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xageran, señor. No insumió más de
dos segundos. Dispongo de inmejorables reflejos y atiné a cancelarlo al
instante. Narran leyendas de personas que no regresaron, pero son imposturas.
Cómo iba a preverlo, yo.
Aquella mañana el contratista me
comisionó para que revisara las cañerías de la antigua casona abandonada.
Como viejo león desdentado persistía en la zona residencial, tras el puente
del Arroyo Chico; el jardín delantero, cubierto de altos yuyos, atesoraba
memorias de parque con fuente y glorieta de glicinas. Sus dueños habían sido
gente refinada: restos de papel carpenter, trozos de gobelinos pendiendo de los
altos ventanales. Las tablas de pinotea se hundían al caminar y daba la
sensación -las ventanas vibraban- de que toda la casa se estremecía. Una
neblina de telarañas, del piso al cielorraso, absorbía las rayitas de sol que
se colaban por las rendijas de los postigos resecos.
-Sur, paredón y después...-
entoné.
Me reí, porque resonaba como una voz
de cantor de ópera.
En las paredes destacaban recuadros
de carpenter más brillantes que el resto. Los moradores amaban la pintura, digo
por la cantidad de lienzos que ocuparon esos espacios. Los herrajes de las
aberturas, atacados por la corrosión, conservaban su diseño distinguido. Todo
por el estilo: señorial. Recorrí, disfrutando, cada uno de los aposentos. En
la despensa, detrás de la cocina, descubrí la tapa del sótano. Me costó un
perú abrirla, vaya a saber cuántos años había permanecido intocada.
Descendí una escalera cortita y empinada. Con mi linterna examiné sin prisa:
pequeño, húmedo, un tapiz de telarañas imitando a los de arriba. El techo
bajísimo, al alcance de la mano.
El artefacto pendía en un rincón.
Presentaba una estructura modesta: un
tablero adosado a la pared, la llave de contacto que semejaba a las eléctricas
de antaño: como una manija en forma de Y griega, con el mango hacia fuera. Para
subir y bajar, deduje con sagacidad. Me picó la curiosidad que no estuviera
conectada a cable alguno.
¿Qué hubiera hecho usted?
Es lo que hice, por supuesto. Subí
la llave.
El impacto contra el cielorraso del
sótano fue muy duro, pero afortunadamente no perdí el conocimiento: dado que
antes me había inclinado, golpeé con la espalda; si pegaba con la cabeza
moría ipso facto y sabe dios lo que hubiera pasado. Quedé adherido al techo;
igual que una mosca, pero invertido. Por suerte, como le anticipé, me
distinguen reflejos veloces; ya que mi mano izquierda rozaba la palanca, sin
meditarlo siquiera la bajé.
Me estrellé contra el suelo.
Ese porrazo me aturdió. No se
trataba de una descarga eléctrica, las conozco bien. Estaba desconcertado. Como
pude, me sacudí un poco, dejé el sótano cuidadosamente cerrado y, dolorido,
me escabullí para siempre de la casona.
En el exterior, un pandemónium.
Mi primera impresión fue la de que
un coloso sobrenatural se había consagrado a desmenuzar los automóviles. Se
los veía, desmembrados, por doquier. Sólo después observé a las personas:
muertos y heridos, atrozmente lacerados. Una masacre.
La gritería pavorosa aportaba
música de fondo. Unos pocos ilesos corrían de acá para allá, como cobayos en
laboratorio.
No necesito describirle cómo fue el
día del Gran Salto. El desastre arrasó el planeta. Más tarde me fui
informando. Las noticias más estremecedoras provenían de las zonas costeras;
aún no puedo imaginarme a los océanos elevándose dos segundos y cayendo a
pique. El espasmo inundó las costas, ciudades e islas enteras desaparecieron.
¿Recuerda Sicilia?
Los que tierra adentro se cobijaban
en recintos cerrados no la pasaron mejor: la mayoría murió en el acto, con el
cráneo destrozado como nuez seca.
Los barcos naufragaron, descarrilaron
los trenes. De mayor fortuna gozaron las aeronaves: up y down, pero los pilotos
las estabilizaron sin inconvenientes. Se propagaron incendios y pestes; los
Jinetes del Apocalipsis retornaron implacables. Nada nuevo para este sufrido
mundo. Deplorablemente, señor, la superstición ganó puntos; constaté cómo
puede difundirse y crecer cualquier rumor, por insensato que sea. No me refiero
a las exageraciones sobre el número de muertos, la fábula de que murieron ese
día más que en la Segunda Guerra Mundial. Hablo de los mitos inverosímiles
que pretenden identificar las causas del Salto: ¡Satanás zapateando la corteza
terrestre! ¡Dragones luchando en las profundidades oceánicas! Insultos a la
inteligencia. Pero yo tampoco soy culpable. Aunque después, analizando mis
actos, calculé que si hubiera llevado la palanca a su posición media tal vez
sólo anulaba la gravedad y simplemente hubiéramos flotado como astronautas en
el espacio. Eso es lo que pienso ahora, cuando deduzco que la elevación de la
llave produjo un efecto centrífugo de magnitud exactamente inversa a la
gravedad, si bien yo de física conozco muy poco.
Esta misma mañana anduve recorriendo
otra casa abandonada, en el barrio de La Alameda. Desde el momento en que la vi,
me acordé de aquélla. Una sala amplia, telarañas, el lujo adivinado detrás
de la decrepitud. Perduraba un juego de espejos en el baño principal que era
una maravilla. La bañera, grande, con cerámicos perfectos, contenía agua
hasta la mitad. No me atreví a quitar el tapón.
Santa Rosa,
octubre de 1990
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