticipa al lector claves que puedan orientarlo para vislumbrar el sentido
oculto de los sucesos relatados. El informe de PLAN DE EVASIÓN, las últimas páginas
de “El perjurio de la nieve” y “La trama celeste”, se estructuran como
la novela policial tradicional, cuando el detective arma el rompecabezas con los
datos aislados desperdigados a través del desarrollo. La visión del conjunto
justifica, retrospectivamente, hechos y descripciones marginales o triviales,
que adquieren aquí su sentido. Así el anillo cuya piedra refleja un busto
femenino con cabeza de caballo, que regala la enfermera al capitán Morris en
“La trama celeste”, es un símbolo cartaginés, posible sólo en un universo
donde esa cultura sobreviva; junto con el mismo nombre de la mujer –Idibal- y
otros datos similares contribuye a que el investigador encuentre la verdad. Los
desenlaces no son públicos, los destinos casi siempre individuales. No hay
histerias, no hay muchedumbres, no hay noticias ´tipo catástrofe´ en los
medios de difusión; parece que a la mayoría de la población no la alterara la
aparición de situaciones insólitas. Se forma, desconectado del curso masivo,
un singular microclima sin interferencias exteriores. Es el individuo enfrentado
a la extravagancia quien con ironía, con serenidad, se amolda sacudiendo apenas
las motas de polvo que ensucian su quehacer. Jamás se le ocurre dar a
publicidad su descubrimiento, si no es notorio, y cuando lo es prefiere vivirlo
en soledad. Nunca un amigo, un familiar a quién telefonear asombrado (como solía
hacer Bradbury) compartiendo el fenómeno. Es como si los héroes de Bioy se
desentendieran del surgimiento de lo inverosímil en el universo para
concentrarse en sus preocupaciones particulares, de las cuales el amor es la más
frecuente. Insinúan a veces una esencia no humana sino arquetípica, de
personajes de parábola entre esperanzas y desengaños, marionetas de un sino de
contrastadas vivencias respecto al flujo principal de la historia.
Bioy Casares no se limitó a engendrar criaturas que se aventuren por los
trabajados meandros del tiempo y del espacio; él mismo se convirtió en
poblador de cuentos ajenos. Permanece, cálidamente evocado por Julio Cortázar,
entre las hojas de “Diario para un cuento”. Para Borges cumplió variados
menesteres: en “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius” le recordó la famosa doctrina
de un heresiarca y aportó un apócrifo volumen de la Anglo-American Cyclopaedia;
trajo un singular puñal londinense para “El hombre en el umbral”.
Pese
a tan prolífica actividad, no es evidente que haya sembrado epígonos. Un
cuento de Rubén Tomasi (“No hay mal que dure cien años”) repite el tema de
“Una puerta se abre”, variando circunstancias menores; “Items”, de
Eduardo Carletti, explota a fondo las posibilidades del plexo cuántico,
profundizando la tendencia de “La trama celeste”; el pacto diabólico que
agradaba a Bioy es recreado por D. Barbieri (“El vendrá por mí a
medianoche”). Pero no parece haber mucho más.
La obra
literaria pude reflejar al hombre; Adolfo Bioy Casares ha impregnado a la suya
de matices personales, irreproducibles. Ha tratado, como Sábato, de exorcizar
en sus creaciones las inquietudes que lo acecharan en forma permanente; su
respuesta artística es, probablemente, la misma que la de su vida: arrostrar
con una semisonrisa, gallarda e indiferente, las angustias metafísicas mas
profundas.
Quizás
no se vislumbra una clara continuidad para su narrativa porque ya
se esfumó en la neblinosa frontera entre literatura y realidad, ha
podido escapar a la vejez y a la muerte que tanto lo fastidiaban, ha burlado su
hado para irse a vivir definitivamente en las geografías de algún fantástico
argumento.
©
1989, José De Ambrosio