Reloj de péndulo

 

    Inédito. El intento de evadirse de las tensiones cotidianas, regresando a un pasado mejor.

 

   ada barquinazo me sacude allí, me molesta en todos los músculos. Y el calor. Y el polvillo que se filtra por los resquicios; el olor mezcla de gasoil y tierra seca me provoca una nausea continua. El viaje se prolonga por un tiempo infinito, hace horas que dejamos atrás a Colonia San José, falta tanto para Winifreda, la marcha es lenta, miro hacia abajo por la ventanilla y el suelo retrocede perezoso. El colectivo va abarrotado, lo recuerdo bien ahora con los ojos cerrados, cuando oscilo igual que entonces, tratando de dormitar un poco mientras ella no se queje. Trece horas desde la operación y la angustia, el tumor fue extirpado, no existe metástasis ni riesgos aseguró Burgos el cirujano, ya es de noche. No puedo recostarme, la pieza es compartida gentileza de la Obra Social y no hay cama para el acompañante, entonces en la incómoda banqueta elaboro formas de evasión, trato de huir al pasado, de fundirme en ese recuerdo para estar allí, cuarenta años atrás, en ese camino de tierra, lejos de esta clínica y estos miedos.

         Qué hago aquí, como buen samaritano cuidando a los enfermos. No entiendo de esto pero es mi obligación, cómo no estar, ahora se queja, le paso una gasa humedecida por los labios, el rostro crispado, pobre, y yo con este sueño. El recién nacido de al lado ya no llora, el silencio de la clínica y el calor, pesado y húmedo, cierro los ojos y el colectivo. Cabeceaba, cabeceo, cuando como un cansado elefante nos columpia por todas las dimensiones, izquierda, todos para la izquierda, derecha, ballet hacia la derecha, adelante, atrás, arriba, abajo, y la tierra, seca, penetrante, sílice molido que invade los bronquios junto con el humo que exhala algún fumador, aún está permitido. Quiero vomitar, hago una arcada, y con admirable sincronización Laura gime hasta que le acerco la bacinilla adonde lanza un chorro de sustancias indescriptibles. Seco, prolijo, su boca, le arreglo la almohada, asperjo agua de colonia; vuelve ella a dormitar y yo a mi descolorido carruaje.

         Lo elaboraba tan fácil Cortázar, la acción presente que se va fundiendo con la otra, la pasada, hasta que sin sorpresa uno cambió de decorado, de vestuario y de época, procedimiento sencillo si los hay. Sólo tengo que ir borrando el entorno, sustituir esta banqueta por un asiento con el tapizado roto, respirar arena, oler gasoil quemado, no estoy quieto, me balanceo con el barco terrestre, delante de mí no está mi esposa, imposible porque no estoy casado, cómo voy a estarlo con sólo diez años de edad y el de al lado que fuma y me descompone. Mamá lo mira fijo, con su más severa cara de maestra, los labios en una fina línea, pero el tipo como si nada. Estamos en 1957, claro, viajamos entre Colonia Barón y Winifreda, pero el destino final es Santa Rosa; Santa Rosa, sí, los años me trajeron a esta pieza con olor a medicamentos y vómitos, el viejo reloj de péndulo me amodorra. Qué difícil me está resultando, para Dick o Bradbury el pase era abrir una puerta y simplemente atravesar el vano. Quiero trasladarme, deseo con fuerzas no tener cincuenta sino diez, estar en aquel destartalado coche de la Empresa Moal, muerto de calor y de sueño, inhalando tierra, descompuesto, pero sin vencimientos bancarios, ni personas a quien cuidar, no hay obligaciones ni más problemas que este clima y esta arena. Tal vez sea el aire caliente que penetra por las aberturas el que origina ese efecto ilusorio, fundiendo dos épocas, o es el sueño aquí en la banqueta el que me hace perder la noción de esta clínica, ya te acomodo, notemuevascuidadoconlasonda.

         La cabeza me cae contra el pecho, me duermo, ahora profundamente, sueño que floto, irreal. Me despierta la bocina, sostenida, monótona, anunciando que por fin llegamos a Winifreda. Todos los pasajeros menos doña Antonia bajamos en el Hotel Pampa a estirar las piernas, mientras algunos mirones del pueblo nos contemplan aburridos. Mamá compra unas golosinas, a los dos nos gustan las rhodesias. En la vereda un paisano discute con el colectivero, quiere subir con su valija, es difícil convencerlo que la deje con las demás en el portaequipaje sobre el vehículo, que va a estar bien atada. Voy al baño del hotel, tengo que esperar porque hay lugar para uno solo por vez; cuando es mi turno un hombre mayor, desdeñoso, me hace a un lado, salí pibe, me da una bronca. Hasta que puedo entrar, chapoteando un líquido sospechoso, y me desahogo orinando largamente, el alivio me va gratificando mientras me invade ese olor a desinfectante de los baños de las clínicas. Dejo los impecables azulejos y otra vez a la banqueta, me alegra ver que Laura muestra ahora sus facciones relajadas, doy una ojeada al reloj de aburrido vaivén y ni necesito cerrar los ojos para ver nítido el camino allí adelante, la huella de tierra con pasto al medio, es el último tramo del viaje; Moreno, el colectivero, conversa con el pelado del primer asiento, me parece que de fútbol o quizás sea de política, los hombres siempre hablan de fútbol o de política. El resto del pasaje en silen­cio, miran por las ventanillas al horizonte lejano, estudian el indolente movimiento circular de algún chimango, espantan unas moscas. Advierto el leve temblor de sus rostros al compás del traqueteo. Doña Antonia, el obligatorio vestido negro de las viudas, los ojos cerrados, acaricia lentamente con el pulgar derecho las cuentas marrones de su rosario musitando su rezo infinito. Me pregunto si recordará su infancia. La vejez, es sabido, hace evocar con fuerza el pasado, y tanto que hasta dudo si es pasado o si he logrado que fuera el presente, tengo solamente diez años y viajo con mamá para visitar a mis abuelos. Pero no es más que un deseo, sobresaltado me acuerdo del suero, está vacío, toco el timbre, enfermera por favor, y la eficaz autómata lo repone y vuelve a dejarnos, mi mujer, la madre primeriza y yo que quiero huir aunque ahora seguro que podré. Si el axolotl alcanzó la mutación en un ser humano, cómo no se va a transformar un comerciante de cincuenta años en un niño de diez viajando en colectivo. No es improbable, las semejanzas abundan: soy el mismo Juan Manuel Ibarguren, idéntica provincia, estamos a menos de treinta kilómetros y a tan solo cuarenta años de distancia, me estoy durmiendo y empiezo a soñar un sueño extraño, en un futuro donde estoy casado, tengo hijos, y cuido a mi mujer en una clínica donde un péndulo va y viene, va y viene. El colectivo salta en un pozo y abro los ojos, entonces no veo al conductor sino, como quien regresa de un desmayo, a un rostro que se va mostrando como el de mi esposa, asomando a este presente en el que estoy aquí en la clínica, irremediablemente casado y aún tan niño.

 

Santa Rosa, julio de 1998  

 

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