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Inédito. El intento de evadirse de las tensiones cotidianas, regresando a un pasado mejor.
Qué hago aquí, como buen samaritano cuidando a los enfermos. No
entiendo de esto pero es mi obligación, cómo no estar, ahora se queja, le paso
una gasa humedecida por los labios, el rostro crispado, pobre, y yo con este sueño.
El recién nacido de al lado ya no llora, el silencio de la clínica y el calor,
pesado y húmedo, cierro los ojos y el colectivo. Cabeceaba, cabeceo, cuando
como un cansado elefante nos columpia por todas las dimensiones, izquierda, todos para la izquierda, derecha, ballet hacia la derecha, adelante, atrás, arriba, abajo, y la
tierra, seca, penetrante, sílice molido que invade los bronquios junto con el
humo que exhala algún fumador, aún está permitido. Quiero vomitar, hago una
arcada, y con admirable sincronización Laura gime hasta que le acerco la
bacinilla adonde lanza un chorro de sustancias indescriptibles. Seco, prolijo,
su boca, le arreglo la almohada, asperjo agua de colonia; vuelve ella a dormitar
y yo a mi descolorido carruaje.
Lo elaboraba tan fácil Cortázar, la acción presente que se va
fundiendo con la otra, la pasada, hasta que sin sorpresa uno cambió de
decorado, de vestuario y de época, procedimiento sencillo si los hay. Sólo
tengo que ir borrando el entorno, sustituir esta banqueta por un asiento con el
tapizado roto, respirar arena, oler gasoil quemado, no estoy quieto, me balanceo
con el barco terrestre, delante de mí no está mi esposa, imposible porque no
estoy casado, cómo voy a estarlo con sólo diez años de edad y el de al lado
que fuma y me descompone. Mamá lo mira fijo, con su más severa cara de
maestra, los labios en una fina línea, pero el tipo como si nada. Estamos en
1957, claro, viajamos entre Colonia Barón y Winifreda, pero el destino final es
Santa Rosa; Santa Rosa, sí, los años me trajeron a esta pieza con olor a
medicamentos y vómitos, el viejo reloj de péndulo me amodorra. Qué difícil
me está resultando, para Dick o Bradbury el pase era abrir una puerta y
simplemente atravesar el vano. Quiero trasladarme, deseo con fuerzas no tener
cincuenta sino diez, estar en aquel destartalado coche de la Empresa Moal,
muerto de calor y de sueño, inhalando tierra, descompuesto, pero sin
vencimientos bancarios, ni personas a quien cuidar, no hay obligaciones ni más
problemas que este clima y esta arena. Tal vez sea el aire caliente que penetra
por las aberturas el que origina ese efecto ilusorio, fundiendo dos épocas, o
es el sueño aquí en la banqueta el que me hace perder la noción de esta clínica,
ya te acomodo, notemuevascuidadoconlasonda.
La cabeza me cae contra el pecho, me duermo, ahora profundamente, sueño
que floto, irreal. Me despierta la bocina, sostenida, monótona, anunciando que
por fin llegamos a Winifreda. Todos los pasajeros menos doña Antonia bajamos en
el Hotel Pampa a estirar las piernas, mientras algunos mirones del pueblo nos
contemplan aburridos. Mamá compra unas golosinas, a los dos nos gustan las
rhodesias. En la vereda un paisano discute con el colectivero, quiere subir con
su valija, es difícil convencerlo que la deje con las demás en el
portaequipaje sobre el vehículo, que va a estar bien atada. Voy al baño del
hotel, tengo que esperar porque hay lugar para uno solo por vez; cuando es mi
turno un hombre mayor, desdeñoso, me hace a un lado, salí
pibe, me da una bronca. Hasta que puedo entrar, chapoteando un líquido
sospechoso, y me desahogo orinando largamente, el alivio me va gratificando
mientras me invade ese olor a desinfectante de los baños de las clínicas. Dejo
los impecables azulejos y otra vez a la banqueta, me alegra ver que Laura
muestra ahora sus facciones relajadas, doy una ojeada al reloj de aburrido vaivén
y ni necesito cerrar los ojos para ver nítido el camino allí adelante, la
huella de tierra con pasto al medio, es el último tramo del viaje; Moreno, el
colectivero, conversa con el pelado del primer asiento, me parece que de fútbol
o quizás sea de política, los hombres siempre hablan de fútbol o de política.
El resto del pasaje en silencio, miran por las ventanillas al horizonte
lejano, estudian el indolente movimiento circular de algún chimango, espantan
unas moscas. Advierto el leve temblor de sus rostros al compás del traqueteo.
Doña Antonia, el obligatorio vestido negro de las viudas, los ojos cerrados,
acaricia lentamente con el pulgar derecho las cuentas marrones de su rosario
musitando su rezo infinito. Me pregunto si recordará su infancia. La vejez, es
sabido, hace evocar con fuerza el pasado, y tanto que hasta dudo si es pasado o
si he logrado que fuera el presente, tengo solamente diez años y viajo con mamá
para visitar a mis abuelos. Pero no es más que un deseo, sobresaltado me
acuerdo del suero, está vacío, toco el timbre, enfermera por favor, y la eficaz autómata lo repone y vuelve a
dejarnos, mi mujer, la madre primeriza y yo que quiero huir aunque ahora seguro
que podré. Si el axolotl alcanzó la mutación en un ser humano, cómo no se va
a transformar un comerciante de cincuenta años en un niño de diez viajando en
colectivo. No es improbable, las semejanzas abundan: soy el mismo Juan Manuel
Ibarguren, idéntica provincia, estamos a menos de treinta kilómetros y a tan
solo cuarenta años de distancia, me estoy durmiendo y empiezo a soñar un sueño
extraño, en un futuro donde estoy casado, tengo hijos, y cuido a mi mujer en
una clínica donde un péndulo va y viene, va y viene. El colectivo salta en un
pozo y abro los ojos, entonces no veo al conductor sino, como quien regresa de
un desmayo, a un rostro que se va mostrando como el de mi esposa, asomando a
este presente en el que estoy aquí en la clínica, irremediablemente casado y aún
tan niño. Santa Rosa, julio de 1998
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